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El jardinero

Publicado: Sab, 29 Ago 2026 9:27
por Julio Gonzalez Alonso
EL JARDINERO
González Alonso

La tosca y ramplona plaza amaneció de buena mañana con un palo de rosal en uno de los maceteros llenos de tierra y vacíos de flores. Todo el perímetro de los bloques de la urbanización lo rodeaban setos cuidados y espacios verdes de césped bien cortado. Pero nunca había lucido ni una triste flor; así que me pareció hermoso el ingenuo intento de hacer crecer un rosal.

Pasaron las semanas y cuando había olvidado el anecdótico tronco de rosal, en un extremo de una ancha y rectangular jardinera elevada, tres débiles tallos sostenían unas escasas hojas verdes. Y poco a poco, de manera regular, iban apareciendo nuevas jóvenes plantas sobre macetas y jardineras, multiplicando la promesa de las flores sobre la austera plaza.

El pronóstico sobre el futuro de las tiernas promesas florales me parecía incierto; pero consideraba elogiosas la voluntad y decisión de la anónima persona empeñada en la aventura; alguien que, con buena intención, pretendía iluminar de color y vida los espacios vacíos entre los feos bloques de viviendas con un suelo cubierto de losetas cuadradas rojas y blancas repartidas de forma regular formando cuadrados concéntricos.

Cada vez que atravesaba la plaza no podía evitar una sonrisa contemplando aquellos tallos repartidos por doquier desafiando al tiempo, el sol y la lluvia, y tal vez la tentación de ese alguien que siempre existe para destrozar –sin que se sepa por qué- lo que hacen los demás. También me preguntaba por las motivaciones de la persona que había asumido ajardinar aquellos espacios baldíos. Por qué lo hacía y para qué más allá de dotar de un aire fresco y colorido la plaza de la urbanización.

Y con el paso de los días y acercándose la primavera, comenzaron a adivinarse los primeros brotes en los frágiles tallos. Entonces, una sensación extraña se apoderó de mi ánimo. Deseaba un buen final para aquellas pequeñas muestras de vida vegetal agarradas al suelo terroso de las por tanto tiempo olvidadas jardineras y temía al mismo tiempo su fracaso o la acción vandálica que les cortara el paso a la vida. A ello se unía la curiosidad despertada por conocer la mano que ponía todo su empeño con los riegos y cuidados de aquellos brotes.

Seguía preguntándome por la razón o el interés del autor de ese trabajo. Las conjeturas que se me ocurrían las juzgaba disparatadas; así que decidí dejarlas a un lado, aunque de manera recurrente volvieran a mi mente las preguntas.

Fue por casualidad que, una mañana temprano, sorprendiera al protagonista de la historia, tijeras podaderas en mano, azadillo, pala corta y regadera por toda compañía, ensimismado en el cuidado de uno de los maceteros. Levantó levemente la cabeza de su trabajo y me dirigió una breve mirada con una sonrisa a modo de explicación que correspondí con otra sonrisa de aprobación acompañada de los buenos días. Se trataba de un hombre mayor, con toda seguridad en sus años de jubilación, de rostro afable y modales delicados, tocado por un sombrero claro de ala estrecha. Retomó la tarea apenas interrumpida por el saludo mientras yo alcanzaba el portal de mi casa. Y lo mismo ocurrió en muchos de los días siguientes sin que le preguntara o me preguntara nada el improvisado jardinero con el saludo de cortesía.
En diferentes ocasiones estuvo a punto de detenerme y preguntarle directamente por qué había asumido de forma voluntaria la altruista labor de sembrar de flores los rincones abandonados de la urbanización. ¿Por distracción? ¿Para llenar el tiempo? ¿Por una vocación de jardinero tal vez frustrada? ¿Por pura afición y gusto por las flores? El caso es que, sin que yo mismo lo sepa explicar, decidí admirar y valorar su trabajo sin juzgarlo por sus motivaciones. Y los cruces de sonrisas de aprobación y saludos continuaron.

