"Un joven cualquiera" capítulos 14 al 20
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"Un joven cualquiera" capítulos 14 al 20
Carmen vino a avisarme de que me llamaban por teléfono.
-Diga-pregunté.
-¿Sebastián?
-Sí, qué hay Fátima.
-Mira, te llamaba porque me ha llegado una comunicación del Juzgado referente a tu asunto. Nos dicen que han aparecido dos testigos. Tienes que presentarte el lunes para una rueda de reconocimiento.
-Vaya, parece que las cosas se complican.
-No te preocupes, si no tienes nada que ver con esto será un mero trámite. Además, puede servir para descartarte y con un poco de suerte archivaran diligencias.
-Bien, si no hay más remedio habrá que pasar el mal trago. ¿Cómo hacemos?
-Podemos quedar delante de los Juzgados. Tenemos que estar a las doce, así que nos podemos ver un cuarto de hora antes en la puerta principal. Procura que tu aspecto sea lo más normal posible, ya me entiendes.
-De acuerdo. Hasta entonces.
Carmen, que me había oído, me preguntó:
-¿Ocurre algo malo?
-No, no es nada importante-le contesté.
De la cocina llegaba un olor a conejo asado, la comida estaba preparada para ser servida.
-¿Quieres comer con nosotros?
-No, Carmen, gracias.
Me encerré de nuevo en mi habitación. Necesitaba una ducha para relajarme. Me quité la ropa y manipulé los mandos hasta que el agua estuvo a la temperatura adecuada. Me coloqué debajo del surtidor y el chorro caliente empezó a correr por mi cuerpo. El agua caía con fuerza y me parecía que golpeara directamente, sin mediación alguna, en el interior del cráneo. Estuve diez minutos bajo el surtidor, pensando en cómo era posible que hubiera testigos. Sin duda se trataba de una confusión y no debía temer nada. ¡Qué cantidad de molestias innecesarias! En fin, no quería obsesionarme con ello, lo mejor sería que fuera a la biblioteca a estudiar un poco y luego ya veríamos. Me vestí y fui a buscar los libros. Las tapas del Castán , al ser tan débiles como las páginas interiores, estaban medio rotas, al final, a medida que el uso se iba incrementando, acababan por desgajarse. El que cogí era el tomo cuatro, derechos reales: la posesión, la propiedad, el usufructo y otros. ¡Qué ironía! yo que hacia cálculos para repartir el poco dinero del que disponía para las necesidades y el ocio, tenia que estudiar el sacrosanto derecho de propiedad, eso si, con sus límites marcados por el interés público y los derechos de los demás propietarios. ¿Y si los derechos del gran señor feudal o los más probables de cualquier minifundista de bastón armado chocaban con el mío a respirar el aire que sobrevolaba su terruño? ¿Me echaría a los perros o me enviaría una manada de vacas en estampida para que aprendiera lo que era bueno? ¿Acabaría mis días cubierto hasta arriba por un monte de papeles que repetían en grandes letras la misma palabra: interdicto? Salí a recibir un día lluvioso, o más bien él me recibió a mí con luz apagada de tormenta inmediata. No tardó mucho en iniciarse, con aparato sonoro y lumínico, diálogo de truenos y relámpagos. El aguacero provocó una enorme riada que hacia borbotear las alcantarillas, el aire se refrescó y los semáforos se fundieron, a la par que se formaba un caos circulatorio. Eran las consecuencias típicas de una tormenta, lo más parecido a un asomo de Apocalipsis local. Disfrutaba, en ocasiones, viéndolas dibujarse en el cielo desde el refugio de mi ventana. Descorría las cortinas y con la cara próxima al cristal observaba el maravilloso espectáculo de la naturaleza desatada, los rayos semejaban arterias encendidas proyectadas desde los ojos de un dios colérico, los truenos eran rugidos de furia con que el alma divina hacia notar su descontento con los hombres, pero una vez más, el perdón acababa por llegar cuando las nubes se abrían como una fruta madura que ha desparramado su sustancia. Lo que ocurría es que, ahora mismo, mi situación no era tan poética, porque en lugar de estar arriba, protegido, estaba abajo, desprotegido. Dudé, si esperar bajo la oportuna cúpula de un comercio, o aventurarme hasta la biblioteca que me ofrecía cobijo cultural y metafísico. La tenia a trescientos metros y entre el me decido- no me decido, la tormenta dio una tregua. La marea de gente que se puso en movimiento me arrastró a las mismas puertas de mi objetivo. Acompañado del sacudir de paraguas y el restregar de zapatos en los felpudos, penetré hacia el corazón de la sala. Vano intento. A las cinco de la tarde de un martes extraordinariamente desapacible, no se podía esperar un maldito sitio libre. Me fastidiaba no poder cumplir con la rutina. En efecto, tenia los días marcados y era inflexible, cada hora recibía su justa ración de compromiso: levantarse cumplida ya la mañana, clases, comida, descanso, estudio hasta las ocho y de ahí en adelante vía libre; es decir, la rutina terminaba a las ocho en punto de la noche(invierno). Después, la monotonía solía perder su trono en beneficio de lo imprevisible. Lo imprevisible no era visitar lugares diferentes a los de cualquier otra noche, lo era la sinuosa relación humana por la que transitaba, con ello me refiero a que a medida que la noche avanzaba o, con frecuencia, desde el mismo juntarse los que siempre quedábamos, esto es Elena, Matías, Luis, Julia y yo, se empezaban a sumar los que no contaban inicialmente. Por ejemplo, a veces nos acompañaba Santi, un amigo de Matías, al que éste utilizaba porque nos proporcionaba chocolate cuando queríamos colocarnos un poco. Era un tipo de talla escasa, nariz aguileña, cabello engominado y bigote años cuarenta. Se reía con facilidad y les entraba a todas las tías como un semental de borrico. También estaban Mario y Susana, conocidos de Luis. No vivían en Santiago. Se presentaban todos los jueves. Las veleidades literarias de Mario surgían indefectiblemente cuando el alcohol y el avance de la madrugada habían dejado su huella, entonces hablaba de su novela por terminar y de sus fuentes de inspiración, entre las cuales ocupaba un lugar de honor Borges, ante el que imitaba, como si lo tuviera delante, un ademán de pleitesía. Susana era más discreta, posiblemente venia a divertirse, sin más. Era una chica muy guapa, con unos enormes ojos verdes que miraban con naturalidad. Solía desmarcarse de Mario cuando este se ponía trascendente. Y contaba historias, lo que hacia dudar de quién realmente escribía el libro. Recuerdo en especial una que mencionó: era sobre un anciano que habitaba en el mismo edificio que sus padres. El anciano vivía solo aunque tenía familia: una hija que residía en otra localidad y un hermano con el que no se relacionaba. El caso es que el anciano falleció y nadie se enteró hasta pasados tres meses. Los vecinos se preguntaban entre sí por él, y dieron por hecho que se había ausentado por un período prolongado. Alguien dijo que estaba cuidando a una enferma-era muy religioso y ayudaba frecuentemente al párroco en el cuidado de los feligreses más necesitados-, otro dijo que estaba visitando a su hija. El presidente de la comunidad aseguró que no había sospechado nada: pagaba los recibos puntualmente. En el Banco, informaron que tenía domiciliado el pago de las cuotas y que el saldo de su cuenta era lo suficientemente holgado como para estar dos años pagando sin problemas. El hombre ocupaba el último piso del edificio, el cual disponía de una terraza. Quiso la casualidad que la vecina que tenia debajo observara ciertas humedades en el techo, que atribuyó al mal estado de la terraza. Se hacia necesario hablar con el anciano para solucionarlo. El presidente, en el correcto ejercicio de sus funciones, estuvo llamando durante varios días sin que nadie contestara. Convencido de que la vivienda se hallaba deshabitada no tuvo más remedio que contactar con los familiares, dado que las humedades iban en aumento. Por la guía de teléfonos localizó al hermano, le llamó y este le dijo que no sabia nada de él, sacaron la conclusión de que o estaba con la hija o estaba haciendo de buen samaritano. Lo intentaron primero con el párroco, éste les comento que estaba preocupado porque hacia mucho tiempo que no le veía y según decía, era hombre de misa diaria. Quedaba la hija: tampoco había tenido noticia de él desde que le llamó para felicitarle por su cumpleaños-seis meses atrás-. En vista de la situación decidieron hablar de nuevo con el hermano para pedirle autorización de entrada en el piso por medio de un cerrajero. Les fue concedida. Lo que encontraron el presidente y el cerrajero es fácil de imaginar: un cuerpo en descomposición y un olor fétido inaguantable.
