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Aquel atardecer bermejo,
sobre las altas montañas,
se hizo nido en los adentros,
tras el silencio de un hechizo.
Solos
y con todo el universo
abierto a la hermosura.
Se despertó el asombro,
—aire que embriagó susurros—.
Y ya no existió otro cielo
que no fuera
el rojo vestigio de estar vivos.
Si no hubiera nadado
en el mar contemplativo
de tus ojos,
e ir en busca del abrigo
en tus misterios.
Si no hubiera escuchado
la canción atemporal
de girasoles en tu pecho
— campos de oro
en sueños, confesados—.
Y si no hubiera seguido
al eco del amor,
donde sucumbí, por su infinito,
no habría sido
en ti y por ti,
verso enamorado.
El final está presente,
desde el principio.
Lo que nace como eterno
resplandece,
está vivo en la gardenia,
por encima de todos
los callados y sensibles desiertos.
¿Oyes como yo,
el hablar cándido del sol?
Sé que sí.
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Maravilloso, Carmela.
Un poema mágico y existencial, repleto de alusiones a las propias vivencias, místico en sus propias reflexiones e iluminado por sublimes creencias en los albores del crecimiento personal. Un canto al amor que se irradia, al hecho de ser propia naturaleza, al saber escoger los elementos que nos descubren el misterio de la vida, representados en este caso por un sol, al que hay que oír.
¿Oyes como yo,
el hablar cándido del sol?
Sé que sí.
Fabuloso e inigualable final, cercano a la teología vital y, que con solo tres versos es capaz de resumir la gran filosofía cósmica: ¿Depende el ser humano de su entorno astral?
Me ha entusiasmado.