Re: Carta abierta a Rafel
Publicado: Dom, 13 Sep 2026 16:48
Estimado Enrique:
No sé si te abrazas tanto a los lugares comunes como dices. De hecho, has dejado una frase que tiene bastante poco de común: "ella cree en el amor aun cuando no ama, y yo amo, aunque no crea en el amor". Ahí hay una contradicción magnífica, de esas que explican mejor ciertas relaciones humanas que muchas páginas empeñadas en razonarlas.
Y quizá ocurra algo parecido con ese tren al que vuelves. Los trenes de la infancia no necesitan haber pasado muchas veces para quedarse con nosotros; basta haber escuchado alguna vez su silbido, incluso a través del recuerdo de otros. Después uno los convierte en otra cosa. Ya no llevan pasajeros ni tienen horarios: llevan aquello que perdimos, aquello que imaginamos y, algunas veces, aquello que nunca llegamos a tener.
Dices que aquel poema de amor nació para el olvido porque no supiste reflejar "el alma de su queja". No estoy demasiado de acuerdo. A veces le exigimos al poema que diga exactamente lo que queríamos decir y consideramos que ha fracasado cuando toma otro camino. Pero el poema también tiene derecho a escaparse de quien lo escribe. Y el tuyo dejó cosas. Algunas buenas y algunas, incluso, muy buenas.
Tampoco creo demasiado en ese olvido que mencionas tantas veces. Si aquellos ojos, aquellos besos y aquel parque siguen apareciendo en lo que escribes, será porque todavía conservan alguna forma de existencia. La memoria tiene esas malas costumbres: entierra muy mal a sus muertos.
Y sigue cogiendo el tren que puedas, Enrique. Al fin y al cabo, para escribir poesía no siempre hace falta saber adónde vamos. A veces basta con no bajarse demasiado pronto.
Un fuerte abrazo, compañero.
No sé si te abrazas tanto a los lugares comunes como dices. De hecho, has dejado una frase que tiene bastante poco de común: "ella cree en el amor aun cuando no ama, y yo amo, aunque no crea en el amor". Ahí hay una contradicción magnífica, de esas que explican mejor ciertas relaciones humanas que muchas páginas empeñadas en razonarlas.
Y quizá ocurra algo parecido con ese tren al que vuelves. Los trenes de la infancia no necesitan haber pasado muchas veces para quedarse con nosotros; basta haber escuchado alguna vez su silbido, incluso a través del recuerdo de otros. Después uno los convierte en otra cosa. Ya no llevan pasajeros ni tienen horarios: llevan aquello que perdimos, aquello que imaginamos y, algunas veces, aquello que nunca llegamos a tener.
Dices que aquel poema de amor nació para el olvido porque no supiste reflejar "el alma de su queja". No estoy demasiado de acuerdo. A veces le exigimos al poema que diga exactamente lo que queríamos decir y consideramos que ha fracasado cuando toma otro camino. Pero el poema también tiene derecho a escaparse de quien lo escribe. Y el tuyo dejó cosas. Algunas buenas y algunas, incluso, muy buenas.
Tampoco creo demasiado en ese olvido que mencionas tantas veces. Si aquellos ojos, aquellos besos y aquel parque siguen apareciendo en lo que escribes, será porque todavía conservan alguna forma de existencia. La memoria tiene esas malas costumbres: entierra muy mal a sus muertos.
Y sigue cogiendo el tren que puedas, Enrique. Al fin y al cabo, para escribir poesía no siempre hace falta saber adónde vamos. A veces basta con no bajarse demasiado pronto.
Un fuerte abrazo, compañero.