Rafel Calle escribió: ↑Vie, 06 Feb 2026 19:48
Querida amiga y admirada colega Pilar:
Hálito de vida me ha resultado un poema que al leerlo casi puedo verte sentada frente a mí con el café humeando, hablándome de esa necesidad tan humana —tan tuya— de salir, de mezclarte con el pulso de la calle para recordarte que sigues aquí, respirando mundo. Ese paraguas comprado al paso o ese café con “sabor a compañía” no son gestos cotidianos sin más: son pequeñas ceremonias de resistencia íntima. Como quien dice: sigo andando, aunque el cuerpo proteste.
Me gusta mucho cómo conviertes el acto de caminar en una negociación con el cerebro, casi una charla entre viejos conocidos. Sonreírle para que no despiste a la alegría es una imagen preciosa y profundamente honesta. Hay en esos versos una conciencia clara del peso —del dolor, del ruido, del miedo—, pero también una voluntad de no rendir el territorio interior. Cuando hablas de corazones que abrazan el mundo y de miradas que ciegan la muerte, no suena a consigna: suena a experiencia, a alguien que ha tenido que aprender a defender la ternura como quien protege una llama en medio del viento.
Y, sin embargo, bajo la respiración serena de esta obra late una habitación con la ventana entreabierta. Entra luz, sí, pero también una corriente que recuerda que hay paisajes que se intuyen más que se pisan. Está en la manera en que nombras la compañía, como quien pone una silla frente a otra aunque todavía no se haya sentado nadie; en ese traducir ausencias que suena a carta escrita a un destinatario invisible. El poema camina por ese borde fértil donde el deseo no es herida, sino horizonte: una sed que no se queja, sino que dibuja mapas. Y esa cartografía interior —hecha de símbolos, de vibraciones apenas dichas— le da al texto una profundidad muy humana, como si cada verso abriera una puerta hacia un cuarto que siempre está a punto de ser habitado, bueno, sí, a punto…
El segundo café del poema —porque hay un segundo café, aunque sea simbólico— trae reconciliación. Aparece esa mujer que dibuja huellas en color, que intenta descifrar las ausencias como quien traduce un idioma antiguo. Aquí el texto se vuelve muy corporal y muy mental a la vez: neuronas que dialogan, retina que acoge luz… todo respira una búsqueda de equilibrio entre lo que duele y lo que ilumina. Y ahí está, quizá, uno de los grandes logros del poema: convertir la fragilidad (y otras yerbas) en espacio de conciencia, no de derrota, algo que siempre has sabido hacer a la perfección, tal vez porque no has tenido más remedio, pero ahí está para siempre.
El cierre tiene algo de confesión serena, casi de conclusión compartida entre sorbo y sorbo: nadie nos enseña a amar, dices, y sin embargo es el amor —vivido, aprendido, soñado— el que ensancha el mundo. No hay moralina, hay experiencia decantada (que conste que no he dicho desencantada…). Y eso se siente.
En fin, tu poema transmite una vitalidad tranquila, muy coherente con esa manera tuya de habitar el tiempo: sin estridencias, pero con una firme decisión de seguir encontrando sentido en lo pequeño… y también en esos cuartos iluminados que todavía esperan pasos y estoy casi seguro de que los esperarán para los restos. Ay, compañera, Hálito de vida es, precisamente, eso: una respiración consciente que transforma lo cotidiano —y sus silencios— en territorio poético. Y mientras lo leía, Pilar, tuve la sensación de que ese café no era solo un pretexto: era una forma de decir que la vida, incluso cuando deja puertas entreabiertas, todavía sabe a compañía.
Vaya mi enhorabuena por esta obra que, como bien dicen los compañeros que me han precedido, es un poema pero que muy hermoso.
Un fuerte abrazo