La mayor belleza a la que puede aspirar el ser humano, es vivir en plenitud. (F. J. C. L.)
Prendida de un silente promontorio,
una pequeña rosa
contempla el nimio río
que serpentea entre piedras y cárcavas,
vestido por melancólicos rayos de sol.
Durante el día es su espejo,
en la oscuridad, su alimento,
siempre,
su vida.
Altanera, pasa los días
luciendo su albura,
su cristalina belleza,
el perenne perfume que permanece
en lo oculto de su cáliz,
pero nada sabe de sueños y esperanzas.
Poco a poco se ajan sus pétalos,
su blancura se desvanece
y nada queda de aquella altanería
que los azules matutinos tanto lisonjeaban.
Queda ahora varada, triste,
impotente ante el reflejo que el río,
esquivo le ofrece.
Capas blanquecinas cubren el promontorio,
aletargando vidas, induciendo sueños,
dando nuevos anhelos a la perdida belleza
en aras de otra belleza presente.
Siempre,
la ilusión extinta,
es conquistada por los sueños
que la transforman en pura
y sencilla existencia.
Pronto el rosal soñará una nueva estación,
un próximo verdecer, un humilde
canto a la vida.
Y el pequeño y correoso río
volverá a mostrar la efímera belleza
de un sueño temporal.
La esperanza es el sueño de la vida.
El recuerdo, su testigo.
Recordemos:
Solo se vive soñando.
© francisco javier costa lópez
Extraído de mi libro:

