Nuevo Ritual de Mutilaciones. Poema nº 2
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Ramón Castro Méndez
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Nuevo Ritual de Mutilaciones. Poema nº 2
larga sombra en los ojos del viajero
que contempla la desnudez de la tarde.
A este babel de lenguas llegan los gritos
de los náufragos. Su voz hecha de periódicos
viejos que se van amontonando.
Qué póstuma oración desconcertó
nuestro pecho.
Verte y no verte me hizo temblar
como a un invierno con el peso de una sombra
en la garganta. Solo un cadáver desubicado
y un ascua que lo atravesaba.
Así y todo, traía el corazón henchido,
el músculo perfecto que más amor no cabe,
la luz derramaba sobre mí su delirio,
mientras buscaba en ti ese sueño compartido.
Como los de tu estirpe, te asentabas sobre el trono
de las nubes en la ciudad etérea.
Vivías yendo de sueño a sueño, seguías a la estrella
amordazada si sus designios te eran favorables.
Hallé tu rostro en el carmín encendido de tus labios
dando forma a la tristeza, vivías en la acuarela de tu mar.
En tanto, un astro hacía comunión con tu dolor
como un malva en cada esquina, tan turbador como cenizas
de noche.
Hay extrañas nubes en tu cielo, donde apenas te sostienes
por tu pie y un sauce corona tus hombros. Fija la mirada
en el abismo, entregada a una calma que te huye del pecho.
Venías de las tardías fronteras del estío donde la muerte
no llega.
¿Bajo que paisaje dejaste de viajar conmigo
por más que despertemos juntos?
No entiendo tu exégesis de mar cuando ya no importo
en tu taxonomía de aves, ni les sumo vida.
Pese a todo, permaneces sentada a mi lado
sobre aciago octubre llegado de un tiempo de tinieblas.
Ahora sé que todos los poetas que merecen la pena
están enterrados vivos en el blues. La muerte
nunca hizo de nosotros cita a ciegas. Todo ha cambiado
y vivir me ha vuelto perezoso, así que puedo dejarme morir
en cualquier parte.
Berlín se abre paso sobre el cielo de París. Sin avisar
suena un acordeón envenenado por la música.
El día se apaga a cualquier hora, la arena del reloj
mana de mis venas abiertas, y al anochecer Pigalle
se llena de santos hombres de neón elevando su prédica,
y mujeres licántropo. Hay confusión en mi día
donde reina el cansancio y su norte de montaña herida
por la niebla.
En Bruselas el muecín llama a la oración rompiendo
un silencio de nudos. Como brasas, los ojos parecen gritar:
¡Disparad sobre nosotros, el enemigo está dentro!
que te tortura el no poder escribir
o que
no puedes escribir porque estás torturado?
¿Dices
que estos tiempos te han convertido en un escéptico
o que
estos tiempos confirman tu escepticismo?
SAM SHEPARD