Las arrugas de su rostro plagaban de sonrisas
el rumor del agua que descendía de la montaña.
Allí, sin inviernos, se detenía el tiempo.
No había más voces que las poesías
y allí regresaba una y otra vez
a terminar su haiku
El anciano sabía
que al transcribir el último candji
de la última frase,
escribiría también el fin de su vida
y sus ojos descansaron
en el campo de las rosas de azafrán.
pierdo tu rastro entre las madreselvas
y tu recuerdo es demasiado bueno
para negárselo a nuestros ojos,
ávidos de néctares de malvasía.
Mirando al norte,
tus ojos almendrados
hallarán calor, decías…
Los papiros rosáceos
traducen los murmullos
de las campánulas
y sigo tus pasos,
pero he de volver
con las gaviotas.
Te beso, sur
en tu corazón
florecen los cerezos.
©MAR – 22-02-2019