Tan solo dos días
Publicado: Dom, 19 Abr 2026 12:12
...
Iban despacio las manos,
la carretera mojada
cedía brillante bajo las ruedas
y el mundo pasaba
como si acabara de empezarse.
Sonaban los motores,
y adentro
se abrían entre nosotros
la promesa y la calma.
Iban los ojos
derramándose por el paisaje,
perdiéndose de pronto
entre tus rodillas,
y de nuevo hacia afuera,
cruzando nubes,
espejos blandos
de un deseo sin prisa por revelarse.
A través de aquel calor
todo encontraba
una forma ligera de quedarse,
hasta la lluvia
que íbamos agujereando
mientras perseguíamos el horizonte.
Los kilómetros se caían
de la boca del camino,
uno dentro de otro,
y las palabras
se quedaban suspendidas,
ensanchando el aire
hasta volverlo habitable.
Y fue llegar,
las calles pequeñas junto al mar
se nos abrían
generosas,
el blanco y el azul
se impregnaban en nosotros,
y la arena,
como si llevara tiempo esperándonos,
nos guardaba su mejor hueco
para sentarse.
Después,
subimos despacio
a aquella habitación desnuda,
a las manos que no se cansan,
a la distancia
retrocediendo despacio,
a un tiempo quieto
suspendido en el instante,
donde la luz respiraba
por encima de nosotros.
Y allí cabía una vida
en la inmensa fragilidad de aquel aire.
Y desde allí
salimos de vuelta tranquilos,
acariciando despacio
las palabras
y la costa,
mientras el cielo
se abría por fin,
y las ruedas,
aún latiendo,
nos devolvían al mundo
para encenderlo.
Hoy, persiste la luz
de aquella noche
a través de las sábanas.
Cierro los ojos
y regreso al camino,
al pueblo
y a nosotros,
y de pronto
se posa discreta
esa luz
en mi sonrisa distraída,
borrando
toda oscuridad que el olvido pudiera sembrar
en quien fuimos entonces,
en los que somos hoy,
unidos para siempre
por aquel viaje.
.
.
.
Iban despacio las manos,
la carretera mojada
cedía brillante bajo las ruedas
y el mundo pasaba
como si acabara de empezarse.
Sonaban los motores,
y adentro
se abrían entre nosotros
la promesa y la calma.
Iban los ojos
derramándose por el paisaje,
perdiéndose de pronto
entre tus rodillas,
y de nuevo hacia afuera,
cruzando nubes,
espejos blandos
de un deseo sin prisa por revelarse.
A través de aquel calor
todo encontraba
una forma ligera de quedarse,
hasta la lluvia
que íbamos agujereando
mientras perseguíamos el horizonte.
Los kilómetros se caían
de la boca del camino,
uno dentro de otro,
y las palabras
se quedaban suspendidas,
ensanchando el aire
hasta volverlo habitable.
Y fue llegar,
las calles pequeñas junto al mar
se nos abrían
generosas,
el blanco y el azul
se impregnaban en nosotros,
y la arena,
como si llevara tiempo esperándonos,
nos guardaba su mejor hueco
para sentarse.
Después,
subimos despacio
a aquella habitación desnuda,
a las manos que no se cansan,
a la distancia
retrocediendo despacio,
a un tiempo quieto
suspendido en el instante,
donde la luz respiraba
por encima de nosotros.
Y allí cabía una vida
en la inmensa fragilidad de aquel aire.
Y desde allí
salimos de vuelta tranquilos,
acariciando despacio
las palabras
y la costa,
mientras el cielo
se abría por fin,
y las ruedas,
aún latiendo,
nos devolvían al mundo
para encenderlo.
Hoy, persiste la luz
de aquella noche
a través de las sábanas.
Cierro los ojos
y regreso al camino,
al pueblo
y a nosotros,
y de pronto
se posa discreta
esa luz
en mi sonrisa distraída,
borrando
toda oscuridad que el olvido pudiera sembrar
en quien fuimos entonces,
en los que somos hoy,
unidos para siempre
por aquel viaje.
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