"Un joven cualquiera" capítulos 9 al 13

Cuentos, historias, relatos, novelas, reportajes y artículos de opinión que no tengan que ver con la poesía, todo dentro de una amplia libertad de expresión y, sobre todo, siempre observando un escrupuloso respeto hacia los intervinientes.

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Ramón Carballal
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"Un joven cualquiera" capítulos 9 al 13

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CAPÍTULO NUEVE

En la madrugada las luces mortecinas de la calle empedrada me decían que no siguiera. El Franco era una vena seca, extraña al tránsito imparable que mostraba en sus horas de plenitud. Las farolas amarilleaban las losas brillantes, el silencio llenaba los huecos de los bares desiertos, nada se oía, ningún ser mezclaba el peso de su densidad con la visión nítida de una luna fósil; las sombras estaban ausentes, los olores esperados se fundían en el aire inodoro, el gusto a marisco insípido se pegaba a las yemas de los dedos y se guardaba como un perfume caro, el sonido de mis pisadas martilleaba el suelo como llamando a los muertos o a los divertidos duendes que alegran las voces y aligeran las penas, que estimulan la risa de los jóvenes paseantes y de las viudas en deuda que no supieron entregarse en vida a los amantes solícitos, y por ello circulan como diletantes espíritus, endomingadas de carmines y maquillajes espesos, al saludo de galanes supuestos, engañadas al rechazar los requiebros amatorios de algún joven que en apuesta inmoral hace de la burla ganancia de vinos y aguardientes, para él y sus colegas guasones, ignorantes de la fibra sensible que en la mujer insatisfecha suele convertirse en soga que aprieta el corazón y lo amordaza hasta que la locura asoma sus incisivos y los clava en el cuello de la virtud. Y, entonces, ellas si se parecen a los personajes de cuento que esperamos ver desfilar cuando hacemos la ruta de las tazas blancas, arriba y abajo del Franco, a un lado y a otro ,pero ahora no es su momento, ellas no danzan en la soledad ni saludan al vacío, eso queda para los solitarios caminantes que desfilan por la muda alfombra de los vicios callados, consumidores de secretos, atletas mudos de labios leporinos y dentadura hueca, de lenguas dobladas hasta la asfixia y corazones de granito, de siluetas ignoradas por las miradas penetrantes de las niñas risueñas, y de los sueños vencidos por el sopor de la raza que derrota a los nobles y encumbra a los simples. Y son los muertos los que llaman desde Toural a Quintana, en procesión rigurosa de almas en fiesta, y yo mismo me integro en la fila, en posición intermedia, para que no se me distinga en medio de la filoxera de cuerpos que susurran muy bajo las oraciones devotas que puedan favorecerles ante el juicio de dios, y yo digo la mía, arrastrado por la corriente mística ,e invoco las plegarias infantiles que todavía recuerdo: avemarías, credos y ruegos, y las digo entre dientes, por vergüenza que tengo de pedir lo que ante todos niego, y es tal el contagio, que la razón no atina a recobrar la luz, es la marea de los espíritus poseídos por la fe ciega, ignoro si estoy vivo entre muertos o muerto entre vivos. Sé que nadie pensará que voy acompañado como nunca he ido, y así es, aunque no puedan verlo, y quien se asome a la ventana en incipiente duermevela, no podrá recrear ni candiles ni sábanas negras, ni escuchará el murmullo del coro de los rezos ni sufrirá la lacerante herida que se forma en los pies desnudos que arrastran collares de dolores viejos y solo observará el esqueleto de un ejemplar de su especie que parece que levita sobre las gastadas losas que moja la niebla. Llegaré a la Quintana, y los cuatro caballos del agua me ofrecerán su grupa para subir los escalones impares de Platerías, ignoraré que los orfebres duermen en sus camas de plata el pacífico sueño de la Azabachería y en la plaza cuadrada descansaré, esperando que las nubes se abran cuando la luna lo pida, para hacer sombra de sombras sobre mi alma vencida.
Me sentaré frente a la puerta jubilar, como un peregrino que ignora que lo es, rendido a las gárgolas de expresiones siniestras, que en la oscuridad creciente entreabren sus bocas por las que chorrean miserias, y no me moveré de mi sitio aunque la puerta se abra y el mismo santo desde su barca de piedra haga relumbrar el retablo con llamaradas de duelo, ni aunque cien órganos me llamen con impaciencia de amante para que bese la espalda de Santiago el inclemente, el que espera que el mito no se transforme en tiniebla para que caigan sobre la tierra luceros de neón que iluminen el camino como señal de que estos tiempos son reconocidos por el creador primero; en el nombre de Santiago, del que llegan ecos de edad media y olores a incienso, porque el botafumeiro oscila por encima de los tejados de Compostela y nos deja el aroma que se pega a la piel y se hace pigmento y navega por las arterias hasta el mismo cerebro, donde marca el territorio de la memoria con hierro de amo austero. Y todo eso lo sentía yo, traspasado por la fuerza invasora, luchando con pasiva intransigencia, negándome a mover un solo músculo, ni aun cuando un regimiento de ángeles y arcángeles me desnudara y me anunciara el reino de los cielos con estimulantes sones de trompetas celestiales; ese no era mi mundo, el mío era sucio y vulgar, un tejido de insignificancias, un collage de materia orgánica corrupta que se va asentando bajo los sobacos de ese coro de vivos que en la otra Quintana esperan su turno ,en filas superpuestas, formando escaleras, porque quieren tocar la campana de la torre berenguela, y de allí al infinito cubierto de estrellas; se han ganado el jubileo y con júbilo me abrazan y siento el sudor y el aliento de esos fantasmas que hoy no están, en esta madrugada oscura y ausente, en medio de esta quietud que es falsa moneda con la que comprar ese momento de tregua, antes de que amanezca y el sol empuje a las nubes para denunciar mi presencia. Entonces estaré preso de esa multitud, enjambre de ovejas, cuyo pastor demora entre dorados anclajes, el beso redentor que les salvará de la hoguera.


