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Siguen Caminando

Publicado: Mié, 28 Ene 2026 11:53
por Ana García
Cuando no hemos tenido la suerte de tener un buen padre podemos acudir a la imaginación e inventarnos un ser luminoso, alguien que nos hubiera proporcionado un hogar feliz. De eso va este cuento, de poder suplir las carencias.


La mañana del día en que iba a morir, mi padre quiso despedirse de nosotros.
—Ésta es la definitiva —dijo Ana apremiándonos— no como las otras veces que solo era una falsa impresión.
Esta vez lo había dicho él, le llegaba la hora y quería vernos a todos juntos. Ana hablaba casi para sí, como si nosotros no pudiéramos acercarnos a su desconsuelo, ni siquiera yo que era el mayor y había sufrido ese cargo vitalicio desde que me acuerdo.
—Algo debe notar —concluyó—. Además, nada más abrir los ojos hoy, me ha preguntado si había Cava en casa.
Esa era una de las bebidas favoritas de mi padre, y no se avergonzaba de pedirla en los tugurios a donde se venía con nosotros, si por casualidad nos lo encontrábamos por la calle alguna noche. A mis hermanos y a mí sí nos avergonzaba su bebida "de señoritas", y que no se fuera a casa cuando los bares cerraban y nos íbamos de discotecas, y que no se diera cuenta de que estaba de más, que un padre no pega en ciertos antros, ni liando canutos, por mucho que mis amigos estuvieran encantados con el padre tan enrollado que teníamos, que hasta iban por casa muchas veces, aunque nosotros no estuviéramos, solo a echar una parrafada con él.
Según Ana, mi padre había dormido toda la noche de un tirón y eso no había sucedido nunca desde que se fueron a vivir juntos y mucho menos desde que se quedó embarazada de Ximena, que parecía impaciente por hablar con ella, ya fuera de filosofía o de plantas, el caso era hablar con su niña. ¡Menudas chapas se tragó la pobre!
Hasta que la enfermedad le tumbó en la cama, mi padre se pasaba las noches deambulando por las habitaciones, regando de más las plantas, doblando pantalones esparcidos por el suelo, guardando juguetes, revisando nuestras tareas de clase, dando cuerda al reloj del bisabuelo, reordenando la literatura culinaria del medievo en los estantes del pasillo, o intentando que el loro aprendiera a decir: ¡Viva la libertad!, para fastidiar a su suegra, mi abuela, falangista por despecho desde que su marido cruzó los Pirineos "hasta que la cosa se calme"; que no se calmó nunca lo suficiente, por lo visto, y aquí la dejó sola con una mano detrás y otra delante.
Cuando la noche empezaba a claudicar en el mirador de la sala, el olor dulzón de la casa dormida era suplantado, poco a poco, por ese otro festivo del pan frito y el chocolate humeante que, como un anzuelo, nos pescaba en pleno sueño y nos iba llevando uno a uno, sonámbulos, a la mesa de la cocina en la que ya estaba sentado él, recogiendo sedal, con sus "buenos días" y el pelo mojado, como quien se acaba de levantar tras dormir ocho o diez horas. A Ana no la pescaba, ni intentarlo.
—Ana es el punto de apoyo para mover esta casa —así atajaba nuestras quejas por algún despiste de ella.
Pero no era cierto, el motor de nuestras vidas fue mi padre, ¡siempre! Incansable y lleno de pasión por la vida, nos despedía las mañanas con sus preguntas y consejos de rigor: "¿has cogido la bolsa de gimnasia, Abel? ", "David, no te olvides el cuaderno de mates, que te lo dejaste ayer en el cuarto de baño", "¡No hables tanto en clase, Ximena! Que se te va la fuerza por la boca, niña y pregúntale a la señorita a qué hora es la reunión de esta tarde...
Si nos veía a alguno peleándonos, empezaba con su matraca, como si radiara un combate de boxeo:
—¡La enzima David ataca por el flanco derecho a la proteína Ximena que, antes de darse por vencida, pide ayuda al piperoxán Abel, y...!
—¡Cállate, papá! —le gritábamos todos, porque así no había quien se peleara a gusto.
Con la casa ya en silencio, mi padre retiraba los restos del desayuno y se iba a trabajar, bajando las escaleras de dos en dos, como si fuera de tapeo con los amigos.
Él iba para abogado, pero se le torció la cosa antes de empezar porque, al llegar a la Secretaría de la Universidad, se encontró con una cola que llegaba hasta la puerta en la ventanilla de Derecho. En la de al lado, en cambio, la funcionaria bostezaba con gran dedicación. Y allá que se matriculó, en Ingeniería Agrónoma.
—No hay que perder el tiempo con tonterías —era su frase favorita—, cualquier cosa a la que le pongas ahínco, acaba gustándote. Total, si solo es un trabajo.
Otra tontería para él era lo de dormir por las noches.
—A mí no hay que descontarme las horas que he perdido durmiendo —dijo al enterarse de que estaba en el "corredor de la muerte", como lo llamaba él, poniéndonos los pelos de punta— yo, por si acaso, ya me las he cobrado por adelantado.
