"Un joven cualquiera" capítulos 3 al 8
Publicado: Sab, 10 Ene 2026 10:34
CAPÍTULO TRES
Apenas doscientos metros me separan de la Facultad. Es una línea recta que discurre paralela al mercado. Son las ocho de la mañana y los placeros están descargando las mercancías. Huele a pescado. Avanzo rápido esperando encontrar sitio en el aula. Desde diferentes puntos se aproximan otros estudiantes. Medio dormidos, abrochándose los abrigos, metiéndose las manos en los bolsillos, ajustándose las bufandas, se dirigen a sus clases. Subo los escalones de dos en dos, con la mirada puesta en la puerta de entrada. Ya se oye el bullicio, esquivo a los que vienen de frente, a los que están parados y a los que van más lentos. Es el aula doce. Otra vez llegué tarde. Me siento en las escaleras. ¿Qué toca hoy? .No lo sé. Abro la carpeta y cojo unos folios. Estoy dispuesto a tomar apuntes. ¡Mierda!, solo he traído un bolígrafo Bic, casi agotado. No puedo reprimir un bostezo. Pasan diez minutos de la hora y el profesor no aparece, parecemos el público de una representación. Es el tercer mes de curso del quinto año. Me entretengo en observar. Aquellos cinco, tan arreglados, están dispuestos a aplaudir. Seguramente se han levantado muy temprano para estudiar. Una chica de pelo corto charla con su amiga. Me recuerda a la protagonista de una serie de ciencia ficción que están pasando en televisión. Creo que su nombre es Sandra, pero no estoy seguro. Más arriba se sientan los progres. Es un grupo numeroso, llevan el pelo largo, vaqueros, amplias chaquetas de punto portuguesas y fulares brillantes. Se ríen, dan palmadas, están satisfechos de cómo son. El aula está llena y el rumor de las voces es molesto. Por fin, entra el catedrático, serio, consciente de su papel. Lleva en sus manos un libro que deja, ceremoniosamente, sobre la mesa. Es un hombre desmañado, de hombros caídos, muy menudo. Tiene el pelo completamente gris y gasta un bigote pasado de moda. Comienza la explicación, los alumnos nos concentramos en tomar notas, su voz es monótona, seguramente ha repetido lo mismo docenas de veces. Me encuentro incómodo, tengo las piernas dobladas y el escalón superior se clava en mi espalda. El sol ha entrado con fuerza a través de los ventanales. Hay restos de humo en el aire que forman un velo espeso. Voy rellenando las hojas sin saber exactamente lo que estoy escribiendo. La lección ha terminado, aprovecho para levantarme, tenemos cinco minutos antes de la siguiente clase. Esta mañana tendré que repetir el ritual cuatro veces. Han pasado tres cuartos de hora. Empiezo a sentirme solo y no sé qué hacer. Esta forma de aprender es absurda. No he entendido nada, he hecho de mediador entre la voz y el papel, estampando palabras, atrapándolas, en el difícil arte de escribir las frases completas que se dicen y no se dictan; pero no he comprendido ni la más superficial de las ideas que se expresaban. Al volver a casa deberé repasar lo escrito, intentaré asimilarlo, interiorizarlo, memorizarlo y, finalmente, olvidarlo. El bedel anuncia la siguiente clase. Mi pensamiento no está aquí, viajo sobre recuerdos, los más inmediatos: el Colegio como juego infantil, el deporte como desahogo, el mar, el descubrimiento de un libro, la ilusión de un amor, la nostalgia de las cosas más insignificantes. Esa arquitectura ha desaparecido, quizá nunca existió, nada lo desmiente, pues revivir el pasado es matarlo definitivamente, por eso dejo que el río fluya, aunque crea que es el mismo río y solo es el mismo puente, desde el cual contemplo el paso lento y constante de la corriente, con sus imágenes negras sobre el espejo del agua; cerca de la orilla, bajo la sombra de un árbol, el remolino de un remordimiento da vueltas alrededor de la mentira, la que digo para engañarme y engañarlos a todos, cuando elijo un futuro equivocado y actúo como si lo aceptara. Recobro la conciencia, me ubico entre los límites de esta sala, escalonada pirámide del saber; respiro intensamente, me comunico, vivo lo que ya no viviré más, con una simplicidad inconsciente que malgasta cada segundo, incapaz de atrapar este instante que se me escapa para siempre, dispersa la atención, porque son demasiados los colores, los sonidos, lo olores como para que un cerebro inconsistente pueda matizarlos, hacerlos suyos, despojarlos de objetividad y darles un lugar privilegiado en el almacén individual de los recuerdos. Es la mecánica la que se impone, el esfuerzo de los dedos apretando el utensilio, desgranando su sangre azul sobre el papel; y la palabras, siempre las palabras, egoístas, no sentidas, con su vocación de prostitutas, ejerciendo su tiranía; y si por un momento alzo la vista veo al títere, recitando, y pienso si será hombre o será máquina, si realizarse es cumplir un destino como aquél, tan sustituible, sin ningún sello personal, que todo se reduzca al aprendizaje de una gimnasia de gestos, de una modulación de la voz, de un respirar acompasado, de un texto heredado. Acabó la lección, para nosotros, una criptografía de signos, para el catedrático, el oratorio de una misa; sin embargo, nada de sagrado se apreciaba en ese vacío tono cantarín, ausente de énfasis, desnudado de sentimiento, espíritu de funcionario sin alma que no necesita mirar su reloj para contarnos la historia de un derecho que nació en Roma y murió en las alcantarillas de un Palacio de justicia cualquiera; como la de un bufón ,su versión es alegre, hecha para divertirnos y aleccionarnos; pese a su porte circunspecto , guiñolesco, hay una ironía hueca que resplandece bajo la declamación aprendida en sesudos ejercicios de galeote.
CAPÍTULO 4
Hacía diez años que no nevaba en Santiago y como era de esperar se declaró un día festivo sin serlo. Los estudiantes abandonaron las aulas y se abalanzaron alegres hacia las zonas abiertas de la ciudad. Yo, como uno más, les seguí. Miraba el cielo y notaba caer sobre mi rostro partículas de agua apenas solidificada, que se posaban blandamente sobre mi anatomía. Me recordaban las pavesas de un incendio, aunque no tuviera nada que ver, y fuera justamente la representación de lo contrario: agua y fuego. Al llegar a la Alameda vi a los niños tirándose improvisadas bolas de nieve, y a sus padres contagiándose de esa alegría infantil. Los árboles lucían sombreros blancos y yo oía como mis pies helados hacían crujir la nieve. No iba hacia ninguna parte, solo estaba allí para contemplar el espejismo blanco, para sentir el aire frío penetrar en mis pulmones. Me pareció observar, con sorpresa, que algunos paseantes mostraban indiferencia ante la estampa invernal. Eran personas mayores, embutidas en gruesos abrigos, que se desplazaban encogidos, mirando al suelo, sin ver nada más que sus propios pasos, sordos a la algarabía general, para los que aquello no suponía ninguna novedad, salvo el recordatorio, quizá doloroso, de una infancia perdida. Por eso se aislaban y pasaban como excusándose de existir, ignorándose unos a otros, pese a su idéntica condición de islotes petrificados, que no tardarán en ser engullidos, de los que nadie se acordará, porque quién podría hacerlo les ha precedido en esa carrera hacia la ausencia que es la misma vida, y yo, que en aquel momento no reconocía ni por asomo mi futuro, tenía una curiosa sensación mezcla de compasión y rechazo, y prefería participar de la exaltación infantil, antes que del marchito tránsito de esta santa compaña que no formaba procesión, porque no les era necesario, para exhibir sus rostros tejidos de arrugas y sus manos tendidas al vacío. Su soledad inhóspita no podía compartirse, y era anacrónico comprobar cómo los niños más pequeños que se acercaban a ellos cuando estaban sentados en los bancos del parque, recibían una sonrisa cómplice y distante, de padre celestial que ya no puede ejercer su tutela, o de abuelo que quiso y no pudo serlo, nostalgia de lo que creyeron ser pero no estaban seguros de haber sido. Eso les salvaba, por lo menos a aquellos que no guardaban en su memoria la matemática mínima de los hechos que jalonaron su vida, difusa para siempre y por tanto susceptible de ser modelada por la ternura de un niño. El presente era la única historia de la que se sentían participes, porque sabían que el pasado era una nebulosa lejana, inconcreta. Su necesidad de concreción se remitía a las horas inmediatas, no porque fueran incapaces de recordar sucesos lejanos, sino porque su instinto les protegía ante el dolor de tener que racionalizar lo perdido y confrontarlo con la realidad. Una realidad en la que todo lo vivido acababa por sentirse ausente, y esa paz que les rejuvenecía los sentidos, penetraba en sus pupilas como un fogonazo, una ardiente llama que activaba el deseo de continuar, como si el transcurso de los años no hubiera sido más que un paréntesis, una película atascada en el cinematógrafo, que ahora un niño hacia el milagro de reparar con un simple gesto, y era el azar, en definitiva, quién ejercía de supremo hacedor ¿Cómo si no se entendería esa chispa que unía el principio de una vida con el final de otra?
Estaba parado frente a la vieja cámara del fotógrafo, su arquitectura, escuálida, hacia que pareciera de juguete, el fotógrafo estaba detrás, enfundado en un abrigo gris bajo el que se asomaba una mandil azul; tenía la cámara protegida por un plástico transparente; se dirigió a mí:
-Quiere que le haga una foto, joven. Vamos, decídase, no ve que hay gente esperando. Era cierto, sin quererlo había formado una cola. Le contesté un poco azorado:
-No, perdone, es que estaba distraído, ahora mismo dejo sitio.
Me aparté y no tardé en arrepentirme, tanteé mis bolsillos buscando algún dinero con el que poder pagarme el sueño del tiempo detenido. Las pocas monedas que tenia eran para la comida, así que me dije: “¿¡Bah¡ es una tontería”; lo cierto es que las fotografías me producían inquietud, la conciencia de la singularidad de la escena parecía premeditar la tentación de hacerlo permanente, era lo más lógico, aquello que las fuerzas desatadas, las de la naturaleza y las de la psicología, indicaban en su manual de recursos humanos ¿era esto lo que me hacia repudiarlo? ¿no era solo el capricho de creerme por encima de las fuerzas del destino?. Al negarlo me negaba, rechazaba el regalo de la perpetuidad, la juventud disfrazada, el reclamo de la redención que una simple fotografía ofrece. Presentía el arrepentimiento que brotaría en el futuro, como un reproche que haría ante los iconos perdidos, como ya hacía hoy, en la intuición que asomaba impeliéndome a marchar, camino del anonimato, de la masa sin nombre que vive en el tiempo presente, mi refugio fugaz, engañado a sabiendas, cobarde por tanto al saberlo y no valorarlo, o estúpido sin más, o ciego voluntario o San Sebastián de los miedos, que eran el bagaje que llenaba mis alforjas. Dicho y hecho, a punto de darme la vuelta noto el contacto de una mano que tira de mi ropa. Sin poder volverme, olfateo el aliento a coñac barato, quedo paralizado, mi mente da la orden de liberarse, el brazo sigue inmóvil, las piernas son dos sacos de pesado cemento, sé que se trata de mi cabeza, sé que bastaría un tirón, ni siquiera demasiado fuerte, pero los músculos no acceden a la demanda de una voz que discurre por dentro como un sonámbulo, y entonces escucho la voz de fuera, la auténtica demanda, la urgente:
-Oye, chico, hazte un retrato y guárdalo para cuando seas viejo.
¿Qué dice este hombre? Me doy cuenta de que esa voz me resulta conocida. Es Matías:
-Estás en las nubes o qué te pasa.
-Apestas a coñac-le digo.
-Claro, con este frío ¿Qué quieres? Hay que calentarse, no. ¿Adónde vas?
-A casa.
-¿ Sabes que la policía me ha preguntado por ti?
-¿La policía?-le pregunto extrañado.
- Si, es por tu coche, dicen que puede estar implicado en un accidente.
-No sé de qué me hablas.
-¡Ah, no!.
Matías quiere decir algo más, pero yo ya no estoy. Nunca he estado, no he hablado con él, no tengo coche o ¿si?. Tengo un coche de segunda mano, un utilitario, no he reparado en ello. Matías sospecha algo, tal vez me haya visto deambular de tasca en tasca; si, eso es, seguro que me ha seguido, ha observado como pedía una taza de vino y después otra, y él, semioculto, en el otro extremo de la barra, haya hecho lo mismo, imitando mis gestos, solo que luego no cogía el coche, no aceleraba inconscientemente a cada recta que se ponía por delante, no podía sentir el vértigo de estar al filo de perder el dominio de ese objeto que te transporta a ciento treinta kilómetros por hora a través de una carretera estrecha y virada ¿lo imaginaba acaso? No, esperaba que cometiera el error, el desliz fatal que él denunciaría, porque hay personas que sobreviven por las miserias de otras, cazan la desgracia y se adhieren a ella, le dan lustre, la exhiben, la manosean; en definitiva, la poseen como un diamante en bruto que pulir, y a ello dedican sus mayores esfuerzos, a esa labor de joyería fina que es destrozar el alma de un ser próximo. Cirujanos expertos, diseccionan hasta encontrar el tumor donde inocular el líquido transparente que nos permita ver las células muertas del paciente, del amigo o del amante incauto. Matías es de esos, cuando Julia, su novia, enfermó, él se convirtió en el cronista de su enfermedad, ante ella fingía ser el apoyo firme en que sustentar su esperanza, ante nosotros describía las manifestaciones físicas de la enfermedad como un entomólogo que desmenuzara con objetividad científica las partes preciosas de su último hallazgo. Julia le adoraba y Matías se dejaba querer, ella se vertía por entero en el recipiente que la protegía, él hacia un aspaviento, abrazaba el aire, convertía en teatro los sentimientos más puros, y los presentaba como si se tratara de una exposición, al juicio libre del crítico, al goce secreto del voyeur, aplicándole el barniz de su verbo fácil, de la gracia innata que tenia para convertir el sufrimiento descarnado que Julia relataba en monosílabos, en un cuento sencillo, agradable de oír, poblado de criaturas que sufrían sin sufrir; en primer lugar, ella, Julia, convertida en heroína y él, por supuesto, en príncipe, y ambos en protagonistas de una victoria anunciada sobre el dolor y la humillación. Y también sobre ellos mismos, sobre una realidad superada por la ficción generosa que Matías sabia tan bien interpretar y que a mí me conmovía, aunque Julia lo ignorara, pues nunca estaba presente en esos ejercicios mezcla de retórica y de mímica que me penetraban hasta lo más profundo, haciendo aflorar la escondida ternura de la que desconocía ser portador, lágrimas abatidas por el envoltorio de esperanza que Matías construía, ingeniero-hormiga, con los pilares de un castillo encantado. Y los finales felices que luego yo, delante de Julia, necesitaba compartir, hasta que me daba cuenta de su cara de extrañeza, primero, y después de enfado, porque creía que consideraba sus padecimientos sucesos triviales, hasta que te soltaba aquel “eres cruel” que te desarmaba por completo y te dejaba con una sensación de auto-desprecio que era el verdadero triunfo de Matías, oculto tras las cortinas como un Hamlet cualquiera, auténtico creador del clímax de esta obra, cuyo desenlace culminaba toda la puesta en escena , ¡qué éxtasis!. Así pues, concluida la representación, se imponía un nuevo libreto, pero esta vez no sería tan ingenuo, me daba cuenta de que el guion dependía de mi, en realidad el guion se confundía conmigo, se generaba al ritmo que marcaban los impulsos, rutinarios o no, que mi cerebro seleccionaba a cada segundo, con cada cambio de dirección, o cada hecho que cercaba las estrechas coordenadas de espacio-tiempo. Eran estos los rastros que Matías perseguía, a la búsqueda del suceso destacado que poder contar, a ser posible a un conocido; mejor dicho, necesariamente a un conocido, si no se perdería el deleite del “quieres que te cuente una cosa de…”. Conocía el procedimiento, y aquella noche, en el bar de siempre, me había propuesto desenmascararle, decirle a la cara que era un farsante, un mierda, que lo de Julia era para partirle la cara, quería que los demás lo supieran y le despreciaran, de lo contrario el desprecio recaería sobre mí, era él o yo, el bien o el mal, la verdad o la mentira; no, era el egoísmo, la vanidad sucia, ¿con qué derecho podía decir que mi versión era la verdad?¿solo porque me sentía agredido tenia que hacerle frente? Matías les presentará pruebas, les dirá : “anda enséñales el coche” y yo me quedaré paralizado; ellos me miraran esperando que diga algo, serán miradas inquisitorias, se convertirán en jueces y notaré el sudor frío y el mareo, tendré que levantarme sin haberme podido defender: vencido, sacudido por el vómito que subirá a mi garganta como un torrente, y luego, en la calle, me agacharé, buscaré una esquina, intentaré vaciar el estómago y de él surgirán espasmos, nervios desatados, el recurso cobarde de la pérdida de conciencia, para no enfrentarme a la denuncia, al juicio inmisericorde que presumo y no constato, a los murmullos que imagino, y es cierto que solo puedo suponerlo, porque nada ha sucedido todavía, y es lo que hago cuando, aterido por el frío, el de dentro y el de fuera, me dirijo sin conciencia alguna hacia la iglesia, y subo por el sendero que serpentea el promontorio, la encuentro cerrada y golpeo con fuerza la aldaba de la puerta pero nadie parece oír mi llamada, golpeo otra vez y otra, cada golpe es un trozo de obsesión que cae, una mujer se acerca:
-¿Qué haces? ¿no ves que está cerrado?. Aquí solo hay misa los domingos.
En ese momento me di cuenta de que estaban sonando las campanas de la Catedral. Era hora de comer.
