No respiran, apenas se refrescan con ese aire perlado,
las lagunas se atoran en búsqueda de algún destello perdido,
ya no cantan las aves,
casi no acuden abejas para tratar de polinizar
las pocas y tristes flores que rodean el marco de un terreno sentido,
los días se esconden y las noches mantienen la oquedad del desnudo,
todo se asemeja a una naturaleza en constante divorcio,
a esa ruta donde las huellas se borraron entre polvo y matorrales agotados,
donde la fe y la esperanza emprendieron un camino sin retorno
y sus piedras marcan la lapidación de un pasado demasiado efímero.
Mis ojos sufren la inapetencia del llanto,
la mente se enarbola hacia ese punto donde la mirada ha quedado fija,
se recrean mis manos cuando tiran piedras
que ondean el agua estancada de las tristes lagunas.
Pero, con los ojos cerrados,
sigo escuchando la misma canción, una y otra vez,
“Cómo te echo de menos” (1)
más continua la sequedad de unas mejillas
que aprendieron a vivir tristes
desde que se agotaron las lágrimas.