El Huevo Roto: La Soberanía del Noema frente a la Uniformidad del Tiempo

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E. R. Aristy
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El Huevo Roto: La Soberanía del Noema frente a la Uniformidad del Tiempo

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El Huevo Roto: La Soberanía del Noema frente a la Uniformidad del Tiempo



A lo largo de la historia, he observado cómo el ser humano camina entre dos fuerzas opuestas: el impulso institucional por uniformar las mentes y mi necesidad inherente como individuo de manifestar la libertad de pensamiento. Para mí, la literatura y la filosofía no son meros adornos estéticos; son senderos de expresión y de contribución para la noosfera, esenciales para la dignidad humana de vivir en cualquier marco cronológico. A través de mis propias reflexiones, condensadas en mi pieza "El huevo", despliego una indagación existencial sobre el viaje de la vida. Sostengo la tesis de que el acto de escribir y cuestionar de manera perenne, aun bajo el riesgo de sufrir la agresión o el descarte de un entorno adverso, constituye un acto de soberanía espiritual donde me niego a ser borrada por los veredictos del tiempo y el control social.
Confieso que en algún momento pensé qué fue primero, el huevo o la gallina, pero esa fue una inquietud breve. Rápidamente apercibí que soy yo misma el acertijo. El huevo deja de ser una simple estructura biológica o científica para convertirse en el símbolo de mi mente consciente, la cual contiene una verdad latente en constante evolución.
Frente a esta búsqueda íntima, el entorno social —que viví alegóricamente en los debates de una ágora virtual empeñada en clasificar mi arte estrictamente entre prosa o poesía— opera bajo la misma lógica que los sistemas políticos que queman libros o las religiones instituidas que buscan alienar voluntades. El sistema exige uniformidad; necesita tildar y etiquetar para poder ejercer control. Cuando se cuestiona si mi texto encaja en los márgenes de su pódium, mi respuesta es un manifiesto de desobediencia estética: dejar mi capa sobre el piso frente al pódium es negarme a ser tildada o uniformada por el tribunal del grupo social. Despojarme de esa capa es desnudarme de las expectativas ajenas para proteger la pureza de mi pensamiento.
Como respuesta a la rigidez y la confusión de la norma que intenta encasillarme, propongo una contranarrativa fundamentada en tres arquetipos marginales pero indispensables, una trinidad que utilizo para deconstruir la soberbia del entorno social. El primero de ellos es el idiota, quien no representa la ignorancia, sino una sabiduría silenciosa; al ser subestimado por el sistema, se convierte en el depositario de las verdades sin filtro, pues frente a él hablan sin pelos en la lengua mientras él simplemente escucha y observa. El segundo es el loco, que encarna la sensibilidad desbordada; aunque lo menosprecien, es el más sensible y aventado, capaz de callar para hacer desplomar la coraza de los más duros o de vociferar para demostrar que es quien verdaderamente sabe lo frágil y lo dura que puede ser la mente humana. Finalmente, el mendigo se desdobla en un par de gemelos: uno es un instrumento que pone a prueba la generosidad ajena porque no necesita nada, mientras que el segundo es el más pobre, gustoso de sentarse en un lugar prominente para que la gente vea sus flamantes vestimentas, evidenciando así su profunda necesidad de adulación y admiración.
Al conjugar estos tres elementos en mi espacio creativo, realizo la antítesis del poema; lo que mis detractores llamaron despectivamente "huevos revueltos". El caos de mis renglones no es un error, es una estrategia deliberada de resistencia. Mientras el loco se ríe y el idiota llora, el mendigo nos trae el pan para esos huevos, convirtiendo la agresión en un alimento provechoso para el espíritu.
Sé perfectamente lo que ocurre en los grupos sociales donde se dan atropellos ordinarios. He visto cómo se pretende desfigurar el sentido de mis palabras o trasladar mis reflexiones al rincón del descarte, una violencia intelectual que asocio a la cruda imagen del ácido con el que se ha desfigurado a tantas mujeres a lo largo de los siglos. Mi único motivo ha sido expresar mi sentir en mi derecho a pensar sobre todo cuanto me concierne como ser humano en la existencia.
Lo que los jueces de la norma catalogan como textos inacabados por falta de pericia, para mí representan otra cosa: son mis borradores, mis noemata. Son las huellas vivas e imperfectas de más de diecisiete años de un tránsito sagrado, un diálogo vertical y honesto con una Conciencia Suprema. Mientras las religiones organizadas buscan alinear creencias para formar una mentalidad compartida y cautiva —sirviendo a menudo a la política y a los negocios a través de la manipulación psicológica—, mi fe se mantiene como un camino íntimo de preguntas existenciales.
Al final de mi viaje, tengo claro que la existencia no se mide por la rigidez de los veredictos ajenos, sino por la profundidad de las preguntas que me atrevo a formular. El tiempo podrá pretender borrar la historia, y las tenazas del control social o religioso podrán intentar domesticar la mente humana, pero la soberanía de mi ser permanece intacta mientras mantenga mi libertad de pensar. Mi huevo finalmente se ha roto; la cáscara no aprisiona más mi conciencia y he reclamado mi cielo. No soy el reflejo desfigurado de quienes me juzgan, sino la manifestación viva y digna de una voz que se niega a ser borrada.
— E.R.A.
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E.R.A
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