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La historia que se cuenta I

Publicado: Lun, 28 Sep 2026 21:05
por Raul Muñoz
La historia encontró al hombre
arrodillado frente a un cadáver;
sus manos sostenían la costilla.
Había olvidado su condición
y quería comenzar de nuevo.





Por necesidad escribo la historia.

Si no me necesita para nada es porque escribo.

Sentadas las bases, paso a la primera y última escena: no hay descripción.

¿Quién será entonces?

Me habían preguntado por la razón de ser, cuatro hombres ciegos, ángeles pidiendo tabaco a la salida del metro.
Uno sigue con sus cosas, el trayecto no termina en la parada; sales por la boca.

¿A quién no le ha pasado un tren por encima?

Dicen que la experimentación del crimen conduce al éxtasis.

Hace días que pienso, la vida de ese hombre no vale.
Tuve que hacerlo.

En el desierto no suelen haber testigos, raras veces un cuervo vendrá a posase sobre la conciencia. Y las nubes son como cortinas de humo devorando calima. Acaso, ¿puede en esas condiciones, pongamos por caso, un periodista, hacer una crónica?

De la policía no hablemos, relegada está, en urbes, controlando el tráfico y la venta de armas.

Me aburrieron esas pandillas jugando a hacerse mayores, a golpe de puño o filo de navaja o gatillo enjaulado.

No me fui de casa. Es más simple, según he oído, todo se cuenta, incluido yo abriendo el final.

Del insomnio frente a la pantalla consumiendo series y devorando ilusiones, pase a la abstracción del vientre. Allí estaba en su forma primigenia, el imposible. No tenía que ser.

Buscar un vuelo rápido a Afganistán pasando por Palestina, resulta tedioso, pero finamente estaba en el desierto. Tres horas de coche hasta su casa, un pequeño adosado entre colinas.

—Los encuentros permiten ver desde la distancia suficiente. ¿Fumas?

Era un fantasma.

Mediana edad, junto a un carácter agriado, además, abandonado en numerosas ocasiones. Alcanzó a tener una hija. Todo suma aquí, algo tenía que prevalecer después del ensayo-error. Nunca hablaba de la madre de su hija.

Hablo por él, la suerte no distingue pronombres.

Cadena con púas afiladas alrededor de su cintura, inútilmente, espachurrando la furia de los michelines.

Una taza que cae y observa el sobresalto de las piernas, y el tejido de la falda movido por un susurro, como si los platos hablasen por sí mismos. Friega la niña. Sigue siendo una niña para él, probablemente siempre lo será, si algo no termina de oponerse al anhelo profundo de este hombre perdido en la agreste fisonomía del desierto. Diría que es una mujer.

—¡Pa! ¡Enseguida salgo!

La porcelana con distintas formas variopintas, atónita, recuerda al joven de la foto con una pistola nueva, más feliz que un ocho, haciéndose oír por otros jóvenes que lo rodean, asustados, pero atrapados en el circulo vicioso de la adrenalina.

Ella sabe lo que tiene que saber.

—No escribas ninguna tontería, hazlo.

Voz ronca por el tabaco. La mano descansa en la rodilla.

No pasan en vano los años.




En tus manos hallé la pasión
que devora,
la valentía del hombre,
aún siendo chiquillo,
leyendo en voz baja
el cuento interminable.

Érase una vez la torpeza de la sinceridad
saliendo por la boca,
transfigurada en indefensa criatura,
con prominentes orejas para oír caricias
que sin nada llegan.

Calibramos noches entre dimes y diretes
con el sudor que amansa actos fallidos.



Él, y la estanquera que tanto mira.

Imagina que la pistola cae. Esto no es lo que parece, debería decir.

—¡Levanta las manos!

Un duro golpe con la culata rompe el vidrio del mostrador.
Se lleva los billetes al bolsillo mugriento, hecho con lana,
quedan temblando las manos, en busca de los detalles.
Ya viene a preguntar la policía. Pronto.

Es de noche cuando toma la última cerveza.
Golpea su frente el miedo de la estanquera.