El caldo de la tartera

Cuentos, historias, relatos, novelas, reportajes y artículos de opinión que no tengan que ver con la poesía, todo dentro de una amplia libertad de expresión y, sobre todo, siempre observando un escrupuloso respeto hacia los intervinientes.

Moderadores: Hallie Hernández Alfaro, Ventura Morón

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Julio Gonzalez Alonso
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El caldo de la tartera

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El caldo de la tartera

Ahora que se cerraron las minas de carbón y León se queda sin mineros, a mi recuerdo acuden los días de idas y venidas de aquellos hombres, entre ellos mi padre, que arrancaban el mineral en los pozos del concejo. Junto a la vida de la mina, bullía y se apagaba la de los mineros atacados por la silicosis. Era la epidemia del hambre y la necesidad. Picar más y más deprisa, con barrenos, picos y palas y, si hacía falta, con las manos. Y respirar el aire viciado del polvo de la hulla y el grisú.

Porque, como lo primero que Victoriano Crémer descubrió, el carbón es negro. Y la situación acabó en una alta nómina de bajas por enfermedad que el médico de La Pola de Gordón atendía. La empresa envió a la consulta a un representante cualificado para preguntarle al médico el porqué de tanta baja laboral y cuál era la situación de los presuntos enfermos, por si podían –y debían- volver al trabajo. El médico le miró a los ojos, y tras un breve silencio, le espetó:

-Tiene usted razón; enfermos, lo que se dice enfermos, sólo tengo uno que podría volver a la mina. Los demás sólo son despojos humanos.

Junto al transcurrir de las largas jornadas y las condiciones precarias del trabajo, también se contaban historias con mayor o menor gracia que reflejaban, en cierto modo, la realidad. Una de ellas hablaba de un guaje que en los años 40, los llamados años del hambre tras la catástrofe de la guerra civil, solía ir a la mina para llevarle la comida a su padre. Aquel día, su madre le entregó una tartera en la que había puesto un pobre guiso de carne, y el guaje marchó hasta la mina y cuando llegó a donde estaba su padre rompió a llorar diciendo: ¡Ay, padre, qué disgusto más grande! - ¿Pues qué pasó?- inquirió el padre sorprendido- Que venía corriendo para llegar pronto y caí por el camino, se cayó la tartera con la comida y sólo conseguí atropar el caldo- repuso el rapaz entre hipos.

De la historia no se contaba el final ni lo que le ocurrió al hijo, dejando a la imaginación de cada cual el dar crédito o no al accidente y sus explicaciones, así como a la reacción del padre.

Como guaje gordonés que fui una década más tarde, ya en los años 50, todavía con la memoria del hambre, el silencio espeso sobre muchos temas a causa de la pasada guerra civil, el miedo, y las estrecheces económicas que llegarían hasta bien entrada la década de los 60, y como hijo de minero, siempre le di vueltas a la historia y su final. Puedo pensar así que este padre secaría con la ternura de sus manos duras y ennegrecidas las lágrimas del rapaz y, mirándolo fijamente, en silencio, sorbería poco a poco el caldo del día, antes de devolverle la tartera al hijo, pensando que ojalá él pudiera escapar a “la negra” cuando se hiciese mayor, y que se tragaría las lágrimas que, aunque no alimentan, el aguantarlas le daría el poco de orgullo necesario para sobrellevar humanamente con dignidad la situación.

No tuve que llevar nunca la tartera a mi padre; él la llevaba, escasa de casi todo para que en casa hubiera más de casi nada.

González Alonso
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Óscar Distéfano
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Re: El caldo de la tartera

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Excelente relato, amigo, muy humano, de esos que calan hondo. Has abierto un mundo --al cual mi espíritu se solidariza--, en mi mente. He divisado con claridad meridiana la angustia existencial, el abismo de la injusticia social, el abandono de Dios. Muy inteligente de tu parte no haber definido un final específico. Es innecesario. Me ha gustado también esa capacidad de síntesis que, sin embargo, no resulta en una pérdida de conexión argumental.

