A las Puertas del Cielo

Cuentos, historias, relatos, novelas, reportajes y artículos de opinión que no tengan que ver con la poesía, todo dentro de una amplia libertad de expresión y, sobre todo, siempre observando un escrupuloso respeto hacia los intervinientes.

Moderador: Hallie Hernández Alfaro

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Ana García
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A las Puertas del Cielo

Mensaje sin leer por Ana García »

El anarquista abrió los ojos del todo tras salir del túnel de luz.
Enfrente, a unos metros se hallaban unas rejas. Al pie de una puerta San Pedro esperaba con los brazos cruzados.
-¡Anda! ¡Pero si existe el cielo! -exclamó.
-Buenas, caballero, ¿podría identificarse?
-¡Ah! sí… -contestó con gesto distraído- casi ni me lo creo. ¡Quién me lo iba a decir!
-¿El qué? -preguntó con cara de pocos amigos San Pedro.
-Pues eso, que exista el cielo. Ya ves cincuenta años pensando que no existe ni Dios ni Amo y de repente me muero y… ¡toma! Te das de narices con las puertas del cielo.
-Bueno, muy bien, me alegro por usted -suspiró con dejadez el santo-. ¿Me entrega el número de identificación que le han proporcionado en secretaría?
-¿Secretaría? ¿Número! ¡Oiga, que yo me he muerto con lo puesto! Ni tiempo he tenido de vestirme para la ocasión.
-¡Otro que se saltó la ventanilla de secretaría! Nada más salir del túnel hay una puerta con el letrero dorado. ¡Bien grande!
-¡Yo no he visto nada! La luz me ha cegado -contestó airado el anarquista- ¿Y ahora qué hago? ¿Vuelvo a pasar el túnel?
-No, déjelo, que no me fío, que lo mismo le da por volver en forma de espíritu al mundo de los vivos y luego la culpa es mía.
-¿Yo volver en forma de espíritu? ¿Sin cuerpo y sin placeres? Anda ya. Mire Pedro, le hablo con el corazón y la buena fe de un anarquista: yo paso de volver, acabo de llegar y me he quedado bastante harto, que no sé si sabe lo mal que se pasa allá abajo -dijo agitando la mano-. ¡Ay si yo le contara!
-Pero ¿tan malo le ha parecido?
-¡Joder si me ha parecido! Allí abajo, que veo que en las alturas no os enteráis de la misa a la media, si no naces con dinero lo llevas crudo. Hay mucho paro compañero, además tienes que tener unas condiciones, ¡que vaya condiciones!: tener una salud de hierro, ser guapo, simpático, paciente para aguantar lo que te venga, fuerte para romper narices si lo necesitas y más cosas.
-A mi me parece que exagera. Veamos, ¿se acuerda de cuando tenía diez años?
-Sí, me lo pasaba de muerte recogiendo patatas en el campo, ¡el espinazo le tengo resentido desde entonces!
-¿Y a los dieciséis?
-Mira, ese año tuvimos una buena cosecha de cebollas.
-Pero, ¿No tiene otros recuerdos más divertidos?
-Sí, rascarme las pelotas, no te fastidia. Mire mis manos, vaya, con esta niebla no se ve un pijo. Pero yo te aseguro que el cuerpo que he dejado allí abajo tenía unos callos que…

En ese instante se acerca a ellos un extraño personaje vestido con una túnica blanca y dos grandes alas pegadas misteriosamente en la espalda.
-¡Ah! Ramón, ¿Qué tal andamos? -preguntó San Pedro.
-Ya ve, aquí de vuelta. -Volviéndose hacía el anarquista- ¿No sabe quién soy verdad? Pues nada más y nada menos que su ángel de la guardia.
-¡Anda que no tienen guasa por aquí arriba! -dijo el anarquista, soltando una tosecilla muy oportuna-. Esto… y si no es molestia preguntar, ¿se puede saber qué ha hecho por mí? Por curiosidad, nada más.
-Bueno… -Ahora era el ángel el que tosía-. Mentalmente te ayudaba, sobre todo en los momentos más críticos. ¿No oía usted una voz suave y alentadora en su mente que le susurraba: “Vamos Paco, sigue adelante, tú puedes”? ¿No se acuerda de esa mano invisible que le daba palmaditas en la espalda? Pues ése era yo.

A Paco, el honrado anarquista, le estaban entrando unas ganas locas de liarse a tortas con el ángel blanco, cuando se dio cuenta de que sus manos no tenían las fuerzas de antaño.

