Un cuento de Sancho (A Ana García)
Publicado: Mar, 13 Oct 2026 1:05
Para ti, Ana, desde tanto
Un Sancho muy viejo contaba a la lumbre de un fuego...
«Sepan ustedes, lampiños y no tan lampiños, eruditos, inficionados y legos, damas de buena alcurnia y retozones venidos desde más allá de los confines de este mi reino, que esto que les voy a relatar aquí bajo esta luna llena me sucedió tal cual hago relación a todos, sin añadir ni un punto ni quitar una coma ni medrar en detalles; y que el que me interrompa por afán de disputa o por mera curiosidad se hará un mal a sí mismo lo mesmo que a su prójimo, por lo que empiezo ya y todos callan o en paz me largaré a mi castillo».
EN ALGÚN LUGAR DE LA MANCHA
Fecha y lugar inciertos
QUIJOTE. ¡Non fuyades, gente aviesa!, que d'este brazo conoceréis puño y lanza y la furia de Apolo en su más alto grado, cuanto que vosotros, viles como sois, no merecéis ni la bondad d'este Sol, que a todos besa sin hacer distingos, ni de las jocundas Dríadas, frecuentadas según dicen en Ingalaterra por los más ínclitos vates d'esta fermosa patria mía.
SANCHO. ¡Mire bien vuesa merced, señor Quijote, que esos de ahí a los que persigue con saña sin par no son más que simples labriegos llegados desde las honduras d'estas lides!
QUIJOTE. (Frenando a duras penas). Dices bien, Sancho, y en hora buena, porque juro que he estado a punto de encadenarles tal tunda con estas mis armas que ni por san Aparicio los hallaran.
SANCHO. (Llegándole y comiendo pan y queso a la vez).
QUIJOTE. (Ensimismado). Día sí, día también, recibo tantas y tales muestras de resentimiento por parte del sabio Frestón que ni puedo ayudarme siempre, en lo que vos sois testigo privilegiado, ni puedo, cuando esto es posible, obrar de modo que mis actos no se salden con alguna penosa consecuencia para nos. Pero, ea, ¿qué te tengo dicho sobre comer mientras se habla, Sancho?
SANCHO. (Sigue dando bocado). Que es señal del peor de los crímenes según los grandes libros de la caballería andante: la incontinencia.
QUIJOTE. En efecto. Y siendo ansí, ¿se puede saber por qué comes mientras te dirijo la palabra?
SANCHO. Fácil es responder a eso, señor y amo mío: porque ni soy caballero andante, ni sueño con serlo. La regla más sagrada para un hombre d'esta baja condición, la cual y el cual ya conocían los romanos, es cuidar la tripa para espantar los quebrantamientos del espíritu.
QUIJOTE. ¿Y qué eres tú de mí, villano?
SANCHO. (Ofreciéndole la barra de pan por el extremo limpio). ¡Su hermano y su escudero iletrado, señor caballero andante! En ese orden: que no es lo mesmo el alfa que la alfalfa, como prueban los buenos doctores.
QUIJOTE. (Recibiéndolo). Solo por esta vez ignoraré tu insolencia, bellaco. Por este mendrugo que mi hambre apura, y puede que por ese extraño aunque esclarecido aserto también. Mas, dime, ¿de dónde es que has recebido esto? Que yo recuerde no abundaban los santos ni las doncellas en aquella tienda.
SANCHO. ¡A fe mía que no! (Tocándose un cardenal a la altura de la mollera). El hecho es, señor Quijote, que no sé su procedencia, pues me limité como buen cristiano a recibillo de manos de un encapuchado que aparecióseme cuando, afligido por la necesidad, me separé de vuesa merced para hacer lo que otro por mí no pudiera; y puesto que a caballo regalado...
QUIJOTE. ¿¡«De manos de un encapuchado», has dicho, Sancho!? Por el Dios que todo lo ve, ¿olvidaste ya que los de su laya preparan, a lo que pienso, los encantamientos de mi cruel enemigo?
SANCHO. (Atónito).
Delante de entrambos aparecen visiones de brillantes carretas de acero moviéndose veloces en direcciones contrarias; casas grandes y apiladas tosiendo humo y despidiendo voces sin ton ni son; multitud de gentes con ropas extrañas yendo y viniendo por unas calles limpias, absortas en unos artefactos semejantes a pequeños espejos.
QUIJOTE. ¿Estás viendo lo que yo, Sancho, hermano?
SANCHO. ¡Cosas que ni Tomás creyera, amo! Siento que la piel se me estira y el seso se me enturbia...