La Torre del Homenaje

Cuentos, historias, relatos, novelas, reportajes y artículos de opinión que no tengan que ver con la poesía, todo dentro de una amplia libertad de expresión y, sobre todo, siempre observando un escrupuloso respeto hacia los intervinientes.

Moderador: Hallie Hernández Alfaro

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Ana García
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La Torre del Homenaje

Mensaje sin leer por Ana García »

“Una historia debe contarse o no habrá
historia; sin embargo son las historias que
no se cuentan las más conmovedoras”.
J.R.R. TOLKIEN


Barrabás entró en mis sueños con sus andares elegantes y tranquilos.
—Tienes que volver. Te espera una visita importante. —Siempre con las palabras justas.
—¿Una visita? —Nada de preguntas del estilo: ¿Cómo estás? ¿Cuánto tiempo sin verte!
—La última vez que vi a John hablaba con los chopos en el jardín —se pavoneó ante mí mostrándome su eterna juventud—. Su locura es aceptable, dada su edad.
Barrabás siempre me deja estupefacta con sus saludos, no importa el tiempo que pase sin vernos que siempre me sorprende.

Cuando un viejo amigo te avisa, lo menos que puedes hacer es seguirle sin hacer más preguntas. Pero me tomé mi tiempo. Tenía que volverme pequeñita para entrar en mi castillo portátil. Desempolvé piedras y colgué de nuevo mi lema en la hermosa puerta de madera labrada:

A los viajeros que pasan de noche por mis tierras, les aconsejo que no menosprecien las antiguas leyes de hospedería y que respeten los rituales mágicos escrupulosamente, ya que a veces pueden confundir el ser con el parecer. Forma parte de toda regla de caballería advertirles que los caminos que conducen a mi torre no son nada seguros.

¡Qué maravilloso jaleo se oía dentro de mi fortaleza! Risas, cantos, murmullos, gente que va y viene. Parece que fue ayer cuando cerré sus puertas y han pasado más de veinte años. ¡Tengo que subir a la torre del homenaje!
Una cosa es querer y otra poder, claro. Sobre todo cuando vas pasando de sala
en sala y te paran para hablar de cosas importantes:
—¡Hola, María! ¿Sabes? He dejado de robar tomates —me dijo Pomba, el avestruz que se ocupaba de la sala de objetos perdidos. Tenía pequeñas manías: una era la de dejar el huerto del Conde sin un solo tomate y otra, hablar muy deprisa.
—¡Eso sí que es una buena noticia! —Ya no dije más.
—Tengo que confesarte que ya no me da por los tomates, sino por los relojes. En efecto, hará como un año que robé uno: era un reloj precioso, cuajado de flores esmaltadas sobre oro. Y lo robé —aquí inspiró una vez—. Pensé que teniendo dos relojes en vez de uno, tendría el doble de tiempo para vivir, dado que cada uno marcaría sus correspondientes doce horas. ¿Y sabes lo que hice?
—Creo que… —no quería ser maleducada pero su verborrea no parecía tener fin.
—Pues el tiempo de más que viví lo pasé mirando a las musarañas todo el santo día, bueno la mitad. Así, me cundió para escribir (es otra de sus manías), que es otra manera de mirar a las musarañas, por lo de las musas, digo. Y, en todo caso, éste no sería más que una nueva muestra del arte de recobrar el tiempo perdido, que —alguien dijo— es la literatura.
—Te vas a ahogar, expulsa el aire —le dije.
—No seas impertinente —me dijo ofendido—. Espero no decepcionarte al robar tu precioso tiempo. Y sobre todo, recuerda, ¿qué más da tiempo que tomates? El caso es robar, sacarle algo en limpio a la vida, exprimirla, ordeñar sus ubres generosísimas (hoy se le veía en pleno auge filosófico) para así compensar esa decadencia que se me anuncia, una y otra vez, con redobles y tambores, hasta que una noche, cierta noche, una noche de invierno ya —volteaba sus ojos hacia el techo en plan poeta—, reposen mis cenizas en el cementerio del poeta.
—¡Bravo! ¡Bravo! —Aplaudí a rabiar—. Me tengo que ir, me esperan.
Salgo de la estancia sin darle tiempo a reaccionar y paso por la antecámara de la sala del trono. Todo era pura actividad, y al frente de tal algarabía mi gran amigo Perico el de los Palotes.
—Día de visita. Dos al tiempo y llegando. —Tenía una particular forma de hablar.
—¡Hola! —Le saludé muy feliz.
—¡Empuña la escoba y saca brillo al suelo! ¡La tasca se llena! —Sí, a él también le noté contento.

