Elegía del bosque
Publicado: Sab, 08 Nov 2025 12:42
Elegía del bosque
El bosque del adiós
Aquí, entre los árboles húmedos,
mi alma busca tu sombra,
y el viento, en su rumor, pronuncia tu nombre
como si aún quedara en el aire
el temblor de tu voz perdida.
El musgo cubre las piedras
donde apoyamos nuestras manos,
y cada hoja que cae
lleva consigo un recuerdo,
una promesa rota,
una mirada que no volvió.
Oh, mi amor,
cuánto te nombro en silencio,
cuánto te busco en el aire,
si el cielo supiera cuánto te lloro,
derramaría estrellas sobre mis pasos
para que no anduviera sola
por este bosque de adiós.
Mas no hay consuelo en la noche
y la luna, indiferente, alza su rostro pálido
y vierte su luz sobre mis lágrimas,
como si quisiera grabar en ellas
la huella de tu ausencia.
El río murmura palabras antiguas,
que sólo mi corazón comprende,
me habla de lo que fue,
de los besos que el tiempo devora,
de las manos que ya no se buscan.
Y yo, errante entre los álamos
quisiera dormirme en la raíz del primer árbol,
dejar que la tierra me cubra el pecho,
que los pájaros canten sobre mí
la canción que tú cantabas.
Entonces, quizá,
cuando el alba despierte entre las hojas,
mi alma, cansada de llorarte,
suba con el humo de la aurora
a encontrarte, por fin, en el silencio.
Pero el silencio no termina,
se extiende como un manto sobre el bosque,
y en su hondura escucho aún tus pasos,
ligeros, desvaneciéndose entre las hojas.
Te busco con los ojos del alma,
mas sólo hallo el temblor del aire,
esa tibia presencia invisible
que se posa en mi hombro
como una caricia que no existe.
Quizá no te has ido;
vives en cada destello del rocío,
en la bruma que envuelve los caminos,
en la dulce tristeza de la tarde
que derrama su oro sobre el horizonte
Yo, que fui llama, soy ahora sombra;
pero mi sombra te recuerda.
En cada latido tu nombre persiste,
en cada respiro se alza tu imagen,
tan lejana y tan viva,
como si el tiempo no supiera olvidarte.
Y así sigo, perdida en tu eco,
dejando que el dolor me nombre,
pues sólo en su voz —oscura y fiel—
vuelvo a sentir que aún te amo.
El duelo eterno
Mas no hay fin para mi pena.
Cada amanecer me devuelve al mismo umbral,
a ese instante suspendido
donde tu nombre arde y se apaga.
Sigo escuchando tu canto en el viento,
buscando tus ojos en el agua,
sigo perdiéndome, día tras día,
en la sombra que dejaste en mi pecho.
El bosque me reconoce ya por mi llanto,
las hojas me llaman por mi silencio;
y yo, atada a tu recuerdo,
camino sin rumbo, sin consuelo,
amando todavía lo que el tiempo
se niega a devolverme.
La unión en la muerte
Y cuando la noche definitiva me llame,
no temeré su abrazo silencioso.
Iré hacia ti, desnuda de memoria,
dejando caer mi cuerpo como hoja antigua
en el regazo del sueño eterno.
Allí, donde no existe el tiempo,
donde el dolor se disuelve como el humo,
tus manos me esperarán abiertas,
y tu voz —aquella canción primera—
volverá a nacer entre los astros.
Entonces sabré que la muerte
no era sino tu puerta, amor mío
y que mi llanto, gota a gota,
fue el camino de regreso a ti.
El bosque del adiós
Aquí, entre los árboles húmedos,
mi alma busca tu sombra,
y el viento, en su rumor, pronuncia tu nombre
como si aún quedara en el aire
el temblor de tu voz perdida.
El musgo cubre las piedras
donde apoyamos nuestras manos,
y cada hoja que cae
lleva consigo un recuerdo,
una promesa rota,
una mirada que no volvió.
Oh, mi amor,
cuánto te nombro en silencio,
cuánto te busco en el aire,
si el cielo supiera cuánto te lloro,
derramaría estrellas sobre mis pasos
para que no anduviera sola
por este bosque de adiós.
Mas no hay consuelo en la noche
y la luna, indiferente, alza su rostro pálido
y vierte su luz sobre mis lágrimas,
como si quisiera grabar en ellas
la huella de tu ausencia.
El río murmura palabras antiguas,
que sólo mi corazón comprende,
me habla de lo que fue,
de los besos que el tiempo devora,
de las manos que ya no se buscan.
Y yo, errante entre los álamos
quisiera dormirme en la raíz del primer árbol,
dejar que la tierra me cubra el pecho,
que los pájaros canten sobre mí
la canción que tú cantabas.
Entonces, quizá,
cuando el alba despierte entre las hojas,
mi alma, cansada de llorarte,
suba con el humo de la aurora
a encontrarte, por fin, en el silencio.
Pero el silencio no termina,
se extiende como un manto sobre el bosque,
y en su hondura escucho aún tus pasos,
ligeros, desvaneciéndose entre las hojas.
Te busco con los ojos del alma,
mas sólo hallo el temblor del aire,
esa tibia presencia invisible
que se posa en mi hombro
como una caricia que no existe.
Quizá no te has ido;
vives en cada destello del rocío,
en la bruma que envuelve los caminos,
en la dulce tristeza de la tarde
que derrama su oro sobre el horizonte
Yo, que fui llama, soy ahora sombra;
pero mi sombra te recuerda.
En cada latido tu nombre persiste,
en cada respiro se alza tu imagen,
tan lejana y tan viva,
como si el tiempo no supiera olvidarte.
Y así sigo, perdida en tu eco,
dejando que el dolor me nombre,
pues sólo en su voz —oscura y fiel—
vuelvo a sentir que aún te amo.
El duelo eterno
Mas no hay fin para mi pena.
Cada amanecer me devuelve al mismo umbral,
a ese instante suspendido
donde tu nombre arde y se apaga.
Sigo escuchando tu canto en el viento,
buscando tus ojos en el agua,
sigo perdiéndome, día tras día,
en la sombra que dejaste en mi pecho.
El bosque me reconoce ya por mi llanto,
las hojas me llaman por mi silencio;
y yo, atada a tu recuerdo,
camino sin rumbo, sin consuelo,
amando todavía lo que el tiempo
se niega a devolverme.
La unión en la muerte
Y cuando la noche definitiva me llame,
no temeré su abrazo silencioso.
Iré hacia ti, desnuda de memoria,
dejando caer mi cuerpo como hoja antigua
en el regazo del sueño eterno.
Allí, donde no existe el tiempo,
donde el dolor se disuelve como el humo,
tus manos me esperarán abiertas,
y tu voz —aquella canción primera—
volverá a nacer entre los astros.
Entonces sabré que la muerte
no era sino tu puerta, amor mío
y que mi llanto, gota a gota,
fue el camino de regreso a ti.