Amar entre el recuerdo y el olvido
Publicado: Lun, 02 Mar 2026 20:04
El crimen del amor es el olvido (Maurice Chevalier)
¿Te acuerdas?
Caminábamos juntos cuando aún no sabíamos atarnos los cordones. Nada nos importaba más allá de la bronca que pudieran echarnos nuestros padres. Todo era tan simple, que ahora se me antoja complicado.
Corríamos por la vereda con el aire en contra, tú con el pelo brillante esparcido al antojo del viento, yo con la sonrisa convertida en ilusión, ilusión nacida de cuando nos escondíamos para ver a los mayores darse un beso. Mi mente ya soñaba con ese instante.
¿Te acuerdas?
Éramos niños; ello nos daba la fortaleza de ser sinceros, decir la verdad y no tener ni miedo ni maldad, tan solo la suerte que la inocencia nos deparaba. Pero era real.
Recuerdo haber soñado con casarme contigo y pasar la noche más feliz de mi vida, pero el amanecer mataba el sueño y me llenaba de tristeza hasta que los ojos volvían a cruzarse con tu sonrisa de jazmín y nácar.
El tiempo transcurrió sin darme cuenta; supongo que se desgastaron los días con su velocidad frenética y, aunque trato de retomar los momentos en el recuerdo, no florecen más que espigas y cardos secos y urticantes. Entonces era un niño, éramos niños; ahora somos como cristal agrietado con la fragilidad de antaño, pero con el castigo del presente.
La vida ha transcurrido entre loza, madera, algodón y yeso, por situaciones que no controlamos y que el tiempo, a la vez que se deterioraba, deterioraba nuestros cuerpos, nuestros amores, nuestros sentimientos para quemarse todo en la hoguera del olvido.
¿Recuerdas?
Nos prometimos estar juntos toda la vida, vivir el día como si no existiera un mañana, morir con las manos arrugadas y agrietadas unidas como cuando éramos niños, pero todo se convirtió en hojarasca, como cuando entristecen los árboles en otoño, sufre la tierra en invierno y marchitan las flores al finalizar la primavera.
Hace mucho tiempo ya, casi no lo recuerdo, casi no deseo recordarlo. Te escribo todos los días y todos los días me acerco al buzón para enviarte esas letras desordenadas y llenas de melancolía, pero me vuelvo con ellas porque no sé dónde enviarlas. Las guardo con cuidado por si un día regresas; sin embargo, envejecen junto a mí y duermen sin soñar mientras yo recreo recuerdos con pesadillas y añoranzas.
No puedo olvidarte, porque no soy capaz de ello. Aún sigues corriendo delante de mí y aún sigo viendo tu pelo brillar por la vereda. Es mi castigo, el de quererte y no haber conseguido que me quisieras, el de no saber retenerte cuando la noche se equivocó de instante y la luna se oscureció sin permiso.
No me quedan más que estas manos, este lápiz y esas cartas sin dirección donde enviar.
Amar es el dolor de los que luchan con el recuerdo del amor y el olvido.
¿Te acuerdas?
Caminábamos juntos cuando aún no sabíamos atarnos los cordones. Nada nos importaba más allá de la bronca que pudieran echarnos nuestros padres. Todo era tan simple, que ahora se me antoja complicado.
Corríamos por la vereda con el aire en contra, tú con el pelo brillante esparcido al antojo del viento, yo con la sonrisa convertida en ilusión, ilusión nacida de cuando nos escondíamos para ver a los mayores darse un beso. Mi mente ya soñaba con ese instante.
¿Te acuerdas?
Éramos niños; ello nos daba la fortaleza de ser sinceros, decir la verdad y no tener ni miedo ni maldad, tan solo la suerte que la inocencia nos deparaba. Pero era real.
Recuerdo haber soñado con casarme contigo y pasar la noche más feliz de mi vida, pero el amanecer mataba el sueño y me llenaba de tristeza hasta que los ojos volvían a cruzarse con tu sonrisa de jazmín y nácar.
El tiempo transcurrió sin darme cuenta; supongo que se desgastaron los días con su velocidad frenética y, aunque trato de retomar los momentos en el recuerdo, no florecen más que espigas y cardos secos y urticantes. Entonces era un niño, éramos niños; ahora somos como cristal agrietado con la fragilidad de antaño, pero con el castigo del presente.
La vida ha transcurrido entre loza, madera, algodón y yeso, por situaciones que no controlamos y que el tiempo, a la vez que se deterioraba, deterioraba nuestros cuerpos, nuestros amores, nuestros sentimientos para quemarse todo en la hoguera del olvido.
¿Recuerdas?
Nos prometimos estar juntos toda la vida, vivir el día como si no existiera un mañana, morir con las manos arrugadas y agrietadas unidas como cuando éramos niños, pero todo se convirtió en hojarasca, como cuando entristecen los árboles en otoño, sufre la tierra en invierno y marchitan las flores al finalizar la primavera.
Hace mucho tiempo ya, casi no lo recuerdo, casi no deseo recordarlo. Te escribo todos los días y todos los días me acerco al buzón para enviarte esas letras desordenadas y llenas de melancolía, pero me vuelvo con ellas porque no sé dónde enviarlas. Las guardo con cuidado por si un día regresas; sin embargo, envejecen junto a mí y duermen sin soñar mientras yo recreo recuerdos con pesadillas y añoranzas.
No puedo olvidarte, porque no soy capaz de ello. Aún sigues corriendo delante de mí y aún sigo viendo tu pelo brillar por la vereda. Es mi castigo, el de quererte y no haber conseguido que me quisieras, el de no saber retenerte cuando la noche se equivocó de instante y la luna se oscureció sin permiso.
No me quedan más que estas manos, este lápiz y esas cartas sin dirección donde enviar.
Amar es el dolor de los que luchan con el recuerdo del amor y el olvido.