CAPÍTULO DIEZ

Me dijeron que el anciano dejaba viuda. ¿Estaríamos hablando entonces de dos muertes en vez de una? A través de Fátima conseguí el nombre y la dirección: Eulogio Castro, Calle Jiloca, número 6. Se trataba de una vivienda situada en uno de los barrios más pobres; una zona de clase obrera, marginada, no solo por la lotería de las obras monumentales que pretenden ser emblema de las ciudades, sino, además, condenada al olvido del mantenimiento mínimo, aquel que convierte un sitio habitable en un arrabal proscrito. La casa de Eulogio era una especie de bunker de fachada grisácea, tenia ventanas de madera desconchada, pintadas de un azul oscuro y desvaído, el tejado de uralita semejaba un postizo, un tupé de surcos negruzcos que descargaba en los días de lluvia una mezcla de agua y detritus, su chimenea emergía como un periscopio por el que los viejos en su recogido existir de topos oteaban un horizonte inhóspito. La casa vivía, como los dueños, la decadencia de los últimos años de su existir; seguramente era lo único que tenían, aquel modesto cubículo de planta única que había envejecido con ellos como un pariente rico venido a menos, al que se hubieran arrimado y del que una vez utilizado no se pudieran desprender. La puerta lucía un llamador macilento con forma de mano herrumbrosa, que al golpear la bola de hierro emitía un sonido entre metálico y afónico. Lo así con firmeza y noté como el orín se pegaba a la palma de mi mano; golpee tres veces, pero dentro no se oía nada. Volví a golpear dos veces más, hasta que un chirriar de bisagras anunció que la puerta se abría. Ante mi se hallaba una anciana que me miraba con ojos indiferentes. Vestía blusa y falda negras, y llevaba puesta una chaqueta de punto. Por la edad, en torno a los ochenta años, deduje que debía de ser la mujer de Eulogio. Del interior llegaba un intenso olor a pescado frito.
-¿Qué desea?- me preguntó.
-¿Vive aquí Eulogio Castro?-dije, esbozando una sonrisa.
-Si es por la ayuda llega tarde, hijo, mi marido murió.
-No me dijeron nada, lo siento. Venia de parte de la Cruz Roja. Pertenezco a un programa de compromiso social y me habían encargado que asistiera a don Eulogio durante dos horas al día-dije entregándole un papel que me había inventado.
Ella no le hizo caso y abrió del todo la puerta.
-No importa. Pero no se quede ahí, pase-me cogió del brazo y me hizo entrar.
-¿Cómo se llama usted, señora?
-Herminia- dijo.
-Lamento que nos conozcamos en estas circunstancias, Herminia. ¿Qué le ocurrió a Eulogio?
Tardó un poco en contestar, mientras se dirigía a una salita y se acomodaba junto a una camilla redonda. Me hizo un gesto.
-Venga, póngase a mi lado.
Obedecí.
-¿Me decía, usted?
-Le preguntaba por lo que le pasó a su marido.
Por primera vez se fijo en mí más detenidamente.
-Sabe lo que ocurre cuando se pierde a una persona con la que has vivido sesenta años. Es como si una parte de ti se muriera con ella. Eulogio y yo estábamos muy unidos, éramos un solo cuerpo y una sola mente. Cuando ocurrió el accidente, lo sentí como si me hubieran atropellado a mí. El corazón me hirió y supe que algo malo le había pasado. Yo, en los últimos meses lo dejé algo abandonado. Tenemos una hija que está muy delicada y vive sola. Ahora mismo está en el hospital y voy a verla a diario. Mi marido no me acompañaba, porque él, debido a la artrosis, casi no podía moverse. Esa es la razón por la que solicitamos un asistente. Ignoro que es lo que le movió a salir aquella noche, yo dormía profundamente y no me di cuenta de que se había marchado. ¿Qué es lo que le pasaba por la cabeza? Eso no puedo decirlo.
-Está insinuando que buscaba ese final- la interrumpí.
-No, hijo, no estoy diciendo eso. Estaba deprimido porque se sentía viejo e inútil. Era un hombre muy activo y llevaba mal el paso de los años, pero no al extremo de echarse encima de un coche para acabar con su vida.
-Supongo que ahora debe sentirse muy sola-le dije.
-No se lo puede imaginar.
Herminia se levantó y se acercó a una fotografía enmarcada, que colgaba de la pared.
-Aquí estamos, él y yo, el día de nuestra boda- me dijo con tristeza.
Era una fotografía en blanco y negro típica de la época, los novios posaban orgullosos delante del altar. Herminia mostraba una sonrisa donde se adivinaba la ilusión de un futuro por construir, Eulogio aparecía tan digno como un coronel supervisando el paso de la tropa.
-Se les ve felices.
-Entonces lo éramos, teníamos toda la vida por delante. Luego las cosas fueron a peor. Eulogio empezó con su mala salud y yo tuve que trabajar duramente para mantenernos. He tenido que servir a otros, limpiar lo que los señores ensuciaban, cuidar a niños insolentes y malcriados por sueldos miserables; pero no en las condiciones que las sirvientas tienen hoy en día. A mí no me hacían contrato ni me daban de alta en la seguridad social, en aquella época trabajábamos por poco más que el sustento. Además, muchas veces no te contrataban porque pedías un horario para poder estar con tu marido y tu hija, en la mayoría de los sitios solo querían internas. Por suerte pudimos juntar unos pequeños ahorros y eso, unido a lo que cobrábamos por la incapacidad de Eulogio, nos permitió comprar esta humilde casa y a mi dejar ese trabajo humillante.
-Pero usted fue maestra-le dije señalando un descolorido titulo de maestra nacional que estaba junto a la fotografía.
-Si, lo fui hasta el final de la guerra, después ya no me dejaron ejercer.
Herminia descolgó la fotografía y la estrechó contra su pecho. Sentí que mi obligación era decirle la verdad, cuál era la razón por la que estaba allí. Pero ni yo mismo lo sabía. De repente me invadió una sensación opresiva, las paredes se acercaban, el papel pintado dibujaba caras amenazadoras, los muebles: una cómoda pasada de moda, un sillón rojo extraordinariamente estrecho y una estantería barata abombada en alguno de sus estantes por el peso de libros irregulares, empezaron a girar como en un torbellino, el desagradable olor a fritanga tomaba posesión de mis fosas nasales.
-¿Se encuentra bien?
-Si, estoy bien-contesté-. Perdone, pero ya la he molestado bastante. Será mejor que me vaya.
La imagen de Herminia me recordó la de esas mujeres que aparecían en los medallones antiguos, esos colgantes que lucían las damas con preciosos esmaltes por fuera y que al abrirse dejaban ver el retrato del ser más querido. Solo que ella no llevaba el pelo recogido, ni se adivinaba su cuerpo entallado por un vestido de época. Su pelo cano y ondulado descansaba sobre los hombros, y su rostro ajado todavía chispeaba vida por los balcones de sus ojos claros.
-Antes de irme quisiera preguntarle algo-le dije.
-Pregunte lo que quiera.
-¿No quiere que se haga justicia? No le gustaría que cogieran al culpable y le castigaran por su grave imprudencia.
-¿Cambiaría eso las cosas? ¿Me devolvería a mi esposo? No, verdad, entonces qué importa, los que tengan que hacer justicia ya la harán, y si no ya se encargará Dios. Al final, todos pagamos por nuestras culpas, en este mundo o en el otro.

CAPÍTULO ONCE

El viejo arrastraba el carrito como si fuera una condena de los dioses. Su ropa sucia y gastada, despedía un olor desagradable. El carrito chirriaba bajo el peso de una carga indefinible. Siempre encorvado, su mirada estaba permanentemente fija en el suelo, parecía un gran pájaro negro en busca de alimento. Le había visto muchas veces y muchas veces me había pedido dinero: “me das una moneda, chico”. Yo, incómodo, no le contestaba y seguía mi camino. Hoy era distinto, estaba decidido a darle el billete que llevaba en la mano. No era un billete cualquiera. La noche anterior, al volver a casa, me lo encontré en el suelo. Estaba en medio de la acera, arrugado, redondo como una pelota. El color verde original se había vuelto ocre; las figuras, los dibujos y los números habían perdido su significado de cambio y se habían convertido en símbolos vacíos. Fue en ese momento cuando me acordé del viejo. Le busqué por las calles que frecuentaba, no tardé en dar con él. Me acerqué y le dije enseñándole el billete: “esto es para usted”. El viejo contestó sin mirarme, con una especie de gruñido. Ni siquiera se detuvo. Con un movimiento rápido le introduje el billete en uno de sus bolsillos. Le vi alejarse, indiferente, con la espalda curvada, los hombros hundidos, farfullando. Al principio me sentí defraudado, pero luego comprendí que para este anciano el dinero no tenía valor alguno: pedía una moneda por el placer de molestar. Su ritual diario consistía en exhibir su desprecio, su máxima aspiración no era el escupitajo físico, sino el moral. Buscaba víctimas como yo, aparentemente sensibles a su figurada desgracia, entonces su carcajada se hacia más sonora y su orgullo de cazador se cobraba otra pieza. Me decía que quedaba el consuelo de mi satisfecha conciencia, lo cual era una idiotez porque solo se ayuda a quien se siente ayudado, y no era quién de negarle a este viejo la capacidad de discernir entre lo bueno y lo malo, entre el agradecimiento y el rechazo. Por tanto, hasta el más complaciente de los razonamientos me enfrentaba al ridículo, y así lo comprendía, herido en mi amor propio, pagando el precio de la ingenuidad bienintencionada, mientras él, en su cruzada contra el mundo, se sentía de nuevo vencedor, y preparaba las armas del camuflaje, sabedor de que el cepo, tarde o temprano, atraparía, sin clemencia, a otro incauto. Este era su regocijo, la culminación de su felicidad, y a ello se entregaba, cual camaleón desnaturalizado, que teje, como si fuera una araña, la tela del escarnio. Insultante pasatiempo que daba razón a su vida, aguja ardiente que busca el corazón inexperto en el que clavar su resentimiento, madurado y dispuesto a exhibirse, siempre al acecho, como una viuda negra de carnaval.



CAPÍTULO DOCE

Ha llegado Luis con unos panfletos en la mano. Se ha sentado con aire clandestino y nos ha dicho en un susurro:
-Mirad esto, es un partido que se está formando con gente joven. Son de izquierdas como nosotros y tienen un ideario político muy atractivo. Conozco a uno de los fundadores, se llama Alberto y nos ha invitado a una reunión esta tarde. Podríamos ir ¿no?
-¿Son nacionalistas?-le pregunté
-Si, pero son más progresistas que nacionalistas, es gente muy preparada.
-A mi me gustaría saber- intervino Matías- si su disciplina interna admite el derecho de tendencia, o no.
-Creo que son abiertos- respondió Luis-, pero no sé hasta qué punto. Si vamos a la reunión podrás preguntarlo.
-Ese Alberto es economista ¿verdad? No es uno que ha escrito un libro sobre el atraso económico de Galicia , que si esto es una colonia y todo eso-dije.
-Si, es un ensayo interesante. Forma parte de su propuesta para mejorar la situación de nuestro país.
-¿Nuestro país?- dijo Matías. Ya estamos con el concepto de nación a vueltas. Yo creo en ideales: justicia, libertad y cosas así. Si se trata de comerte el coco con la idea de patria y similares, no cuentes conmigo.
-No perdemos nada por escucharles- insistió Luis. ¿Tú que opinas, Sebas?
-Bueno, esta tarde no tengo nada que hacer, podemos oírles y después ir a la asamblea de distrito, siempre es divertido.
-Por mi parte lo tengo claro- dijo Matías. Prefiero quedar con Julia en el Galo.

Acudimos a la hora fijada. La reunión tenia lugar en un piso de la parte nueva de la ciudad, Luis me estuvo aleccionando sobre las elevadas miras del partido y la valía incuestionable de sus cabecillas. Yo le escuchaba con escepticismo.
-Alberto será un político importante, tiene calado ideológico y está muy preparado, además es un líder nato y muy pronto serán una alternativa a tener en cuenta- decía Luis
-Si, pero vamos a ver ¿Qué son? ¿socialistas o nacionalistas? ¿leninistas, maoístas, o trotskistas? O tal vez nacional-socialistas?-le espeté con ironía.
-Oye, no hagas bromas con eso- dijo Luis algo enfadado. Son básicamente socialistas, con un fuerte componente nacionalista.
-¿Son extremistas?
-No, hombre, si te refieres a que apoyan la lucha armada, por supuesto que no.
-No sé, Luis, a mi la política me interesa, pero creo que es una más de las cosas que hay en la vida, también están la literatura, el cine, la filosofía, quizá sea demasiado individualista para implicarme en un proyecto común como es el de afiliarte a un partido, puedo simpatizar con alguno, aunque no creo que vaya más allá.
-¡Pues si que vas convencido!
-Entiéndeme bien, me gusta vivir en una democracia y tal vez ahora, tras la muerte de Franco, sea el momento de hacer política. Me siento obligado a participar de alguna manera, por eso voy.
Cuando llegamos, ya estaban reunidos en torno a una mesa rectangular. Hablaban entre ellos en un tono bajo, algunos tomaban café. Habría unas siete u ocho personas en la sala, uno de ellos se levantó y nos saludó:
-Hola, soy Alberto.
Seguidamente, nos hizo sentar. Por lo que puede deducir, el tema de conversación era la estrategia a seguir ante la inminente convocatoria de una manifestación estudiantil, unos querían participar en la convocatoria unitaria de partidos de izquierda y otros preferían hacer una convocatoria independiente. Un chico moreno, que llevaba unas gruesas gafas de concha, dio un golpe sobre la mesa:
-Yo con esos no voy a ninguna parte, es que no os dais cuenta de que nos llaman cuando les interesa y cuando no les interesa es como si no existiéramos, y por si fuera poco, ideológicamente, estamos muy lejos de ellos.
-Mira, Carlos, en ocasiones es preferible ser más pragmático que idealista, ahora mismo es mejor colaborar con ellos. No debemos olvidar que solo la unidad de los progresistas podrá vencer a la derecha conservadora, ya tendremos tiempo de dejar clara cual es nuestra posición.
Después hubo otras intervenciones: una joven pelirroja apoyo las tesis de Alberto, otro propuso desmarcarse de la manifestación y centrar la estrategia en la captación de estudiantes y obreros a través de células informativas, otros callaban y se limitaban a fumar. Tuve la sensación de que había oído lo suficiente, los mensajes eran conocidos, las actitudes también, por las miradas que me dirigían de soslayo supe que me estaban tanteando y que el dictamen no iba a ser positivo. Le pregunté a Luis si nos podíamos ir, él contestó con cierta decepción:
-Vete tú, si quieres.
-Podemos vernos más tarde en la asamblea, ¿vale?
-Vale.
La asamblea empezaba a las siete de la tarde en la Facultad de medicina. Esta universidad compartía con la de historia un estilo arquitectónico clásico de fachadas suntuosas con columnas robustas coronadas por capiteles dóricos. Era un estilo de aire neoclásico importado-ignoro si oficialmente lo era-, nada genuino, aunque dotaba a las edificaciones de una grandiosidad que tenía algo de impostura. Digo que ambas facultades compartían ese aire de clasicismo solemne, de tradición arcaica decadente, vulgarizada por el uso poco original de las líneas geométricamente definidas en el trazo angular de sus pliegues demasiado regulares; la Facultad de historia tenia una vocación mayor de rebeldía, estiraba las mandíbulas de su pórtico con el instrumental quirúrgico de una escalinata; la de medicina era mas plebeya, asentada en la uniformidad del terreno, como si la ciencia no pudiera entregarse a las veleidades del arte, y reivindicara negocios más terrenales: los de los cuerpos que necesitan ser reparados. Cada una, a fin de cuentas, simbolizaba sus fuentes y las homenajeaba, al igual que hacían los estudiantes: los unos ,poseedores temporales del saber médico, aspirantes a Hipócrates, Avicenas, Maimonides, Esculapios modernos o a simples curanderos bien retribuidos; lo mismo se podría decir de los filo-historiadores, que algún día ejercerían de profesores en Institutos de secundaria, o tal vez, si esto no les tentaba y tenían ciertas habilidades manuales, completarían su formación en una escuela de bellas artes para poder dedicarse a pintar, a restaurar, a cuidar algún museo o a ser comisarios de exposiciones temporales. Pero eso era el más allá y ahora a nadie preocupaba, el hoy estaba hecho de algarabía, de deseos de cambiar el mundo, de vivir el sueño de la revolución universal, herencias del mayo francés, de las hermosas frases del tipo “vive como piensas o acabarás pensando como vives”, tan ancladas en el inconsciente colectivo que era difícil no contagiarse de ese ambiente de efervescente libertad de conciencias, con su virginidad de principios por descubrir y experiencias por compartir, con sentimientos puros y nobles que surgían de bocas que todavía no habían aprendido a mascar palabras como hipocresía o engaño; que aún estaban en esa etapa biológica que espera de un momento a otro el florecimiento de la primavera infinita, el retorno al edén; que tenían la esperanza, cada vez menos oculta, de ser la generación que nos hizo perdonar el pecado original, la de la salvación, aquella que por fin devolverá a la condición humana su imagen primera, preñada de inocencia, redimida, y todo gracias al convencimiento unánime de haber sido elegidos-como cualquier otra generación que se precie-para rehacer los estratos de una sociedad caduca y corrompida, necesitada de valores, de los que ellos, como nuevos Mesías, estaban bien provistos. Me entretenía pensando en esto, cuando me di cuenta de que estaba rodeado por grupos, que en alegre bullicio, y en la misma dirección, formaban una riada de cuerpos en movimiento con destino a la asamblea. En efecto, ya se veía como entraban sucesivamente por el pórtico y copaban el pasillo principal hasta penetrar en el enorme anfiteatro del aula magna. Daba como un ramalazo de timidez encontrarse de pronto ante tal jolgorio de juventud con sus manifestaciones más propias: hablando, riendo, formando, en el ejercicio del rito tabacal ,una densa humareda que después de un rato hacia picar los ojos. Era imposible, no ya solo encontrar un sitio, sino un mínimo hueco, por fin pude, como si estuviera en el metro en hora punta, irme colocando, hasta situarme pegado a la pared, muy próximo a la entrada. En la tarima aparecieron algunos de los más conocidos líderes estudiantiles con la intención de coordinar la asamblea. Inútil pretensión, pues precisamente el mayor atractivo residía en el carácter imprevisible, la anarquía absoluta de las intervenciones más dispares, el enfrentamiento inesperado y la traca final con que indefectiblemente terminaban: el número de circo que montaban los personajes más extravagantes, auténticos alma mater de este cónclave juvenil, artistas en ciernes cuyos premeditados números estrella aplaudíamos a rabiar, especialmente cuando la inspiración los arrebataba y los elevaba a las altas cimas del éxtasis. Ese día el cuncas recitaba, con ademanes histriónicos, una de sus poesías subversivo-surrealistas, lo que irritaba a la mari que le mandaba callar a voz en grito, lo que aprovechaba alguien para soltar un ¡viva Franco! Y ya estaba armada, y los líderes gritando para que se calmara la concurrencia, y todos elevando la voz, protestando unos, carcajeándose otros, y adiós asamblea. En medio de la revuelta me ve Santi y me dice: “tengo chocolate para luego”, al tiempo que me da con el codo, y yo ni le contesto, y por fin aparece Luis, viene con Matías y con Julia. Les comento:
-Esto se ha acabado, ya no hay quién se entienda.
Julia está muy contenta, ha conseguido aprobar una asignatura que se le había cruzado. Nos vamos a tomar unos vinos. Matías toma la mano de Julia, Luis camina adelantado, mientras yo me aparto un poco de la pareja. Matías viste para la ocasión chaqueta de pana marrón y pantalón claro, Julia parece una hippie a la que se le ilumina la cara. Matías quiere combate:
-Amigos, la poesía es lo sublime, es el arte de las artes, en un verso se encierra un mundo, ni la mejor de las novelas puede igualarse….
Me azuza:
-¿Y tú no dices nada?
-A mi me gusta la novela, ya lo sabes –le digo
Mete el estoque:
-La poesía no la aprecia cualquiera, es necesaria una sensibilidad especial.
Pincha en hueso:
-No me interesa nada de eso, Matías.
-Déjale en paz-interviene Julia.
-Bah!, con vosotros no se puede tener una conversación mínimamente interesante.
Julia se suelta y toma por el brazo a Luis:
-Luisito, Luisito no te nos escapes. A ver¿ por qué estás enfadado?
-No estoy enfadado –dice Luis.
-Alto, paramos aquí-Julia elige, porque se cree con derecho a ello. Es la reina de la fiesta.

Ha elegido una tasca como cualquier otra. El tabernero coloca cuatro tazas de cerámica blanca, unas pegadas a las otras, como si fueran un pelotón de fusilamiento. Lleva una jarra de Buño en la mano, desde la que vierte, sin decir nada, el líquido que se derrama incontinente y decora la barra de madera que está salpicada de círculos de vino, algunos completos, otros incompletos. Hago un recuento rápido para saber si predomina el blanco o el tinto, decido que gana el tinto y me alegro de que esas cuatro tazas de ribeiro alteren la estadística. Enfrente de mí, un espejo carcomido por minúsculos puntos negros es incapaz de devolver nuestras imágenes definidas. Me creo que es una pantalla de cine y que esto es una mala película, filmada a cámara fija bajo un guion insulso, con actores aficionados que no se saben el papel, ni se atreven a improvisar o que repiten la escena que anteriormente reflejó el mismo espejo. Matías es el actor principal, el héroe romántico que quiere batirse en duelo. Escenifica la escena del calumniado y le tira el guante a Luis:
-Oye, Luis, ahora que está Julia delante, por qué no aclaras tus comentarios sobre Elena. Luis trata de esquivar el reto:
-No sé a qué comentarios te refieres
-Si, hombre, a sus devaneos con nosotros ¿recuerdas?-insiste Matías.
-Bueno, lo único que dije es que le gustaba coquetear-intento aclarar Luis.
Matías se rió:
-Hay que ver que fino te has vuelto.
-Vete a la mierda.
Julia me mira y yo me encojo de hombros, como no dándole importancia. Bebemos. Seguimos bebiendo. De forma rutinaria hemos puesto rumbo al Galo. Es una noche clara de primavera, en la que el plenilunio ilumina el camino. El Galo espera el sonido de las trompetas de Jericó, nuestra simbólica tribu va a tomar posesión de sus muros con la estrategia de Alibaba. Al conjuro de las palabras mágicas un agujero en la piedra se abrirá y penetraremos por la entrada secreta que solo conocen los iniciados, saquearemos las copas y sus preciados licores: absentas, aguardientes, calvados; caldos preciosos y multicolores, que en improvisado ardid, ingeriremos invocando a Dionisos, el dios alegre, el pífano, el embriagador de sátiros. Esa es mi aspiración ahora, y no la comunico, espero a que el arco del triunfo de la taberna, ausente el emperador, se digne acoger bajo su sombra mis huesos mortales, con ellos la cohorte que formamos, sin yugos, uncidos por la comunión de nuestros cuerpos múltiples ,y por la simpatía que nos une como si fuéramos circuitos del alma interconectados a una bomba de relojería que estallará cuando ya no estemos, y destrozará los recuerdos que dejamos, y esa es la mayor carnicería que imaginarse pueda, o es que ¿hay quién puede sobrevivir a su nostalgia? ¿Qué es lo que te queda cuando tus propios lamentos te ahogan? ,y otras preguntas que uno suele hacerse cuando siente que ha perdido algo, o que se ha equivocado en las decisiones que ha ido tomando, creyendo que hacia lo correcto o simplemente porque si, ya que uno acaba por no recordar la razón por la que se eligió esto y no lo otro, ni los componentes de azar o predestinación que pudieron confluir, ni tampoco las posturas ajenas, que a buen seguro, encauzaron lo derroteros que tomaste. Pero eso es el porvenir y el artilugio lo estamos construyendo con la química total de lo efímero: uno pone los cables por cuyo interior circula el alcohol que prenderá la llama del corazón esférico(tictac- tictac), otro la goma dos de la envidia, un tercero tiene el poder del detonante, y todos juntos transportamos este regalo de destrucción y lo paseamos como a un perro, y se lo dejamos a Raúl, el amable barman del Galo, para que nos lo guarde mientras especulamos sobre el contenido de la caja roja, anudada con un lazo negro, en la que cada uno hemos puesto una parte complementaria, a la que dimos otro nombre y otro fin, para que ninguno conozca la que pusieron los otros. Pero yo lo sé, dentro esta el mecano desconocido que late sin freno, el que Raúl deposita en la repisa, entre una botella de Jack Daniels y otra de Cointreau , sin preguntar nada, con ese mohín académico con que nos obsequia a diario. Dejamos el futuro convertido en elemento decorativo, a sabiendas de que cualquiera que pregunte no obtendrá respuesta, que esa respuesta será proclama cuando en el atardecer de los años volvamos a esta nuestra cueva no secreta, donde a Raúl o al que ocupe su puesto le diremos: ¿a qué no sabes que contiene esa caja? Y el contestará: “cualquiera sabe, lleva ahí tanto tiempo”. Y hasta que llegue el reencuentro, disfrutaremos de la música, como hace Luis, apoyado en la máquina de discos, seleccionando las tres canciones que le apetecen, y antes de que introduzca la moneda, me acerco y le digo: ¿Por qué no pones desafinado? Y el contesta: “eso esta hecho, amigo” y aunque podría darle a la tecla sin mirar, recorre