Antes de entregarse
Publicado: Sab, 24 Ene 2026 11:18
...
¿De dónde vendrá el amor?
La tarde está desarmada,
sin nada que la sostenga,
expuesta a su propio silencio.
Dime, Dios,
¿en qué hondura del tiempo
reposan las cosas, latentes,
antes de llegar a tocarse?
Apaga el ruido a mi alrededor.
Enciende aquello que escucha en mí.
Hoy las nubes pasan ligeras,
cargadas de un humo denso,
como si todo contuviera el aliento
antes de entregarse.
Una fuerza sin nombre se concentra adentro,
desbordándose sin medida
en el núcleo del mundo.
Aquí abajo basta con alzar los ojos,
con abrir las manos,
y sostener el cielo
como si no pesara.
¿Quién podría recibir la vastedad
si no aquel que ha olvidado
dónde termina su borde?
Y empaparse
hasta que la sombra del cuerpo ceda,
hasta que se pierda su nombre
y aprenda, por fin,
el peso verdadero de la tierra.
Hoy el sol permanece
detrás de este gris, quieto,
que no hiere.
Con los ojos cerrados
el oído se afina,
me entrego al pulso sin forma
que me atraviesa.
Algo se abre por dentro
y la lluvia, muy pronto,
atraviesa los poros de esta piel
que un día estuvo seca.
Un único y profundo río avanza,
ensanchándose a ciegas,
sin memoria de sí,
ofreciéndose a lo abierto.
Y la mar.
La mar
desbordándose
hasta que ya no hay orilla,
ni piel,
ni nombre,
solo la plenitud que nos abraza,
como si la marea fuera un solo latido.
.
.
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¿De dónde vendrá el amor?
La tarde está desarmada,
sin nada que la sostenga,
expuesta a su propio silencio.
Dime, Dios,
¿en qué hondura del tiempo
reposan las cosas, latentes,
antes de llegar a tocarse?
Apaga el ruido a mi alrededor.
Enciende aquello que escucha en mí.
Hoy las nubes pasan ligeras,
cargadas de un humo denso,
como si todo contuviera el aliento
antes de entregarse.
Una fuerza sin nombre se concentra adentro,
desbordándose sin medida
en el núcleo del mundo.
Aquí abajo basta con alzar los ojos,
con abrir las manos,
y sostener el cielo
como si no pesara.
¿Quién podría recibir la vastedad
si no aquel que ha olvidado
dónde termina su borde?
Y empaparse
hasta que la sombra del cuerpo ceda,
hasta que se pierda su nombre
y aprenda, por fin,
el peso verdadero de la tierra.
Hoy el sol permanece
detrás de este gris, quieto,
que no hiere.
Con los ojos cerrados
el oído se afina,
me entrego al pulso sin forma
que me atraviesa.
Algo se abre por dentro
y la lluvia, muy pronto,
atraviesa los poros de esta piel
que un día estuvo seca.
Un único y profundo río avanza,
ensanchándose a ciegas,
sin memoria de sí,
ofreciéndose a lo abierto.
Y la mar.
La mar
desbordándose
hasta que ya no hay orilla,
ni piel,
ni nombre,
solo la plenitud que nos abraza,
como si la marea fuera un solo latido.
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