Un saludo afectuoso.
Óscar
Números lícitos, sonrojados, descapotables, semánticos.
Números solemnes, huidizos, sin control, fieles, amantes.

En ellos, solo en ellos, seremos capaces de tocar el infinito.


(Hallie Hernández Alfaro, en su poema: 14M)

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Julio Gonzalez Alonso
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Re: El caldo de la tartera

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Óscar Distéfano escribió:Excelente relato, amigo, muy humano, de esos que calan hondo. Has abierto un mundo --al cual mi espíritu se solidariza--, en mi mente. He divisado con claridad meridiana la angustia existencial, el abismo de la injusticia social, el abandono de Dios. Muy inteligente de tu parte no haber definido un final específico. Es innecesario. Me ha gustado también esa capacidad de síntesis que, sin embargo, no resulta en una pérdida de conexión argumental.

Un saludo afectuoso.
Óscar
Muy amable tu comentario, amigo Óscar. Tengo otro pequeño relato sobre la mina que está también en este foro y fue publicado en un libro de fotografías de La Pola de Gordón, donde vivió mi familia y donde trabajó mi padre hasta su jubilación. Yo pude haber sido minero, que era lo más fácil en aquellos años. Dinero y juventud en medio de la escasez. Pero mi padre siempre valoró la educación y formación. Con sacrificios hicieron posible que yo estudiara y no tuviera que entrar en la mina. Solamente la vi una vez de cerca, sin entrar. Fue suficiente.
Un abrazo.
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Óscar Distéfano
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Re: El caldo de la tartera

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Julio Gonzalez Alonso escribió:
Óscar Distéfano escribió:Excelente relato, amigo, muy humano, de esos que calan hondo. Has abierto un mundo --al cual mi espíritu se solidariza--, en mi mente. He divisado con claridad meridiana la angustia existencial, el abismo de la injusticia social, el abandono de Dios. Muy inteligente de tu parte no haber definido un final específico. Es innecesario. Me ha gustado también esa capacidad de síntesis que, sin embargo, no resulta en una pérdida de conexión argumental.

Un saludo afectuoso.
Óscar
Muy amable tu comentario, amigo Óscar. Tengo otro pequeño relato sobre la mina que está también en este foro y fue publicado en un libro de fotografías de La Pola de Gordón, donde vivió mi familia y donde trabajó mi padre hasta su jubilación. Yo pude haber sido minero, que era lo más fácil en aquellos años. Dinero y juventud en medio de la escasez. Pero mi padre siempre valoró la educación y formación. Con sacrificios hicieron posible que yo estudiara y no tuviera que entrar en la mina. Solamente la vi una vez de cerca, sin entrar. Fue suficiente.
Un abrazo.

Pásame el nombre del otro relato. Lo leeré. Saludos.
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Números solemnes, huidizos, sin control, fieles, amantes.

En ellos, solo en ellos, seremos capaces de tocar el infinito.


(Hallie Hernández Alfaro, en su poema: 14M)

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Julio Gonzalez Alonso
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Re: El caldo de la tartera

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Óscar Distéfano escribió:
Julio Gonzalez Alonso escribió:
Óscar Distéfano escribió:Excelente relato, amigo, muy humano, de esos que calan hondo. Has abierto un mundo --al cual mi espíritu se solidariza--, en mi mente. He divisado con claridad meridiana la angustia existencial, el abismo de la injusticia social, el abandono de Dios. Muy inteligente de tu parte no haber definido un final específico. Es innecesario. Me ha gustado también esa capacidad de síntesis que, sin embargo, no resulta en una pérdida de conexión argumental.

