
Desprendida de la tierra, volé hasta alcanzar el tejado. El sombrero se elevó, dibujando un torbellino en la altura, y mis ojos se resistían a la incredulidad ante lo que flotaba allí arriba: una extraña formación de cinco o seis sombreros suspendidos, coronas sin cuerpo congregadas donde el Gólgota o los pensamientos suicidas se atreven a desafiar el vórtice de las estrellas. Aquella danza de identidades vacías obligó a mi frente a sepultar una certeza: la muerte separa los niveles de comprensión.
¿Qué sé yo de poemas escritos como lazos secretos, como rastros de antiguas marcas y píldoras rojas de Pomerage? ¿Qué sé yo? Me importa, pero el olvido ha borrado aquello que un día me arrebató la vida. Hoy, mi mente se limita a proyectar el alma en fragmentos de un libro sin rostro, mientras avanzo con extraña alegría hacia una cúpula o hacia un pozo sin fondo. La frontera se desvanece; soy el vértigo que borra el contorno del cielo.