Pasé de largo por la sala donde vivían los animales más extraños junto a polvorientos estandartes. El caballo de Merlín pastando en un hermoso campo escocés (es una habitación con vistas a otros mundos), el Unicornio perseguido por la doncella cristiana en tierras profanas y ¡libres!, Lechuzas, buitres alados, serpientes y nutrias. Los huesos del dragón verde seguían en el mismo rincón donde los dejé la última vez.

En la sala del trono y apoltronadas sus reales posaderas, estaba el viejo Conde, orgulloso de su rango y siempre distante de sus vasallos. Era la imagen del perpetuo aburrimiento. ¡Qué se fastidie! Nunca usó las armas que en manos de sus antepasados no hallaron reposo. Ahora estaba encorvado, como un monje. Se había dejado barba al estilo de un reo y una hermosa espada reposaba cruzada en su regazo.

—Toma lo que es tuyo por derecho y enséñasela. Él quiere verla —me dijo Barrabás (cómo veis en mi castillo las cosas pueden cambiar de manos muy fácilmente).
Le quité la espada y el Conde ni se inmutó.
Ahora sí, subí con renovadas energías por la escalera que me llevaba directa a la torre del homenaje, ¡Mi torre! Allí me refugiaba, cuando mi casa era un campo de batalla, con mis lecturas preferidas.
La encontré igual. Sin una mota de polvo. Todos mis libros en sus lugares correspondientes. Toda mi infancia en ese lugar. Miré por la ventana. Abajo un hermoso jardín con numerosos chopos bordeando un río, me transmitió el aire limpio del lugar
Entonces le vi. ¡Tolkien estaba hablando con los chopos! Si esto no es un sueño, díganme lo que es. Alzó su mirada y me dijo a voz en grito como si me conociera de toda la vida:
—Una espada, mi pequeña amiga, es la extensión de la mano derecha de un hombre y el extremo de su corazón —Alzó un poco más la voz—. Matar o morir es su verdadero dilema.
—Espere, ya bajo y le muestro mi espada —grité entusiasmada—. Necesito saber unas cuantas cosas de su mundo inventado.

Llegué hasta su lado tan rápido como pude y con Barrabás enredándose entre mis piernas.
—Toma resuello, tengo algo de tiempo y me apetece hablar contigo.
Tiene una mirada especial. Su voz es tranquila y piensa todo lo que dice dos veces, antes de hablar. Yo no.
—¿Me conoce? —pregunto entrecortadamente.
—Conozco a todos los que me leen. Ven, sentémonos un momento.

Y así, poco a poco, tomando el aire que me faltaba, le fui preguntando lo que necesitaba saber sobre la tierra de Arda.
De pronto, las campanas ruidosas del castillo dan el aviso de retirada. Tolkien se marchó suavemente prometiendo volver de vez en cuando. Cuando se alejaba, me lanzó su última frase:
—Y recuerda lo más importante: existen otros mundos y no todos están en éste.

Aquí sigo, intentando desentrañar su mensaje. Pero estoy segura de algo muy importante para mí: nunca más volveré a desmontar mi castillo.


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Julio Arroba
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Re: La Torre del Homenaje

Mensaje sin leer por Julio Arroba »

Y de vez en cuando, lejanamente, como dicen los físicos de las emisiones de la radiación cósmica de microondas, oímos ecos de un pasado nuestro que ya no es que nos pertenezca en propiedad, sino que, dentro, a la manera de un faro abandonado que de pronto recobrase su brillo, vuelve a animarse por alguna chispa prestada, casi como aquellos molinos de la vieja Mancha que Cervantes inmortalizó.

Claro que Tolkien en tu cuento es mucho más que ese faro abandonado de mi símil. Hay en el relato esa transición un tanto brusca entre lo pasado y lo futuro; lo futuro es lo ya vivido, mientras que lo pasado, un fondo mítico en el que toda pena, por exclusión, se ve obligada a guardar silencio.

Y remontamos el vuelo. Y en ese hacernos pequeños de paso —pero solo aparentemente, porque también nuestra mente ha logrado una amplitud de miras que nos facilita el poder valorar de veras estas cosas— está otra vez la magia. El mundo pierde su densidad acostumbrada y el canto de los pájaros ya no se confunde tan fácilmente con los bocinazos de la ciudad insomne.

