Para el culpable, un colofón de estercolero
Publicado: Lun, 10 Ago 2026 11:31
Entre barrotes vano ropaje fueron
las palabras que, vestidas de algodón,
habitaban mi inocencia.
Hoy, invadidos mis ojos por la maleza,
las manos son piedras, acaso exiguas,
para ahuyentar a la sombra
de veloces dientes que ansía devorar
mi destino de pájaro encadenándome
al juego mortal del guardián,
a su mordaza, venda y castigo.
Soy inocente entre barrotes
que se alimenta de alegría y aire
con aderezados versos violetas;
sin embargo, lo que ahora necesito
es justicia, pero no invocaré
a aquella en cuyo trono anida
la serpiente que usa palabras hinchadas
como dios, rey y estado, que hace
de la crueldad mérito y cuya balanza
es la noche de la perdularia voz del yugo
dictando funestos veredictos
y de filas para morir tras los tormentos.
Tampoco quiero consignas
de superviviente ni minutos de silencio
cuando todo esté perdido:
son como la sed que nunca cesa.
Reclamo para mí la justicia del venenoso adiós
de la viuda negra, cuya sentencia
como un abismo final dicta contra el culpable
el exilio de su piel y de toda su arquitectura,
el olvido de sus hijos,
un silencio de piedra oprimiéndole la garganta,
la sepultura de los años entre pesados muros,
un colofón de estercolero
y la muerte de su nombre para que nadie
se acerque y sepa que una vez
tuvo una maldita palabra
encubriendo su insaciable iniquidad.
las palabras que, vestidas de algodón,
habitaban mi inocencia.
Hoy, invadidos mis ojos por la maleza,
las manos son piedras, acaso exiguas,
para ahuyentar a la sombra
de veloces dientes que ansía devorar
mi destino de pájaro encadenándome
al juego mortal del guardián,
a su mordaza, venda y castigo.
Soy inocente entre barrotes
que se alimenta de alegría y aire
con aderezados versos violetas;
sin embargo, lo que ahora necesito
es justicia, pero no invocaré
a aquella en cuyo trono anida
la serpiente que usa palabras hinchadas
como dios, rey y estado, que hace
de la crueldad mérito y cuya balanza
es la noche de la perdularia voz del yugo
dictando funestos veredictos
y de filas para morir tras los tormentos.
Tampoco quiero consignas
de superviviente ni minutos de silencio
cuando todo esté perdido:
son como la sed que nunca cesa.
Reclamo para mí la justicia del venenoso adiós
de la viuda negra, cuya sentencia
como un abismo final dicta contra el culpable
el exilio de su piel y de toda su arquitectura,
el olvido de sus hijos,
un silencio de piedra oprimiéndole la garganta,
la sepultura de los años entre pesados muros,
un colofón de estercolero
y la muerte de su nombre para que nadie
se acerque y sepa que una vez
tuvo una maldita palabra
encubriendo su insaciable iniquidad.