Luego, estaban los amigos de los amigos, que aparecían y desaparecían sin que nadie se preocupara por ellos. Pero ese era territorio nocturno y ahora la tarde exigía reposo y estabilidad de costumbres, pidiendo réditos a mi conciencia. Ésta me mandó a la cafetería, el segundo cubil de estudio. Quizá se pudiera pensar: ¿para que complicarse tanto la vida cuando uno tiene su propia habitación, con su mesa y su silla y el resto de accesorios necesarios para hacer los deberes? Cierto. Solo existía un motivo tolerable para no hacerlo: hay quién estudia por devoción y quién lo hace por necesidad. Quien se encuentra en esta última situación, como me ocurre a mí, necesita incentivarse con los que parecen devotos, aunque no lo sean. Es como estar en un partido de fútbol en el que el estadio al unísono grita gol, seguramente te ves impulsado a gritar lo mismo, contagiado por el fervor popular, y eso, aunque te importe un pito cual de los equipos venza. Yo, solamente era practicante (aficionado), pero tenia que ascender de categoría (necesidad), por lo que debía ganar partidos (exámenes). En esa ecuación la única equis por resolver estaba en conseguir el medio idóneo, el que a cada cual le sirviera, para que los resultados fueran positivos. El mío era integrarme en un coro de memoristas, no ser voz solista que se inspira en la soledad de una cabina para recitar en soliloquio los artículos asépticos de un Código. En el recogimiento bibliotecario es necesario levantar la vista de vez en cuando de los textos, de los apuntes garabateados o de lo que sea, para darse una tregua y solazarse en un silencio cuajado de cuerpos que no dialogan. Estamos cincuenta, cien almas, entregadas a sus quehaceres, sin comunicarnos, haciendo como que somos los únicos habitantes de una isla. Interpretación errónea, pues en esta micronesia de solipsismos los acordes de una sinfonía los componemos entre todos. Son los engranajes de los cerebros, registrando letras y signos, los que dialogan, para así poder demostrar, cuando se nos requiera, el talento que atesoramos, repitiendo con la máxima fidelidad las frases por su orden exacto, en el apartado requerido, para que el examinador reconozca las claves que espera y dé el visto bueno, como quién pone membrete al correo. Con ese acompañamiento, desemboqué en la cafetería universitaria, lugar de transito. Acababan de dar las seis de la tarde.
Las mesas eran amplias, los asientos cómodos, el sol del atardecer ya se despedía en una esquina. Me senté y desplegué lo que quedaba del libro de texto. Tiré de las gomas de la carpeta de cartón azul, que se me deshizo en las manos. Saqué lo apuntes y comencé la tarea del repaso y la consulta. Tras media hora, el café se enfrío. Alguien me dirigió la palabra:
-Sebas, ¿eres tú?
La miré.
-Que hay, Raquel.
-No nos vemos en ninguna parte y nos tenemos que encontrar aquí.
Raquel era mi prima, daba clases en la Facultad de matemáticas como profesora adjunta.
-¿Puedo sentarme?
-Por supuesto. Estaba estudiando un poco.
-Ya lo veo. ¿Qué tal te va? Tu madre me ha dicho que vas sacando los cursos.
-Si, hay asignaturas más difíciles, pero sigo adelante.
Tres alumnos nos rodearon:
-Raquel, por favor, nos puedes cambiar la fecha de examen.
-No sois nada serios- dijo mi prima.
-Anda, sé buena que estamos todos de acuerdo-uno de ellos juntó las manos como si estuviera ante la Virgen de los milagros.
-Muy bien-Raquel se dio rápidamente por vencida- Será pasado mañana y sin más cambios, eh!
Raquel me dijo:
-Tengo quince alumnos y se toman muchas confianzas, la verdad es que no se lo podía negar, estuve de baja quince días y me fueron a visitar al hospital con un ramo de flores.
Yo estaba sorprendido, en mi facultad se me hacia inimaginable ese trato entre profesor y alumno.
-Sebas, tengo prisa,¿ por qué no vienes a comer a casa el miércoles?
-Vale- le dije.
-A las tres.
-A las tres.
Raquel terminó rápidamente una tapa de tortilla. Volví a quedarme solo y me entró sopor. Releí los apuntes, que antes tenía que ir descifrando, pues eran prestados. Era un esfuerzo doble que me ponía de mal humor. El reloj de pared marcaba las siete de la tarde. El sol había dado un último beso a la pared de enfrente, pronto se encenderían las luces del campus, puntitos de luz estratégicamente colocados harían de piedras de pulgarcito para que pudiéramos regresar a casa. La cafetería empezó a vaciarse, un camarero barría. Me fijé en él, se movía dentro de un círculo, realizaba calculados desplazamientos a derecha e izquierda, acumulando montoncitos de papeles, colillas y restos varios. Era un profesional que dominaba su trabajo, era una enorme termita que se aproximaba, armado por una tenaza con forma de escoba, oía el cric-cric del roce con el suelo, canturreaba una canción de los cuarenta principales mientras iba llenando su estomago-recogedor, estaba muy cerca y lo que escuchaba ahora era el fragor de sus jugos gástricos, no entendía cómo nadie más parecía escucharlo, por fin se acercó tanto que se dio cuenta de mi presencia y masculló un perdona, antes de desviarse. Sentí tal alivio que me puse a reír. Había estado a punto de ser triturado por el joker-Arturo que sacudía la escoba como si ésta fuera Excalibur en horas de trabajo.
CAPÍTULO QUINCE
Fuimos directamente al Juzgado de guardia. Era allí donde se hacían las ruedas de reconocimiento. Siguiendo el consejo de Fátima no cuidé especialmente mi indumentaria, iba vestido como lo hacia a diario: pantalón y cazadora vaqueras. Me había afeitado, y como siempre, la cuchilla me dejó un corte. Esta vez sobre el labio. Aunque no llegábamos tarde, parecían estar esperándonos.
-Venga conmigo. Soy el secretario.
Me llevó a una sala pequeña, con una tarima estrecha, delante de la cual había un gran espejo.
-Usted se pondrá aquí, sosteniendo este número. Estará de pie mirando hacia el espejo. No se mueva hasta que le avisemos. Ahora entrarán otras personas que participarán en la rueda. No se preocupe, será solo un momento.
El secretario se marchó y entraron cuatro jóvenes de apariencia similar a la mía: morenos, altos y delgados. Su vestimenta también era muy parecida a la mía. Ninguno de ellos me miró a la cara. Se pusieron dos a la derecha y dos a la izquierda, dejándome a mí la posición central. Se apagaron las luces generales y dos focos que había encima de la tarima nos iluminaron con fuerza. Estuvimos así unos tres minutos. El intenso calor que desprendían las luces, comenzaba a resultar incómodo. Por fin se abrió la puerta y nos mandaron salir. Fátima me esperaba fuera. Por su cara me pareció que el resultado no había sido el que deseábamos.
-Te han identificado-me dijo con fastidio.
-No es posible-le contesté sorprendido.
-¿Quiénes son los testigos?
-No me han dejado verlos.
-No me lo puedo creer- le dije. Esto es un montaje.
-Pero ¿por qué? ¿Quién puede querer perjudicarte?
-No lo sé. No entiendo nada.
Noté cierta desconfianza en su mirada.
-Mira será mejor que empecemos a preparar la defensa en serio, porque esto va a ir a juicio. Tienes que hacer memoria y recordar lo que hiciste aquella noche. Nosotros también necesitamos testimonios que apoyen tu inocencia.
-Entiendo. Haré lo que pueda.
CAPÍTULO DIECISÉIS
-Pasa ya el Ducados, hombre, no te hagas de rogar.
-Para ti enterito, con el último cigarrillo que queda.
Compartíamos mesa, Elena y yo, en uno de los pubs de las galerías Viacambre. Estaba medio borracho, después de haber ingerido alcohol desde las tres de la tarde, mezclando bebidas sin ton ni son.
-¿Conoces el mito de don Juan?- le dije.
-Si, claro- respondió ella.
-¿No te parece un mito estúpido?. Un tipo presuntuoso se dedica a seducir incautas, en mal verso o en peor prosa. Es tan irresistible que el meollo de la cuestión no está en saber si seduce o no a tal damisela, sino en la satisfacción que esto le produce. Por cierto, nunca está completamente satisfecho. ¿Te suena?
-¿Por qué habría de sonarme?
-Ese tipo es un incordio-continué-, para él y para sus desafortunadas conquistas. Para más INRI le gusta batirse en duelo, y siempre gana, lo curioso es que siempre gana.
-No sé por qué me hablas de eso, Sebas, de lo único que me suena don Juan es de esa obra de Zorrilla.
-A mí no me engañas, Elena. Como tú sabes perfectamente, hay otras versiones. Vamos a ver: tenemos al burlador de Sevilla, tenemos a Byron, a Moliere y a Mozart. Existe una referencia en un ensayo de Camus-creo-, y no se si alguna más.
-Te olvidas de Juan de Mañara-dijo Elena con ironía.
-Ya.
-Sebas, has bebido mucho.
-Si , Elena, pero a que te suena el mito de don Juan, o debo decir de doña Juana –dije, insistiendo, con la lengua trabada por el güisqui.
-¿Dices eso por mí?,¿Qué tengo que ver yo con don Juan? ¿Te crees que voy por ahí seduciendo jovencitos? Es algo mucho más simple, entiendo las relaciones de forma natural, sabes, no voy buscando guerra, pero a veces las cosas surgen y si me gusta alguien se lo digo. Esa es la situación.
-¿La situación?-dije admirado. ¿Llamas así a ponerle los cuernos a tu marido?
-Mira, tú me gustabas y nada más.
-Si, por supuesto, empezaste por mí ¿a qué debía semejante honor? Dime ¿qué se siente cuando tienes entre tus tenazas de mantis religiosa la voluntad de otro? ¿es que solo ves el vacío? ¿es que es verdad ese mito y sigues buscando un imposible?-ya no sabía lo que decía.
-No es tan poético. Simplemente me cansé de ti.
-Claro, es más bien patético, cómo no te ibas a cansar de alguien como yo.
-Deja de compadecerte.
-No me compadezco.
-Olvídalo, Sebas, estas nervioso por ese juicio.
-No sé que impresión te causo, pero lo que te he dicho no tiene nada que ver con eso. Simplemente, es algo que necesitaba decirte desde hace tiempo.
Pedí otro JB.
-Es el último, te lo prometo, tampoco podría aguantar más. ¿Por cierto, Elena, tu forma de batirte en duelo es montar una escena como la del Galo?
Creo que había dado en el blanco, apagó el cigarrillo con mucha calma y me dijo:
-Tú lo complicas todo, verdad. Te inventas tus propias historias y te las acabas creyendo. Lo que ocurre es que nadie más que tú se las cree. Vuelve a la realidad, antes de que sea demasiado tarde.
-Dime, Elena ¿Qué pensarán tus hijos de ti cuando sean mayores? ¿Crees que entenderán tu forma de proceder? Nunca te preguntan quién es ese individuo que llevas a casa. ¿No tienes miedo de que, inocentemente, un día descubran tu juego?
-El inocente eres tú. No te das cuenta de que Antonio lo sabe todo, que es algo consentido. Hay un pacto entre nosotros, él también es libre. En cuanto a mis hijos, no les hago ningún mal.
-Bonito concepto de libertad, permíteme decirte algo: Antonio y tú no os queréis.
-Es otra forma de querer, no somos posesivos.
-Ni tenéis celos, claro.
-Desde luego que no.
-Espero que te diviertas mucho, Elena.
-Eso intento.
El hielo que nadaba en medio del güisqui era indestructible, la luz cenital de la lámpara se reflejaba en su superficie y producía un brillo de falso diamante.
-La verdad que no se qué hago aquí contigo.
-Estamos tomando una copa, no-dijo Elena. Anda relájate un poco, si quieres nos vamos y caminamos un rato, el aire de la noche te hará bien.
-De acuerdo.
Nos hicimos hueco hacia la salida. Ninguno de los dos se había acordado de pagar.
CAPÍTULO DIECISIETE
Como era previsible, después de las pruebas que me inculpaban(periciales, testificales, documentales) se señaló fecha para el juicio. La vista oral se celebraría el quince de mayo. Ni Fátima, aunque no lo decía, ni yo, confiábamos en que el resultado fuera favorable. Ella, al principio, intentó plantear una sólida defensa argumental, para lo cual empezamos por buscar testigos que apoyaran mi testimonio de inocencia. Lo malo es que no existían testigos reales, fuera de unos pocos espectadores desconocidos que habían asistido conmigo a una sesión de cine, en la medianoche del sábado en cuestión. Ni ellos se acordarían de mí, ni yo de ellos. Pregunté a la taquillera, al que sellaba las entradas, y al acomodador, pero, como era previsible, no recordaban mi cara. Al terminar la película me había ido directamente a dormir y no me encontré con nadie conocido. Por lo tanto, y hablando en términos policiales, no tenia coartada. Podía haber conseguido, fácilmente, que Luis, Julia e incluso Elena, manifestaran que aquella noche estaba con ellos en el momento en que se produjo el atropello, pero estaría faltando a la verdad. Un absurdo escrúpulo me impedía utilizar sus testimonios. Fátima insistió en que daba lo mismo, que lo que tenía que hacer era presentar al menos un testigo que me favoreciera. Si, como decíamos, la acusación se sostenía sobre falsedades, no atentaría contra la ética pagar con la misma moneda. Tenía razón, desde luego. Mi postura no era coherente, aunque ella desconocía los verdaderos motivos de actuar así. Ignoraba un hecho capital que descubrí recientemente: el segundo juego de llaves del coche no estaba en mi poder. Fue algo casual, cuando declaré ante el Juez y me pidió el carné de conducir y las llaves para inmovilizarlo, incluido el segundo juego, le manifesté que éste no lo llevaba encima y que tendría que buscar en casa para traérselo. Nada más llegar revisé todos los lugares donde podía haberlo guardado, al principio, simplemente me sorprendió no encontrarlo en el cajón de la cómoda donde suelo depositar los objetos personales en desuso. Se suponía que debía estar allí, y nadie, excepto yo, le podría haber dado otro destino. Hice memoria y lo recordé: se las había prestado a Matías en una ocasión en que me pidió el coche, y no me las devolvió. Lo demás fue ir desenmarañando la red. Matías, sin duda, había conseguido una cuidada puesta en escena: tenía el medio, el daño personal y material causado y los testigos. Pero ¿y el móvil? Aunque no lograba entenderlo, solo se me ocurría uno: el odio y el rencor. Un odio y un rencor soterrados, disimulados, alimentados en las catacumbas de una amistad podrida, zaheridos por la espera y ocultos bajo un manto de hipocresía.