CAPÍTULO 5
Luis Blanco tenía la costumbre de hacer preguntas, las dejaba caer en medio de la conversación, buscando el compromiso de una respuesta: “¿crees que…….” “¿a ti no te parece que…..”, inevitablemente te veías abocado a dar una opinión, casi nunca meditada, y de la cual acababas por arrepentirte al cabo de unos minutos de reflexión. Le gustaban, especialmente, las reuniones en el Galo; entonces, en la intimidad de una mesa, bajo una luz tenue, derramaba las cuestiones que creía más trascendentes, las echaba como si fueran dados marcados para ver quién era el primero en responder, el truco estaba en el acento ingenuo, como de duda elemental por resolver, porque Luis quería que le vieran como al eterno aprendiz, algo torpe, que recibe jubiloso una supuesta enseñanza, y así se abría el debate entre poesía y prosa, filosofía y política, música y literatura, en el que los puntos de vista jamás convergían. Se citaban nombres, se traducían poemas malditos o se interpretaban textos y pensamientos con la pretensión ilusoria de ser únicos, de demostrar un punto de inteligencia que nos distanciara del estudiante común, de lucir la invisible corona de laurel del individuo pensante. En aquellos círculos viciosos lo que verdaderamente se ponía en juego era el don de la originalidad; cuando Elena estaba presente, el ingenio relucía, la inspiración se soliviantaba, se podía decir la mayor de las estupideces siempre que se dijera con el rictus de seriedad que venia al caso. Se coqueteaba con ella( o con sus ocasionales compañías), en eso se resumía todo: en atraerla al redil de unas manos juguetonas, de unos besos voraces abocados al festín final de la carne, ¿éramos, entonces, diferentes a los demás? Solo en los medios por los que accedíamos al apareamiento, en esa especie de circunloquio reivindicábamos nuestra identidad bajo el eslogan de “soy una persona que profundiza en las ideas, las recompone y las comparte contigo. Poseo el misterioso atractivo de la incomprensión, pues ni yo mismo me comprendo”, y en el trayecto nos perdíamos, ya que si ese era el fin, hubiera sido más práctico desnudarlo de tales adornos y comunicar el deseo a través de la acción, donde el verbo tiene un valor secundario, y son el empuje y la osadía del instinto quienes marcan las reglas y traspasan los lindes del escarceo amoroso. Esa era la línea recta que no recorríamos, a sabiendas de que el consentimiento, si bien no estaba garantizado, si disponía de un margen propio, el de cada uno, en el cálculo de probabilidades del éxito perseguido; desconocíamos las virtudes de la perseverancia y fiábamos nuestra suerte al ardid del amago, a una iniciativa titubeante que demostraba la falta de naturalidad en las relaciones y el deseo encubierto de ser el objeto poseído y no el sujeto posesor: ser amado y no amar. Esto era demasiado pretencioso en quién no tenia ni fachada física ni argumentos intelectuales con que disfrazar el encanto animal del que no estaba provisto; por tanto , se puede suponer que estos artificios estaban destinados al fracaso y aunque se asimilaban como una especie de mal entendida imposibilidad ,iban dejando un poso de frustración que tampoco era definitivo, ya que al menos en lo que a mi concierne no definían completamente el si o el no absolutos, tan solo marcaban un territorio invisible, cubierto por una niebla que había que disipar, para saber si ese camino era transitable. Y en alguno de los acercamientos, esa necesidad de resolución se generaba simplemente con el intercambio de miradas en los lugares emblemáticos que era necesario compartir: conciertos, cines, librerías o pedazos de hierba cuando el sol de la primavera anticipaba el verano. Me engañaba al dotar a esos espacios del sentido de la predestinación, quería interpretar la frecuencia de los encuentros como un deseo común de integrarse en el otro, pero eso, lo supe después, solo me ocurría a mí. Era una fantasía no compartida, un desencuentro anacrónico en el que las miradas tienen significados equívocos, que no comulgan. Se podría argumentar, con razón, que la causalidad no existe, y con ello dar sustento y base a una esperanza, que precisamente por eso, necesitaba confirmarse o desmentirse, porque no podía seguir en la incertidumbre y requería transformarse en posesión o despojo, lo que fuera, con tal de compartir cada segundo con su cuerpo cálido próximo al mío o totalmente alejado de él: cara o cruz, presencia o ausencia de ella. Y de ser esta la respuesta final, poder abrir el balcón para enamorarme de otra imagen, tan lejana al principio y tan cercana a medida que se iban conociendo- imaginando las espesuras de ese nuevo ser cuya curvatura y perfil se desplazarían de un lado a otro de mi mente-, sin pedirme permiso, con la total y constante presencia de un intruso que se apodera de mi casa, la decora a su antojo, e impone sus condiciones de virus invasor, ante el que la resistencia declina poco a poco y concluye en rendición absoluta, entrega que quiere cerrar el círculo y no lo consigue, así hasta que el periplo vital dice basta, por agotamiento o porque acaba por reconocer la derrota última, sin paliativos, que hace, por fin, que mi nave(mi vida)desoiga los cantos de sirena que van quedando atrás confundidos con el oleaje. Esta liberación acabo por llegarme, después de una larga carrera de fondo sembrada de desencantos( los años hicieron de lente que va centrando progresivamente la desenfocada visión de las cosas). Me costó darme cuenta de que no era el centro del mundo sino el más alejado de sus satélites, de que me movía en espacios donde la gravedad no existe y el poder de atracción desaparece con solo ser pensado. ¿Le ocurría lo mismo a los otros, a esos seres miméticos? Seguramente no, más allá de las prácticas consensuadas, cada uno transitaba su propio laberinto, desconocedores de la ausencia de salidas, de que el verdadero sentido no era la conquista sino la escenificación romántica del fracaso, ellos-como yo, a mi manera- escogían los medios de manera personal y equivocada, sus actos parecían afluentes del mismo río, diferentes en su trazo, según transitaran por fértiles valles o por angostas cañadas, pero todos sujetos al destino de verterse en un caudal común, de oscuro poso indiferente, donde sus propósitos se ahogarían y la frustración aparecería para sellar su amargura. Por eso, las diferencias se declaraban en la epidermis de las actitudes y se anulaban en las vísceras de los propósitos, y ya que nos reconocíamos en la oquedad de las conquistas, también teníamos la capacidad de alabar el arte del disfraz, de la seducción o de la absoluta entrega a una causa perdida. Ninguno de nosotros se arrepintió, de eso estoy seguro. Las enseñanzas se tatuaron para no ser olvidadas, fueron como los mensajes de amor que se graban en el tronco de un árbol: perennes recordatorios de sueños imperfectos.
CAPÍTULO 6
Tenía dos hijos, de los que ignoro su edad. No llegué a conocerlos, aunque no se puede decir que ella intentara ocultarlos, los mencionó en más de una ocasión, como de pasada, sin darle importancia: “Llegaré tarde, tengo que dejar a Raúl en el cole” “Hoy no podemos quedar, Marta tiene fiebre”. Lo que me sorprendía era como podía compaginar las continuas salidas con sus deberes de madre; porque Elena, todo hay que decirlo, dedicaba la mayor parte de su tiempo a ella misma . Es posible que viviera una doble vida como le sucede a mucha gente y que por las mañanas fuera otra persona, entregada a los designios del hogar y a los cuidados de la prole; sea como fuere, ante nosotros mostraba solamente una de sus caras, aquella que le permitía participar en el juego del coqueteo ambiguo, de la insinuación y la duda. Su principal diversión consistía en hacer de espejo, se colocaba estratégicamente como tercer ángulo de un triángulo fantasmal y cuando te aventurabas con una proposición lo tenías que hacer dirigiéndote a ella, aunque no participara, como necesaria premisa que diera aliento a tus argumentos. Al cabo de un rato el efecto se volvía contra ti, porque al topar con ese muro de silencio, acababas por argumentar contra el otro y contra ti mismo. Parecía como si su rostro impasible fuera el reflejo de una negación no manifestada, una perpetua interrogación que se clavaba como una espina en el globo de tu supuesta lucidez y la hacia estallar, sin contemplaciones, y de eso se trataba : de acabar la conversación con un “pero, si yo no he dicho nada”, una traición saboreada por quién retenía el vaso dorado y seductor que te atraía para, una vez bebido el contenido, morir por el veneno del abandono inesperado, entregado inerme a las fieras que escupían asertos como dogmas de fe desde el púlpito de su falta de recato, cuando en la arena de la vida tanta desnudez de experiencia, conocimientos y sensaciones mostraban ellos como yo, igualados en la pantomima y condenados a no escuchar siquiera el aplauso de la única espectadora, monumento cincelado por el repudio, para la cual, ellos y yo ,representábamos inútilmente. Su espíritu pendular nos tenía confundidos, pero Elena combinaba los sentimientos como quien combina los colores de un vestido, consiguiendo que el cromatismo resultante fuera inusualmente atractivo. Dicho de otra manera: mantenía siempre encendida la llama del deseo, por exceso o por defecto. Actuaba como en el juego de la oca, solo que ella se adelantaba a decir lo de “tiro por que me toca” y tanto Matías, como Luis o yo mismo éramos jugadores pasivos a la espera de que su ficha ¿por azar? cayera en nuestra casilla. Nuestra actitud era la del bobo de feria o la del paleto, al que cualquier modernidad le encandila. Esa situación nos dividía, insinuaba favoritismos inexistentes o despechos teatrales, que admitíamos como principios inmutables grabados en tablas de ley, y hoy vivía su momento de gloria uno y mañana su calvario, y esta era la gracia que le encontraba Elena, la de ser abeja reina entre zánganos, cortesana en una corte sin milagros, acostumbrada a poner los pesos en la balanza según le pareciera, pues nos consideraba ciegos e inexpertos –no sin razón- y prestos a satisfacer sus ardores como y cuando lo requiriera el caprichoso designio de sus coyunturales querencias, las cuales, si algo tenían de relevante, era la naturalidad sicalíptica con que se planteaban, lejos de la ambigüedad y del “si quiero-no quiero”. Ella sabia entregarse a las circunstancias, que eran su espacio elemental, mientras el nuestro, por consecuencia, derivaba hacia la contingencia del se toma o se deja, lo que nos convertía en oportunistas , la peor de las raleas, gente sin principios o que los oculta por el placer momentáneo que resulta del hecho de ser elegido frente a otros, y lo curioso es que el escenario lo preparaba con las palabras, su arma favorita de seducción, pues sus conocimientos, en cualquier terreno, eran superiores a los nuestros y se hablara de arte, política, literatura o de lo que fuera, sus comentarios eran precisos y fundamentados. Sorprendía en ella esa sólida base cultural que nadie adivinaría en una primera impresión superficial. Esta faceta sabia como explotarla, pues sus opiniones las dejaba caer con cuentagotas y este era parte de su atractivo, la poca generosidad a la hora de expresarse en cuestiones no cotidianas más próximas a la especulación que a los quehaceres más triviales, en los cuales ocupaba la mayor parte de su tiempo y de su conversación. Alguna vez, era inevitable, le preguntamos por su pasado, qué había estudiado o lo que había hecho hasta ese momento, entonces salía con alguna evasiva y el misterio intelectual comulgaba con el físico. Y así nos tenía, como a las ratas de Hamelin, desfilando al son que ella tocara, completamente esclavizados por el color de sus antojos.
CAPÍTULO 7
Estaba todavía medio dormido, cuando sonó el timbre de la puerta. Me extrañó, y antes de abrir, observé por la mirilla: no era nadie que conociera. En la deformada perspectiva, aumentada por la oscuridad del rellano, me pareció distinguir a un hombre joven que miraba unos papeles. Abrí sin mucho convencimiento y él me saludo:
-Buenos días. Es usted Sebastián Aguilar Pérez.
-Sí
-Le traigo esta citación del Juzgado de instrucción número dos.
Mientras decía esto me pasó un papel donde constaban una serie de datos, entre ellos el motivo de la citación: sumario 132/05. Delito de imprudencia temeraria con resultado de muerte y otro de omisión de socorro.
-Oiga, está seguro de que esto es para mí-le dije.
-Su nombre es ese, verdad-asentí-. Entonces es para usted. Firme aquí, por favor. Gracias. Le recuerdo que si no se presenta voluntariamente, el Juez puede decretar orden de búsqueda y captura.
Cerré la puerta y me senté en el sofá, aturdido. No entendía nada. Se me citaba a una comparecencia. Era el procedimiento habitual en las investigaciones judiciales, que, normalmente, se iniciaban con la declaración del imputado. Así me lo había dicho Fátima, una amiga abogada. Debía presentarme en el Juzgado a las diez de la mañana del martes siguiente. Faltaban seis días. Cogí la agenda y busqué el teléfono del despacho de Fátima.
-Hola, soy Sebastián, ¿Cómo estás?
-Vaya sorpresa, no sabia nada de ti desde….
-Desde el verano.
-Sí, eso es. Bueno ¿Qué tal te va?
-Bien, verás, necesito consultarte una cosa.
-Tú dirás.
-He recibido una citación del Juzgado y es por un asunto que, ahora mismo, ignoro por completo.
-¿De qué clase de Juzgado me hablas?
-De uno de instrucción.
-Vaya, un asunto penal, pero ¿en qué lío te has metido?
-No lo sé. Tengo que presentarme el próximo martes en la Comisaría. Para declarar, supongo.
-¿No te interrogó antes la policía?
-No, es la primera noticia que tengo.
-Bueno, debe ser algo que lleva directamente la policía judicial. Mira, vamos a hacer una cosa, dame lo datos y yo te lo miro.
La tarde anterior a la citación quedé con Fátima para que me pusiera en antecedentes. Fátima me dijo que se trataba del Seat 127, un testigo dio los números de la matricula de mi coche como causante de un atropello. Me quedé sorprendido.
-¿Sabes algo de esto?
-Nada.
-Seguramente es una confusión, el suceso ocurrió de madrugada y es fácil equivocarse con los números de la matrícula. ¿Cogiste el coche aquella noche? Creo que fue el 18 de Febrero, un sábado.
-Si, es posible. Casi todos los fines de semana lo utilizo, pero no recuerdo exactamente si esa noche lo hice.
-¿Has notado algún golpe en el Seat?
-La verdad es que sí, le noté una abolladura en el morro, en la parte derecha, el faro estaba suelto, pero pensé que había sido en la calle, alguien que aparcó mal, o algo así. De todas maneras-comentó Fátima- se trata de un anciano y la causa directa de su muerte no fue el golpe, que apenas le hizo caer. Según parece el coche pudo evitar el impacto directo. El hombre murió de un infarto. Debió se ser por el susto que se llevó.
-Vaya, si que lo siento.
Llegó el martes. El Juzgado estaba en el último piso de un edificio octogonal, donde, con criterios funcionalistas, se agrupaban las dependencias de las diferentes especialidades. Nada más entrar, en la pared izquierda, un panel indicaba los Juzgados existentes y su localización en un croquis. Al fondo, dos parejas de ascensores a cada lado de una escalera de caracol ridículamente angosta, hacían esperar a reducidos grupos de justiciables. No hay grandes diferencias entre un edificio de este tipo y unos grandes almacenes, en las horas punta el trasiego de gente es continuo, se espera turno para que a uno le atiendan y casi siempre te vas con algún papel en la mano, como si fuera el ticket de un artículo que hubieras comprado. El juzgado ocupaba una esquina de la tercera planta y a él me dirigí para presentarme. Nada más entrar di con una sala rectangular, donde se amontonaban alineadas una serie de mesas con sus correspondientes sillones, y en los sillones los respectivos funcionarios. Le hablé al más próximo a la puerta, un chico moreno que llevaba unas gafas metálicas.
-Estoy citado por este asunto.
Miró la citación y dijo:
- Un momento, por favor.
Se levantó y despareció por un pasillo. Un minuto más tarde apareció de nuevo:
-El juez está ocupado en este momento, si es tan amable espere fuera que enseguida le avisamos.
Estuve esperando un buen rato, hasta que el empleado que me había atendido vino a avisarme:
-Venga conmigo.
Me condujo a un despacho bastante amplio, escasamente decorado: paredes amarillo claro, una estantería grande con los inevitables volúmenes de Aranzadi y otros textos jurídicos, una fotografía del rey. El juez estaba sentado en un sillón de cuero y examinaba el expediente que tenía sobre la mesa. Una de sus manos, indolente, se posaba sobre un compendio de leyes penales.
-Siéntese-me dijo. ¿Sabe por qué se le ha citado?
-Si, he procurado enterarme antes de venir.
-Es un asunto grave, una persona ha muerto.
-Mire, sé que dicen que se trata de mi coche. No sé si es cierto o no, pero aunque lo fuera, le puedo asegurar que no era yo el conductor.
-¿Dónde se encontraba usted el sábado 18 de febrero a las dos de la mañana?
-Ahora mismo no sabría decirle, ha pasado un mes.
-Es importante, por su bien, que procure hacer memoria. Necesita que alguien corrobore su declaración.
-Espere un momento, creo que ese sábado fui al cine, a una sesión nocturna.
-¿Fue solo?
-Si, suelo ir solo.
-Muy bien, pasemos al coche. ¿Lo utiliza solamente usted?
-No, a veces se lo dejo a alguno de mis amigos.
-¿A qué amigo en concreto?
-Se lo he dejado a varios. Hay noches en las que me lo piden para ir a algún sitio que queda lejos. Si no me apetece ir y veo que quién me lo pide no ha bebido mucho, se lo presto.
-Es usted muy generoso.
-Con mis amigos procuro serlo.
-Por lo que sabemos hasta ahora, según testigos, era un hombre el que conducía.
-Yo no le puedo decir nada más, han sido ustedes los que me han informado a mí. Si le soy sincero, el más sorprendido con todo esto soy yo.
El juez me miró unos segundos, por encima de sus gafas de lectura.
-De acuerdo, por el momento confiscaremos su coche. No haga ningún viaje, podríamos llamarle de nuevo. Otra cosa, ¿lleva el carné de conducir encima?
-Sí
-Déjelo en Secretaría, se le va a retener provisionalmente.
Me levanté, pero antes de salir se me ocurrió decirle:
-¿Puedo hacerle una pregunta?
-Hágala.
-¿Como supieron mi dirección? Yo habitualmente resido en Coruña. Sé que allí no han llamado.
El juez repasó las primeras hojas del sumario y dijo:
-Aquí consta una denuncia contra usted, donde figura su domicilio en Santiago. Está escrita a máquina y entregada en Comisaría. No lleva firma.
CAPÍTULO OCHO
Se encontraban sentados frente a frente, como dos jugadores de ajedrez. Luis acababa de terminar el servicio militar, su piel olivácea recordaba los días al sol en tierras del sur. A mí siempre me daba la impresión de que podía haber hecho carrera castrense, era seguramente por ese aspecto rústico, desaliñado, de barba naciente, y esa mirada desafiante que a veces tenía, como si te retara a contravenirle. Sin embargo, aquella tarde, su imagen abatida, contradecía la expresión habitual. Matías le miraba a los ojos y fue el primero en hablar:
-Bueno, ¿Qué es lo que querías?-dijo Matías con evidente disgusto
-Es por ese asunto de Sebastián que me contaste. Me extraña tanto lo del accidente de coche-dijo Luis. Estoy preocupado por él.
-No tienes que preocuparte, seguro que es una confusión. Aunque, la verdad, es que podría ocurrir. Sebastián bebe mucho, además, es de esas personas a las que el alcohol vuelve indiferente a todo y son capaces de asumir más riesgos de los debidos.
-Yo no lo creo así, Matías. Es posible que alguna vez haya cogido el coche con alguna copa de más, pero nunca le he visto hacer tonterías.
-Mira, Luis, dejemos que la justicia haga su trabajo. Lo único que puedo decir es que si puedo ayudarle en algo, lo haré.
-Y yo también, por supuesto.
Matías mostraba signos de sentirse molesto, y alegando una excusa, se despidió de Luis. Este por su parte pensaba, con un temor atávico, que si Sebastián era culpable, de alguna manera lo seríamos todos. Quería entenderle, apoyarle, pero tenía miedo. Algo en su interior le decía que había que rehuirle, que su caída le arrastraría también a él. Era como si estuviéramos irremediablemente unidos y la perdición de uno se extendiera, cual epidemia, al destino de los demás, condenándonos en conjunto, por una especie de cooperación necesaria al delito, fuera quien fuese el verdadero autor o responsable. Esto también lo presentía Matías y ese riesgo no lo quería asumir, él era la esperanza, el libro abierto donde todavía se podían escribir líneas sin mancha, y Sebastián era la tinta mojada que convierte el coherente discurso de los hechos en agujero negro que absorbe el porvenir y lo mata. A Matías solo le interesaba la historia de Sebastián para contarla, no para participar en ella. Le espiaba a escondidas, le analizaba, convencido de que su extrañeza merecía un relato pormenorizado, algo más que la crónica de un suceso, pero de ahí a tener que purgar sus culpas existía una gran diferencia. No estimaba a Sebastián, le interesaba como espécimen de laboratorio, nada más .En su labor de detective no movería un dedo por él, tampoco le compadecería, iría anotando punto por punto los síntomas de su deterioro con el escrupuloso celo del investigador, solamente como tributo al testimonio que le debía. Pues era cierto que Sebastián le había ayudado, como nadie lo había hecho, cuando una depresión, el primer año de su reencuentro, le aisló del mundo. Pero de ahí nacía su resquemor. Hay quién alimenta el odio contra aquellos que conocen sus debilidades, y en vez de agradecimiento sienten un incontenible deseo de dañar al confesor, y esperan la ocasión como el cazador ronda a su presa, fingiendo una amistad inexistente, ocultando sus verdaderos sentimientos. Se convertiría en el cronista de una destrucción, de la bajada a los infiernos de su confidente ¡podría soñar con un triunfo mayor! Mentía cuando le dijo a Luis que a Sebastián no le pasaría nada, creía y deseaba con todas sus fuerzas que el proceso de su descomposición fuera imparable; ignoraba si la circunstancia del accidente sería el desencadenante, pero este, estaba seguro, suponía una buena oportunidad para sellar la suerte de Sebastián. ¿Qué esperaba Luis que hiciera él? Luis, tras sus rasgos de rudo montañés, escondía un temperamento débil. Y la debilidad, era lo que menos necesitaba Matías.
Apenas doscientos metros me separan de la Facultad. Es una línea recta que discurre paralela al mercado. Son las ocho de la mañana y los placeros están descargando las mercancías. Huele a pescado. Avanzo rápido esperando encontrar sitio en el aula. Desde diferentes puntos se aproximan otros estudiantes. Medio dormidos, abrochándose los abrigos, metiéndose las manos en los bolsillos, ajustándose las bufandas, se dirigen a sus clases. Subo los escalones de dos en dos, con la mirada puesta en la puerta de entrada. Ya se oye el bullicio, esquivo a los que vienen de frente, a los que están parados y a los que van más lentos. Es el aula doce. Otra vez llegué tarde. Me siento en las escaleras. ¿Qué toca hoy? .No lo sé. Abro la carpeta y cojo unos folios. Estoy dispuesto a tomar apuntes. ¡Mierda!, solo he traído un bolígrafo Bic, casi agotado. No puedo reprimir un bostezo. Pasan diez minutos de la hora y el profesor no aparece, parecemos el público de una representación. Es el tercer mes de curso del quinto año. Me entretengo en observar. Aquellos cinco, tan arreglados, están dispuestos a aplaudir. Seguramente se han levantado muy temprano para estudiar. Una chica de pelo corto charla con su amiga. Me recuerda a la protagonista de una serie de ciencia ficción que están pasando en televisión. Creo que su nombre es Sandra, pero no estoy seguro. Más arriba se sientan los progres. Es un grupo numeroso, llevan el pelo largo, vaqueros, amplias chaquetas de punto portuguesas y fulares brillantes. Se ríen, dan palmadas, están satisfechos de cómo son. El aula está llena y el rumor de las voces es molesto. Por fin, entra el catedrático, serio, consciente de su papel. Lleva en sus manos un libro que deja, ceremoniosamente, sobre la mesa. Es un hombre desmañado, de hombros caídos, muy menudo. Tiene el pelo completamente gris y gasta un bigote pasado de moda. Comienza la explicación, los alumnos nos concentramos en tomar notas, su voz es monótona, seguramente ha repetido lo mismo docenas de veces. Me encuentro incómodo, tengo las piernas dobladas y el escalón superior se clava en mi espalda. El sol ha entrado con fuerza a través de los ventanales. Hay restos de humo en el aire que forman un velo espeso. Voy rellenando las hojas sin saber exactamente lo que estoy escribiendo. La lección ha terminado, aprovecho para levantarme, tenemos cinco minutos antes de la siguiente clase. Esta mañana tendré que repetir el ritual cuatro veces. Han pasado tres cuartos de hora. Empiezo a sentirme solo y no sé qué hacer. Esta forma de aprender es absurda. No he entendido nada, he hecho de mediador entre la voz y el papel, estampando palabras, atrapándolas, en el difícil arte de escribir las frases completas que se dicen y no se dictan; pero no he comprendido ni la más superficial de las ideas que se expresaban. Al volver a casa deberé repasar lo escrito, intentaré asimilarlo, interiorizarlo, memorizarlo y, finalmente, olvidarlo. El bedel anuncia la siguiente clase. Mi pensamiento no está aquí, viajo sobre recuerdos, los más inmediatos: el Colegio como juego infantil, el deporte como desahogo, el mar, el descubrimiento de un libro, la ilusión de un amor, la nostalgia de las cosas más insignificantes. Esa arquitectura ha desaparecido, quizá nunca existió, nada lo desmiente, pues revivir el pasado es matarlo definitivamente, por eso dejo que el río fluya, aunque crea que es el mismo río y solo es el mismo puente, desde el cual contemplo el paso lento y constante de la corriente, con sus imágenes negras sobre el espejo del agua; cerca de la orilla, bajo la sombra de un árbol, el remolino de un remordimiento da vueltas alrededor de la mentira, la que digo para engañarme y engañarlos a todos, cuando elijo un futuro equivocado y actúo como si lo aceptara. Recobro la conciencia, me ubico entre los límites de esta sala, escalonada pirámide del saber; respiro intensamente, me comunico, vivo lo que ya no viviré más, con una simplicidad inconsciente que malgasta cada segundo, incapaz de atrapar este instante que se me escapa para siempre, dispersa la atención, porque son demasiados los colores, los sonidos, lo olores como para que un cerebro inconsistente pueda matizarlos, hacerlos suyos, despojarlos de objetividad y darles un lugar privilegiado en el almacén individual de los recuerdos. Es la mecánica la que se impone, el esfuerzo de los dedos apretando el utensilio, desgranando su sangre azul sobre el papel; y la palabras, siempre las palabras, egoístas, no sentidas, con su vocación de prostitutas, ejerciendo su tiranía; y si por un momento alzo la vista veo al títere, recitando, y pienso si será hombre o será máquina, si realizarse es cumplir un destino como aquél, tan sustituible, sin ningún sello personal, que todo se reduzca al aprendizaje de una gimnasia de gestos, de una modulación de la voz, de un respirar acompasado, de un texto heredado. Acabó la lección, para nosotros, una criptografía de signos, para el catedrático, el oratorio de una misa; sin embargo, nada de sagrado se apreciaba en ese vacío tono cantarín, ausente de énfasis, desnudado de sentimiento, espíritu de funcionario sin alma que no necesita mirar su reloj para contarnos la historia de un derecho que nació en Roma y murió en las alcantarillas de un Palacio de justicia cualquiera; como la de un bufón ,su versión es alegre, hecha para divertirnos y aleccionarnos; pese a su porte circunspecto , guiñolesco, hay una ironía hueca que resplandece bajo la declamación aprendida en sesudos ejercicios de galeote.
CAPÍTULO 4
Hacía diez años que no nevaba en Santiago y como era de esperar se declaró un día festivo sin serlo. Los estudiantes abandonaron las aulas y se abalanzaron alegres hacia las zonas abiertas de la ciudad. Yo, como uno más, les seguí. Miraba el cielo y notaba caer sobre mi rostro partículas de agua apenas solidificada, que se posaban blandamente sobre mi anatomía. Me recordaban las pavesas de un incendio, aunque no tuviera nada que ver, y fuera justamente la representación de lo contrario: agua y fuego. Al llegar a la Alameda vi a los niños tirándose improvisadas bolas de nieve, y a sus padres contagiándose de esa alegría infantil. Los árboles lucían sombreros blancos y yo oía como mis pies helados hacían crujir la nieve. No iba hacia ninguna parte, solo estaba allí para contemplar el espejismo blanco, para sentir el aire frío penetrar en mis pulmones. Me pareció observar, con sorpresa, que algunos paseantes mostraban indiferencia ante la estampa invernal. Eran personas mayores, embutidas en gruesos abrigos, que se desplazaban encogidos, mirando al suelo, sin ver nada más que sus propios pasos, sordos a la algarabía general, para los que aquello no suponía ninguna novedad, salvo el recordatorio, quizá doloroso, de una infancia perdida. Por eso se aislaban y pasaban como excusándose de existir, ignorándose unos a otros, pese a su idéntica condición de islotes petrificados, que no tardarán en ser engullidos, de los que nadie se acordará, porque quién podría hacerlo les ha precedido en esa carrera hacia la ausencia que es la misma vida, y yo, que en aquel momento no reconocía ni por asomo mi futuro, tenía una curiosa sensación mezcla de compasión y rechazo, y prefería participar de la exaltación infantil, antes que del marchito tránsito de esta santa compaña que no formaba procesión, porque no les era necesario, para exhibir sus rostros tejidos de arrugas y sus manos tendidas al vacío. Su soledad inhóspita no podía compartirse, y era anacrónico comprobar cómo los niños más pequeños que se acercaban a ellos cuando estaban sentados en los bancos del parque, recibían una sonrisa cómplice y distante, de padre celestial que ya no puede ejercer su tutela, o de abuelo que quiso y no pudo serlo, nostalgia de lo que creyeron ser pero no estaban seguros de haber sido. Eso les salvaba, por lo menos a aquellos que no guardaban en su memoria la matemática mínima de los hechos que jalonaron su vida, difusa para siempre y por tanto susceptible de ser modelada por la ternura de un niño. El presente era la única historia de la que se sentían participes, porque sabían que el pasado era una nebulosa lejana, inconcreta. Su necesidad de concreción se remitía a las horas inmediatas, no porque fueran incapaces de recordar sucesos lejanos, sino porque su instinto les protegía ante el dolor de tener que racionalizar lo perdido y confrontarlo con la realidad. Una realidad en la que todo lo vivido acababa por sentirse ausente, y esa paz que les rejuvenecía los sentidos, penetraba en sus pupilas como un fogonazo, una ardiente llama que activaba el deseo de continuar, como si el transcurso de los años no hubiera sido más que un paréntesis, una película atascada en el cinematógrafo, que ahora un niño hacia el milagro de reparar con un simple gesto, y era el azar, en definitiva, quién ejercía de supremo hacedor ¿Cómo si no se entendería esa chispa que unía el principio de una vida con el final de otra?
Estaba parado frente a la vieja cámara del fotógrafo, su arquitectura, escuálida, hacia que pareciera de juguete, el fotógrafo estaba detrás, enfundado en un abrigo gris bajo el que se asomaba una mandil azul; tenía la cámara protegida por un plástico transparente; se dirigió a mí:
-Quiere que le haga una foto, joven. Vamos, decídase, no ve que hay gente esperando. Era cierto, sin quererlo había formado una cola. Le contesté un poco azorado:
-No, perdone, es que estaba distraído, ahora mismo dejo sitio.
Me aparté y no tardé en arrepentirme, tanteé mis bolsillos buscando algún dinero con el que poder pagarme el sueño del tiempo detenido. Las pocas monedas que tenia eran para la comida, así que me dije: “¿¡Bah¡ es una tontería”; lo cierto es que las fotografías me producían inquietud, la conciencia de la singularidad de la escena parecía premeditar la tentación de hacerlo permanente, era lo más lógico, aquello que las fuerzas desatadas, las de la naturaleza y las de la psicología, indicaban en su manual de recursos humanos ¿era esto lo que me hacia repudiarlo? ¿no era solo el capricho de creerme por encima de las fuerzas del destino?. Al negarlo me negaba, rechazaba el regalo de la perpetuidad, la juventud disfrazada, el reclamo de la redención que una simple fotografía ofrece. Presentía el arrepentimiento que brotaría en el futuro, como un reproche que haría ante los iconos perdidos, como ya hacía hoy, en la intuición que asomaba impeliéndome a marchar, camino del anonimato, de la masa sin nombre que vive en el tiempo presente, mi refugio fugaz, engañado a sabiendas, cobarde por tanto al saberlo y no valorarlo, o estúpido sin más, o ciego voluntario o San Sebastián de los miedos, que eran el bagaje que llenaba mis alforjas. Dicho y hecho, a punto de darme la vuelta noto el contacto de una mano que tira de mi ropa. Sin poder volverme, olfateo el aliento a coñac barato, quedo paralizado, mi mente da la orden de liberarse, el brazo sigue inmóvil, las piernas son dos sacos de pesado cemento, sé que se trata de mi cabeza, sé que bastaría un tirón, ni siquiera demasiado fuerte, pero los músculos no acceden a la demanda de una voz que discurre por dentro como un sonámbulo, y entonces escucho la voz de fuera, la auténtica demanda, la urgente:
-Oye, chico, hazte un retrato y guárdalo para cuando seas viejo.
¿Qué dice este hombre? Me doy cuenta de que esa voz me resulta conocida. Es Matías:
-Estás en las nubes o qué te pasa.
-Apestas a coñac-le digo.
-Claro, con este frío ¿Qué quieres? Hay que calentarse, no. ¿Adónde vas?
-A casa.
-¿ Sabes que la policía me ha preguntado por ti?
-¿La policía?-le pregunto extrañado.
- Si, es por tu coche, dicen que puede estar implicado en un accidente.
-No sé de qué me hablas.
-¡Ah, no!.
Matías quiere decir algo más, pero yo ya no estoy. Nunca he estado, no he hablado con él, no tengo coche o ¿si?. Tengo un coche de segunda mano, un utilitario, no he reparado en ello. Matías sospecha algo, tal vez me haya visto deambular de tasca en tasca; si, eso es, seguro que me ha seguido, ha observado como pedía una taza de vino y después otra, y él, semioculto, en el otro extremo de la barra, haya hecho lo mismo, imitando mis gestos, solo que luego no cogía el coche, no aceleraba inconscientemente a cada recta que se ponía por delante, no podía sentir el vértigo de estar al filo de perder el dominio de ese objeto que te transporta a ciento treinta kilómetros por hora a través de una carretera estrecha y virada ¿lo imaginaba acaso? No, esperaba que cometiera el error, el desliz fatal que él denunciaría, porque hay personas que sobreviven por las miserias de otras, cazan la desgracia y se adhieren a ella, le dan lustre, la exhiben, la manosean; en definitiva, la poseen como un diamante en bruto que pulir, y a ello dedican sus mayores esfuerzos, a esa labor de joyería fina que es destrozar el alma de un ser próximo. Cirujanos expertos, diseccionan hasta encontrar el tumor donde inocular el líquido transparente que nos permita ver las células muertas del paciente, del amigo o del amante incauto. Matías es de esos, cuando Julia, su novia, enfermó, él se convirtió en el cronista de su enfermedad, ante ella fingía ser el apoyo firme en que sustentar su esperanza, ante nosotros describía las manifestaciones físicas de la enfermedad como un entomólogo que desmenuzara con objetividad científica las partes preciosas de su último hallazgo. Julia le adoraba y Matías se dejaba querer, ella se vertía por entero en el recipiente que la protegía, él hacia un aspaviento, abrazaba el aire, convertía en teatro los sentimientos más puros, y los presentaba como si se tratara de una exposición, al juicio libre del crítico, al goce secreto del voyeur, aplicándole el barniz de su verbo fácil, de la gracia innata que tenia para convertir el sufrimiento descarnado que Julia relataba en monosílabos, en un cuento sencillo, agradable de oír, poblado de criaturas que sufrían sin sufrir; en primer lugar, ella, Julia, convertida en heroína y él, por supuesto, en príncipe, y ambos en protagonistas de una victoria anunciada sobre el dolor y la humillación. Y también sobre ellos mismos, sobre una realidad superada por la ficción generosa que Matías sabia tan bien interpretar y que a mí me conmovía, aunque Julia lo ignorara, pues nunca estaba presente en esos ejercicios mezcla de retórica y de mímica que me penetraban hasta lo más profundo, haciendo aflorar la escondida ternura de la que desconocía ser portador, lágrimas abatidas por el envoltorio de esperanza que Matías construía, ingeniero-hormiga, con los pilares de un castillo encantado. Y los finales felices que luego yo, delante de Julia, necesitaba compartir, hasta que me daba cuenta de su cara de extrañeza, primero, y después de enfado, porque creía que consideraba sus padecimientos sucesos triviales, hasta que te soltaba aquel “eres cruel” que te desarmaba por completo y te dejaba con una sensación de auto-desprecio que era el verdadero triunfo de Matías, oculto tras las cortinas como un Hamlet cualquiera, auténtico creador del clímax de esta obra, cuyo desenlace culminaba toda la puesta en escena , ¡qué éxtasis!. Así pues, concluida la representación, se imponía un nuevo libreto, pero esta vez no sería tan ingenuo, me daba cuenta de que el guion dependía de mi, en realidad el guion se confundía conmigo, se generaba al ritmo que marcaban los impulsos, rutinarios o no, que mi cerebro seleccionaba a cada segundo, con cada cambio de dirección, o cada hecho que cercaba las estrechas coordenadas de espacio-tiempo. Eran estos los rastros que Matías perseguía, a la búsqueda del suceso destacado que poder contar, a ser posible a un conocido; mejor dicho, necesariamente a un conocido, si no se perdería el deleite del “quieres que te cuente una cosa de…”. Conocía el procedimiento, y aquella noche, en el bar de siempre, me había propuesto desenmascararle, decirle a la cara que era un farsante, un mierda, que lo de Julia era para partirle la cara, quería que los demás lo supieran y le despreciaran, de lo contrario el desprecio recaería sobre mí, era él o yo, el bien o el mal, la verdad o la mentira; no, era el egoísmo, la vanidad sucia, ¿con qué derecho podía decir que mi versión era la verdad?¿solo porque me sentía agredido tenia que hacerle frente? Matías les presentará pruebas, les dirá : “anda enséñales el coche” y yo me quedaré paralizado; ellos me miraran esperando que diga algo, serán miradas inquisitorias, se convertirán en jueces y notaré el sudor frío y el mareo, tendré que levantarme sin haberme podido defender: vencido, sacudido por el vómito que subirá a mi garganta como un torrente, y luego, en la calle, me agacharé, buscaré una esquina, intentaré vaciar el estómago y de él surgirán espasmos, nervios desatados, el recurso cobarde de la pérdida de conciencia, para no enfrentarme a la denuncia, al juicio inmisericorde que presumo y no constato, a los murmullos que imagino, y es cierto que solo puedo suponerlo, porque nada ha sucedido todavía, y es lo que hago cuando, aterido por el frío, el de dentro y el de fuera, me dirijo sin conciencia alguna hacia la iglesia, y subo por el sendero que serpentea el promontorio, la encuentro cerrada y golpeo con fuerza la aldaba de la puerta pero nadie parece oír mi llamada, golpeo otra vez y otra, cada golpe es un trozo de obsesión que cae, una mujer se acerca:
-¿Qué haces? ¿no ves que está cerrado?. Aquí solo hay misa los domingos.
En ese momento me di cuenta de que estaban sonando las campanas de la Catedral. Era hora de comer.