con el dedo la lista de canciones, escrita a mano, hasta que llega a la trilogía: Moustaki-Aretha Franklin-Stan Getz, y presiona con la costumbre del autómata, para que empiece a sonar el saxo; después elige por su cuenta una de Violeta Parra y otra de Joni Mitchel . En mi cabeza suenan todas juntas, mezclados los acordes, las melodías, los sones y las palabras de esas voces complementarias. Cuando el primer disco de vinilo cumple su ritual, y la aguja comienza a rasgar los surcos, yo ya estoy por el final, ya he tarareado todas las estrofas de todas las canciones que guardan la memoria de hoy, y es el eco lo que escucho, una grabación de la grabación de la grabación, cuando según both el side favor now del viento va rebotando de roca en roca para volver a la lámpara de Aladino, que es la máquina de música, la nuestra, a la que pedimos tres deseos, como tres salvavidas a que aferrarse, y ella nos los da, sabedora de que se naufraga tantas veces como sueños se tienen, y yo quiero tener muchos sueños y vivirlos cada noche con los compases de la melodía elegida, de las letras inmortales y los acordes sensuales que pueblan de misterio la caída al vacío, con ese goce de perdida de lastre y liviandad absoluta que se produce justo antes de que los ojos se cierren ante el terror de estrellarse contra el suelo, y en el ínterin, otra canción se inicia y muere, y así sucesivamente, para después de tres muertes y tres renacimientos sentir que un trozo de tu alma se ha cargado de energía, por lo menos de la suficiente para que los miembros se activen y el cerebro recupere un punto de lucidez con el que poder responder coherentemente a la explosión de impresiones que se suceden a un ritmo que no es precisamente el cadencioso de la música, entre ellas, las que tienen el don especial de concentrar tus sentidos, como, por ejemplo, la irrupción de Elena que aunque no está con nosotros-se acompaña de dos desconocidos, un hombre y una mujer, él trajeado y ella enchaquetada-se acerca para decirnos:
-Esta canción la habéis puesto vosotros.
Y se retira de nuevo a su arcano feudo con su señor del castillo y su ¿ama de cría?, a discutir los pormenores-eso lo imagino-domésticos. Matías, que todo lo intuye dice:
-Os apuesto algo a que son su marido y su hermana.
Julia le aprieta el brazo de manera instintiva, y a Luis se le enrojece la cara como a un niño pillado in fraganti por su madre en el cuarto de la criada, y a mí se me hace extraño que Elena no tenga ningún recato en traerles y mostrarles con absoluta inocencia el lugar predilecto de su traición, el escenario donde su esposo es obviado como si no tuviera identidad, ni DNI, ni descendencia con ella. He podido observar como en su dedo anular Elena lleva el símbolo del compromiso, un anillo de oro que nunca se pone, o que retira cuando le conviene. Me hubiera gustado que nos fueran presentados y se ve que Matías ha pensado lo mismo, porque sugiere:
-¿por qué no les decimos que nos acompañen?
A lo que Julia responde como un resorte:
-Si haces eso me marcho.
Y Matías, como si le hubieran dado el banderazo de salida, se levanta y habla con ellos. Julia no aguanta más, Luis y yo nos sentimos turbados. Ya vienen para aquí. Elena nos presenta:
-Estos son Sebastián y Luis-a Julia la ignora, luego, él es Antonio, mi marido, y ella Olga, mi hermana
-Hola.
-¿Que tal?
-¿Qué queréis tomar?-les pregunto.
-Una Coca-cola, por favor-dice Olga
-Yo tomaré una Heineken-pide Antonio.
-Para mí lo de siempre-sentencia Elena.
Ese “lo de siempre” impone una familiaridad incómoda.
-Elena me ha hablado mucho de vosotros- Antonio trata de ser amable.
-¿De verdad?-dice Matías con sorna.
-Si, os considera buenos amigos, dice que si no fuera por vosotros se aburriría. ¿No es así Elena?
-¡Oh! si, son unos soñadores. ¿Te cuento como conocí a Sebas? Un atardecer estaba contemplando la fachada de la Catedral y él se acercó. Creo que quería ligar, Elena me guiñó un ojo, estuvimos hablando de arte.
-Más bien hablaste tú ¿no lo recuerdas?
-Si, es cierto, yo estaba ensimismada, era la primera vez que veía la Catedral. Acabábamos de instalarnos. Después coincidimos en una discoteca-dijo Elena mirando a Antonio. Este hizo un gesto como de asentimiento.
-¿A qué te dedicas, Antonio?-interviene Luis.
-Soy marino mercante.
-Es una profesión interesante. Conoces mundo, aunque pasas mucho tiempo fuera de casa, ¿no?-le inquiere Matías.
-Mas del que quisiera, desde luego.
-¿Y tú Olga?¿qué haces?-le pregunto.
-Yo estudio empresariales, en Bilbao.
-¿Conocías Santiago?
-No, es muy bonito-contesta Olga.
La conversación se vuelve trivial. Julia no ha abierto la boca. Sobre la mesa las copas de licor han formado una corona alrededor de las otras bebidas, es Matías quién se ha preocupado de formar ese dibujo. Nuestra música hace mucho que ha dejado de sonar y con ella el gusto de estar allí.

