Rafel Calle escribió: ↑Mié, 31 Dic 2025 12:12
En la prosa versicular con la que últimamente presenta sus poemas, E. R. Aristy —para un servidor Era— vuelve a situarse en ese lugar tan suyo, incómodo y fértil a la vez: el punto donde la fe no se conforma con obedecer y la razón no acepta callar. La cita de Galileo no es un adorno ni una autoridad prestada; es casi una justificación íntima, una manera de decir —desde el inicio— que pensar también puede ser un acto de fidelidad.
Quienes llevamos muchos años leyéndola en Alaire reconocemos bien ese movimiento suyo de aparecer, desaparecer y regresar con una energía renovada. Era no es una voz constante, pero sí muy reconocible. Cuando vuelve, lo hace con poemas que arrastran largas reflexiones previas, como si hubiera estado escribiendo en silencio, rumiando ideas complejas, hasta que encuentra el momento de compartirlas.
Era, en “El hombre que vio mientras tenía ojos”, habla desde una conciencia que ha visto, que ha entendido algo esencial, y que lo hace desde la pérdida. Ver mientras se tienen ojos no es solo una capacidad física, es una forma de lucidez. La ceguera no se presenta como derrota, sino como cambio de plano: cuando la visión del mundo se apaga, emerge otra más interior, más ligada a Dios que a los fenómenos.
La poeta afincada en Miami (Florida) se mueve con naturalidad entre referencias científicas, intuiciones cósmicas y una espiritualidad profundamente religiosa. No hay choque entre esos ámbitos; hay diálogo. La idea de que el sol es centro, de que existe un orden celeste, no contradice la fe, sino que la ensancha. Esa es una constante en su poesía: abordar cuestiones filosóficas y morales de gran calado sin miedo, aunque el lenguaje a veces se resienta.
Su castellano, con sus límites evidentes, pero con una mejoría que se aprecia en cada nuevo trabajo, no oculta la densidad intelectual del poema. Al contrario, esa cierta aspereza expresiva refuerza la sensación de estar ante una voz que prioriza el pensamiento sobre el ornamento. No escribe para lucirse, sino para entender —y para dejar constancia de ese intento.
El poema avanza como un testamento sereno: no hay resentimiento, no hay queja. Hay aceptación y, sobre todo, asombro. El yo poético no toca el orden del cielo, pero lo ha visto. Y eso basta. Al final, cuando todo se reduce a una sola visión —la del Dios que imaginó el viaje—, el poema encuentra su verdadero centro.
En fin, esta obra confirma algo que ya sabemos de E. R. Aristy: su intermitencia no es ausencia, es retirada. Y cada regreso suyo a Alaire nos recuerda que su poesía sigue siendo una búsqueda honesta, exigente y profundamente pensada.
Que te llegue mi enhorabuena, querida amiga y admirada colega, por esta obra, junto al deseo de que tengas junto a los tuyos un 2026 muy feliz y rebosante de salud.
Un fuerte abrazo, compañera.