"Un joven cualquiera" capítulos 21 a 27
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"Un joven cualquiera" capítulos 21 a 27
Quedé con Luis en el Galo, a las diez. Como era su costumbre se retrasó. A las diez y media, cuando iba por la segunda caña, se presentó. Venía con Julia.
-Perdona Sebas- me dijo-es que tenía que recoger antes a Julia.
Los dos parecían contentos.
-Bueno ¿Qué tal te fue?- me preguntó Luis.
- Más o menos como esperaba. Me ha caído un año.
-¿Un año de cárcel?– dijo Julia sorprendida.
-Si, pero no significa exactamente que tenga que ir a al cárcel, al ser el primer delito y la condena inferior a dos años, queda en suspenso. Eso sí en ese tiempo no puedo cometer otro delito, sino tendría que cumplir las dos condenas.
-¡Que pena! si hubiera salido bien lo tuyo, el día seria completo-dijo Luis-. Ves esto- me enseño un carné- significa que me han admitido en el partido
-Enhorabuena-le dije.
-Yo también tengo algo que decirte. He dejado a Matías. Estaba harta.
-No quiero meterme en asuntos personales Julia, pero creo que has hecho bien. Vamos a celebrarlo-les dije.
Raúl por favor, nos pones tres copas de champán.
-Eso está hecho- contestó Raúl.
Deposita los recipientes en la barra y los llena hasta el borde. Levanto mi copa.
-Por nosotros-dije.
-Por nosotros- repitieron ellos.
Los tres, acompasadamente, hacemos chocar las copas, el líquido pica en la garganta y deja seca la boca.
-¿Cómo es un juicio?- me preguntó Julia.
-En realidad, no lo sé. Me ofrecieron una conformidad y la acepté.
-¿Por qué hiciste eso?-se sorprendió Luis. No hubiera sido mejor presentar pruebas, que sé yo, por lo menos luchar.
-Lo tenía todo en contra, el coche, dos testigos supuestamente presenciales...
Luis y Julia se miraron.
-Os voy a decir algo, el coche es mío, pero yo no lo conducía, en cuanto a los testigos, son falsos.
-¿estás seguro?-preguntó tímidamente Julia.
-Completamente, no quiero comentar nada más, solo os pido que me creáis.
-Esta bien ,Sebas, yo te creo- dijo Luis.
-Yo también- dice con firmeza Julia.
Decido cambiar de tema.
-Oye, me alegro de que hayas entrado en ese grupo, te hacia mucha ilusión.
-Sí, sus ideas me han convencido, además hay que moverse, no te puedes quedar en casa en la situación actual, somos jóvenes, no; quien decía aquello de si cuando eres joven no quieres cambiar el mundo es que no tienes corazón, y si sigues pensando lo mismo de mayor es que no tienes cabeza o algo así, tenia razón, quizá no cambiemos nada, pero hay que intentarlo.
Luis era un entusiasta, si no tenia una pasión se la inventaba, no podría vivir sin fe y no se conformaba con ser acólito quería ser apóstol, la política se había convertido en su nueva religión y comenzaba su tarea evangelizadora haciendo proselitismo, ardía por dentro y expelía llamaradas de convicción espontánea. Conmigo no le había servido, pero ese entusiasmo, sin duda, era contagioso, seguro que reclutaría a alguien para la causa. Julia sugirió-¿Qué tal si vamos al Tuco? Los tres nos pusimos en marcha. Noté frío y me abroché la gabardina. Luis y Julia iban más abrigados que yo. La gabardina carecía de forro, era un modelo anticuado, que me hacia parecer desangelado. Me subí las solapas, más por un gesto instintivo que por otra cosa.
-Tengo planes-dijo Julia.
- A ver, cuenta-le sugerí.
-Voy a ser oftalmóloga.
-Piénsatelo bien, eso es hacerle una faena a la gente, para ver la realidad como es ,mejor verla deformada.
-No seas gracioso, Sebas.
CAPÍTULO VEINTIDÓS
Matías daba una fiesta en su piso. Esto quería decir, ni más ni menos, que previo cónclave-formado por Matías y otros dos- se había decidido que estaba lo suficientemente sucio como para recurrir a la excusa de la fiesta, e invitar a algunas conocidas- por ejemplo, esas vecinas tan simpáticas que se habían instalado hacia poco-,junto a los amigos de siempre. El objetivo, naturalmente, era conseguir que las vecinas se ofrecieran a limpiar lo que ellos tenían que haber limpiado. El quid pro quo consistía en la invitación a la comida del día siguiente. A veces funcionaba y otras no, cuando esto ocurría yo me alegraba y ellos se enfadaban. Estaba por ver lo que depararía esta noche. Llegué sobre la doce. Decidí subir las escaleras en vez de coger el ascensor, la música sonaba alta. Llamé al timbre y me abrió el propio Matías:
-¡Hombre! Creí que ya no venias. Pasa, anda, y tómate un gin-tonic.
Dentro el ambiente estaba cargado, una película de humo envolvía la estancia. Habría unas quince personas en el salón, la mayor parte charlaba y se reía, dos parejas bailaban. Reconocí a Luis curioseando entre los discos, Elena que se servía ginebra en un vaso de tubo me hizo un gesto con la mano. Matías y sus compañeros de piso dispensaban trato preferente a las vecinas. Me acerqué a la mesa de las bebidas.
-Te pongo uno- me dijo Elena mientras me enseñaba su gin-tonic.
-Sí, gracias.
-Una fiesta por todo lo alto, no.
-A mí me parece la típica fiesta cutre para engañar a las vecinas novatas.
-¿Y qué si es así? Para la siguiente ya lo sabrán y los mandaran a paseo.
-Son unos cerdos, merecerían que alguien les abriera los ojos a estas incautas.
-¿Por qué no lo haces tú?
-No he venido aquí a eso.
-¿A qué has venido, entonces?
-No sé, a beber, supongo.
-Matías me contó que había roto con Julia.
-Si ya lo sé, pero es al revés, fue Julia la que rompió con él. Lo extraño es que hubiera aguantado tanto.
-Esa niña es tonta.
-No lo creo yo así, tuvo las suficientes luces para decir basta. Vale mucho más de lo que piensas.
Se acerca Matías.
-¿Qué tal lo estáis pasando?
-Estupendamente-dije yo. ¿Cómo va la caza?
-Están en el bote. Elena quiero presentarte a unos amigos. ¿Vienes?
-Claro-dijo ella
Me quedo solo. El gin-tonic se ha calentado. Pido un cigarrillo. Me ofrecen un Camel y lo acepto.
-¿Quieres fuego?
-Ya tengo, gracias-le dije enseñándole mi encendedor.
Luis ha desaparecido. Yo también he desaparecido. Quizá no estuve, ni estoy, ni estaré. Ese es mi deseo. Borrar el tiempo y el rastro de mi difusa presencia, anular las citas en que me he visto inmerso, destrozar los jalones que solo para mi he ido situando en un campo invisible: para no olvidarme de quien soy, para darme consistencia y no pensar que lo pasado no existió. He luchado por hacerme notar, no ante los demás, sino ante mí mismo. De ahí procede esa manía adquirida de atesorar documentos: cartas, certificados o poesías nunca mostradas, de revisarlos periódicamente para afirmarme en la constancia de su certeza. Quiero acabar con todo eso, no dejar huella, quiero disolverme en la bruma inconsciente de la que no se guarda memoria, pasar como viento suave sobre un estercolero, sin remover la porquería que me pueda salpicar. Han sido unos días muy duros en los que la soledad me ha embriagado de desolación y después me ha entregado escudo y espada pero sin enseñarme a usarlos; segura la amenaza que sentía en mis carnes, he batallado lo mejor que he podido, que no ha sido gran cosa, porque enseguida me he dado cuenta de que mi derrota no suponía la victoria de Matías sino la de Herminia, y por ella merecía la pena dejarse caer. He entendido que el verdadero orgullo no es el que combate sin freno la afrenta, aquel que nace del egoísmo y muere en él, el orgullo es más puro cuanto más tiene de entrega bien encauzada, la que da sus frutos en el bien ajeno. He querido dar el empujón que pone la barca en el centro del río, en el medio de la corriente, para que el timonel esté en condiciones de guiarse; esa posibilidad era lo que le ofrecía a Herminia: tendría el dinero para cuidar a su hija y operarla en el extranjero con los mejores especialistas que solamente el dinero puede conseguir, a partir de ahí ya no era asunto mío.
CAPÍTULO 23
"A mourir pour mourir, a partir pour partir". Así comienza una canción de Bárbara. Morir por morir, si. Partir por partir, también. Pero sin sufrimientos obscenos que te muerdan las entrañas. Vienen a mi mente los últimos días de la enfermedad de mi padre. Fue algo inesperado, la misma mañana en que se presentó el aneurisma cerebral había hablado con él. Yo estaba en Santiago preparando un examen, él había tenido un ligero mareo en la calle y estaba en casa descansando. La conversación por teléfono tenia que ser necesariamente corta, nunca habíamos hablado mucho, así que a través de la línea telefónica sin la motivación del acercamiento físico nuestra conversación tenia que sintetizarse en monosílabos. Unas horas después recibí una nueva llamada, esa vez era mi hermana la que me comunicaba la situación: “Papá está mal, ven a casa”-me dijo como si fuera un telegrama. Inmediatamente me desplacé a Coruña donde mi padre ya había sido internado en la unidad de cuidados intensivos del Hospital. Las primeras impresiones de los médicos eran esperanzadoras: “el derrame no es grande. Si supera los primeros días sin sufrir un nuevo sangrado podemos ser moderadamente optimistas”. Más tarde empezaron a ser cautos: “Tiene en contra la edad, por lo que una operación podría entrañar riesgos, quizá tenga un cincuenta por ciento de posibilidades”. Mi madre recibió la noticia como si le hubiera pasado un ciclón por encima. Al estupor inicial reaccionó con entrega y valentía, al menos mientras mi padre se debatía entre este mundo y el otro. Al principio su dedicación era absoluta, comía y dormía en el hospital, hasta que el agotamiento hizo que la obligáramos a descansar algunas noches a cambio de quedarnos uno de nosotros en su lugar. De ordinario le visitábamos dos veces al día, cuando nos dejaban. Velaban por el descanso de los enfermos y esto era razonable. Durante la visita solía estar dormido, su respiración alternaba: durante unos minutos era acompasada, después se entrecortaba un poco, lo que nos hizo preocuparnos la primera vez, pero pronto nos dijeron que era normal y que eso no significaba ninguna anomalía. Yo le miraba con pesadumbre. No me parecía posible que toda la vitalidad que había mostrado estos años atrás se hubiera desvanecido y solo quedara este cuerpo vencido por la enfermedad. ¿Dónde estaba el carácter de este hombre cuyas fuertes creencias había admirado aún sin compartirlas?. Ante mi tenia a un ser desvalido, reducido a una lucha desigual, donde cada segundo que pasaba venia a confirmar la perdida de la materia ante un mal insaciable que derribaba milímetro a milímetro los diques de su resistencia, y él a través de su menguante naturaleza pugnaba por persistir, esperando al menos una victoria pírrica, aceptando la merma de sus facultades, a cambio de que la vida no dejara de prestarle el suficiente aliento con el que calentar el amanecer de sus hijos. No vencería en esta batalla, esta era la guerra que había que perder porque el destino lo dicta, la puerta del no retorno. La escenografía dictaba sus rígidas leyes, el tratamiento estaba reglado, por eso tenia permanentemente enchufadas las máquinas que le controlaban los ritmos vitales, de las que partían unos tubos pegados con un esparadrapo a la altura de la muñeca, a través de los cuales le inyectaban calmantes. Su cuerpo se había empequeñecido, desnudo, bajo una sabana tiesa. La cabeza parecía haber crecido ante la merma del tronco y el adelgazamiento de las extremidades, su cabello grisáceo estaba revuelto, su piel se había vuelto más blanca, y en uno de sus brazos le había asomado un enorme cardenal violáceo. La mañana del tercer día recobró la conciencia y la lucidez, estuvimos hablando un buen rato, le animamos como pudimos, y él a su vez intentó animarnos a nosotros, aunque creo que era perfectamente consciente de la gravedad de su estado. Ese mismo día le hicieron varias radiografías. Los médicos nos confirmaron que el aneurisma era muy grande y que era necesario operarle, tenían que reunirse y decidir si realizar la operación ahora o esperar. Según el neurocirujano se trataba de una intervención quirúrgica muy delicada debido a la edad de mi padre. Nos dijo que a sus años-setenta - las arterias se habían endurecido, lo que, unido a su condición de hipertenso, hacia que el riesgo de una nueva rotura fuera alto. Después de aquella vez no logramos mantener con mi padre un nuevo dialogo, tan solo una noche, en un momento de tregua, ante mi madre, logró articular con voz apagada, según ella nos contó, algo así como un “ha sido muy fuerte”, mientras trataba de sonreír. Un amigo de Carmen que trabajaba en el mismo hospital, aunque en otra especialidad, nos iba informando de su evolución. Pienso que tanto los médicos especialistas como este amigo trataron de suavizar sus informes, quizá mi hermana conocía la opinión real, aunque nunca nos dio otra versión que la oficial. Un jueves, mientras le visitábamos, tuvo un nuevo ataque, el aneurisma volvió a romper y sufrió un fuerte sangrado. Poco después entraba en coma. Era el principio del fin. Nos dio tiempo a despedirnos y fuimos entrando uno por uno. Recuerdo que le cogí una mano y se la apreté con fuerza. No sabía que decirle y solo se me ocurrió rezar, acompañando al cura que le dio la extremaunción . Todavía ahora me arrepiento de no haberle dicho nada. Unas horas más tarde moría en el hospital. Mi madre acató con resignación el final y rompió a llorar, estaba al límite de sus fuerzas y la progresiva debilitación física y mental la habían dejado exánime. Enseguida llegaron las condolencias: no sufrió, por lo menos habéis podido despediros, vivió su vida, fue un buen hombre; luego la sucesión de formalidades: velatorio, apretones de manos, palmadas en el hombro, algún abrazo, expresiones compungidas, telegramas, llamadas telefónicas, esquela, besos en las mejillas, reencuentros, y un no saber que hacer ni que decir, cansancio, deseos de que todo termine de una vez, entierro, funeral. Descanse en paz.
CAPÍTULO VEINTICUATRO
De repente, mi padre se convirtió en pretérito. Recordaba con exactitud cómo nos comunicaron su fallecimiento, pero aunque no hubiera estado allí lo habría adivinado nada más ver la cara de mi hermano Juan. Aquella mueca expresaba resignación y dolor, y rabia contenida. Por mi parte, tenia la sensación física de pesadez en la boca del estómago: nervios, dijeron. En cuanto a mi estado de ánimo, se podría decir que era el producto de la confusión. Supongo que entraba dentro de las reacciones normales ante las desgracias el aturdimiento inicial, la incredulidad. Seria necesario el distanciamiento temporal para asumir en plenitud las consecuencias de la perdida; de momento, en medio del naufragio luchaba por sobrevivir, quizá sea demasiado gráfico expresarlo así, seguramente no era una situación tan dramática, más bien una perturbación que hacia que la brújula de la rutina perdiera su norte, un acontecimiento que se sumaba a otros de profundidad semejante, aunque éste ,por utilizar un símil, era la piedra más grande de la mochila, la que apostaba por hacerme caer de espaldas dejándome, como al insecto vencido por la falta de equilibrio, agitando las extremidades en desesperada llamada de auxilio. Pase los días posteriores como un autómata, Matías Atienza estuvo allí, solícito a cuanto pudiéramos necesitar. Don Antonio-el padre de Matías- y mi padre, eran compañeros de trabajo en la misma empresa. Don Antonio trabajaba de contable y mi padre era su superior inmediato. Debido a un reajuste de plantilla, Don Antonio se quedó en el paro. Tenía cincuenta años y escasas expectativas de volver a encontrar otro empleo. Fue mi padre quién tuvo que decirle que se quedaba en la calle, le resultó doloroso porque su relación con él iba más allá de la meramente laboral. Don Antonio y su familia fueron vecinos nuestros durante algún tiempo, e hicieron amistad con nosotros. Matías y yo crecimos juntos, y juntos fuimos al mismo colegio. Las dificultades económicas se presentaron pronto para los Atienza, el dinero de la indemnización se consumía, y mi padre que estaba en buenas relaciones con el dueño de la casa, medió ante él para que no les echaran cuando estuvieron algunos meses sin pagar el alquiler. Finalmente tuvieron que admitir la realidad y bajo la amenaza de un desahucio se trasladaron a un apartamento en las afueras de apenas sesenta metros cuadrados, en el que convivían los ocho miembros de la familia. Matías también tuvo que cambiar de colegio, ya que no se podían permitir pagar el nuestro. Después de aquello no supimos nada de ellos, hasta que Matías y yo coincidimos en la universidad y reanudamos nuestra amistad, aunque aprecié en su carácter como un rescoldo de resentimiento hacia mí, al que no di mayor importancia. No volvimos a hablar de un pasado que tanto a él como a mi nos resultaba incómodo. Solo que el pasado volvió con la muerte de mi padre. Su comportamiento en aquellos días de duelo fue modélico. A mí me sorprendió su actitud, que estimaba sobrepasaba las consideraciones propias del momento, sus llamadas a mis hermanas y a mi madre, su presencia constante, incluso en las reuniones supuestamente más intimas, incorporaban un elemento distorsionador en la sucesión lógica de los hechos. Lo curioso fue comprobar como mi madre encontraba alivio en lo que para mi comenzaba a ser intromisión. Ante mi pasividad, Matías mostraba la tierna y serena compostura del hijo mayor, capaz de sostener con manos fuertes el timón en medio de la tormenta. Bajo su sombra protectora el sol abrasador del abandono dejaba de quemar. Yo le observaba, entre sorprendido y molesto, por la usurpación manifiesta de las funciones que me correspondían. No puede negarse que para los demás fue una ayuda poder apoyarse en ese muro de aparente solidez, pero no para mí, conocía a Matías mejor que nadie y estaba convencido de que fingía. ¿Por qué lo hacía? No creía en su afecto, no tenía porque existir en su interior el impulso de convertirse en lenitivo de nuestro dolor, eso no entraba en su escala de valores. Matías era egoísta por naturaleza, y como cualquier egocéntrico usaría las armas del desprendimiento y la solidaridad para conseguir un fin propio, que, al cumplirse, destruiría por completo las ilusiones de quienes le hubieran creído, de aquellos incautos cuyo momento de debilidad sirvió para cimentar su triunfo, y que una vez conseguido, pasarían a engrosar las filas de los humillados. Desde luego, no quería eso para los más cercanos a mí, sería como asistir a su ejecución desde el palco de un espectador privilegiado; me veía, por tanto, obligado a hacer algo para detener la estrategia de araña de este usurpador, cuya ventaja estribaba, primero, en su cercanía a nosotros, la cual le abría de par en par las puertas de nuestra intimidad, después, en su innata habilidad para hacerse querer, porque nada había en él que no fuera premeditado y por un simple cálculo de posibilidades, amparado en su entrenada inteligencia, iba poniendo las marcas que le harían conquistar el territorio deseado. Presentía que debía, cuando menos, desenmascararle, decirle que el engaño no podía seguir adelante, que si no era suficiente con hacerme pagar por un delito que no había cometido; pero no me atrevía a decírselo abiertamente, temía que las cartas que guardaba significaran el descrédito ante los que más me importaban, por eso, cuando por fin me encontré con él a solas, tuve que emplear un tono conciliador:
-Supongo que tengo que darte las gracias-le dije.
El me miró, aparentando ser compasivo:
-Solo intento ayudaros. En estos casos una persona que no está tan implicada emocionalmente ve las cosas con más serenidad. De todas maneras, si crees que me meto donde no me llaman, me retiro y ya está.
-No, Matías, lo estás haciendo muy bien. Tanto mi madre como mis hermanos están muy agradecidos.
-Tu opinión es otra, verdad.
