Vine a una búsqueda.
La prueba definitiva es que habito con vosotros
descarriados de la vida.
Dejé los idílicos azules de las mañanas inertes
para advocar la luz perdida de los sueños
que huérfanos,
mueren en su propia sangre.
Yo los oía, caminando por celestes ríos púrpuras:
sus alargadas y plateadas alas
¡eran mías!;
las cenizas nubes
¡mi morada cercana al cielo!;
las espinadas rosas
¡todo mi único y puro amor!
Y así pasé los ingratos años de huesos
destinados a polvo de olvido,
debatiendo si el amor terrenal
podía compensar cuanto desea
un corazón,
de otro corazón de pérdidas dolorido.
Sueños de invierno, alejaron de mí,
aquel incierto temor a perder
la melodía de la blanca nieve,
los acordes de la pertinaz lluvia
o el musical discurso de mis ojos,
enardecidos por el negro lazo de la noche.
Fue cuando la descubrí:
sus suaves notas llegaban como maná
a mi desierto mar de ansias
liberando las emociones,
que nunca pensé sentir.
Debí acercarme en este pasaje,
a cuanto, por desconocido,
relegué como al distante amigo,
perdido en brazos de mística aurora
cuando yo, vivía los felices años.
Casi al final, la búsqueda me llevó al amor por ella
y mis sueños se desvanecieron como el azul
que el mar solo conserva hasta el ocaso…
¡Que fuerza tiene el amor que detiene sueños!
Las mañanas volvieron a sus días,
mis pasos cambiaron ríos por caminos;
las alas fueron mis pies, las nubes se sonrosaron y
la rosa blanca floreció en la lejana esperanza.
Y mi ser, se regocijó al encontrarla, al vivirla,
al saber que nada puede superarla,
excepto el profundo universo de los ojos de un niño.
© francisco javier costa lópez