No pude morirme contigo
Publicado: Lun, 20 Jul 2026 0:33
No pude morirme contigo
Yo he sido y soy ese lector anónimo.
El que se queda en vela, quemando pestañas.
No solo leo y releo con mi ceguera protectora;
de hecho, lo más revelador ha sido mi propia incapacidad para leer los diarios de Tito.
Hace nueve años que murió llorando, atrapado en un coma y atado a un respirador.
He tocado el mechón rojizo de su primer corte de pelo.
He abierto el sobre que guarda sus dientes de leche.
En nueve años, los ciclos del luto apenas alcanzan para rozar su privacidad.
No puedo digerir ese material de electrones vibrantes, hoy en pausa.
Quizás leerlo sea aceptar la demarcación final de su partida.
Temo que, si me interno en su monólogo interior, tendré que admitir que se ha ido,
que nunca más volveremos a compartir el milagro de estar vivos.
Leer a los difuntos que dejaron escritas sus teorías mentales es fácil;
sirve para aprender que la mente humana es un cúmulo de artefactos
y para decidir dónde colocarlos: si en un remolino o sobre el quicio de una escalera infinita.
En cambio, yo siempre anduve a la deriva, buscando piedras para leer.
He leído mundos de expectativas y frases hechas sin encontrar el reflejo de mis ojos.
No pude morirme contigo, Tito.
Por eso tengo que escribir cada día que no sé qué es el tiempo.
No es una lectura fácil encontrar a quien porfía por no lavar los platos sucios.
Descubrir que, en su lugar, la verdadera alegría es ver hoy a Alejandro,
hecho un hombre, caminando con dos arcángeles de lado a lado.
Me quedo de este lado, con la mesa sin recoger y los ojos abiertos.
Escribiendo para no olvidarte, leyendo la vida que dejaste encendida en los demás.
E.R. Aristy
Yo he sido y soy ese lector anónimo.
El que se queda en vela, quemando pestañas.
No solo leo y releo con mi ceguera protectora;
de hecho, lo más revelador ha sido mi propia incapacidad para leer los diarios de Tito.
Hace nueve años que murió llorando, atrapado en un coma y atado a un respirador.
He tocado el mechón rojizo de su primer corte de pelo.
He abierto el sobre que guarda sus dientes de leche.
En nueve años, los ciclos del luto apenas alcanzan para rozar su privacidad.
No puedo digerir ese material de electrones vibrantes, hoy en pausa.
Quizás leerlo sea aceptar la demarcación final de su partida.
Temo que, si me interno en su monólogo interior, tendré que admitir que se ha ido,
que nunca más volveremos a compartir el milagro de estar vivos.
Leer a los difuntos que dejaron escritas sus teorías mentales es fácil;
sirve para aprender que la mente humana es un cúmulo de artefactos
y para decidir dónde colocarlos: si en un remolino o sobre el quicio de una escalera infinita.
En cambio, yo siempre anduve a la deriva, buscando piedras para leer.
He leído mundos de expectativas y frases hechas sin encontrar el reflejo de mis ojos.
No pude morirme contigo, Tito.
Por eso tengo que escribir cada día que no sé qué es el tiempo.
No es una lectura fácil encontrar a quien porfía por no lavar los platos sucios.
Descubrir que, en su lugar, la verdadera alegría es ver hoy a Alejandro,
hecho un hombre, caminando con dos arcángeles de lado a lado.
Me quedo de este lado, con la mesa sin recoger y los ojos abiertos.
Escribiendo para no olvidarte, leyendo la vida que dejaste encendida en los demás.
E.R. Aristy