-Mi opinión me la guardo, aunque valoro que no hayas echado leña al fuego contando el asunto del coche. Es un detalle.
-Sabes que por mi boca no se enteraran de eso-afirmó Matías.
-Está bien, ¿Cuándo vuelves a la Facultad?
-Mañana.
-Vale, ya nos veremos.
La vuelta a la normalidad hizo que los rompientes se volvieran remansos y que se empezara a pensar en términos de un futuro distinto, bajo la responsabilidad subjetiva de un proyecto con el que comprometerse. Era necesario dibujar el porvenir con pulso firme y voluntad decidida, así me lo decía todo el mundo y así lo entendía yo, por una vez de acuerdo en valorar el sentido común como el mejor de los sentidos. ¿Qué hacer? Primero terminar la carrera, aquella trabada conquista de ¿méritos?, que era el destino previsto, aquel que nos daría la seguridad material de un porvenir conquistado, un territorio donde asentar las raíces que me harían madurar. Por eso llovían los consejos como cabos lanzados al viento: “eres el hijo mayor, tu deber es ayudar económicamente a tu madre” “solo te queda una asignatura difícil, apruébala en esta convocatoria y luego buscaremos el mejor camino posible”, “ponte las pilas que hay que echar una mano”, etc. Eran las buenas intenciones que duran lo que dura el recuerdo del amigo, el tiempo va soltando las amarras de la amistad perdida y tú te quedas en el muelle como un marinero sin barco. La verdad es que nunca me había sentido más solo, y esta sensación no la atribuía al hecho dramático de la pérdida del padre, es que, por primera vez, me daba cuenta de que única y exclusivamente dependía de mi mismo, y eso me pesaba y me hacía sentir inseguro; de repente una avalancha de calamidades intentaba sepultarme ,las voces que oía a mi alrededor me sonaban huecas, y una suerte de fatalidad asomaba sus fauces con la intención de engullirme; pero yo me sentía como un moai , una estatua altiva e incorruptible a la erosión, por más que todos los fenómenos de la naturaleza se conjuraran para acabar conmigo; me reconocía fuerte cuando la debilidad antes de hoy había sido una de mis señas de identidad, y esa fortaleza provenía de la conciencia del sinsentido de lo que me rodeaba, de las cenizas de las que , en acrobática vuelta atrás, el fuego crearía el calor que me permitiría sobrevivir. Fue una toma de conciencia lenta y renqueante, como el desperezarse tras una noche de borrachera. Tuve que palpar concienzudamente los rastros previos para hacerme una idea seria y serena de en qué situación estaba; era un convaleciente que se repone de sus heridas y a la vez descorre una cortina que le expone al mundo, para anunciar su caída, tanto como este le penetra para darle aliento vital ¿es esto lo que siente el que recibe el transplante de un órgano sin el cual no podría vivir, o es mi posición la del donante que se libera de una víscera atacada por el cáncer? No podía elegir el mal, pero si el tratamiento, médico de mi infortunio, crearía la homeopatía de la transformación, la mutación de las células, el alumbramiento del ser equilibrado que se inyecta serenidad en dosis de caballo para poder cabalgar sobre las crestas del conformismo social, y poder ser aceptado y querido y ser primus inter pares, y hasta salir en el periódico local por motivos laborales de interés público, opinando con profesionalidad , buen sentido y erudición, con frases meditadas al pairo de preguntas conocidas con anterioridad, usando traje oscuro y corbatas a tono, aspirando a un mercedes gris metalizado de cinco plazas; ya que entonces deberé tener una familia, dos hijos al menos, niño y niña, y mujer con sólida formación que da clases en una universidad privada, chalé adosado y qué se yo de acopios materiales que dicen dan la felicidad. A eso me encamino y la primera piedra del edificio es acabar mis estudios, solo una asignatura, esa maldita asignatura, me separa de la meta. Romperé la cinta como si verdaderamente fuera el ganador de una carrera en la que soy el único participante. Primero y último. Último y primero. A veces me parece que voy corriendo en el vacío dando vueltas alrededor de un agujero negro, atrapado en su gravedad, inmensa como una canica en el firmamento.
