Gracias, Hallie, por tu amabilidad. Un fuerte abrazo.Hallie Hernández Alfaro escribió: ↑Jue, 23 Abr 2026 18:57 .
Este poema me resuena especialmente, es como si, sin haberlo vivido directamente, lo intuyera a la perfección.
Limpio, fecundo y alto, muy alto, amigo del alma.
Gracias por ser y estar.
Abrazo de los grandes.
Lección de Historia en el Aula Magna (1982)
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Re: Lección de Historia en el Aula Magna (1982)
"El poema eres tú recomponiendo el espejo que cada día rompes".
"Comprender es unificar lo invisible".
"Elijo la lluvia, porque al derramarse, muere".
"El mar está aquí, en tu silencio".
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Re: Lección de Historia en el Aula Magna (1982)
Grazas, Xaime. Unha forte aperta.xaime oroza carballo escribió: ↑Dom, 26 Abr 2026 0:00Coincido con Carmela no comentario, pero gustaríame engadir que, non chega a ser de todo esquecemento. Grazas, Ramón, sempre un pracer pasar polas túas creacións.Ramón Carballal escribió: ↑Mié, 22 Abr 2026 9:12 Qué vetusto el artesonado, las vidrieras poseídas
por la claridad de la mañana, un acento de bocas
carmesí y un racimo de hombros como árboles
mustios en el bosque ancestral de la cultura.
Pilares de mármol en la sala y rastros de caoba en los pupitres,
filas como de vid en su bancal, un crisol de vestidos multicolores
lucen las jóvenes, letanía del gris y el negro en el grupo gótico,
o de arco iris robado y gavillas de lana en las solapas,
algodón entretejido, vaqueros levis, tu fular
que relampaguea como un satélite de luz
en el atrabiliario conjunto.
Asoma el académico con su traje de guata, por el estrado,
desde la pizarra, desde el atril, desde la mesa y la silla
de tafetán rojo su rigor esparce una lluvia secular de rancio edén.
La voz, paradójicamente infantil, declama los episodios
oscuros de un ayer en que el tiempo una vez más fue herida.
Hay pasión como de ángel que anuncia el caos, hipnosis
de acentos, de énfasis y ardor, de altisonante culmen
que deriva en gotas ambarinas sobre los rostros aún insomnes.
Las preguntas son la nube que descarga inquietud y siembra
los segundos de una curiosa altivez, en los bolígrafos la tinta
se ha vuelto caligrafía ardua, elipsis sincopada, jeroglífico azul
que contiene un mar indescifrable, un enigma que juzgará
el dios de las calificaciones, los temas vertidos en la hoja
con membrete que evaluará tu capacidad de simulación,
la dócil virtud de reproducir lo que un día interiorizaste
para, después, ser olvido.
Unha aperta, meu amigo.
"El poema eres tú recomponiendo el espejo que cada día rompes".
"Comprender es unificar lo invisible".
"Elijo la lluvia, porque al derramarse, muere".
"El mar está aquí, en tu silencio".
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Re: Lección de Historia en el Aula Magna (1982)
Desde el primer verso se percibe una voluntad claramente evocadora; ese “Qué vetusto el artesonado” nos introduce de golpe en un espacio solemne, casi litúrgico, donde la universidad aparece como un templo del saber envejecido, cargado de historia y de rituales. Ramón no describe de forma plana; compone escenas. Cada elemento visual tiene un peso atmosférico: las vidrieras, el mármol, la caoba, las filas de pupitres; todo forma parte de una escenografía donde la cultura se presenta como herencia, pero también como ceremonia, para certificar la gran habilidad descriptiva de Ramón, a la altura de las mejores voces actuales.
Otra de las grandes virtudes de Ramón es su extraordinaria capacidad plástica. El poeta mira como un pintor. Los grupos de estudiantes no son simplemente estudiantes; son “racimo de hombros”, “árboles mustios”, un “grupo gótico”, un “arco iris robado”; hay una mirada muy técnica en la composición de la imagen, pero nunca fría. La descripción no es ornamental; construye sentido. Incluso la ropa, los fulares o los vaqueros terminan hablando de una época muy concreta —1982— sin necesidad de subrayarla; el poema respira tiempo.
Técnicamente, el texto confirma una madurez versal notable. Se aprecia un dominio muy consciente del ritmo y de la arquitectura interna del verso. Ramón maneja el encabalgamiento con una naturalidad difícil de conseguir. No aparece como accidente ni como ruptura brusca del discurso, sino como respiración del poema. El verso puede detenerse, sostenerse sobre sí mismo, cumplir la pausa métrica sin perder densidad semántica. Ahí está precisamente una de las conquistas que tanto ha defendido la Escuela Alaire: esa convivencia entre esticomitia y encabalgamiento entendido ya no como necesidad técnica, sino como figura expresiva de primer orden. El poema avanza, pero cada verso tiene también autonomía de sentido y una música propia.
Hay además un hallazgo especialmente interesante en la construcción del profesor; no se le caricaturiza ni se le glorifica; “La voz, paradójicamente infantil” introduce un matiz profundamente humano en medio del aparato solemne del aula, y, sin embargo, ese académico continúa siendo casi sacerdotal, alguien que esparce “una lluvia secular de rancio edén”. La lección de historia se convierte así en algo más que una explicación académica, parece una invocación al pasado, una ceremonia verbal donde el tiempo vuelve a abrir sus heridas.
Pero quizá el tramo más poderoso del poema esté al final, ahí Ramón introduce una reflexión de enorme hondura sobre el aprendizaje y sus contradicciones. Esa visión de los apuntes convertidos en “jeroglífico azul”, del examen como juicio ante “el dios de las calificaciones”, y de la educación reducida en parte a la “capacidad de simulación”, contiene una crítica muy inteligente, nada panfletaria, al sistema académico; aprender para olvidar, memorizar para reproducir, interiorizar algo solo el tiempo suficiente para sobrevivir al examen. Cuántos lectores habrán reconocido ahí una verdad incómoda de su propia juventud.
En fin, Ramón Carballal ha recorrido un camino poético muy extenso y muy singular desde aquellos primeros ecos de un cierto pseudosurrealismo, después el neosimbolismo hasta llegar a este lenguaje muy depurado, descriptivo y evocador, donde la imagen está profundamente controlada y el ritmo responde a una conciencia técnica muy sólida. En este poema se percibe una voz madura, segura de sí misma, que no necesita artificios para sostener intensidad. Hay oficio, sí, mucho oficio, pero sobre todo hay mirada. Y cuando un poeta consigue que una vieja aula universitaria termine hablándonos de la memoria, del conocimiento y del inevitable desgaste del tiempo, es porque ha sabido convertir una escena concreta en experiencia compartida.
Vaya mi enhorabuena por esta obra, Ramón, junto a un fuerte abrazo.