Casualidades

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José Manuel Palomares
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Casualidades

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Eran las 20 de la tarde de un sábado cualquiera. Currando desde las 7 de la mañana hasta las 21 de la noche sin apenas parar a beber un sorbo. Ebriedad, más que cansancio. En algunas situaciones similares yo había sido capaz de salirme de mi cuerpo y observarme desde fuera de mí como un ente apenas discernible de cualquier otro fenómeno atmosférico.

Me quedaba ir a cobrarles el alquiler a unos chicos que jugaban a fútbol sala. El pabellón me pilla a 50 metros. Los recorrí. Y ya en la puerta del pabellón me encuentro con el que parecía el tesorero, que se dirigió a mí con toda amabilidad. Y efectivamente, me pagó, y les dije yo que gracias, y que, si se duchaban rapidito, mejor. Incluso en momentos así, en los que tú ya estás en las últimas, da gusto ver a estos chicos cómo sufren por el calor, y las pintas que sacan del pabellón después de haberse pasado hora y media corriendo como locos dentro de una sauna. Es parte del sadismo con el deporte que vivimos actualmente. Y uno de los grandes consuelos de trabajar en los servicios deportivos, poder darte cuenta a diario de que los clientes se cansan más que tú.

Cogí mi camino, que era el de regreso a mi centro de operaciones, ir preparando el cierre de la instalación, y sacar las cuentas de la caja.

Voy a sacar el reembolso, y oh, oh, al meterme la mano al bolsillo, el billete ya no estaba. Me habían desaparecido veinte euros en menos de lo que tardaba Usain Bolt en darse la media vuelta. Sin duda, se me habría visto caer al metérmelo en el bolsillo, el billete, durante el intercambio. O no, un golpe de viento, quizá hasta me lo habían birlado. No te puedes ya fiar de nadie. Recordé que el chico que vino a pagarme era un muchacho simpático, pero no recordaba el momento exacto del pago, ni haber visto yo billete alguno. Si lo hice fue sin darme cuenta, guardar el billete. Además, por ciertos detalles gestuales de la fisonomía arquetípica del chico y un mentón malhumorado que ahora recordaba con plena atención, tuve la firme seguridad de que me habían timado.

Me voy directo al pabellón a reclamarles la deuda, y decirles que con otros habrían topado para tomarlos por tontos, pero conmigo, habían tocado en hueso. Unos pasos más allá de tal ferviente búsqueda de justicia, y antes siquiera de encarar a mis nuevos enemigos, hice una nueva pausa, porque en el caso de la transacción de billetes, si encima nos referimos a cuando estoy hablando con alguien, que es casi siempre, no era yo precisamente Sherlock Holmes para la captura de los detalles. Me lo habían pagado, el billete, claro que me lo habían pagado, pero en nombre de una de las verdaderas gracias con la que he sido bendecido por la vida para este mundo, perder el dinero tontamente, fui yo el factual necesario y único responsable de aquella pérdida.

Abandoné mi antigua paranoia, y pensé en hacer el viaje de garbancito a través de los pasos que recordaba haber hecho desde que hipotéticamente recibí el billete. Había más o menos dos cuadras para ir a cerrar la pista de tenis, vuelto a cerrar otro de los pabellones, ningún billete, pero al seguir corriendo la calle, antes de llegar a la garita, veo un coche que me hace pensar: “este coche es igual de viejo y está al menos tan hecho polvo como el nuestro”. Me acerco mejor a mirar, y no es que fuera igual, es que era nuestro coche. Grado máximo de perplejidad, porque es una zona alejada de casa y nadie aparca el coche por allí. Me llega el recuerdo de que hacía dos o tres días yo había intentado coger el coche una tarde y no lo encontré por la calle, lo dejé por imposible. Llamo a mi hermano por si él hubiera aparcado allí por alguna razón, y dice que no. No hay más manos que conduzcan ese coche y por tanto había aparecido allí por teletransportación espontánea, o como coche que se había perdido y no tenía forma de comunicarlo. Vuelvo a la garita, me deshago de las últimas tareas del cierre. Máteme camión y mañana será otro día. Había perdido 20 euros, pero al menos me había encontrado un coche. Cojo la moto, avanzo 50 metros hasta la esquina. Freno al llegar y me paro en un paso de cebra. Justamente, lo atraviesa una señora, la dejo que pase, y observo que detrás de la señora viene un papelito que va arrastrándose con el viento, y como tan enseñoreado en sí mismo que daba gusto mirarlo. Espero que pase la señora, aparco la moto, voy a ver el papelito, y era el billete de 20 euros que perdí, que había vuelto a mis manos.

Cuando me ocurren cosas así creo que no acabo de caer lo suficientemente hondo dentro de mi asombro.
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