Lo animálico
Publicado: Mié, 01 Jul 2026 22:33
Este es el nuevo mundo.
Aquí yace lo primitivo,
los alejados del vientre;
acá caminan los rechazados,
los que olvidaron comer el fruto,
los que soportamos lo telúrico
cuando todo caía.
Corren por nuestros cuerpos
las derrotas.
Sembramos, bajo cielo nocturno,
serpientes escamadas,
cuando llovían ojos de caballos,
cuando el diluvio se llevaba
nuestros pies de cigarra,
donde la tarde era de cuero mojado,
hambre y tabaco caliente.
Somos ánimas, viejo amigo,
una pulsión que nos devora.
Somos el temor del otro lado del cristal,
pero no donde estamos.
Me sigue una pantera dondequiera,
pero no temo.
Los huesos de las rosas
no creen en el cementerio.
El cuervo del atardecer devora la luna,
escupe su brillo sobre el estero
donde pescábamos,
donde bebíamos la sangre de los peces.
No pueden acusarme de nada,
todo fue con mi consentimiento.
Lo hice porque me mordían los lobos de la bruma,
porque me partí los pies cruzando el río.
Aún me sangra la mano con la que maté aquella tórtola.
Era un niño jugando,
no pueden acusarme de nada,
no sabía que dolería tanto:
décadas, quizá siglos,
esta cuncuna negra que me crece en la palma,
un recordatorio,
una apertura carnal como una emboscada,
grieta atemporal,
como una mantis interna
que se carcome a si misma.
Aquí yace lo primitivo,
los alejados del vientre;
acá caminan los rechazados,
los que olvidaron comer el fruto,
los que soportamos lo telúrico
cuando todo caía.
Corren por nuestros cuerpos
las derrotas.
Sembramos, bajo cielo nocturno,
serpientes escamadas,
cuando llovían ojos de caballos,
cuando el diluvio se llevaba
nuestros pies de cigarra,
donde la tarde era de cuero mojado,
hambre y tabaco caliente.
Somos ánimas, viejo amigo,
una pulsión que nos devora.
Somos el temor del otro lado del cristal,
pero no donde estamos.
Me sigue una pantera dondequiera,
pero no temo.
Los huesos de las rosas
no creen en el cementerio.
El cuervo del atardecer devora la luna,
escupe su brillo sobre el estero
donde pescábamos,
donde bebíamos la sangre de los peces.
No pueden acusarme de nada,
todo fue con mi consentimiento.
Lo hice porque me mordían los lobos de la bruma,
porque me partí los pies cruzando el río.
Aún me sangra la mano con la que maté aquella tórtola.
Era un niño jugando,
no pueden acusarme de nada,
no sabía que dolería tanto:
décadas, quizá siglos,
esta cuncuna negra que me crece en la palma,
un recordatorio,
una apertura carnal como una emboscada,
grieta atemporal,
como una mantis interna
que se carcome a si misma.