Reescritura
Publicado: Dom, 11 Oct 2026 20:55
...
No sé cuántas veces me tocó ser otro.
No por no ser yo mismo,
sino por dejar atrás un camino que ya no me pertenecía
y comenzar a habitar uno nuevo,
como un reptil que muda su piel
y deja al aire, renacida, la suavidad de la inocencia.
Tiene algo mágico dejar de reconocerse,
olvidarse de uno
y comenzar a recorrer los pasos de otro,
abandonar las calles del ayer
y continuar despreocupado el camino,
sin un mapa que lo fecunde,
tan solo la libertad
y el instinto
encontrando un recorrido inesperado
que cosa lo invisible.
Hay una ligereza desconocida
cuando nadie espera nada de ti,
cuando las palabras salen atolondradas
y distintas,
como si vinieran de otro idioma,
y hasta el silencio
encuentra otra manera de quedarse.
Puede ser entonces un privilegio perderse,
soltar las cuerdas de lo establecido,
volver a sentir el misterio
de descubrir la vida
y situarse en la línea de salida, a conciencia,
dejando emerger a ese que somos
debajo de quien nos habíamos creído.
Algo se mueve entonces,
muy despacio,
allí donde las cosas que fui
han dejado de hacer ruido.
Y la vida vuelve a tener
ese pequeño temblor
que inunda de placer lo desconocido.
Así el mundo, así sus laberintos,
y la vida rodando,
dejando unas veces el camino atrás
y otras veces por delante,
como si pudiera llegar antes que yo
a los lugares que aún no conozco,
cambiando de forma al pasar.
Sin embargo, lo reconozco:
yo soy un hombre de costumbres.
Y volver tiene todo el sentido.
Anudarse el paisaje propio
como una bufanda que nos nombra,
sentir lo construido, incluso a golpes,
y acomodarse en el sofá del día a día,
como quien vuelve a encontrar
la forma de su cuerpo en el mundo.
Quizá sea eso:
encontrar en el camino de siempre
algo que antes no estaba,
o que quizá siempre estuvo allí.
Es difícil saberlo…
Afrontar cada paso como un nómada
atravesando, a tientas,
la vastedad de la rutina.
.
.
.
No sé cuántas veces me tocó ser otro.
No por no ser yo mismo,
sino por dejar atrás un camino que ya no me pertenecía
y comenzar a habitar uno nuevo,
como un reptil que muda su piel
y deja al aire, renacida, la suavidad de la inocencia.
Tiene algo mágico dejar de reconocerse,
olvidarse de uno
y comenzar a recorrer los pasos de otro,
abandonar las calles del ayer
y continuar despreocupado el camino,
sin un mapa que lo fecunde,
tan solo la libertad
y el instinto
encontrando un recorrido inesperado
que cosa lo invisible.
Hay una ligereza desconocida
cuando nadie espera nada de ti,
cuando las palabras salen atolondradas
y distintas,
como si vinieran de otro idioma,
y hasta el silencio
encuentra otra manera de quedarse.
Puede ser entonces un privilegio perderse,
soltar las cuerdas de lo establecido,
volver a sentir el misterio
de descubrir la vida
y situarse en la línea de salida, a conciencia,
dejando emerger a ese que somos
debajo de quien nos habíamos creído.
Algo se mueve entonces,
muy despacio,
allí donde las cosas que fui
han dejado de hacer ruido.
Y la vida vuelve a tener
ese pequeño temblor
que inunda de placer lo desconocido.
Así el mundo, así sus laberintos,
y la vida rodando,
dejando unas veces el camino atrás
y otras veces por delante,
como si pudiera llegar antes que yo
a los lugares que aún no conozco,
cambiando de forma al pasar.
Sin embargo, lo reconozco:
yo soy un hombre de costumbres.
Y volver tiene todo el sentido.
Anudarse el paisaje propio
como una bufanda que nos nombra,
sentir lo construido, incluso a golpes,
y acomodarse en el sofá del día a día,
como quien vuelve a encontrar
la forma de su cuerpo en el mundo.
Quizá sea eso:
encontrar en el camino de siempre
algo que antes no estaba,
o que quizá siempre estuvo allí.
Es difícil saberlo…
Afrontar cada paso como un nómada
atravesando, a tientas,
la vastedad de la rutina.
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