Envejeces sin plena conciencia
del cambio. A veces, caes
en la cuenta del anciano
que usurpa tu nombre
cuando tienes
que apuntar la hora de la cita,
o te haces repetir las indicaciones
de una calle.
Callas y levantas
la mirada al cielo
como perdido
en un laberinto ajeno,
o miras al extraño que se refleja
en el escaparate y piensas: ¿quién es
ese hombre con el cabello blanco
y la mirada estremecida?
Han pasado los años,
tiempo que guardas en carpetas azules
perfectamente ordenadas...
¿para qué abrirlas
sino para esperar
que un alocado viento
del olvido,
con su soberbio soplo
vuele las cenizas
de nuestra vida?**