Durante la tormenta
Publicado: Lun, 07 Sep 2026 1:44
Lloraste sin sentir que lo hacías
mientras el pelo tapaba tu sonrisa
y la piel erizada daba muestras de una pasión indómita.
Las ramas de los árboles golpeaban los cristales mojados,
la ventisca seguía almidonando la mudez de la estancia,
tú, continuabas impasible a ello mientras arañabas mi piel de deseo
y dejabas correr el flujo ansioso de tu erotismo.
La tormenta arreciaba,
nuestros sudores perfumaban de sensualidad las sábanas
y un relámpago inmortalizaba la imagen de nuestros cuerpos desnudos.
Tus labios humedecían los míos con el sabor lujurioso de los amantes,
entretanto mi reino eyaculaba el jarabe del placer
y tu esbelto cuerpo serpenteaba en busca de la exhalación de su interior.
Llovía con más fuerza,
los árboles luchaban por mantenerse firmes ante la tormenta
y nuestros húmedos cuerpos obviaban sus disputas
para satisfacer el deseo carnal de nuestros órganos.
La noche fue calmando su furia,
nuestros cuerpos fueron amainando la pasión
y la piel alisando su textura y desenfreno.
El alba desenfundó la oscuridad
y el sol despertó más brillante que nunca.
Fue entonces, cuando, de nuevo sin palabras,
se despertó nuestra tormenta,
tomaste una ducha fría, te vestiste
y cerraste la puerta, en silencio,
como un susurro sin eco.
Me quedé tumbado, exhausto,
y comprendí que solo se puede comprar el placer.
El amor susurra al oído su felicidad
mientras brillan sus ojos al roce del sol.
mientras el pelo tapaba tu sonrisa
y la piel erizada daba muestras de una pasión indómita.
Las ramas de los árboles golpeaban los cristales mojados,
la ventisca seguía almidonando la mudez de la estancia,
tú, continuabas impasible a ello mientras arañabas mi piel de deseo
y dejabas correr el flujo ansioso de tu erotismo.
La tormenta arreciaba,
nuestros sudores perfumaban de sensualidad las sábanas
y un relámpago inmortalizaba la imagen de nuestros cuerpos desnudos.
Tus labios humedecían los míos con el sabor lujurioso de los amantes,
entretanto mi reino eyaculaba el jarabe del placer
y tu esbelto cuerpo serpenteaba en busca de la exhalación de su interior.
Llovía con más fuerza,
los árboles luchaban por mantenerse firmes ante la tormenta
y nuestros húmedos cuerpos obviaban sus disputas
para satisfacer el deseo carnal de nuestros órganos.
La noche fue calmando su furia,
nuestros cuerpos fueron amainando la pasión
y la piel alisando su textura y desenfreno.
El alba desenfundó la oscuridad
y el sol despertó más brillante que nunca.
Fue entonces, cuando, de nuevo sin palabras,
se despertó nuestra tormenta,
tomaste una ducha fría, te vestiste
y cerraste la puerta, en silencio,
como un susurro sin eco.
Me quedé tumbado, exhausto,
y comprendí que solo se puede comprar el placer.
El amor susurra al oído su felicidad
mientras brillan sus ojos al roce del sol.