Los últimos tiempos, cuando las piernas no conseguían sostenerle, se los había pasado en la cama articulada que encargó Ana para ponerla en el salón, entre el ficus y la jaula del loro. Al principio le colocamos de cara al mirador para que estuviera más distraído viendo el trasiego de las aceras, con sus escotes y vaqueros apretados; cosa que le cansó muy pronto. La verdad es que nuestra casa era mucho más animada que la calle, ¡dónde va a parar!, con nuestras idas y venidas, con África y sus amigos de mil razas; y Lucas, el gato con que Ana había incrementado, recientemente, el grupo familiar sin previo aviso: "me miró de una forma tan extraña...".
No nos hacía falta encender la televisión, los debates nos lo proporcionaban Ximena y mi padre, que discutían hasta por los títulos de los libros. Montones de libros se apilaban en el suelo al alcance de su mano a medida que las estanterías del estudio, del pasillo y de su despacho; incluso las baldas que colgó en los baños, iban clareando. Como si estuviéramos en medio de una mudanza insidiosa y pertinaz. ¡Y los Post-it!, y las cartulinas de colores con los que iba marcando páginas y páginas. Se sabía los títulos de memoria y no paraba de mandarnos que le trajéramos tal o cual libro.
Peor era cuando no pedía nada; pasabas por allí y te lo encontrabas quieto, pensativo, y cuando estabas a punto de gritar ¡¡¡Anaaa!!! Abría un ojo y te preguntaba:
—¿Me he muerto ya?
Tras completar un montón de pruebas y exploraciones, el médico, que era un amigo de la familia nos reunió a todos para explicarnos la misteriosa enfermedad de papá.
—Con el misterio del cerebro hemos topado —a Ximena se le abrieron a un tiempo los ojos y la boca, pensando en que su padre se había llenado de castillos encantados o casas embrujadas.
Nos dijo que empezarían a no responderle los músculos voluntarios, y después, poco a poco irían fallando otras partes del cuerpo, sin poder precisar en qué orden, ni con qué intensidad, ni en qué plazo.
—Como si el cerebro se fuera transformando de amigo en enemigo y pasara de hacer todo lo que queremos, a jugarle a uno malas pasadas.
A Ximena, que la única noción que tenía del cerebro eran los sesos de la cabeza de lechazo, la tajada preferida de Ana, y que a los demás nos daba mucho asco, comenzó a observar a mi padre a hurtadillas, esperando su transformación repentina en un personaje de cuento.
—Me vais a tener que enseñar a andar —les dijo a David y a Ximena.
Y ellos, tan contentos. Le sujetaban uno a cada lado, pasillo arriba y abajo, cantando "las muñecas de Famosa se dirigen al portal..." y se tronchaban de risa los tres.
Ana y yo le llevábamos al servicio, le bajábamos la bragueta, mirando sin querer mirar. Papá, con su sarcasmo habitual nos decía: " que no quiero que se me quede nada en el tintero".
Hasta esa mañana, en que Ana corría por la casa, entraba en nuestros cuartos o iba a la cocina a buscar las copas. "¿Dónde está la botella de Cava? Que tu padre quiere despedirse de todos".
—¡Dios mío, no puede ser! —Hubo que sujetarla por los hombros, bien fuerte, como quien sujeta a un gorrión en el hueco de la mano, para que el corazón dejara de latirle a cien por hora, y pudiera encontrar el aire de esta casa nuestra recién despertada.
Pero no hubo ninguna prisa en los ojos de mi padre cuando nos acercamos a su cama al lado del mirador. Fuimos sentándonos cerca de él, sobre los libros marcados, como tantas veces habíamos hecho, porque para nosotros los libros eran sillas o sillones, o almohadas, o bandejas, o mesas; en ese trasiego constante de un sitio a otro, que parecía que tenían piernas.
Ana llenó las copas y brindamos.
—¡Salud! —dijo mi padre, alzando la suya.
Bebimos mientras hablábamos de cualquier cosa, como si fuera un día más y dentro de un rato fuéramos a salir cada uno a lo suyo, olvidándonos de su muerte.
Porque había que olvidarla. Esa era otra de las "tontadas" con las que no teníamos que perder el tiempo, nos dijo de paso. Que lo más importante era la pasión por la vida y la compañía de los muertos, dijo señalando los libros, y que así iba a ser también para nosotros. Que todo lo que no tuvo tiempo de decirnos en estos años, "¡Y mira que no nací mudo, precisamente!", lo teníamos ahí, al alcance de la mano.
No entendimos entonces a qué se refería, pero cuando él no estuvo y los libros volvieron a su sitio, entre las páginas estaba su letra con nuestros nombres en los post-it y las tiras de papel de colores, caligramas con un color distinto para cada uno de nosotros.
Tardamos un tiempo en dejar de leer nuestros nombres enlazados: Abel, David, Ximena, Ana... como si escucháramos su voz cuando nos llamaba. Después fueron llegándonos las frases que subrayó con rotulador rojo, los párrafos con una flecha en el margen, las páginas con la esquina doblada.
Y aún sigue hablándonos. Porque los libros siguen caminando.