Flor de loto
Publicado: Lun, 16 Feb 2026 14:00
Daba la luz en la ciénaga que ocultaba las cañas de la acequia.
Había un halo de tristeza donde el agua acompañaba la imagen
con su negror, su pestilencia y sus estancadas cañas a flote.
Había paz, se sentía,
hasta el aire se movía a ritmo pausado vestido de silencio,
las ratas dibujaban círculos entre el fango mientras la tímida agua
trataba de captar su sombra donde aún el cieno no la había maltratado.
Todo era como un ventanal sin cristal, un marco astillado y corrompido,
sin lienzo que ofrecer, una cama sin colchón y una casa sin techo y con
paredes llenas de humedad, insectos y nostalgia.
La tierra del camino se vistió de barro, no pudo aguantar el llanto del cielo,
la inclemencia de la noche y el retorno frío y desangelado de la aurora.
Se escondían hasta las piedras, incrustándose en el lodazal impertinente para
dejar que el tiempo hiciera su trabajo.
En un rincón crecían matas de esas a las que les da igual la suciedad, el olor, la falta
de luz, la lluvia y el frío, pero vivían aisladas del ocaso, escondidas en su mundo
remoto, sin importarles nada de su alrededor.
Pero, al amanecer, día tras día, algo daba color al angosto y sucio paisaje cuando
un rayo de sol iluminaba unos pétalos rosados abriéndose paso entre tanta inmundicia.
Siempre que la fe esté viva, florece desde el alma una pequeña flor iluminada por el brillo del corazón.
Y, a veces, crecen como un jardín en silencio lleno de belleza, paz y amor.
Había un halo de tristeza donde el agua acompañaba la imagen
con su negror, su pestilencia y sus estancadas cañas a flote.
Había paz, se sentía,
hasta el aire se movía a ritmo pausado vestido de silencio,
las ratas dibujaban círculos entre el fango mientras la tímida agua
trataba de captar su sombra donde aún el cieno no la había maltratado.
Todo era como un ventanal sin cristal, un marco astillado y corrompido,
sin lienzo que ofrecer, una cama sin colchón y una casa sin techo y con
paredes llenas de humedad, insectos y nostalgia.
La tierra del camino se vistió de barro, no pudo aguantar el llanto del cielo,
la inclemencia de la noche y el retorno frío y desangelado de la aurora.
Se escondían hasta las piedras, incrustándose en el lodazal impertinente para
dejar que el tiempo hiciera su trabajo.
En un rincón crecían matas de esas a las que les da igual la suciedad, el olor, la falta
de luz, la lluvia y el frío, pero vivían aisladas del ocaso, escondidas en su mundo
remoto, sin importarles nada de su alrededor.
Pero, al amanecer, día tras día, algo daba color al angosto y sucio paisaje cuando
un rayo de sol iluminaba unos pétalos rosados abriéndose paso entre tanta inmundicia.
Siempre que la fe esté viva, florece desde el alma una pequeña flor iluminada por el brillo del corazón.
Y, a veces, crecen como un jardín en silencio lleno de belleza, paz y amor.