Un saludo afectuoso.
Óscar
Muy amable tu comentario, amigo Óscar. Tengo otro pequeño relato sobre la mina que está también en este foro y fue publicado en un libro de fotografías de La Pola de Gordón, donde vivió mi familia y donde trabajó mi padre hasta su jubilación. Yo pude haber sido minero, que era lo más fácil en aquellos años. Dinero y juventud en medio de la escasez. Pero mi padre siempre valoró la educación y formación. Con sacrificios hicieron posible que yo estudiara y no tuviera que entrar en la mina. Solamente la vi una vez de cerca, sin entrar. Fue suficiente.
Un abrazo.
Pásame el nombre del otro relato. Lo leeré. Saludos.
Amigo Óscar, lo acabo de subir a la primera página con un comentario : "Santa Lucía, el carbón que calentó nuestra infancia/b]". Muchas gracias por tu interés. Son temas que -salvando las distancias geográficas- pueden encontrarse en cualquier país que experimente o haya experimentado la minería, la del carbón o cualquier otro mineral. Tiene un sabor local porque lo escribí para un proyecto muy concreto, pero creo que algo habrá que se pueda aprovechar en cualquier otro ambiente. Eso espero, al menos.
Última edición por Julio Gonzalez Alonso el Mié, 22 Abr 2020 21:23, editado 1 vez en total.
Ana García
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Re: El caldo de la tartera

Mensaje sin leer por Ana García »

Me ha gustado este cuento lleno de recuerdos, Julio. Y dentro de la mala época que relatas, me ha hecho gracia la anécdota de la tartera. yo creo que no tenia nombre la comida y ante el hambre...
La minería es uno de los trabajos más duros que hay y esa silicosis que arruinaba los cuerpos, envejeciendo a jóvenes es tremenda.
Te felicito.
Un abrazo.
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Ventura Morón
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Re: El caldo de la tartera

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Que tiempos debieron ser Julio, y que poco consientes hemos sido os de después de todo lo que ha costado llegar hasta donde estamos, mejor o peor. Lleno de detalles y como un pedazo de historia que te lleva a todo lo que debió vivirse en esa época, y a esa nobleza que fortifica.
Un abrazo fuerte querido amigo, un placer siempre leerte
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Julio Gonzalez Alonso
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Re: El caldo de la tartera

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Ana García escribió:Me ha gustado este cuento lleno de recuerdos, Julio. Y dentro de la mala época que relatas, me ha hecho gracia la anécdota de la tartera. yo creo que no tenia nombre la comida y ante el hambre...
La minería es uno de los trabajos más duros que hay y esa silicosis que arruinaba los cuerpos, envejeciendo a jóvenes es tremenda.
Te felicito.
Un abrazo.
Recojo agradecido tu felicitación, Ana. Mi abrazo desde la memoria de este tiempo que sólo fue ayer... tan cerca y tan lejos...
Salud.
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Ricardo Serna G
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Re: El caldo de la tartera

Mensaje sin leer por Ricardo Serna G »

-Tiene usted razón; enfermos, lo que se dice enfermos, sólo tengo uno que podría volver a la mina. Los demás sólo son despojos humanos.


Julio



Interesante relato que hace pensar
en situaciones que nos preocupa
por las condiciones humanas de ciertos trabajos



Te felicito


Un abrazo fuerte, maestro

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Ricardo Serna G
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Julio Gonzalez Alonso
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Re: El caldo de la tartera

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Ventura Morón escribió:Qué tiempos debieron ser Julio, y qué poco conscientes hemos sido los de después de todo lo que ha costado llegar hasta donde estamos, mejor o peor. Lleno de detalles y como un pedazo de historia que te lleva a todo lo que debió vivirse en esa época, y a esa nobleza que fortifica.
Un abrazo fuerte querido amigo, un placer siempre leerte
La vida nunca es fácil, Ventura. Ni en las épocas de bonanza. Pero la ilusión es el motor de la confianza para seguir adelante y esperar o mejor. Gracias por tu abrazo que llega hasta la infancia de aquellos años tan remotos y tan cercanos de la década de los 50 del pasado siglo. Mi abrazo también.
Salud.
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F. Enrique
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Re: El caldo de la tartera