CAPÍTULO 5
Luis Blanco tenía la costumbre de hacer preguntas, las dejaba caer en medio de la conversación, buscando el compromiso de una respuesta: “¿crees que…….” “¿a ti no te parece que…..”, inevitablemente te veías abocado a dar una opinión, casi nunca meditada, y de la cual acababas por arrepentirte al cabo de unos minutos de reflexión. Le gustaban, especialmente, las reuniones en el Galo; entonces, en la intimidad de una mesa, bajo una luz tenue, derramaba las cuestiones que creía más trascendentes, las echaba como si fueran dados marcados para ver quién era el primero en responder, el truco estaba en el acento ingenuo, como de duda elemental por resolver, porque Luis quería que le vieran como al eterno aprendiz, algo torpe, que recibe jubiloso una supuesta enseñanza, y así se abría el debate entre poesía y prosa, filosofía y política, música y literatura, en el que los puntos de vista jamás convergían. Se citaban nombres, se traducían poemas malditos o se interpretaban textos y pensamientos con la pretensión ilusoria de ser únicos, de demostrar un punto de inteligencia que nos distanciara del estudiante común, de lucir la invisible corona de laurel del individuo pensante. En aquellos círculos viciosos lo que verdaderamente se ponía en juego era el don de la originalidad; cuando Elena estaba presente, el ingenio relucía, la inspiración se soliviantaba, se podía decir la mayor de las estupideces siempre que se dijera con el rictus de seriedad que venia al caso. Se coqueteaba con ella( o con sus ocasionales compañías), en eso se resumía todo: en atraerla al redil de unas manos juguetonas, de unos besos voraces abocados al festín final de la carne, ¿éramos, entonces, diferentes a los demás? Solo en los medios por los que accedíamos al apareamiento, en esa especie de circunloquio reivindicábamos nuestra identidad bajo el eslogan de “soy una persona que profundiza en las ideas, las recompone y las comparte contigo. Poseo el misterioso atractivo de la incomprensión, pues ni yo mismo me comprendo”, y en el trayecto nos perdíamos, ya que si ese era el fin, hubiera sido más práctico desnudarlo de tales adornos y comunicar el deseo a través de la acción, donde el verbo tiene un valor secundario, y son el empuje y la osadía del instinto quienes marcan las reglas y traspasan los lindes del escarceo amoroso. Esa era la línea recta que no recorríamos, a sabiendas de que el consentimiento, si bien no estaba garantizado, si disponía de un margen propio, el de cada uno, en el cálculo de probabilidades del éxito perseguido; desconocíamos las virtudes de la perseverancia y fiábamos nuestra suerte al ardid del amago, a una iniciativa titubeante que demostraba la falta de naturalidad en las relaciones y el deseo encubierto de ser el objeto poseído y no el sujeto posesor: ser amado y no amar. Esto era demasiado pretencioso en quién no tenia ni fachada física ni argumentos intelectuales con que disfrazar el encanto animal del que no estaba provisto; por tanto , se puede suponer que estos artificios estaban destinados al fracaso y aunque se asimilaban como una especie de mal entendida imposibilidad ,iban dejando un poso de frustración que tampoco era definitivo, ya que al menos en lo que a mi concierne no definían completamente el si o el no absolutos, tan solo marcaban un territorio invisible, cubierto por una niebla que había que disipar, para saber si ese camino era transitable. Y en alguno de los acercamientos, esa necesidad de resolución se generaba simplemente con el intercambio de miradas en los lugares emblemáticos que era necesario compartir: conciertos, cines, librerías o pedazos de hierba cuando el sol de la primavera anticipaba el verano. Me engañaba al dotar a esos espacios del sentido de la predestinación, quería interpretar la frecuencia de los encuentros como un deseo común de integrarse en el otro, pero eso, lo supe después, solo me ocurría a mí. Era una fantasía no compartida, un desencuentro anacrónico en el que las miradas tienen significados equívocos, que no comulgan. Se podría argumentar, con razón, que la causalidad no existe, y con ello dar sustento y base a una esperanza, que precisamente por eso, necesitaba confirmarse o desmentirse, porque no podía seguir en la incertidumbre y requería transformarse en posesión o despojo, lo que fuera, con tal de compartir cada segundo con su cuerpo cálido próximo al mío o totalmente alejado de él: cara o cruz, presencia o ausencia de ella. Y de ser esta la respuesta final, poder abrir el balcón para enamorarme de otra imagen, tan lejana al principio y tan cercana a medida que se iban conociendo- imaginando las espesuras de ese nuevo ser cuya curvatura y perfil se desplazarían de un lado a otro de mi mente-, sin pedirme permiso, con la total y constante presencia de un intruso que se apodera de mi casa, la decora a su antojo, e impone sus condiciones de virus invasor, ante el que la resistencia declina poco a poco y concluye en rendición absoluta, entrega que quiere cerrar el círculo y no lo consigue, así hasta que el periplo vital dice basta, por agotamiento o porque acaba por reconocer la derrota última, sin paliativos, que hace, por fin, que mi nave(mi vida)desoiga los cantos de sirena que van quedando atrás confundidos con el oleaje. Esta liberación acabo por llegarme, después de una larga carrera de fondo sembrada de desencantos( los años hicieron de lente que va centrando progresivamente la desenfocada visión de las cosas). Me costó darme cuenta de que no era el centro del mundo sino el más alejado de sus satélites, de que me movía en espacios donde la gravedad no existe y el poder de atracción desaparece con solo ser pensado. ¿Le ocurría lo mismo a los otros, a esos seres miméticos? Seguramente no, más allá de las prácticas consensuadas, cada uno transitaba su propio laberinto, desconocedores de la ausencia de salidas, de que el verdadero sentido no era la conquista sino la escenificación romántica del fracaso, ellos-como yo, a mi manera- escogían los medios de manera personal y equivocada, sus actos parecían afluentes del mismo río, diferentes en su trazo, según transitaran por fértiles valles o por angostas cañadas, pero todos sujetos al destino de verterse en un caudal común, de oscuro poso indiferente, donde sus propósitos se ahogarían y la frustración aparecería para sellar su amargura. Por eso, las diferencias se declaraban en la epidermis de las actitudes y se anulaban en las vísceras de los propósitos, y ya que nos reconocíamos en la oquedad de las conquistas, también teníamos la capacidad de alabar el arte del disfraz, de la seducción o de la absoluta entrega a una causa perdida. Ninguno de nosotros se arrepintió, de eso estoy seguro. Las enseñanzas se tatuaron para no ser olvidadas, fueron como los mensajes de amor que se graban en el tronco de un árbol: perennes recordatorios de sueños imperfectos.
CAPÍTULO 6
Tenía dos hijos, de los que ignoro su edad. No llegué a conocerlos, aunque no se puede decir que ella intentara ocultarlos, los mencionó en más de una ocasión, como de pasada, sin darle importancia: “Llegaré tarde, tengo que dejar a Raúl en el cole” “Hoy no podemos quedar, Marta tiene fiebre”. Lo que me sorprendía era como podía compaginar las continuas salidas con sus deberes de madre; porque Elena, todo hay que decirlo, dedicaba la mayor parte de su tiempo a ella misma . Es posible que viviera una doble vida como le sucede a mucha gente y que por las mañanas fuera otra persona, entregada a los designios del hogar y a los cuidados de la prole; sea como fuere, ante nosotros mostraba solamente una de sus caras, aquella que le permitía participar en el juego del coqueteo ambiguo, de la insinuación y la duda. Su principal diversión consistía en hacer de espejo, se colocaba estratégicamente como tercer ángulo de un triángulo fantasmal y cuando te aventurabas con una proposición lo tenías que hacer dirigiéndote a ella, aunque no participara, como necesaria premisa que diera aliento a tus argumentos. Al cabo de un rato el efecto se volvía contra ti, porque al topar con ese muro de silencio, acababas por argumentar contra el otro y contra ti mismo. Parecía como si su rostro impasible fuera el reflejo de una negación no manifestada, una perpetua interrogación que se clavaba como una espina en el globo de tu supuesta lucidez y la hacia estallar, sin contemplaciones, y de eso se trataba : de acabar la conversación con un “pero, si yo no he dicho nada”, una traición saboreada por quién retenía el vaso dorado y seductor que te atraía para, una vez bebido el contenido, morir por el veneno del abandono inesperado, entregado inerme a las fieras que escupían asertos como dogmas de fe desde el púlpito de su falta de recato, cuando en la arena de la vida tanta desnudez de experiencia, conocimientos y sensaciones mostraban ellos como yo, igualados en la pantomima y condenados a no escuchar siquiera el aplauso de la única espectadora, monumento cincelado por el repudio, para la cual, ellos y yo ,representábamos inútilmente. Su espíritu pendular nos tenía confundidos, pero Elena combinaba los sentimientos como quien combina los colores de un vestido, consiguiendo que el cromatismo resultante fuera inusualmente atractivo. Dicho de otra manera: mantenía siempre encendida la llama del deseo, por exceso o por defecto. Actuaba como en el juego de la oca, solo que ella se adelantaba a decir lo de “tiro por que me toca” y tanto Matías, como Luis o yo mismo éramos jugadores pasivos a la espera de que su ficha ¿por azar? cayera en nuestra casilla. Nuestra actitud era la del bobo de feria o la del paleto, al que cualquier modernidad le encandila. Esa situación nos dividía, insinuaba favoritismos inexistentes o despechos teatrales, que admitíamos como principios inmutables grabados en tablas de ley, y hoy vivía su momento de gloria uno y mañana su calvario, y esta era la gracia que le encontraba Elena, la de ser abeja reina entre zánganos, cortesana en una corte sin milagros, acostumbrada a poner los pesos en la balanza según le pareciera, pues nos consideraba ciegos e inexpertos –no sin razón- y prestos a satisfacer sus ardores como y cuando lo requiriera el caprichoso designio de sus coyunturales querencias, las cuales, si algo tenían de relevante, era la naturalidad sicalíptica con que se planteaban, lejos de la ambigüedad y del “si quiero-no quiero”. Ella sabia entregarse a las circunstancias, que eran su espacio elemental, mientras el nuestro, por consecuencia, derivaba hacia la contingencia del se toma o se deja, lo que nos convertía en oportunistas , la peor de las raleas, gente sin principios o que los oculta por el placer momentáneo que resulta del hecho de ser elegido frente a otros, y lo curioso es que el escenario lo preparaba con las palabras, su arma favorita de seducción, pues sus conocimientos, en cualquier terreno, eran superiores a los nuestros y se hablara de arte, política, literatura o de lo que fuera, sus comentarios eran precisos y fundamentados. Sorprendía en ella esa sólida base cultural que nadie adivinaría en una primera impresión superficial. Esta faceta sabia como explotarla, pues sus opiniones las dejaba caer con cuentagotas y este era parte de su atractivo, la poca generosidad a la hora de expresarse en cuestiones no cotidianas más próximas a la especulación que a los quehaceres más triviales, en los cuales ocupaba la mayor parte de su tiempo y de su conversación. Alguna vez, era inevitable, le preguntamos por su pasado, qué había estudiado o lo que había hecho hasta ese momento, entonces salía con alguna evasiva y el misterio intelectual comulgaba con el físico. Y así nos tenía, como a las ratas de Hamelin, desfilando al son que ella tocara, completamente esclavizados por el color de sus antojos.
CAPÍTULO 7
Estaba todavía medio dormido, cuando sonó el timbre de la puerta. Me extrañó, y antes de abrir, observé por la mirilla: no era nadie que conociera. En la deformada perspectiva, aumentada por la oscuridad del rellano, me pareció distinguir a un hombre joven que miraba unos papeles. Abrí sin mucho convencimiento y él me saludo:
-Buenos días. Es usted Sebastián Aguilar Pérez.
-Sí
-Le traigo esta citación del Juzgado de instrucción número dos.
Mientras decía esto me pasó un papel donde constaban una serie de datos, entre ellos el motivo de la citación: sumario 132/05. Delito de imprudencia temeraria con resultado de muerte y otro de omisión de socorro.
-Oiga, está seguro de que esto es para mí-le dije.
-Su nombre es ese, verdad-asentí-. Entonces es para usted. Firme aquí, por favor. Gracias. Le recuerdo que si no se presenta voluntariamente, el Juez puede decretar orden de búsqueda y captura.
