¿Tanto tiempo hace de aquello?
Publicado: Lun, 01 Jun 2026 0:59
¿Tanto tiempo hace de aquello?
Éramos infantiles a pesar de haber pintado ya canas.
Estábamos supeditados por el poder de la incultura y la ignorancia,
pero el amanecer era claro y poco importaba la situación.
Andar era cruzarse con el vecino, con el amigo,
con la bata azul, arrugada y desgastada, del tendero de la esquina,
aquel que apuntaba la cuenta en una libreta
pero que nunca nos negó nada.
Todos los días llovían gotas desde los balcones,
agrietados y mugrientos,
de esas viejas y remendadas ropas
enganchadas a un cordel por las duales pinzas.
El tiempo corría al igual que hoy,
pero era más pausado, más tranquilo,
nuestros cuerpos, nuestras cabezas,
asimilaban los días con la pulcritud de aquel bordado de hilo.
Era menos complicado comer,
apenas tenías unas pocas patatas tocadas y llenas de brotes,
un puñado de míseras lentejas
y algún pedazo de pan, sobrante del día anterior,
o aumentando la cuenta del panadero del barrio.
Pero las calles, empedradas y toscas,
eran una inmensa comunidad,
un lugar donde se hablaba,
los niños se llenaban de tierra, peleaban y reían,
y nosotros, con nuestros trajes de miseria,
siempre veíamos un rayo de luz brillando en cualquier parte.
Y aquello fue pasando,
como pasa el agua por los recovecos del río,
como se esconde la tierra, ayer pisada, bajo el asfalto,
los escombros de aquellas casas en ruinas
en los cimientos de esas torres que casi rozan las nubes.
Ahora, me siento desnudo cuando ando por las calles,
calles llenas de ruidos, de torbellinos de seres y de locura,
ahora que el encorvado cuerpo apenas puede moverse,
los ojos supuran el horror de los años,
y la piel se acuerda de las grietas de aquellos balcones,
me pregunto dónde estuve y dónde estoy.
¿Tanto he andado en la vida?
¿Tanto tiempo hace de aquello?
Éramos infantiles a pesar de haber pintado ya canas.
Estábamos supeditados por el poder de la incultura y la ignorancia,
pero el amanecer era claro y poco importaba la situación.
Andar era cruzarse con el vecino, con el amigo,
con la bata azul, arrugada y desgastada, del tendero de la esquina,
aquel que apuntaba la cuenta en una libreta
pero que nunca nos negó nada.
Todos los días llovían gotas desde los balcones,
agrietados y mugrientos,
de esas viejas y remendadas ropas
enganchadas a un cordel por las duales pinzas.
El tiempo corría al igual que hoy,
pero era más pausado, más tranquilo,
nuestros cuerpos, nuestras cabezas,
asimilaban los días con la pulcritud de aquel bordado de hilo.
Era menos complicado comer,
apenas tenías unas pocas patatas tocadas y llenas de brotes,
un puñado de míseras lentejas
y algún pedazo de pan, sobrante del día anterior,
o aumentando la cuenta del panadero del barrio.
Pero las calles, empedradas y toscas,
eran una inmensa comunidad,
un lugar donde se hablaba,
los niños se llenaban de tierra, peleaban y reían,
y nosotros, con nuestros trajes de miseria,
siempre veíamos un rayo de luz brillando en cualquier parte.
Y aquello fue pasando,
como pasa el agua por los recovecos del río,
como se esconde la tierra, ayer pisada, bajo el asfalto,
los escombros de aquellas casas en ruinas
en los cimientos de esas torres que casi rozan las nubes.
Ahora, me siento desnudo cuando ando por las calles,
calles llenas de ruidos, de torbellinos de seres y de locura,
ahora que el encorvado cuerpo apenas puede moverse,
los ojos supuran el horror de los años,
y la piel se acuerda de las grietas de aquellos balcones,
me pregunto dónde estuve y dónde estoy.
¿Tanto he andado en la vida?
¿Tanto tiempo hace de aquello?