CAPÍTULO DIECIOCHO
Ayer tomé una decisión: aun sabiendo lo que sé, no haré nada. Como víctima de esta trampa cruel tengo el legítimo derecho de venganza; podría presentarme ante Matías y decirle: déjalo ya. Podría bajo el peso del agravio golpearle hasta hacer que escupiera las entrañas y secara ese pozo de bilis que lleva dentro. Nadie podría reprocharme que obrara así, después de saber lo que sé. Pero la autentica generosidad es una virtud a la que no le gusta ser mostrada, prefiere el ejercicio discreto de sus gracias antes que el estruendo que acompaña los fastos, goza más con el agradecimiento que se susurra al oído, que con las voces que proclaman a los cuatro vientos su gloria. Así pues, tenia la oportunidad de ayudar a Herminia, aún a costa de ser el villano de esta historia. No era, sin embargo, un precio muy alto el que debería pagar: el limite de la condena para ese delito se fijaba en dos años, lo que suponía, que al no tener antecedentes penales, no pasaría por la cárcel; en cuanto a las responsabilidades civiles- léase indemnizaciones de las cuales la única beneficiaria seria Herminia, tal y cómo se pactó- serían cubiertas por el seguro del coche, dado que yo actualmente era insolvente y en ningún momento se había probado que el supuesto autor, es decir el que suscribe, estuviera ebrio. La ley de seguro en vigor exigía, en estos casos, que se identificara al responsable del accidente. No bastaba con la identificación del auto para que la compañía de seguros se hiciera cargo de las indemnizaciones; según dicha ley, si no se hacía de esta forma, ni siquiera el consorcio de seguros cubriría las justas reivindicaciones de las víctimas. Dicho de otra manera, se necesitaba un culpable para que Herminia, cuando menos, recibiera una compensación económica por la muerte de Eulogio. La otra posibilidad que había sopesado: denunciar a Matías, anularía los derechos de Herminia, ya que no existían pruebas contra él. No tenía miedo al juicio. No me impresionaba esa representación litúrgica. Era consciente del poder que ejerce un juez. La justicia es una diosa que lleva una venda en los ojos para simbolizar que no puede ser influenciada por los poderosos. Obviamente, es una idealización ajena a las debilidades de los hombres. ¿Qué es lo que evita que uno no acabe por ser juez de sí mismo? Si además de juez eres creyente, los argumentos se complican: tienes que lidiar con tu conciencia y con los rescoldos de amor al prójimo que te queden. ¿Cuántos jueces hay así? Hoy en día se administra justicia, nunca mejor dicho, administrar es hacer un uso adecuado de los recursos. Es más fácil encarcelar a un desgraciado que a un rico conocido, la reclusión del primero no causa perjuicio alguno a la sociedad-al contrario-, la del segundo podría hacer tambalear las instituciones. Me encuentro dentro de los de la primera clase por lo que ni puedo esperar ni espero benevolencia. La condena máxima estará servida en fuente de plata: es inadmisible que un joven probablemente borracho atropelle en un paso de cebra a un respetable anciano y que encima huya como un cobarde sin prestarle auxilio. Esta será la versión oficial.