Los días de primavera se adueñaban con vigor de cada brote verde, y por los rincones de la plaza se derramaba la luz vistiendo cada planta crecida una alegre algarabía de colores. Reparé, entonces, en el palmito que, antes abatido y sin color, aparecía ahora jubiloso y fresco sobre el gran macetero cilíndrico en el que anteriormente languidecía. Junto a los jóvenes rosales se espabilaban grupos de hortensias, calas, geranios, claveles, petunias, rodales de lavanda, hermosas nomeolvides* y otras flores de colores morados, amarillos y azules, desconocidas para mí. El cuidado continuo del voluntarioso jardinero estaba dando sus frutos con agradecida generosidad. No solamente sobre los toscos maceteros redondos y rectangulares de alturas desiguales y tamaños, sino también en algunos de los espacios verdes acotados por los setos, próximas a las vistosas adelfas y alrededor del pie del joven sauce llorón se extendían con gratitud las flores.

Fue otra mañana que, sentado a hora temprana en un banco de la urbanización, contemplaba con afabilidad la prodigiosa y fecunda obra del jardinero en el cuadro natural pintado de los colores de las flores que galantes exhalaban los suaves aromas esparcidos por la brisa. Todo era paz y silencio en aquellas privilegiadas primeras horas matinales de domingo. Las campanas resonaron a lo lejos desde la torre de una iglesia apartada llamando a la primera misa; era un tañer lento y sosegado de un bronce oscuro y grave que evocaba en la imaginación los viejos monasterios y los cantos gregorianos. La calma inundaba totalmente el espacio luminoso de la plaza y el alma. La mente se dejaba ir jugueteando fantasías y sueños mientras el tiempo dejaba de existir, suspendido en la ingravidez de los recuerdos y el aroma del lenguaje de las flores.

Los pensamientos dispersos y amables de la mañana de domingo se interrumpieron de pronto. Un hombre avanzaba por el medio de la plaza en dirección al gran centro que ocupaba el cuidado jardín; arrastraba lentamente una silla de ruedas ocupada por una mujer de rostro sonriente y mirada inexpresiva, como perdida por los vericuetos de unos mundos lejanos, más allá de la cobertura del cielo. Llevaba la mujer un vestido ligero de lino y, aunque a esas horas parecía innecesario, se cubría con un amplio sombrero blanco tocado por una cinta roja.

Era aquella la primera vez que veía al improvisado y afanoso jardinero acompañado de la mujer. Su andar pausado y sin aparente prisa por llegar a ninguna parte lo acompañaba con una sonrisa al vacío y al aire. Lentamente, hombre y mujer, fueron acercándose a la orilla de aquella pequeña floresta que hizo nacer con sus manos, detuvo la silla frente a un alto rosal de rosas rojas y elevó la mirada hacia las más altas que se balanceaban suavemente empujadas por el suave aire de aquellas horas tempranas. La mujer seguía con su sonrisa, como si fuera la imagen inmóvil de un lienzo o una fotografía antigua congelada en el tiempo. Entonces ocurrió. El hombre alcanzó una rosa y la desprendió con un gesto hábil de su tallo, la contempló abstraído unos segundos y colocándose frente a la mujer, extendió su mano y se la entregó. Comprendí, de golpe, para qué había ido haciendo crecer todas aquellas flores que adornaban la anodina plaza de la urbanización. No cabía más amor. Le dio un beso en la frente levantando con delicadeza su sombrero.

La mujer llenó de vida su sonrisa y de su mirada ausente se descolgó una lágrima.


*”Nomeolvides” (Myosotis).- Pequeñas flores de cinco pétalos de intenso color azul y centro amarillo. Simbolizan el amor eterno, la lealtad, la fidelidad y el recuerdo imborrable de las personas queridas. Su nombre popular se debe a una leyenda europea en la que se cuenta que un hombre se cayó a un caudaloso río cuando intentaba coger estas flores para su amada; antes de ahogarse arrojó el ramo y gritó: ¡No me olvides!