La tarde en que Bukowski vino a casa
Publicado: Jue, 01 Oct 2026 11:53
...
La tarde en que Bukowski vino a casa
flotaba sobre el valle una gran nube con forma de huevo.
Hablamos de los paraísos y los infiernos,
de bares, Beethoven, santas y caballos;
del doble y de la mitad, incluso del todo.
Se marchó y pasé a reordenar cajones
repletos de cosas inútiles extremadamente útiles.
Un antifaz, etiquetas, dos espacios vaciados.
Chapas, filtros, dos o tres planetas, tinta china;
un tubo de Optalidón de los 80,
laberintos, garabatos, sueños, un cuarto oscuro.
Senderos de bosque con trozos de silencio
pasaron de un cajón a otro en orden arbitrario
bajo el impulso del capricho sin obediencia.
Es fatigoso poner las nubes en orden;
rígidas secuencias mecánicas, fabriles,
hasta hacer transitable el recuerdo, ese que nos lleva o nos deja.
Incorporé nuevas cosas inútiles, cerrarlos resultaba difícil.
Un informe militar que certificaba mi inutilidad total,
un candado, el cuerpo místico de Cristo, un muñeco;
una venus de Milo, otra venus de Playboy, una vecina.
Un niño pastor con dos ovejas bajo rayos divinos,
saltó por los aires en triple pirueta hasta mi rodilla.
El niño tenía la mirada triste y las ovejas estaban flacas.
Sonó el teléfono, era Bukowski.
Cierto, su paraguas estaba junto a la puerta.
Nunca llevo paraguas porque los detesto, dijo.
Lo guardé abierto en el cajón con las ovejas.
Cené un huevo duro y dos optalidones.
La nube continuaba fija sin esfumarse,
flotaba en el mismo lugar sobre el valle.
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La tarde en que Bukowski vino a casa
flotaba sobre el valle una gran nube con forma de huevo.
Hablamos de los paraísos y los infiernos,
de bares, Beethoven, santas y caballos;
del doble y de la mitad, incluso del todo.
Se marchó y pasé a reordenar cajones
repletos de cosas inútiles extremadamente útiles.
Un antifaz, etiquetas, dos espacios vaciados.
Chapas, filtros, dos o tres planetas, tinta china;
un tubo de Optalidón de los 80,
laberintos, garabatos, sueños, un cuarto oscuro.
Senderos de bosque con trozos de silencio
pasaron de un cajón a otro en orden arbitrario
bajo el impulso del capricho sin obediencia.
Es fatigoso poner las nubes en orden;
rígidas secuencias mecánicas, fabriles,
hasta hacer transitable el recuerdo, ese que nos lleva o nos deja.
Incorporé nuevas cosas inútiles, cerrarlos resultaba difícil.
Un informe militar que certificaba mi inutilidad total,
un candado, el cuerpo místico de Cristo, un muñeco;
una venus de Milo, otra venus de Playboy, una vecina.
Un niño pastor con dos ovejas bajo rayos divinos,
saltó por los aires en triple pirueta hasta mi rodilla.
El niño tenía la mirada triste y las ovejas estaban flacas.
Sonó el teléfono, era Bukowski.
Cierto, su paraguas estaba junto a la puerta.
Nunca llevo paraguas porque los detesto, dijo.
Lo guardé abierto en el cajón con las ovejas.
Cené un huevo duro y dos optalidones.
La nube continuaba fija sin esfumarse,
flotaba en el mismo lugar sobre el valle.
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