CAPÍTULO VEINTICINCO
Debido a la situación familiar, pasaba los fines de semana en casa. Metía la ropa sucia en una bolsa de plástico y ésta a su vez, junto con algunos libros, en una bolsa de deportes. Al no disponer, ya de coche propio, solía coger el ferrobús a Coruña que partía a las ocho y media de la tarde. Aunque me quedaba algo lejos, me gustaba ir caminando hasta la Estación del tren. Si tenía tiempo, deambulaba un poco entre las calles que partían de la plaza roja, llenas de comercios y de bares, mientras me dirigía zigzagueando hacia mi punto de destino. Luego, cuando llegaba a la estación, casi siempre con el tiempo justo, me ponía a la cola para sacar el billete y esperaba en el andén la llegada de las dos unidades que solían componer el ferrobús. Nuestro tren parecía de juguete, cuando desde el interior, antes de partir, veíamos la llegada del tren expreso precedente de Coruña con destino a Madrid. Llegaba resoplando como una bestia furibunda, arrastrando interminables vagones de pasajeros, que iba contando uno por uno, haciendo una apuesta conmigo mismo-esta vez me la jugué por el nueve- ,sobre la posición que ocupaba el coche-restaurante-era la décima- . Estábamos condicionados, tanto por su llegada como por su partida-injustamente volvía a salir antes de que nosotros lo hiciéramos-, de tal manera, que de su puntualidad dependía la nuestra, y no era raro que el retraso acumulado alcanzara la media hora, aún antes de habernos puesto en movimiento. El ferrobús era como una enorme sala de espera, débilmente iluminada, con sillones alargados, enfrentados unos a otros, donde los viajeros se sentaban codo con codo. Los pasajeros más habituales eran paisanos de los alrededores y estudiantes, que se mezclaban en los asientos, sin otro criterio que el de encontrar un sitio libre. Este viernes éramos pocos los que viajábamos. Busqué un lugar y me sitúe en una zona vacía pegado a la ventana. El día comenzaba a acostarse en los brazos de la noche, el paisaje se oscurecía y solo quedaban trozos de verde bajo la luz de algunas farolas. El tren avanzaba cansino, traqueteando sobre las vías, los viajeros nos mecíamos al ritmo de la marcha, a mi izquierda una chica rubia que conocía de viajes anteriores, leía con detenimiento un libro de tapas azules. Por curiosidad intenté averiguar de qué libro se trataba, con dificultad creí entrever que se trataba del don Juan de Torrente, ¡qué curioso que fuera ese libro precisamente!. Miré a la joven con simpatía pero ella no levanto la vista. El ferrobús se detenía regularmente, en estaciones con nombres de lugares, pequeños núcleos de población poco conocidos, lo cual para el viajero novato suponía una sorpresa, no para los veteranos como yo, que nos conocíamos los nombres de memoria, y los recitábamos mentalmente durante el trayecto; en una de estas estaciones de parada obligada, quizá la más solitaria de ellas, aquella de la que por estadística podríamos decir que menos clientes tenía, se subieron dos personas, dos paisanos que iban a Ordenes, es decir, a poco más de diez quilómetros del lugar donde estábamos. Pese a que el vagón estaba semivacío se sentaron en mi zona, frente a mí. Los estuve observando disimuladamente, el hombre vestía chaqueta y chaleco negros sobre una camisa lila, apoyaba sus dos mandos en un bastón completamente liso, sin adorno alguno, la boina le caía ligeramente hacia el lado derecho, tendría unos sesenta años, aunque no lo sabría decir con seguridad, profundas arrugas navegaban por su cara de ojos hundidos, fumaba tabaco de liar, que le dejaba huellas amarillentas en los dedos, el pitillo lo mantenía casi siempre pegado a los labios, lo que le obligaba a entrecerrar el ojo derecho, parecía que se quejara permanentemente de un dolor sordo; la mujer era menuda, también vestía de negro, un negro azabache gastado por los años, de estatura pequeña, las piernas no le llegaban al suelo y sus zuecos se elevaban como espolones de un barco, tenia la cabeza cubierta con un pañuelo pegado a su pelo, se diría que solo una intervención quirúrgica podría separar aquel pañuelo de su cabeza, por edad, era más joven que el hombre, no sé cuanto, ninguno de los dos habló durante un buen rato, de repente el paisano se puso a toser.
-Ti non lle fagas caso o médico, dixote que deixaras de fumar e ti como que oe chover-dijo ella.
-Cala muller, deixa vivir.
-Si, si como non te cuides xa verás.
Él hizo un gesto de impaciencia y disgusto. Ya no hablaron más hasta Ordenes, allí se apearon y me volví a quedar solo. La noche era ya completa, la oruga amputada avanzaba con brío hacia su destino. Por fin apareció el revisor, la joven del libro notó su presencia, pero siguió sin cambiar de postura, completamente absorta en la lectura. El revisor la requirió: “su billete señorita”, ella rebuscó en su bolso y le entregó el billete, sin mirarle. Después se dirigió a mí, yo ya lo tenía preparado, lo taladró y me lo devolvió maquinalmente. El viaje tocaba a su fin, se adivinaban ya las luces del extrarradio, el ferrobús pasó por delante del polígono industrial que conectaba con uno de los barrios de las afueras. Entre trenes de mercancías, el nuestro acabo por detenerse con una especie de resoplido. A mi altura se podía ver un letrero que ponía: Coruña.
