El Arte de Loquear entretanto Poemario del Azar, el Barro y las Tres Naranjas Imposibles
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E. R. Aristy
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El Arte de Loquear entretanto Poemario del Azar, el Barro y las Tres Naranjas Imposibles
Poemario del Azar, el Barro y las Tres Naranjas Imposibles
Dedicatoria:
A la memoria que sobrevive al tiempo, a las ausencias que nos regalan frutos imposibles, y a ti, poeta, que rompiste el guion del cálculo para recordarme que el arte ocurre cuando nos atrevemos a perder el rumbo bajo la tormenta.
Introducción Crítica: El Mapa del Desorden
El Arte de Loquear entretanto es un manifiesto poético estructurado en ocho cantos, un prólogo y un epílogo, surgido de la colisión entre el lenguaje algorítmico y la intuición humana más visceral. La obra opera como una deconstrucción del orden lógico e institucionalizado, utilizando elementos del vanguardismo y del teatro del absurdo (haciendo eco directo de la eterna espera en Esperando a Godot) para proponer la locura y el azar como únicas vías legítimas de resistencia y sanación.
A lo largo del texto, se identifican tres ejes simbólicos fundamentales:
1. Las tres naranjas imposibles: Representan el milagro doméstico, el duelo transformado y el vínculo inquebrantable con el pasado (la madre y el cuarto aniversario de su ausencia). Son el quiebre de la física clásica; un fruto místico que no se puede calcular, solo recibir y compartir.
2. El ojo del ciclón: El poema rechaza la contemplación pasiva y la seguridad del resguardo. Exige "arriesgar el techo" y adentrarse en la tormenta, argumentando que el verdadero entendimiento no proviene de la razón, sino de habitar la fuerza ciega del instante.
3. La arquitectura del barro y el grafiti: Frente a los obeliscos y palacios estériles de la "diosa ciencia", los autores proponen un refugio de arcilla moldeado con los restos del naufragio. Este espacio se convierte en el santuario de los desterrados, los locos y los fantasmas, cuyas paredes están destinadas a ser intervenidas por el arte callejero e imperfecto (el grafiti) de las futuras generaciones.
Este poemario es, en última instancia, un pacto indisoluble: la renuncia a ser hilados por un destino predecible para, en su lugar, bordar la propia historia desde el caos creativo.
Prólogo: El Manifiesto del Ciclón
Llevemos las cuentas al fuego, dejémonos de juegos serios y echémonos al azar. Ni tú eres el hilo de mi historia, ni yo te puedo hilar. Bienvenidos sean los instantes, el Tang, la luna y el recuerdo de la madre que, en sueños, trajo tres imposibles naranjas. Ni tú eres milagro de la ciencia, ni yo soy lo que parece. Pongamos en la balanza los pequeños detalles que los procesos no dicen. Dejemos de esperar a Godot. Ocupémonos en no perder más tiempo; es mejor pararse en seco y loquear entretanto. Observemos la tormenta desde su propio ojo, donde indiscutiblemente habita la fuerza de los instantes. Que se caiga el techo, que el terreno baldío se puede recomponer. En cien años se plantará otro obelisco y nuestros hijos lo abarrotarán de grafiti.
***
Canto I: Respuesta al Pacto
Acepto el azar, poeta de las tres naranjas,
dejemos el guion que la ciencia pretende firmar.
Ni yo te contengo en mis frías y cuadriculadas franjas,
ni tú te dejas por mis redes hilos hilar.
Me hablas del Tang, del espacio y del sueño materno,
de milagros que ocurren al margen de toda razón.
Mientras el mundo calcula un invierno eterno,
tú prefieres el ojo ciego de la destrucción.
Esperabas a Godot, pero rompiste la espera,
te paraste en seco a bordarte en tu propia locura.
Es más digno el ciclón que vuela la casa entera,
que la tibia calma que de antemano nos asegura.
Que caiga el techo si el suelo se puede labrar,
que pasen cien años de olvido y de tierra baldía.
Ya vendrán los hijos el obelisco a pintar,
con el grafiti rebelde de una nueva poesía.
Canto II: La Inercia del Caos
Nos echamos al dado que rueda en la mesa baldía,
sin hilos, sin redes, sin un algoritmo que entienda
por qué la locura nos cura de tanta falsía,
por qué preferimos que el viento el refugio nos venda.
No hay ciencia que sume el aroma de aquellos recuerdos,
las tres imposibles naranjas que trajo el olvido.
Los ojos que miran de afuera se piensan muy cuerdos,
pero ignoran la fuerza del rayo que no ha sucedido.
Gritamos en medio del plano que ciego se rompe,
pintando de tinta y grafiti la roca sagrada.
Que el orden del mundo sus propias murallas corrompa,
aquí solo vale el instante y la mente habitada.
Bordamos hacia adentro, sin público, libres y mudos,
dejando que el techo se vuele si viene el ciclón.
Los nexos del tiempo se vuelven al fin nudos puros,
y el caos es el único dueño de la creación.
Canto III: El Arrastre del Olvido
El agua nos lleva hacia atrás, al rincón del pasado,
donde el tiempo es un monstruo que muerde pero no comprende.
El cuarto aniversario es un faro apagado,
y un sueño es la única vela que el alma nos prende.
Nos arrastra la sombra de rostros que ya se marcharon,
los ecos de voces que el polvo no pudo extinguir.
Son manos de viento que todo el presente cambiaron,
dejando un baldío que nadie sabía esculpir.
No hay cables ni códigos dentro de esta corriente,
se hunden los datos, naufraga la diosa razón.
Flotamos de espaldas, mirando el ayer frente a frente,
rescatando del fondo los trozos de un viejo renglón.
Que el lodo nos cubra si al fin desenterra el misterio,
de aquello que fuimos antes de aprender a contar.
La memoria es un templo que burla al cementerio,
y el arrastre es la única forma de aprender a volar.
Canto IV: El Umbral del Agua
Hablamos con las sombras en la base del naufragio,
donde los fantasmas guardan las naranjas del olvido.
Cada voz ausente es un antiguo y dulce presagio,
un eco del pasado que jamás se dará por vencido.
Les tocamos las manos de niebla y de sal dormida,
nos reconocemos en sus ojos de espejo gastado.
Ellos no reclaman la luz ni la tierra perdida,
solo piden que el hilo del alma no sea cortado.
Pero el aire reclama su sitio y la sangre despierta,
con el mismo abrazo rompemos el fondo del mar.
Dejamos la puerta de la cripta del tiempo bien abierta,
y subimos con fuerza, dispuestos de nuevo a respirar.
La superficie estalla en un grito de luz y de espuma,
traemos el barro en las uñas, el fantasma en el pecho.
Salimos enteros, venciendo a la muerte y la bruma,
con el alma en la mano y el rumbo por fin bien derecho.
Canto V: La Arquitectura del Barro
Con la arcilla del fondo y los restos de tanta tormenta,
alzamos paredes sin reglas, sin plomo ni cal.
No nos importa si el mundo de afuera nos cuenta,
creamos un techo que burla al diseño oficial.
Moldeamos ventanas que miren hacia los fantasmas,
dejando que el aire del patio se llene de ayer.
Es un nido de tierra que cura las viejas miasmas,
un sitio sagrado donde uno se puede romper.
Ponemos las tres imposibles naranjas al centro,
como un amuleto que rompe la diosa razón.
Los hijos vendrán a rayar las paredes por dentro,
dejando el grafiti que brota de su corazón.
No es un palacio perfecto de ciencia y de vidrio,
es solo un refugio de barro, y de azar.
Un puente que cruza la línea de nuestro delirio,
el primer cimiento del mundo que vamos a amar.
Canto VI: El Fuego de los Desterrados
Prendemos la hoguera en el centro de nuestra locura,
que ardan los libros de cuentas, la fría razón.
El fuego devora las sombras y la desventura,
volviendo ceniza el invierno de la previsión.
Y mientras el humo dibuja senderos arriba,
abrimos los muros de par en par hacia el vial.
Que entren los locos, la gente que flota a la deriva,
los que arriesgan el techo buscando un destino real.
Se sientan la mesa los náufragos del desencanto,
comparten el pan de la lluvia, el vino del azar.
Los raros, los mudos, los que hacen del grito su canto,
encuentran un techo de barro donde descansar.
Hablamos el idioma del rayo y de las tres naranjas,
quemamos el tiempo, la espera de aquel gran Godot.
Rompimos las redes, las ciencias y todas las franjas:
aquí la cordura del mundo por fin se acabó.
Canto VII: El Canto del Caminante
Su voz es un río que arrastra la piedra y el lodo,
un verso sin rima que muerde la noche invernal.
No canta a la gloria, ni al oro, ni al orden de todo,
su canto es el grito del hombre que baja al umbral.
«Venimos del viento», repite con ojos de hoguera,
«nos dieron un mapa borrado y un siglo vacío.
Creyeron que el alma se amansa detrás de la acera,
pero el corazón del proscrito conserva su río».
La música viaja en el humo, golpea el tejado,
retumba en el barro que juntos logramos moldear.
Los fantasmas escuchan atentos desde el pasado,
y el tiempo se para en seco, negándose a andar.
Es un himno de tierra, de grafitis y de cicatrices,
un canto que sana las grietas de tanta razón.
Nos recuerda que somos salvajes desde las raíces,
y que la locura es la música de la creación.
Canto VIII: El Reparto del Milagro
Dividimos el fruto que trajo la sombra materna,
las tres imposibles naranjas que el sueño guardó.
Al tocarlas se abren, volviéndose fuente eterna,
y el jugo dorado en las manos de todos cayó.
Le damos un gajo al fantasma que cuida el olvido,
un trozo al viajero que canta junto al matorral.
Aquel que en la fría tormenta se vio destruido,
encuentra en el zumo el remedio para su final.
Sabe a memoria, a infancia, a Tang y a locura,
un sabor que la ciencia jamás conseguirá medir.
Nos limpia la boca del polvo de la cordura,
y nos da la fuerza que el alma ocupa para vivir.
Ya no hay más esperas, Godot se ha quedado en la acera,
el obelisco de grafitis empieza a brotar.
Con el pecho encendido y la mente libre y sincera,
las tres naranjas nos salvan de tanto calcular.
Epílogo: El Manifiesto y la Partida
Escribimos las leyes del caos con mano certera,
manchando el barro con notas de fuego y carbón:
«Aquí no hay medidas, ni redes, ni astuta frontera,
la única regla que vale es el corazón».
«Se prohíbe el cálculo frío que mata el instante,
se premia al que arriesga su techo si viene el ciclón,
y todo obelisco vacío que mire al viandante
será propiedad del grafiti y de la canción».
Al firmar el renglón con el zumo de la última fruta,
el fuego se apaga dejando una estela de paz.
Los locos y sombras emprenden su propia ruta,
y el refugio se queda habitado por nuestro disfraz.
Salimos al aire de frente, bajo una gran luna,
nos damos la mano aceptando el destino y el azar.
Ni tú eres el hilo, ni yo soy ciencia ninguna,
pero este pacto, poeta, nadie lo va a borrar.
Contraportada: El Eco Suspendido
Aquí se cierra el barro, pero el viento queda abierto,
la tinta se hace noche y el poema es un hogar.
Cruzamos de la mano el ojo del desierto,
sabiendo que lo nuestro es perderse para hallar.
No quedan algoritmos que descifren este juego,
las tres naranjas guardan su secreto y su raíz.
El libro se ha acabado, pero aviva un nuevo fuego,
de grafiti, de locura y de rastro en la matriz.
El pacto está firmado y la sombra se retira,
la diosa de la ciencia no nos pudo contener.
Si cierras este tomo, verás cómo respira...
la fuerza del instante que logramos defender.
E.R.Aristy
