El oficio de desobedecer

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Silvia Savall
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El oficio de desobedecer

Mensaje sin leer por Silvia Savall »

EL OFICIO DE DESOBEDECER

Una mañana cambié las flores de sitio.

Las aparté de la ventana,
de aquella luz obediente
que llegaba cada día
a la misma hora.

Las dejé en un rincón
donde la sombra
tenía la costumbre de quedarse.

No sé por qué lo hice.

Tal vez estaba cansada
de ver crecer las cosas
hacia donde alguien
había decidido por ellas.

Después abrí las ventanas.

Dejé que el viento
levantara las cartas,
que el polvo encontrara
su lugar sobre los muebles,
que la tarde entrara en casa
sin llamar a la puerta.

Nadie advirtió nada.

El reloj siguió repartiendo horas,
el pan envejeció sobre la mesa
y las paredes conservaron
el silencio de siempre.

Y empecé a faltar
a los lugares donde mi nombre
siempre estaba escrito.

Dejé algunas preguntas
durmiendo entre los labios,
algunas promesas
colgadas detrás de la puerta.

Dejé de sujetar los días,
de guardar en mis manos
las horas que otros
dejaban caer.

Algunas palabras
se quedaron sin respuesta,
y el silencio fue ocupando
el lugar de mis disculpas.

No hubo grandes despedidas.

Nadie escuchó romperse nada.

Solo una mujer
que aquella mañana
se sentó a desayunar despacio
y dejó enfriarse el café
por primera vez en muchos años.

Al otro lado de la habitación,
una flor había empezado a abrirse
en mitad de la sombra.

La miré durante un largo rato.

Después acerqué la taza a mis labios.

El café estaba frío.

Y, sin embargo,
nunca me había sabido tanto
a vida.

Silvia Savall
Me acostumbré a perseverar
lo que otros tenían
hasta que el azar me descubrió
Silvia Savall[/i]
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Gustavo Cavicchia
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Re: El oficio de desobedecer

Mensaje sin leer por Gustavo Cavicchia »

Un rayo de sol también puede hacer un desierto. En tu caso, la bella luz es la exigencia de un otro despiadado; y lo que es oscuridad es el renacer de la propia identidad: la afirmación de que somos luces y sombras dispuestas que, solo en la integración total de nuestro ser, llegaremos a una plena personalidad. La felicidad, pues, es un verdadero sentimiento y, como tal, permanente. Tu poema me ha encantado a pesar del café frío y amargo, Silvia. Mi cordial saludo.
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No Sé qUé CosA apReté
QuE sE hiZo la NocHE.

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