CAPITULO VEINTISEIS
Habían pasado cuarenta días desde el fallecimiento de mi padre y cada cual había retomado su vida ordinaria. Mis hermanas estaban fuera de Coruña, la mayor, Luisa, era profesora en un instituto de Orense, la que le seguía en edad, Carmen, había conseguido una plaza de medico interno residente en Burgos, donde cursaba la especialidad de psiquiatría clínica. Mi hermano pequeño, Juan, todavía iba al colegio. Éramos hermanos, pero físicamente no nos parecíamos mucho. Carmen era una muchacha de corta estatura, nariz respingona, muy delgada, alegre, pizpireta, de gustos sencillos, tenia novio con el que hacia una extraña pareja, pues él era enormemente alto, fuerte como las columnas de Hércules, de un moreno uniforme, velloso, con un principio de alopecia que le nacía en la coronilla e iba conquistando territorio poco a poco, de pocas palabras, dichas con tal gravedad que parecían sentencias. Luisa era más seria que Carmen , de talla ligeramente superior a la media, el pelo liso y oscuro que llevaba recogido en una coleta, habitualmente vestía vaqueros o falda larga, sus ojos castaños y rasgados le daban un aire oriental, se arreglaba poco, lectora de libros de bolsillo, en especial los de Alfaguara, el cine de arte y ensayo era su debilidad, no estaba comprometida con nadie, profesaba un feminismo recalcitrante y viajaba al extranjero, contra la opinión de mis padres, siempre que podía. De Juan solo puedo decir lo que diría de cualquier otro niño de trece años, le gustaba jugar al fútbol y coleccionar cromos, era algo tímido y bastante enfermizo, los ojos y la tez claros y el cabello tirando a rubio , que se explicaba-ninguno salvo él tenia los ojos azules- por ser clavado a un bisabuelo mío. Aquel sábado compartíamos comida en la casa familiar. Cada uno ocupó su sitio en la camilla redonda que hacia de mesa, el lugar de mi padre fue repartido de tal forma que un leve desplazamiento de los cubiertos nos daba la sensación de que nada había cambiado, que nuestro sitio era el de siempre, aunque el número de comensales se hubiera reducido. Arrimé la silla de estilo castellano, robusta, cuyo respaldo, como si tuviera esculpida una cara, incrustaba su nariz en algún punto de mi espalda. Todo, pues, estaba en su debido orden, hasta el servilletero de plata, con el nombre de cada uno, se había colocado junto a la servilleta respectiva. Frente a mi tenia el retrato de la abuela Antonia, una pintura al óleo realizada por pintor poco conocido, de pátina oscura, la retrataba en un primer plano contundente. Su figura fornida se imponía a un paisaje de fondo, tenebroso y sombrío, que, desde luego, no pertenecía a Galicia, sino que se inspiraba, quizá, en algún paraje inhóspito de la Europa central. Curioso retrato en el que ella, con su aspecto agitanado, parecía la dueña del castillo, aristocracia menor del imperio austro-húngaro, tal vez. Bajo el cuadro, una cómoda de roble, muy trabajada, que tenia a su compañera, idéntica, en la perpendicular. Servian como depositarias de vajillas, cuberterías y cristalerías, amén de algunos cajones de uso diario que contenían entre otras cosas las servilletas que íbamos a utilizar. A mi derecha, bajo los alféizares había una máquina de coser Sigma, cuyo pedal nos servia de entretenimiento y por un sofá de culo bajero, estampado. Encima de la camilla, una lámpara de madera de seis brazos, cada uno de los cuales estaba coronado por un soporte con su bombilla correspondiente, que imitaba una vela, con relieves como de cera caliente. Nunca conseguí ver las seis bombillas encendidas a la vez, siempre había alguna fundida. La decoración de la sala se completaba con algunas fuentes de Sargadelos, colocadas armónicamente, y un reloj de pared alemán, en forma de pajarita, con esfera redondeada y manecillas doradas.
En aquel escenario nos reunimos una vez más. El comedor era un nido de luz. Mi madre colocó unas fuentes de fiambres y una bandeja con pan cortado en rebanadas, después se sentó.
Carmen dijo:
-Mamá, te gustaría pasar unos días conmigo en Burgos. En esta época del año esta precioso. La catedral es una maravilla y te llevaremos a comer lechazo, ya verás
-Tu piensas lo que dices-intervino Luisa-. Haber cuando vas a tener tiempo para atenderla
-Pues mira por donde, tengo las tardes libres
-Y por la mañana que pasee sola, no
-Vamos, no riñáis-dijo mi madre. Gracias por la oferta, hija, pero estoy bien aquí. Ya sabes que no me gusta viajar.
-Yo lo decía porque cambiaras de ambiente, mamá
-Pero qué sabrás tu lo que necesita ella. ¿Es que estás dentro de su cabeza?
-Luisa, ya está bien-la reprendió mi madre
-Perdona, mamá, es que estoy un poco nerviosa-se disculpó Luisa
Yo había empezado a comer y estaba mirando el televisor
-Puedes poner los dibujos- me pidió Juan
-Claro, enano-le dije
Me levanté y cambié de canal
-¿Qué tal el curso, Sebas?-me preguntó Carmen
-Bien, con un poco de suerte termino este año. Me queda civil pero creo que esta vez lo voy a sacar
-Quien te verá de abogado- dijo Luisa
-Todavía no se lo que voy a hacer
-Oye ¿y Matías?. ¿Qué especialidad va a elegir? Dile que si necesita consejo sobre el Mir que me llame-se ofreció Carmen
-Díselo tu Carmen, últimamente no le veo mucho
-¿Estáis enfadados?
-No, simplemente no nos vemos
-¿Y su novia? ¿Cómo se llama?
-Julia
-¿También estudia medicina, verdad?
-Si
-¿Termina ahora?
