El carné azul

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Sonia Puebla
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Registrado: Mié, 01 Jul 2026 15:46

El carné azul

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En aquellos días, las gafas de los niños eran todas feas, las mías también. Aun así, ya me había acostumbrado a ellas; formaban parte de mí, como los pendientes de oro, el lazo de raso en la coleta y el reloj de la Primera Comunión. Tenía miopía y una cosa llamada estrabismo, por eso era la única niña con gafas en clase. «Los ojos hay que cuidarlos, porque la vista se cansa», repetía mamá con rostro serio, pero hasta ella sabía que a veces no quedaba otra. Era un tiempo en el que el colegio mandaba deberes, exigía leer textos y hasta aprender lecciones.
Mi hermana mayor no necesitaba gafas, por eso podía leer los libros que le prestaban. En casa no había novelas, solo algunos cuentos con dibujos de cuando éramos muy pequeños. Varias veces aproveché que estaba haciendo un recado para correr a su mesilla y tomar sus historias prestadas, pero resultó frustrante: descubrí que Corín Tellado no era para mí. La novela romántica tenía besos y muy poca aventura. ¡Cuánto echaba de menos los libros que nos mandaba mi señorita! Pero solo era uno por trimestre. Atrás quedaron La hija del espantapájaros, El tesoro del molino viejo y La isla de coral. Las vacaciones de verano traían consigo la sequía literaria.
La piscina municipal concentraba la diversión estival. La pandilla de mi calle nos esperábamos para ir juntos todos los días, después de las cuatro de la tarde, porque había que esperar a hacer la digestión. Zambullida, nadar hasta la escalera y volver a empezar. Cuando los dedos estaban suficientemente arrugados era la señal de que había llegado la hora de la merienda. Y ahí empezó todo.
Una tarde, tras el bocadillo de chorizo, mi vecino Fernando sacó de su bolsa de tela un libro de Los cinco, y su hermano José, otro. «Para la media hora de digestión» dijeron al unísono. Su casa era una copia de la mía, no había novelas, ni siquiera prestadas de Corín Tellado. Puedo reconocerme con los ojos de sorpresa y tres palabras en la punta de mis labios: ¿cómo era posible?
Observé con atención ambos libros. No podían ser un regalo, estaban muy gastados. Así que llegué a la conclusión de que si mi hermana tenía una benefactora que le prestaba novelas románticas, mis vecinos también debían de tener a alguien. Había que descubrirlo.
—Muy fácil, en la biblioteca municipal —soltó Fernando como si fuera la cosa más simple del mundo.
—Pero, ¿dónde?
—Encima del polideportivo. Les llevas dos fotos y pagas cien pesetas —contestó José con aire de importancia.

Pasé varias semanas pensando en cómo conseguir las fotos y el dinero. Mi hucha estaba sequita y no podía decir en casa que quería ser socia de la biblioteca. La vista se cansa y hay que cuidarla. Tampoco podía pedir ayuda a mi hermana, terminaría contándoselo a mi madre como con todas mis cosas.
Mientras mi cabeza daba vueltas a cómo llevar a término mi propósito, mis vecinos devoraban lecturas todas las tardes. No me parecía muy justo. Estuve a punto de claudicar, no había esperanza. Pero llegó septiembre, y aunque eso suponía más obligaciones, como ir a las clases de Confirmación y limpiar los zapatos de la familia, trajo consigo una situación inspiradora.
Estábamos en la cocina. Mi madre terminando de hacer la cena, mi padre ya sentado para comer y yo ponía la mesa. Cuando mi hermana entró, ya tenía el monedero de mi madre en su mano y con el aire de las que tienen dieciocho años dijo:
—Mamá, te cojo dinero para las fotos del examen de mecanografía.
—Sí, mamá —solté de pronto—. Yo también.
Los tres volvieron su mirada hacia mí, justo en el momento en el que mis zapatillas se quedaron fijas en el suelo.
—Yo…, yo—acerté a decir— es que las pidió el catequista, para mañana, pero…, se me olvidó —eso salió con tal maestría que parecía que hubiera mentido toda mi vida.
—Esta chica… —resopló mi madre visiblemente disgustada —. Vaya cabeza de chorlito, para una cosa que tiene que recordar.
—Sí, mamá.
Sacó un billete azul de quinientas pesetas y me lo entregó.
—Sí, y también tengo que llevar cien pesetas para…, para la Iglesia.
—Los curas siempre pidiendo —objetó mi padre.
Con los ojos fijos en el suelo salí corriendo hasta el dormitorio para guardar mi fortuna. Sabía que el domingo tendría que decírselo a don Aniceto para poder comulgar.
El billete me quemó todo el día siguiente hasta que tuve en mis manos las fotos. Crucé a toda prisa el parque de la ermita y me planté en el edificio del polideportivo municipal. Un folio pegado a la pared con una sola palabra escrita en rotulador negro y una flecha hacia la escalera: biblioteca. Una puerta de sapeli me llevó a la sala, un pequeño espacio con no más de diez estanterías. Olía plastilina, qué raro. Los estantes estaban repletos de libros, unos encima de otros, aplastándose. Quise llegar hasta ellos, pero la señora sentada en la mesa de la entrada me pidió el carné.
—Sí, yo tengo dos fotos y también cien pesetas— dije de forma atropellada al tiempo que lo sacaba del bolsillo del vaquero.
La mujer tomó las fotos y el dinero y rellenó dos carnés, uno verde de lectura y otro azul para el préstamo. Luego me obsequió con una sonrisa.
—Bienvenida, Sofía, a la biblioteca municipal.
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