Elixir
Publicado: Vie, 04 Sep 2026 4:15
Elixir
Por E.R. Aristy
«El primer sorbo de la copa de las ciencias naturales te volverá ateo, pero en el fondo del vaso, Dios te está esperando».
— Werner Heisenberg
La unión de la ciencia y el Dios vivo dibuja un mapa cósmico. Es un puente donde la antigua astrología y los dioses romanos hallan su réplica en los astrofísicos, quienes parpadean sobrevolando el firmamento, recordándonos que incluso una estrella puede llevar nuestro nombre. La física, vista así, es un poema de líricas proporciones.
Al contemplar este orden universal, pienso en mis queridos Bruno Laja y Oscar Distefano, y me inunda la felicidad de nuestro breve encuentro en el tiempo. Las personas entran y salen de nuestras vidas como cometas; la estela que dejan es una misiva de sincronicidad y misterio. A veces nos limitamos a trazar una curva sobre el papel, sin comprender del todo el rumbo ni el porqué de esos cuerpos celestes que cruzan nuestro cielo personal.
Existe un solo Dios que nos busca. Por eso, si los alienígenas se niegan a ser vistos, es algo que no me quita el sueño; sé que los ángeles se dejan ver en nuestras horas de pequeñas muertes. Poco antes de que Tito partiera de este plano, escribió en una servilleta que hoy guardo contra el tiempo: «Cada uno de nosotros tiene un ángel de la guarda».
«Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. Si me apartara de ti, ¿qué sería de mí? Ángel de mi guarda, pide a Dios por mí». Esa inocente oración era mi refugio cuando niña. En efecto, funcionaba como un mantra que me sintonizaba con la paz y la armonía del todo.
La unión del Dios vivo y la ciencia siempre encontrará su vía de expresión. Nos acercamos a un tiempo donde los científicos serán filósofos y los filósofos, científicos. Sé que este destino es inevitable, un refugio necesario frente a esa persecución de las religiones que nos asustan y nos descolocan en la inmensidad del universo cuántico. En el fondo del vaso, la verdad nos aguarda.
Por E.R. Aristy
«El primer sorbo de la copa de las ciencias naturales te volverá ateo, pero en el fondo del vaso, Dios te está esperando».
— Werner Heisenberg
La unión de la ciencia y el Dios vivo dibuja un mapa cósmico. Es un puente donde la antigua astrología y los dioses romanos hallan su réplica en los astrofísicos, quienes parpadean sobrevolando el firmamento, recordándonos que incluso una estrella puede llevar nuestro nombre. La física, vista así, es un poema de líricas proporciones.
Al contemplar este orden universal, pienso en mis queridos Bruno Laja y Oscar Distefano, y me inunda la felicidad de nuestro breve encuentro en el tiempo. Las personas entran y salen de nuestras vidas como cometas; la estela que dejan es una misiva de sincronicidad y misterio. A veces nos limitamos a trazar una curva sobre el papel, sin comprender del todo el rumbo ni el porqué de esos cuerpos celestes que cruzan nuestro cielo personal.
Existe un solo Dios que nos busca. Por eso, si los alienígenas se niegan a ser vistos, es algo que no me quita el sueño; sé que los ángeles se dejan ver en nuestras horas de pequeñas muertes. Poco antes de que Tito partiera de este plano, escribió en una servilleta que hoy guardo contra el tiempo: «Cada uno de nosotros tiene un ángel de la guarda».
«Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. Si me apartara de ti, ¿qué sería de mí? Ángel de mi guarda, pide a Dios por mí». Esa inocente oración era mi refugio cuando niña. En efecto, funcionaba como un mantra que me sintonizaba con la paz y la armonía del todo.
La unión del Dios vivo y la ciencia siempre encontrará su vía de expresión. Nos acercamos a un tiempo donde los científicos serán filósofos y los filósofos, científicos. Sé que este destino es inevitable, un refugio necesario frente a esa persecución de las religiones que nos asustan y nos descolocan en la inmensidad del universo cuántico. En el fondo del vaso, la verdad nos aguarda.