-Desde luego, es bastante mas lista que él. Creo que quiere hacer odontología-mentí
-Vaya, es una especialidad que se está poniendo de moda-dijo Carmen
-Por supuesto, las nuevas generaciones de médicos se van dando cuenta de que lo más importante en esta vida es el dinero- dijo Luisa con cierta ironía
-No creo que Julia lo haga por eso-le contesté. Su familia tiene el suficiente dinero para que no se tenga que preocupar de esos temas
-¡Qué inocente eres, Sebas! No te das cuenta de que el dinero llama al dinero
-Y qué si es así- dijo Carmen, lo ideal es que la vocación venga acompañada de buenos ingresos
-Eres una materialista, Carmen-dijo Luisa con desprecio.
La comida continuó en estos términos: Juan con sus dibujos, mi madre callada, Luisa y Carmen a la greña y yo, aburrido.
CAPITULO VEINTISIETE
Echaba de menos el mar. Aprovechando que el domingo se iluminó con el sol de una primavera madura, encaminé mis pasos hacia el lugar donde la arena se besa con el agua. Era una forma romántica o poética de decirlo, porque aunque el día estaba claro, el viento, como era costumbre, soplaba con fuerza, convirtiendo la superficie del mar en una cabellera rizada en continuo movimiento, un vaivén que ese mismo viento reforzaba poniendo crestas blancas sobre las olas, que, complacientes, acompañaban el rítmico acariciar de la marea. El domingo, en sus horas tempranas, cuando las humanas conciencias duermen, es una boca abierta, un corazón entregado al merodeador solitario. Esta ciudad es una península ganada al mar, pero aún conserva en ciertos lugares el lado salvaje, la naturaleza soberana, por encima de los designios del hombre. Uno de ellos es el Orzán, donde la ciudad enseña su cintura y se hace más vulnerable a los arrebatos conjuntos de mar y aire. Aquí, es como si el embate de las olas le hiciera adoptar un ademán de recogimiento defensivo, una postura antinatural. Esta sensación es más perceptible en los días de invierno, cuando el temporal azota con furia las avanzadas del paseo y escarba hasta las entrañas de la playa, para convertirla en roca erosionada, un solo bloque granítico que emerge por encima de la alfombra de arena, vencido y desnudado, y esas minúsculas partículas que antes descansaban apacibles, de repente son proyectiles, que girando en los remolinos del agua escupen su desacuerdo sobre el urbanismo minimalista que pretende complementarla. Sin embargo, este domingo no buscaba causar heridas, sino repararlas. Era cómplice y no verdugo, por eso, a medida que avanzaba por este paseo, estrecho como un pasillo doméstico, me sentía más relajado y dejaba que el rumor del mar, con su melodía repetida, me acompañara como si de un coro de roncas sirenas se tratara , cerrando de vez en cuando los ojos, siempre con la aguja del faro de Hércules indicándome el Norte; hasta que la inercia me situó, callejeando, a las mismas puertas de San Amaro, el cementerio público que se bautiza en el mar. A la entrada arbolada, me detuve ante un puesto destartalado, donde un niño gitano vendía flores. Exhibía crisantemos, la que llaman margarita del dolor, y claveles blancos. El chaval me animó:
-Anda payo, cómprame una docenita-dijo señalando los crisantemos
-¿Los vendes por unidades?-le pregunté
-Claro, hombre, yo te vendo lo que tu quieras
-Dame tres de cada-señale primero los claveles y luego los crisantemos
-Da mala suerte mesclarlas, payo
-Es igual
-Lo que tú digas-hizo un ramo que ató con un cordel. Después de cortar con habilidad el tallo de las flores, me lo entregó, enfundado en un papel de periódico
-¿Cuánto es?
-Son cien pesetas
Entré en el cementerio, que a esas horas estaba poco concurrido. Bajé las escaleras y avancé mirando de frente hacia la bahía brumosa. El cementerio no era una cuadrícula perfecta de la que partieran calles lineales de trazos regulares, era más bien caprichoso en su disposición, un dédalo fúnebre. Yo no sabia exactamente adonde dirigirme, recordaba vagamente, por el entierro de mi padre, donde podía estar el nicho. Recorrí unos cincuenta metros, para torcer luego a la izquierda, bordeando un panteón marmóreo coronado por dos angelotes. Busqué entre las lápidas, hasta que di con ella: Familia Aguilar Pérez. Era muy sencilla, no tenía ornamentos, ni recordatorios ni fechas. Ni siquiera se había buscado el arabesco en la inscripción. Deposité las flores con cuidado, inmediatamente se torcieron hacia un lado, porque el florero, amplio, estaba concebido para una mayor ocupación, intenté recolocarlas, pero era inútil. No quería rezar, me pareció que el detalle de las flores ya era suficiente .La mañana se había encapotado, no tardaría en empezar a llover. Eché una última mirada alrededor y me reconforté pensando que, a fin de cuentas, si me comparaba con ellos, yo no estaba tan solo.
"El poema eres tú recomponiendo el espejo que cada día rompes".
"Comprender es unificar lo invisible".
"Elijo la lluvia, porque al derramarse, muere".
"El mar está aquí, en tu silencio".