La danzarina
Publicado: Lun, 23 Feb 2026 9:50
Ondula su eje, gira, enhebra el aire y es armonía
que en elipse traza círculos de ansiedad.
Cubre la piel alba una blonda y un canesú de orlas
que caen como hilos dorados de carnaval.
El torso se anuda para que los pechos brillen en lo alto
con el haz de un sol amante.
En la zancada dos alas de ángel, en los brazos
que comban la luz una letanía de perlas y nácar.
Alzándose en arpegio índices que dibujan vuelos de pájaro
sobre nubes carmesí, su capacidad de romper las estrías del aire,
su levedad que transita entre rosas de luz, su infantil voltereta
que extiende el volumen de su falda azul, los pies desnudos,
la cintura con pendientes que cuelgan al ras de la enagua.
Cómo su delgadez abre las piernas en manantial de arcos
meciéndose con el baile insólito que no necesita el ardid
de una música vivaz.
En el discurrir la mística fluye con símbolos que claman al son
de un canto interior, el cuello erguido, la mirada fija,
el sudor blanco que cae indómito, la locura y el éxtasis.
El pábilo en los ojos, sin saber el porqué ni el nombre, la dirección,
quién invoca a su intransitable danza si todo es paz bajo las hojas
de estos árboles que han dejado de oscilar con el viento de abril.
que en elipse traza círculos de ansiedad.
Cubre la piel alba una blonda y un canesú de orlas
que caen como hilos dorados de carnaval.
El torso se anuda para que los pechos brillen en lo alto
con el haz de un sol amante.
En la zancada dos alas de ángel, en los brazos
que comban la luz una letanía de perlas y nácar.
Alzándose en arpegio índices que dibujan vuelos de pájaro
sobre nubes carmesí, su capacidad de romper las estrías del aire,
su levedad que transita entre rosas de luz, su infantil voltereta
que extiende el volumen de su falda azul, los pies desnudos,
la cintura con pendientes que cuelgan al ras de la enagua.
Cómo su delgadez abre las piernas en manantial de arcos
meciéndose con el baile insólito que no necesita el ardid
de una música vivaz.
En el discurrir la mística fluye con símbolos que claman al son
de un canto interior, el cuello erguido, la mirada fija,
el sudor blanco que cae indómito, la locura y el éxtasis.
El pábilo en los ojos, sin saber el porqué ni el nombre, la dirección,
quién invoca a su intransitable danza si todo es paz bajo las hojas
de estos árboles que han dejado de oscilar con el viento de abril.