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La sombra

Publicado: Dom, 05 Jul 2026 7:25
por Juan Roldán
Recientemente me instalé en Lucena, en la provincia de Córdoba. Lo hice después de enviudar. Mi esposa había nacido aquí y, tras su muerte, pensé que este sería un buen lugar para pasar el resto de mi vida.

Con la venta de mi casa, los ahorros de toda una vida y mi pensión de jubilación, podía permitirme una existencia tranquila. El coste de la vida es menor en una ciudad de cuarenta mil habitantes, y eso me ofrecía una calma que necesitaba.

Nada me retenía en mi ciudad natal. No tuvimos hijos y, en cierto modo, la vida me había dejado libre para elegir dónde continuar. Conocía bien Lucena por las innumerables visitas durante mi matrimonio, así que no dudé en fijar aquí mi residencia.

Me instalé en una pequeña propiedad en las afueras, en Campo Aras, una urbanización de chalets. Está lo bastante cerca como para bajar a la ciudad cada día y lo bastante lejos como para que las noches resulten más silenciosas de lo que uno espera.

Llevaba ya unos meses de tranquila rutina. Cada mañana bajaba temprano a Lucena para tomar el primer café del día en Fanegas, el local donde —según la sabiduría popular— se prepara el mejor café de la ciudad. Tras la charla obligatoria con los parroquianos habituales, iniciaba mi paseo por las calles del centro.

Después solía desayunar en Barriles, otro establecimiento clásico, y a continuación visitaba la biblioteca municipal para curiosear sobre la historia de Lucena. Era una forma de sentir que la ciudad me hablaba, aunque fuera a través de documentos viejos y fotografías amarillentas.

Mi hora preferida llegaba sobre la una de la tarde: la tertulia en el Habichuela, unos vinos y conversaciones que oscilaban entre la política y el chismorreo local. Tras un par de horas de charla, comía en El Valle, otro lugar de referencia, y regresaba a casa, donde escribía, leía, escuchaba música o sesteaba según me pluguiera.

Era una vida sencilla, ordenada, casi perfecta.

Quizá demasiado perfecta.

Aquella tarde regresé a Campo Aras con la misma sensación de sosiego que me acompañaba desde que me instalé allí. El aire olía a tierra caliente y a silencio, ese silencio peculiar que solo existe en las afueras, cuando la ciudad queda lo bastante lejos como para no escucharse y lo bastante cerca como para no sentirse aislado.

Abrí la puerta de la casa y entré sin encender la luz. El sol de julio aún entraba por la ventana del salón, dibujando rectángulos dorados sobre el suelo. Todo estaba en su sitio. O al menos eso pensé al principio.

Dejé las llaves en la mesa, como siempre, y me dirigí al escritorio para revisar unas notas que había dejado por la mañana. Fue entonces cuando lo noté.

La silla no estaba donde debía.

No era un cambio evidente. No era algo que cualquiera hubiera percibido. Pero yo sí. La silla estaba desplazada unos centímetros hacia atrás, apenas lo suficiente para romper la geometría que yo mismo había ordenado.

La devolví a su posición con un gesto lento, casi ritual, y me dije que no debía darle importancia. Que quizá, sin darme cuenta, la había movido yo mismo.

Pero mientras preparaba la cena, la imagen de la silla seguía regresando, como una nota mal colocada en una melodía conocida.

Dormí mal. No por miedo, sino por una inquietud leve, casi imperceptible.

Al despertar, encontré algo sobre la mesa del salón.

Un papel. Doblado en dos. No recordaba haberlo dejado allí.

Lo tomé entre los dedos. Era un folio común, de los que uso para mis borradores, pero doblado con una precisión casi obsesiva. Al abrirlo, sentí un vuelco sordo en el pecho. No era miedo. Era reconocimiento.

Una sola frase, centrada, escrita con tinta azul:

“No tienes por qué recordar todo hoy.”

La caligrafía era mía. Inconfundible. Pero yo no había escrito eso.

Guardé el papel en el bolsillo. En Lucena no comente nada, no dije nada a nadie, en el Habichuela la tertulia me pareció distante, como si las voces llegaran desde otra habitación.

Al día siguiente, de nuevo, la silla estaba otra vez desplazada. Esta vez hacia adelante, como invitando a sentarse. Sobre la Olivetti, otro papel:

“El café en Fanegas sabe mejor cuando no buscas el sabor de ella.”

Sentí un escalofrío. No era una amenaza. Era una observación íntima, demasiado íntima.

Empecé a vigilar la casa. Marcas de polvo en los marcos, hilos invisibles en los cajones. Nada. Ninguna entrada. Ninguna huella. Solo los papeles.

Aparecían cada dos o tres días, siempre en lugares donde yo pensaba demasiado: junto a la almohada, sobre el libro que estaba leyendo, en el espejo del baño.

Las frases cambiaban. Algunas eran suaves:

“Camina por Jauja. El agua recuerda lo que tú olvidas.”

Otras, preguntas que no quería responder:

“¿Cuándo fue la última vez que respiraste sin dolor?”

Mi vida, antes recta y previsible, se convirtió en un diálogo silencioso con alguien que escribía con mi propia mano.

Una noche dejé una nota:

“¿Quién eres?”

La respuesta apareció bajo la taza del desayuno:

“Soy lo que dejaste atrás.”

Decidí esperar. No dormir. Sentarme en el salón, a oscuras, con la luna entrando por la ventana.

Y entonces lo vi.

No entró. No surgió. Simplemente estaba allí, sentado en la silla desplazada.

Era yo.

Pero no el yo que había llegado a Lucena con el peso del duelo. Era un yo más ligero, más joven en la mirada, más vivo.

No habló. Señaló la ventana. Señaló su pecho. Señaló el mío.

Comprendí algo, pero no del todo. Como si la idea estuviera a medio formar.

Cuando se levantó, la habitación pareció encogerse. Pasó junto a mí sin tocarme, pero sentí un calor leve, como el que deja una presencia que no es del todo física.

Y entonces desapareció. No como humo. Como un pensamiento que se retira.

La silla quedó perfectamente alineada bajo la mesa.

No hubo más notas.

Bajé a Fanegas al día siguiente. Pedí el café. Lo bebí sin buscar nada.

Sabía bien.

Caminé por Lucena sin rumbo. Por primera vez, la ciudad no parecía un mapa del pasado.
Sino un lugar que aún podía escribirse.

Pero aquella noche, al volver a Campo Aras, encontré algo sobre la mesa.

Un papel. En blanco.