CAPÍTULO DIECINUEVE
Creo que hay lecturas que son buenas para el espíritu pero malas para la vida. Algunas tardes, cuando estoy aburrido, curioseo en la Librería que tengo enfrente de casa. En mi modesta opinión es una de las mejores de la ciudad, dispone de gran cantidad de libros, perfectamente ordenados por áreas o especialidades, aparte de ser un lugar agradable de visitar. Paso allí minutos de distracción y de enseñanza, primero merodeo un poco al azar, me acerco a las primeras mesas donde están las ultimas novedades, los libros más exitosos y los best-seller del momento, cojo alguno de ellos, y en las solapas busco la fotografía del autor y la sinopsis de su biografía. Casi todos son periodistas o profesores de universidad, eméritos o en proceso de serlo, unos pocos son escritores autodidactas y están los que se apuntan a escribir sobre políticos o temas de moda como la autoayuda o el yoga; también, eso lo hago con cualquier libro que hojee, leo en la contraportada el resumen del argumento y las citas elogiosas del crítico de turno, que nunca llevan nombre propio sino el nombre del periódico en letras mayúsculas o minúsculas, según la importancia o prestigio del autor. Después me dirijo a las diversas secciones rotuladas en letra rústica, donde los libros se desparraman como ramas de un árbol: historia, filosofía, ciencias sociales, poesía. Por último, voy directamente a los libros de literatura, primero los clásicos, que hojeo con devoción, palpando las tapas de cuero o tafilete, husmeando el olor reciente a tinta de imprenta; después, los modernos, y entre estos a los de precios económicos, porque estoy condicionado por mi presupuesto, es decir, que me veo confinado al catalogo de editoriales como Destino o Alianza, pobres pero dignas. Y es aquí dónde esta el problema, porque se empieza a recorrer con la mirada el índice de autores, y se descubre a escritores como Cioran, Bataille, Unamuno, Sartre o Nietzsche, auténticos depredadores del alma, que se muestran en los libros desnudos, sin adornos, texto en estado puro, adrenalina que se inyecta en las venas, sin solapas biográficas, con meras reseñas que te ubican sin más, y es tu apuesta adentrarte en su universo y perderte en él, porque no hay otra forma de decirlo, estás perdido si entras en esos mundos poblados de complejos, traumas y sinsabores, de amargos pasajes y lucidez cegadora que te hunde en el lado oscuro de los corazones humanos. Y es que puede que a ellos si les haya servido para liberar sus miedos, o asumir sus derrotas, pero ¿y a ti? , ¿Qué es lo que enseñan que te pueda hacer mejor? ¿Para qué leerlos si uno no va a ser escritor, si lo que tendría que aprender es, simplemente, a enfrentarse a la vida, a la sórdida vida de todos los días?
CAPÍTULO VEINTE
Cuando intento contar algo solo me salen fragmentos. Por eso no sé como empezar el relato de mi juicio. Creo que no era consciente hasta que me vi allí, rodeado de acusadores y testigos, de que iba a ser juzgado. Era mi quinto año de universidad y el derecho era para mí una entelequia, algo ajeno a la realidad, por lo menos a mi mundo, en el que no entraban más que las vidas acomodadas de jóvenes diletantes. Desconocía, en mi profunda ignorancia, que existiera un submundo, donde el robo, la prostitución o la violencia fueran lo cotidiano, gente marginada que sufría y hacía sufrir, que se ganaba la vida por medios ilegales, donde de la ética ni se conocía su nombre, y el daño causado era irrelevante ante el provecho propio. Lo chocante era verse de repente como un personaje de esa otra historia a la que habías llegado sin buscarlo, el desconcierto primaba sobre el intento de adaptación, que, como un mecanismo de defensa, ponías en marcha. Era el protagonista del delito cuando hasta ese momento solo lo conocía como espectador a través de dos de sus manifestaciones: la escala de penas del Código penal y la página de sucesos de los periódicos. Había jugado de forma romántica con la posibilidad de perjudicarme para beneficiar a Herminia. No me arrepentía de haber tomado esa determinación, se haría justicia aunque no se condenara al autentico culpable. Por otro lado los riesgos estaban controlados- en esto tenia que fiarme de Fátima-en el sentido en que ni mi libertad ni mi bolsillo se verían comprometidos. Solamente me vería expuesto al qué dirán, para algunos me convertiría en un apestado social: el juicio público podría ser más duro que el juicio oficial. ¿Por qué tengo que pasar por todo esto cuando lo más sencillo sería negarlo todo y por lo menos sembrar la duda sobre mis responsabilidades?. Reconozco que la trama esta bien urdida. Matías se ha esmerado. Me basta echar una ojeada entre los que esperan delante de la sala donde se celebrará la vista oral. He localizado, sin la menor duda, a los testigos que me inculparán. Están medio apartados, fumando nerviosamente, moviéndose sin parar, tienen la mirada baja y cierto aire de incomodidad. No se atreven a mirarme y durante su declaración tampoco lo harán. Son dos individuos desaliñados, sudorosos, con chupa de cuero uno de ellos, y el otro con chándal Adidas pasado de moda. Deben ser conocidos de Santi, probablemente camellos a los que Matías habrá comprado. Seguro que ni siquiera han salido caros: “un par de talegos tronco y ese pringa como me llamo Chapi”.¡qué miseria!. Al otro lado, sentada en un banco, he visto a Herminia. Ella no me ha reconocido, está encogida, está sola. Me acerco:
- Herminia ¿se acuerda de mí?
Se fija en unos momentos sin identificarme, de repente una sonrisa ilumina su cara.
