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A las Puertas del Cielo

Publicado: Mié, 18 Mar 2026 1:06
por Ana García
El anarquista abrió los ojos del todo tras salir del túnel de luz.
Enfrente, a unos metros se hallaban unas rejas. Al pie de una puerta San Pedro esperaba con los brazos cruzados.
-¡Anda! ¡Pero si existe el cielo! -exclamó.
-Buenas, caballero, ¿podría identificarse?
-¡Ah! sí… -contestó con gesto distraído- casi ni me lo creo. ¡Quién me lo iba a decir!
-¿El qué? -preguntó con cara de pocos amigos San Pedro.
-Pues eso, que exista el cielo. Ya ves cincuenta años pensando que no existe ni Dios ni Amo y de repente me muero y… ¡toma! Te das de narices con las puertas del cielo.
-Bueno, muy bien, me alegro por usted -suspiró con dejadez el santo-. ¿Me entrega el número de identificación que le han proporcionado en secretaría?
-¿Secretaría? ¿Número! ¡Oiga, que yo me he muerto con lo puesto! Ni tiempo he tenido de vestirme para la ocasión.
-¡Otro que se saltó la ventanilla de secretaría! Nada más salir del túnel hay una puerta con el letrero dorado. ¡Bien grande!
-¡Yo no he visto nada! La luz me ha cegado -contestó airado el anarquista- ¿Y ahora qué hago? ¿Vuelvo a pasar el túnel?
-No, déjelo, que no me fío, que lo mismo le da por volver en forma de espíritu al mundo de los vivos y luego la culpa es mía.
-¿Yo volver en forma de espíritu? ¿Sin cuerpo y sin placeres? Anda ya. Mire Pedro, le hablo con el corazón y la buena fe de un anarquista: yo paso de volver, acabo de llegar y me he quedado bastante harto, que no sé si sabe lo mal que se pasa allá abajo -dijo agitando la mano-. ¡Ay si yo le contara!
-Pero ¿tan malo le ha parecido?
-¡Joder si me ha parecido! Allí abajo, que veo que en las alturas no os enteráis de la misa a la media, si no naces con dinero lo llevas crudo. Hay mucho paro compañero, además tienes que tener unas condiciones, ¡que vaya condiciones!: tener una salud de hierro, ser guapo, simpático, paciente para aguantar lo que te venga, fuerte para romper narices si lo necesitas y más cosas.
-A mi me parece que exagera. Veamos, ¿se acuerda de cuando tenía diez años?
-Sí, me lo pasaba de muerte recogiendo patatas en el campo, ¡el espinazo le tengo resentido desde entonces!
-¿Y a los dieciséis?
-Mira, ese año tuvimos una buena cosecha de cebollas.
-Pero, ¿No tiene otros recuerdos más divertidos?
-Sí, rascarme las pelotas, no te fastidia. Mire mis manos, vaya, con esta niebla no se ve un pijo. Pero yo te aseguro que el cuerpo que he dejado allí abajo tenía unos callos que…

En ese instante se acerca a ellos un extraño personaje vestido con una túnica blanca y dos grandes alas pegadas misteriosamente en la espalda.
-¡Ah! Ramón, ¿Qué tal andamos? -preguntó San Pedro.
-Ya ve, aquí de vuelta. -Volviéndose hacía el anarquista- ¿No sabe quién soy verdad? Pues nada más y nada menos que su ángel de la guardia.
-¡Anda que no tienen guasa por aquí arriba! -dijo el anarquista, soltando una tosecilla muy oportuna-. Esto… y si no es molestia preguntar, ¿se puede saber qué ha hecho por mí? Por curiosidad, nada más.
-Bueno… -Ahora era el ángel el que tosía-. Mentalmente te ayudaba, sobre todo en los momentos más críticos. ¿No oía usted una voz suave y alentadora en su mente que le susurraba: “Vamos Paco, sigue adelante, tú puedes”? ¿No se acuerda de esa mano invisible que le daba palmaditas en la espalda? Pues ése era yo.

A Paco, el honrado anarquista, le estaban entrando unas ganas locas de liarse a tortas con el ángel blanco, cuando se dio cuenta de que sus manos no tenían las fuerzas de antaño.

-Te salvas porque no puedo.
-Calma, calma -le pidió su ángel- ¡Por favor, nada de violencias! Que aquí todos somos muy civilizados.

En ese momento, dos obreros de la construcción salían del túnel de luz discutiendo:

-Pero cómo diablos quieres que te sujetara la escalera bien, si tenía que moverme para esquivar los hierros que caían del edificio. Además, no podías matarte tú solo, no, tenías que caerte encima de mí.
-¡No es culpa mía! Para algo están los cascos reglamentarios.
-¿Habrá alguna tabernita por aquí? ¿No? -dijo el operario a los presentes, a modo de saludo-. Me he muerto sin almorzar.
-Anda no seas tragón, siempre pensando en lo mismo -le respondió su compañero-. Bueno, y ¿Qué ambiente hay por aquí?
-Yo acabo de llegar -contestó el anarquista-. Pero espera a conocer a tu ángel de la guardia.




P.d. : Y mientras pegábamos cárteles o íbamos en la manifestación cantábamos a pleno pulmón este tema de Sánchez Ferlosio. Y todos sabían qué lugar ocupaba cada idea, cada postura, cada situación. Ahora parece que hay que repartir diccionarios a mansalva. ¡Qué cosas!