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En lo que cuentas, Julio, hay algo entrañable y terrible, un crudo relato de la zona minera, las lágrimas del niño por un accidente no ocultan las del padre más silenciosas y constantes, consciente cómo es de que cada día que pasa en su oficio va añadiendo boletos para adquirir una terrible enfermedad. El campesinado, muy numeroso entonces, y los mineros representan un mundo abandonado a unas condiciones laborales que cortejaba con frecuencia a la muerte y a una calidad de vida mermada de raíz por las enfermedades inherentes a cada actividad de riesgo. Un gran relato que nos recuerda lo que nunca debemos olvidar.
[align=center]*** *** *** *** ***

Como un pájaro en el alambre,
como un borracho en una ronda nocturna,
he intentado ser libre a mi manera.
(Leonard Cohen)[/align]
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Julio Gonzalez Alonso
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Re: El caldo de la tartera

Mensaje sin leer por Julio Gonzalez Alonso »

Ricardo Serna G escribió:-Tiene usted razón; enfermos, lo que se dice enfermos, sólo tengo uno que podría volver a la mina. Los demás sólo son despojos humanos.


Julio



Interesante relato que hace pensar
en situaciones que nos preocupa
por las condiciones humanas de ciertos trabajos



Te felicito


Un abrazo fuerte, maestro

Cuídate
Pues sí, amigo Ricardo, así fueron aquellos tiempos, duros, difíciles, llenos de mucha vida y más esperanza. Muchas gracias.
Salud.
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Julio Gonzalez Alonso
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Re: El caldo de la tartera

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F. Enrique escribió:
En lo que cuentas, Julio, hay algo entrañable y terrible, un crudo relato de la zona minera, las lágrimas del niño por un accidente no ocultan las del padre más silenciosas y constantes, consciente cómo es de que cada día que pasa en su oficio va añadiendo boletos para adquirir una terrible enfermedad. El campesinado, muy numeroso entonces, y los mineros representan un mundo abandonado a unas condiciones laborales que cortejaba con frecuencia a la muerte y a una calidad de vida mermada de raíz por las enfermedades inherentes a cada actividad de riesgo. Un gran relato que nos recuerda lo que nunca debemos olvidar.
Fueron, campesinos y obreros, los paganos de la dictadura, los que pusieron las bases de la riqueza en la que se asentó el desarrollo de los 60. El milagro de la Seguridad Social que se montó con buenos resultados andando los años, se hizo a base de horas extras y sacrificios, entre otras cosas. Tengo algunos recuerdos de todo ello. Y no, no me olvido. Me parece prodigioso que saliéramos de aquella y comprendo lo fácil y estimulante que resultó enrolarse en las ideologías que movieron el Mayo del 68. Un abrazo agradecido.Salud.
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Arturo Rodríguez Milliet
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Re: El caldo de la tartera

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Un relato impactante, estimado Julio, las imágenes
se dejan colar hasta experimentar el agobio por el aire viciado
de las minas y la crónica aún cercana de un período de carencias.
Muy grata lectura. Un abrazo.
Te presento a mi padre, el que está a su lado es mi hijo.
Si los sumas y divides entre dos, obtendrás su promedio...
ese soy yo. Mucho gusto!
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Julio Gonzalez Alonso
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Re: El caldo de la tartera

Mensaje sin leer por Julio Gonzalez Alonso »

Arturo Rodríguez Milliet escribió:Un relato impactante, estimado Julio, las imágenes
se dejan colar hasta experimentar el agobio por el aire viciado
de las minas y la crónica aún cercana de un período de carencias.
Muy grata lectura. Un abrazo.
Me agrada tu comentario y la apreciación de lo que fue la vida -o la muerte- de las minas. Mi abrazo.
Salud.
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