-Sí, tú eres el chico aquel de la cruz roja. Pero ¿Qué haces aquí?
-Bueno, no sabría como explicárselo. Me acusan de la muerte de Eulogio .
Ella pone cara de asombro.
-No pretendo que me crea y lo que va a oír en el juicio le hará pensar lo contrario, pero le aseguro que no he sido yo. Dicen que fue mi coche y en eso se basan, además hay dos supuestos testigos. Aunque todo lo tengo en contra le pido que no se deje engañar por las apariencias, solo eso me importa.
-No sé, estoy confundida, estos sitios me aturden. Me gustaría irme a mi casa.
-Entiendo, Herminia- le digo. ¿Cómo está su hija?
-Regular-contesta .Va a necesitar muchos cuidados, y solo me tiene a mí.
Herminia se ha puesto a llorar.
-Tranquilícese, ya verá como todo se arregla, por lo menos, económicamente, no le ha de faltar nada.
Aparece Fátima.
-Sebas, ven un momento por favor.
Me acerco a ella.
-No podemos hacer mucho, tal y como están las cosas. He pensado que igual nos interesa una conformidad.
-¿En qué términos?
-El fiscal hará una oferta, negociaré con él para llegar a un punto que nos convenga los dos. La sentencia va a ser condenatoria, si conseguimos que quede en su grado mínimo pienso que deberíamos aceptar.
- ¿A qué llamas grado mínimo?
-Un año.
-Haz lo que te parezca mejor, Fátima, yo lo acataré.
Sale el agente judicial con un papel en la mano. El primer nombre que vocea es el mío. Fátima se acerca y habla con él, luego entra en la sala y yo quedo fuera. No tarda mucho en volver a salir.
-Ya está, Sebas, aceptan nuestras condiciones. Un año y punto.
-¿Qué tengo que hacer?
Fátima me acompaña al interior de la sala. El agente me sitúa entre el estrado y una silla y me dice que no es necesario que me siente. El juez lleva una toga negra, brillante y pulcra, con inmaculadas puñetas. Se dirige a mí de forma solemne, tratándome de usted, luego me pregunta si me conformo con la condena propuesta. Digo:
-Si.
-Acérquese y firme-dice el secretario.
Miro a Fátima, que asiente con la cabeza. Firmo. Pienso que hoy los juicios terminarán pronto. Al salir nadie mira directamente, los quinquis ya no están. Herminia también se ha ido. Un hombre dialoga con su abogado, gesticula delante de él, levantando el brazo y dejándolo caer, el abogado trata de tranquilizarle, se ajusta la toga, de la que solo hay tres tamaños y él no encaja en ninguno, un maletín negro le cuelga de la mano derecha, son los próximos en entrar. Aquí se conoce enseguida quienes son acusados y quienes testigos, estos últimos suelen estar más alejados de la sala, se inquietan por el retraso, hablan de la perdida de tiempo. A los acusados se les ve serios , abatidos y nerviosos, como esperando en vez del juicio de los hombres el mismo juicio final, donde se pesará la bondad o maldad de su alma, donde les espera el fuego eterno o la liberación, todo o nada, absurdo planteamiento cuando la mayoría son reincidentes. Leo la lista de juicios: lesiones, robo, malos tratos, estafa, hurto; puedo identificar uno por uno a los supuestos autores, y repito, no es la primera vez para ninguno ¿y para mí? Quizá me equivoque, a lo mejor para esa joven el hurto ha sido un mero desliz, tal vez una apuesta pueril con sus amigas; es posible que aquel hombretón con barba de tres días no sea realmente violento, solo es que había bebido un poco y se le fue la mano, jura además que no volverá a suceder ¿y ese? es su tercera citación, porque está continuamente embarcado, lo que hace que sea complicado de localizar. Se le acusa de lesiones: tuvo una reyerta con otro marinero al que acabó por clavarle un punzón. Lo curioso es que el que no se ha presentado hoy es la víctima. También está una mujer elegantemente vestida, creo que su debilidad son los cheques sin fondos, es la esposa de un notario- eso dice-. Su abogado empieza a desesperarse, preguntándose porque demonios sigue cogiendo casos de oficio, encima lo han señalado como el último de la mañana, “esta tía tenia que estar en un psiquiátrico, siempre me tocan pirados o drogados”-piensa- Por fin, sale Fátima “Listo. Era la mejor solución. El abogado del seguro ha aceptado”.
"El poema eres tú recomponiendo el espejo que cada día rompes".
"Comprender es unificar lo invisible".
"Elijo la lluvia, porque al derramarse, muere".
"El mar está aquí, en tu silencio".