-Te salvas porque no puedo.
-Calma, calma -le pidió su ángel- ¡Por favor, nada de violencias! Que aquí todos somos muy civilizados.

En ese momento, dos obreros de la construcción salían del túnel de luz discutiendo:

-Pero cómo diablos quieres que te sujetara la escalera bien, si tenía que moverme para esquivar los hierros que caían del edificio. Además, no podías matarte tú solo, no, tenías que caerte encima de mí.
-¡No es culpa mía! Para algo están los cascos reglamentarios.
-¿Habrá alguna tabernita por aquí? ¿No? -dijo el operario a los presentes, a modo de saludo-. Me he muerto sin almorzar.
-Anda no seas tragón, siempre pensando en lo mismo -le respondió su compañero-. Bueno, y ¿Qué ambiente hay por aquí?
-Yo acabo de llegar -contestó el anarquista-. Pero espera a conocer a tu ángel de la guardia.




P.d. : Y mientras pegábamos cárteles o íbamos en la manifestación cantábamos a pleno pulmón este tema de Sánchez Ferlosio. Y todos sabían qué lugar ocupaba cada idea, cada postura, cada situación. Ahora parece que hay que repartir diccionarios a mansalva. ¡Qué cosas!
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Julio Arroba
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Registrado: Dom, 28 Jul 2024 2:00

Re: A las Puertas del Cielo

Mensaje sin leer por Julio Arroba »

No muy lejos de la escena había, de hecho, un bar que más bien parecía un chiringuito.
Las altas autoridades celestes, después de recibir muchas notas de protesta que condenaban, en los términos más enérgicos, su falta de acción ante las evidentes necesidades de todos de beber y festinar, decidieron que ya estaba bien. Y autorizaron su instalación añadiendo del erario público la suma de [tachado].
Virgilio, el barman, de impoluto traje blanquinegro, con la mirada escrutadora oteando de vez en cuando las mesas redondas con sus parroquianos lenguaraces, improvisaba en su cabina interior, que así es como llamaba a su mente, nuevas frases ingeniosas para los recién llegados.
«—¡Bienvenidos, todos! —Inhaló el aire humeante y disparó—: Aquí, en "La Bikina Celeste", encontrarán —y a un lado se hizo para presentar, distribuidos en magníficos estantes de hierro, diversas clases de tónicos terrenales y no terrenales— todo lo que se necesita para no arder de aburrimiento sobre estas sacrosantas nubes. —Tosió simulando guardar un secreto y continuó—: Por tratarse de su primer día, permítanme, señores, recomendarles...».
Dos nuevos, llegándose a la barra, lo apartaron de su ensoñación, entre gritos.
—¡Bienvenidos! —les dijo sustituyendo su desconcierto por una cadencia afable en su voz.
—¡Buenas... —y aquel lo repasó de arriba abajo fijándose en su elegante vestir— o no tan buenas, señorito burgués! —Medio afónico por la risa, le preguntó por fin—: ¿Tendrás por ahí, amigo, güisqui del que se bebe en —y trató de pronunciar la palabra como un nativo de esas tierras, según creía haber aprendido en una serie inglesa— «Escoshlund»?
Virgilio, reconociendo a duras penas la palabra, no pidió que se la repitiera. Antes bien, y atento a ciertos precedentes de funesta memoria, le respondió:
—¡Tenemos, y en grandes cantidades, señor! —Vio detrás de las cabezas dispares la única mesa disponible y les instruyó—: Vayan a tomar asiento los señores y les prometo que en un santiamén se les hará llegar lo que soliciten.
Como si su existencia ya no les importase, ambos hombres se giraron de golpe intercambiando opiniones sobre una faena que, de no ser por haberse muerto tan tonta e inoportunamente, les habría hecho muy ricos.
Llegados a la mesa, el uno le confesó al otro cariacontecido:
—Tú sabes, por señales que no es conveniente repetir en este santo lugar, lo bien que me lo pasaba con Manuela allá abajo. —Resolló y, lacrimógeno, dijo en voz baja—: Manolita, que me quería bien, esperaba de mí coche, ínsula y palacio. Y ahora...
—Y ahora la nada, che. Vos hiciste lo que pudiste —y conste que no es reproche lo que te voy a decir— y acá vamos: los dos más muertos que vivos, pero esa es la gracia de haberlo dado todo, Polanco, viejo. Me llevaste contigo en el acto, y tan jóvenes los dos, y qué. Hay que darlo todo hasta el error, hermano, hasta el error...
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