Cerré la puerta y me senté en el sofá, aturdido. No entendía nada. Se me citaba a una comparecencia. Era el procedimiento habitual en las investigaciones judiciales, que, normalmente, se iniciaban con la declaración del imputado. Así me lo había dicho Fátima, una amiga abogada. Debía presentarme en el Juzgado a las diez de la mañana del martes siguiente. Faltaban seis días. Cogí la agenda y busqué el teléfono del despacho de Fátima.
-Hola, soy Sebastián, ¿Cómo estás?
-Vaya sorpresa, no sabia nada de ti desde….
-Desde el verano.
-Sí, eso es. Bueno ¿Qué tal te va?
-Bien, verás, necesito consultarte una cosa.
-Tú dirás.
-He recibido una citación del Juzgado y es por un asunto que, ahora mismo, ignoro por completo.
-¿De qué clase de Juzgado me hablas?
-De uno de instrucción.
-Vaya, un asunto penal, pero ¿en qué lío te has metido?
-No lo sé. Tengo que presentarme el próximo martes en la Comisaría. Para declarar, supongo.
-¿No te interrogó antes la policía?
-No, es la primera noticia que tengo.
-Bueno, debe ser algo que lleva directamente la policía judicial. Mira, vamos a hacer una cosa, dame lo datos y yo te lo miro.
La tarde anterior a la citación quedé con Fátima para que me pusiera en antecedentes. Fátima me dijo que se trataba del Seat 127, un testigo dio los números de la matricula de mi coche como causante de un atropello. Me quedé sorprendido.
-¿Sabes algo de esto?
-Nada.
-Seguramente es una confusión, el suceso ocurrió de madrugada y es fácil equivocarse con los números de la matrícula. ¿Cogiste el coche aquella noche? Creo que fue el 18 de Febrero, un sábado.
-Si, es posible. Casi todos los fines de semana lo utilizo, pero no recuerdo exactamente si esa noche lo hice.
-¿Has notado algún golpe en el Seat?
-La verdad es que sí, le noté una abolladura en el morro, en la parte derecha, el faro estaba suelto, pero pensé que había sido en la calle, alguien que aparcó mal, o algo así. De todas maneras-comentó Fátima- se trata de un anciano y la causa directa de su muerte no fue el golpe, que apenas le hizo caer. Según parece el coche pudo evitar el impacto directo. El hombre murió de un infarto. Debió se ser por el susto que se llevó.
-Vaya, si que lo siento.
Llegó el martes. El Juzgado estaba en el último piso de un edificio octogonal, donde, con criterios funcionalistas, se agrupaban las dependencias de las diferentes especialidades. Nada más entrar, en la pared izquierda, un panel indicaba los Juzgados existentes y su localización en un croquis. Al fondo, dos parejas de ascensores a cada lado de una escalera de caracol ridículamente angosta, hacían esperar a reducidos grupos de justiciables. No hay grandes diferencias entre un edificio de este tipo y unos grandes almacenes, en las horas punta el trasiego de gente es continuo, se espera turno para que a uno le atiendan y casi siempre te vas con algún papel en la mano, como si fuera el ticket de un artículo que hubieras comprado. El juzgado ocupaba una esquina de la tercera planta y a él me dirigí para presentarme. Nada más entrar di con una sala rectangular, donde se amontonaban alineadas una serie de mesas con sus correspondientes sillones, y en los sillones los respectivos funcionarios. Le hablé al más próximo a la puerta, un chico moreno que llevaba unas gafas metálicas.
-Estoy citado por este asunto.
Miró la citación y dijo:
- Un momento, por favor.
Se levantó y despareció por un pasillo. Un minuto más tarde apareció de nuevo:
-El juez está ocupado en este momento, si es tan amable espere fuera que enseguida le avisamos.
Estuve esperando un buen rato, hasta que el empleado que me había atendido vino a avisarme:
-Venga conmigo.
Me condujo a un despacho bastante amplio, escasamente decorado: paredes amarillo claro, una estantería grande con los inevitables volúmenes de Aranzadi y otros textos jurídicos, una fotografía del rey. El juez estaba sentado en un sillón de cuero y examinaba el expediente que tenía sobre la mesa. Una de sus manos, indolente, se posaba sobre un compendio de leyes penales.
-Siéntese-me dijo. ¿Sabe por qué se le ha citado?
-Si, he procurado enterarme antes de venir.
-Es un asunto grave, una persona ha muerto.
-Mire, sé que dicen que se trata de mi coche. No sé si es cierto o no, pero aunque lo fuera, le puedo asegurar que no era yo el conductor.
-¿Dónde se encontraba usted el sábado 18 de febrero a las dos de la mañana?
-Ahora mismo no sabría decirle, ha pasado un mes.
-Es importante, por su bien, que procure hacer memoria. Necesita que alguien corrobore su declaración.
-Espere un momento, creo que ese sábado fui al cine, a una sesión nocturna.
-¿Fue solo?
-Si, suelo ir solo.
-Muy bien, pasemos al coche. ¿Lo utiliza solamente usted?
-No, a veces se lo dejo a alguno de mis amigos.
-¿A qué amigo en concreto?
-Se lo he dejado a varios. Hay noches en las que me lo piden para ir a algún sitio que queda lejos. Si no me apetece ir y veo que quién me lo pide no ha bebido mucho, se lo presto.
-Es usted muy generoso.
-Con mis amigos procuro serlo.
-Por lo que sabemos hasta ahora, según testigos, era un hombre el que conducía.
-Yo no le puedo decir nada más, han sido ustedes los que me han informado a mí. Si le soy sincero, el más sorprendido con todo esto soy yo.
El juez me miró unos segundos, por encima de sus gafas de lectura.
-De acuerdo, por el momento confiscaremos su coche. No haga ningún viaje, podríamos llamarle de nuevo. Otra cosa, ¿lleva el carné de conducir encima?
-Sí
-Déjelo en Secretaría, se le va a retener provisionalmente.
Me levanté, pero antes de salir se me ocurrió decirle:
-¿Puedo hacerle una pregunta?
-Hágala.
-¿Como supieron mi dirección? Yo habitualmente resido en Coruña. Sé que allí no han llamado.
El juez repasó las primeras hojas del sumario y dijo:
-Aquí consta una denuncia contra usted, donde figura su domicilio en Santiago. Está escrita a máquina y entregada en Comisaría. No lleva firma.
CAPÍTULO OCHO
Se encontraban sentados frente a frente, como dos jugadores de ajedrez. Luis acababa de terminar el servicio militar, su piel olivácea recordaba los días al sol en tierras del sur. A mí siempre me daba la impresión de que podía haber hecho carrera castrense, era seguramente por ese aspecto rústico, desaliñado, de barba naciente, y esa mirada desafiante que a veces tenía, como si te retara a contravenirle. Sin embargo, aquella tarde, su imagen abatida, contradecía la expresión habitual. Matías le miraba a los ojos y fue el primero en hablar:
-Bueno, ¿Qué es lo que querías?-dijo Matías con evidente disgusto
-Es por ese asunto de Sebastián que me contaste. Me extraña tanto lo del accidente de coche-dijo Luis. Estoy preocupado por él.
-No tienes que preocuparte, seguro que es una confusión. Aunque, la verdad, es que podría ocurrir. Sebastián bebe mucho, además, es de esas personas a las que el alcohol vuelve indiferente a todo y son capaces de asumir más riesgos de los debidos.
-Yo no lo creo así, Matías. Es posible que alguna vez haya cogido el coche con alguna copa de más, pero nunca le he visto hacer tonterías.
-Mira, Luis, dejemos que la justicia haga su trabajo. Lo único que puedo decir es que si puedo ayudarle en algo, lo haré.
-Y yo también, por supuesto.
Matías mostraba signos de sentirse molesto, y alegando una excusa, se despidió de Luis. Este por su parte pensaba, con un temor atávico, que si Sebastián era culpable, de alguna manera lo seríamos todos. Quería entenderle, apoyarle, pero tenía miedo. Algo en su interior le decía que había que rehuirle, que su caída le arrastraría también a él. Era como si estuviéramos irremediablemente unidos y la perdición de uno se extendiera, cual epidemia, al destino de los demás, condenándonos en conjunto, por una especie de cooperación necesaria al delito, fuera quien fuese el verdadero autor o responsable. Esto también lo presentía Matías y ese riesgo no lo quería asumir, él era la esperanza, el libro abierto donde todavía se podían escribir líneas sin mancha, y Sebastián era la tinta mojada que convierte el coherente discurso de los hechos en agujero negro que absorbe el porvenir y lo mata. A Matías solo le interesaba la historia de Sebastián para contarla, no para participar en ella. Le espiaba a escondidas, le analizaba, convencido de que su extrañeza merecía un relato pormenorizado, algo más que la crónica de un suceso, pero de ahí a tener que purgar sus culpas existía una gran diferencia. No estimaba a Sebastián, le interesaba como espécimen de laboratorio, nada más .En su labor de detective no movería un dedo por él, tampoco le compadecería, iría anotando punto por punto los síntomas de su deterioro con el escrupuloso celo del investigador, solamente como tributo al testimonio que le debía. Pues era cierto que Sebastián le había ayudado, como nadie lo había hecho, cuando una depresión, el primer año de su reencuentro, le aisló del mundo. Pero de ahí nacía su resquemor. Hay quién alimenta el odio contra aquellos que conocen sus debilidades, y en vez de agradecimiento sienten un incontenible deseo de dañar al confesor, y esperan la ocasión como el cazador ronda a su presa, fingiendo una amistad inexistente, ocultando sus verdaderos sentimientos. Se convertiría en el cronista de una destrucción, de la bajada a los infiernos de su confidente ¡podría soñar con un triunfo mayor! Mentía cuando le dijo a Luis que a Sebastián no le pasaría nada, creía y deseaba con todas sus fuerzas que el proceso de su descomposición fuera imparable; ignoraba si la circunstancia del accidente sería el desencadenante, pero este, estaba seguro, suponía una buena oportunidad para sellar la suerte de Sebastián. ¿Qué esperaba Luis que hiciera él? Luis, tras sus rasgos de rudo montañés, escondía un temperamento débil. Y la debilidad, era lo que menos necesitaba Matías.