CAPÍTULO TRECE

Ha transcurrido un mes sin novedades. Treinta días en los que las agujas del reloj giraron en la dirección correcta. He agradecido la discreción de mis amigos al eludir los temas delicados que me rodean. He tratado de ordenar las ideas como haría cualquiera que obrara con sensatez. He sobrevolado los límites de mi edad para verme con los ojos de la madurez. Eso he hecho, diciéndome a mí mismo que nada de lo que pueda ocurrir escapara a los designios de la razón; y la razón esta poniendo las vías por las que va a transitar la verdad, con su desnuda tozudez, vindicando mi posición dentro del orden prescrito, en donde hago número, por mi vocación de soldado raso que me permite pasar de puntillas entre los dedos opresores que apuntan tiesos a los protagonistas de la historia, la grande y la más modesta, sea la que figura en los libros o la que dibujan las noches de velas encendidas y paisajes costumbristas. He llegado al convencimiento de que no estoy hecho para ser pieza renombrada, sino peón que forma columna, una más de las columnas de un ejército de sombras, mito de la caverna, voluntariamente ciego, pese a no ser el que mira sino el que se desplaza a través de las paredes iluminadas por las fogatas indiscretas. No es mi aspiración elevarme por encima del mundo sensible sino refugiarme en él, esconderme, para pasar como en suspenso sobre los dardos que acechan, y no ser herido, ni nombrado, ni calumniado. Para ello no es necesario acostarse y recogerse en el silencio absoluto, y una vez embozado empezar a oír el cuchicheo de voces que atosigan .Basta con despertarse y levantarse, y salir a la calle para rozarse con la gente, e imaginar por un instante cualquier escena entre redes: Luis-Julia-Matías, Matías-Elena, Julia-Luis, Matías-julia, Matías-julia-Elena(bueno, esta no)y suponer que en algún clarividente pasaje de esas conversaciones pueda surgir mi nombre: entre vaguedades o soliloquios neuróticos que de vez en cuando dejan su aroma prendido. Si analizara las veinticuatro horas o los mil cuatrocientos cuarenta minutos que tiene el día, esos pensamientos ajenos no estarían presentes ni en su milésima parte, en cambio esa paz, ese remanso de aguas estancadas que llena el rítmico caminar de los segundos, me permite acudir a la cita del existir con la certeza de aprovechar las verdaderas enseñanzas, aquellas que se derraman sobre la generosidad del lienzo blanco de purísima virginidad que cada uno tiene el privilegio de ir ensuciando. Amigos, la virginidad no es solo un concepto: para unos la prueba del amor eterno, para otros la prueba de la estupidez extrema. Es un componente más del organismo humano, un anticuerpo contra las agresiones externas, que nos lava la memoria y la deja vacía para que podamos llenarla de nuevo. Con ese espíritu liviano me enfrenté a una mañana luminosa que adelantaba el verano, embebí el aire frío, como un elixir, y mis pulmones hincharon sus alvéolos de regocijo. Recorrí la ciudad como si llevara una rosa de los vientos oculta entre las ropas, anduve de este a oeste, de norte a sur, pisando las señales que los peregrinos dejan como semillas de esperanza, con la velocidad de un rayo anunciador, sin conciencia de sus límites. Corrí con la alegría a flor de piel, con ganas de abrazar a todos los que conmigo se cruzaban, reía como un loco, con la boca abierta, para que el sol calentara mi saliva, que, como cada átomo de lo que estaba hecho, pugnaba por disgregarse en el cosmos más cercano. Soñé, por un momento, que vivía en el seno de las leyendas de la antigua Grecia, sufriendo, como mortal, el azote de los elementos con que los dioses demostraban su condición. Soñé en vano. ¿Qué era yo? ¡Qué demonios creía que era! Estaba harto de intentar ser lo que no podía ser. Cuando estudiaba en el colegio, uno de los curas hombre abierto, pedagogo de altura, filosofo aficionado, decía que “uno tiene que aprender a aceptarse, es la única forma de ser feliz”. Tenía razón, no todos pueden nadar en un océano, algunos tenemos que conformarnos con una charca. Pero eso no está reñido con admitir que si queremos nadar solo lo podemos hacer en una charca. ¿Sería más sensato negarse a nadar? De momento nadaba como un pez en la pecera, así de satisfecho, tal vez, porque nadie me había dicho que aquello era una pecera.
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"El poema eres tú recomponiendo el espejo que cada día rompes".

"Comprender es unificar lo invisible".

"Elijo la lluvia, porque al derramarse, muere".

"El mar está aquí, en tu silencio".
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