I.
Cuando Tapiès pintaba una teta
la enharinaba de cruces
—arenas mordidas—
grietas
como naranjos talados en hogueras rojas.
Los puntos eran perros policías
o el culo,
le servían los cuerpos
leía en ellos ametralladoras
con cremalleras
—el silencio—
aspas sobre zapatos azules.
Al hombre iluminado con tiza
se le reconocían los demonios
los destellos
—venenosas ecuaciones—
manchas de serpiente, huevos
o excusas.
Irreconocibles retablos
pieles de un violento cemento
para los dulces torsos
alfombras de pálido granizo.
Rimbaud lo hubiera adorado
como a un sábado
—firmaba turbio—
como un crimen.
II
Si tú me pintaras una teta
—con barro borbónico—
o una grieta como un naranjo talado.
Si tú colocas las astillas en el ronquido
del tronco que pretende desgajarse,
o nada, amor, solo mirar la fuerza
que arremete y sucumbe
en callejones profundos:
los orines, esas hogueras rojas.
O yo te diera una alfombra
—de pálido granizo—
para los dulces torsos.
Si así fuera,
te entregaría mi aspa
sobre un zapato de respiración azul.
Amo al hombre
de resecas sombras,
de enredaderas de alambre,
iluminado con tiza-Tàpies.
Puedo reconocer
tus venenosas ecuaciones,
no son manchas de serpientes,
ni más huevos que los míos.
Ni los soles, ni la sangre ni el sendero
que conduce al relámpago.
Al bies tus cielos,
las estolas de nieve, las dicciones
—gladiadoras ceniza—.
cicatrices en mi vientre.