Pomba es de una sabia demencia: la verborrea le sirve de reafirmación a su deseo de vivir a toda costa, pero acumulando tiempo sobre tiempo —incluido el de los otros—, lo que paradójicamente no deja de ser una forma temerosa de envejecer. En ese ahogo suyo, en ese entrechocarse sus palabras, en esa avidez de decirlo todo de golpe me parece entrever un justo homenaje a Proust.

Este castillo tuyo —tan diferente del de Kafka (pero diferente en el sentido de que aquí el tiempo no es nada, mientras que en el suyo es un antagonista indescifrable)—, portátil, con su lema repuesto y sus artefactos fantásticos, me ha recordado a mi querido Rilke, a que en una de las famosas cartas al joven poeta aconseja no dejar de lado esta cualidad de la imaginación de los primeros años. Yo, con él, la creo esencial.

¡Qué hermoso cuento!
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Ana García
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Re: La Torre del Homenaje

Mensaje sin leer por Ana García »

Julio Arroba escribió: Mié, 11 Feb 2026 15:49 Y de vez en cuando, lejanamente, como dicen los físicos de las emisiones de la radiación cósmica de microondas, oímos ecos de un pasado nuestro que ya no es que nos pertenezca en propiedad, sino que, dentro, a la manera de un faro abandonado que de pronto recobrase su brillo, vuelve a animarse por alguna chispa prestada, casi como aquellos molinos de la vieja Mancha que Cervantes inmortalizó.

Claro que Tolkien en tu cuento es mucho más que ese faro abandonado de mi símil. Hay en el relato esa transición un tanto brusca entre lo pasado y lo futuro; lo futuro es lo ya vivido, mientras que lo pasado, un fondo mítico en el que toda pena, por exclusión, se ve obligada a guardar silencio.

Y remontamos el vuelo. Y en ese hacernos pequeños de paso —pero solo aparentemente, porque también nuestra mente ha logrado una amplitud de miras que nos facilita el poder valorar de veras estas cosas— está otra vez la magia. El mundo pierde su densidad acostumbrada y el canto de los pájaros ya no se confunde tan fácilmente con los bocinazos de la ciudad insomne.

Pomba es de una sabia demencia: la verborrea le sirve de reafirmación a su deseo de vivir a toda costa, pero acumulando tiempo sobre tiempo —incluido el de los otros—, lo que paradójicamente no deja de ser una forma temerosa de envejecer. En ese ahogo suyo, en ese entrechocarse sus palabras, en esa avidez de decirlo todo de golpe me parece entrever un justo homenaje a Proust.

Este castillo tuyo —tan diferente del de Kafka (pero diferente en el sentido de que aquí el tiempo no es nada, mientras que en el suyo es un antagonista indescifrable)—, portátil, con su lema repuesto y sus artefactos fantásticos, me ha recordado a mi querido Rilke, a que en una de las famosas cartas al joven poeta aconseja no dejar de lado esta cualidad de la imaginación de los primeros años. Yo, con él, la creo esencial.

¡Qué hermoso cuento!

¡Qué hermoso comentario!
El futuro en ese cuento ya fue pasado. Ahí me diste, en toda diana del lagrimeo facilón. ¡Que una está muy sensible los miércoles!
¿Te cuento un secreto?
Mi lengua es un puro trapo, ya sabes, se traba a la mínima. Así que Pomba tenía que ser un artista labial/oral/filósofo y algo ladrón.
la habilidad que yo no tengo debía salir en algún cuento mío.
Y Tolkien, mi debilidad literaria, tenía que tener su Torre del Homenaje. Mi afición por la piedra no ha decaído, al contrario.
La de veces que me salvó el castillo portátil de los malos momentos, del sonido de los platos y vasos rotos y estrellados contra la pared o la TV. Que yo no me explico cómo no explotaban esos aparatos. Claro está, que siempre la manteníamos apagada si el viejo estaba en casa, dios lo tenga a su vera y no el diablo. No vayamos a tocar el limpio infierno con ciertos descarriados.

Me voy a guardar este maravilloso comentario en mi castillo portátil en la cámara del unicornio.
Muchas gracias, ya extrañaba tus palabras.
Un beso enorme.
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