Mis arduas visiones

Cuentos, historias, relatos, novelas, reportajes y artículos de opinión que no tengan que ver con la poesía, todo dentro de una amplia libertad de expresión y, sobre todo, siempre observando un escrupuloso respeto hacia los intervinientes.

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Ricardo López Castro
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Registrado: Mié, 15 Jul 2020 12:14

Mis arduas visiones

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Especias en salas de certámenes nos recorren, nos aderezan.
El exilio de los abastecedores xilófonos en que golpean las uñas de la pausa arrítmica, residencia acordonada y acartonada con efigies de coordenadas beligerantes.
El lugar de los lunes y las líneas imaginarias que desalojan la balística calibrada entre licencias de inadaptados y volubles efluvios.
Pobreza en las fotografías a contraluz, corrientes sentimentalismos a contracorriente, torrenciales pulseras de bisutería reacia a los cofres y joyeros de las altas alucinaciones y adivinaciones que adulan la espiral de los pilares de la literatura.
Futuros huesudos podando cementerios de mirones, flores de plástico o de plastilina colocadas en la circunspecta unción de las silenciadas y abusadoras y acusadoras regaderas.
Demencias de la vasectomía que multiplican las operaciones de las víboras bíblicas que reparten venenosos antídotos con antidisturbios colgados del cuello.
Utilitarios de la materia indestructible, que como una emisora de radiodifusión completan índices de audiencia, pertrechados con peroratas y con personas alegóricas que huelen a fanatismo.
Interiores ante la devolución del cambio de la diplomacia que evita la cleptomanía y los abogados que patrullan polígonos industriales vestidos de conciliación y reinserción social, reinventados por el primer destripador de justicia llamado a testificar ante la ley, como un guisante sorprendido, esmagado, trinchado y masticado.
Pensamientos ilógicos inherentes a la lógica, a la ley del filón psicótico, como una actividad auxiliar, una azafata que vuela por encima de los alerones asfixiados, en ese avión, esa aeronave de ultimátums a la condición humana, al camino artificial amenazado por el califato del vertiginoso crecimiento demográfico.
Tasas de natalidad que no se fracturan son la columna vertebral de cada páramo de fantasmas entre fronteras o peajes.
El resto del cuerpo mediático consiste en la memoria de los mártires, sufridores cercanos a la desnuda y exhibicionista obra artística que se perfila siempre como un teatro inmóvil y abierto a todos los públicos en los libros de historia dentro de aulas en posesión de la cultura.
El precio del zambullido es suficiente para meter la pata, para derrapar en el asfalto del motor de las constructoras, que, como disléxicos aprendices, leen bosques y naturalezas como tsunamis.
El capitalismo es un sistema operativo de una computadora llamada hombre, con un procesador de cuatro núcleos, uno por cada costado.
La cueva escapa de sí misma, y la nitidez de las ventanas nos habita como una jarra de vinagre.
Cruces, y distinciones entre perspectivas con forma de delfín, con sombra de inteligencia y con rastro de investigación.
No es una guerra sensitiva la culebra de agua que nos provoca, es el océano de náuseas en el que nadie naufraga.
Y barcos y barbas a remojo sobran.
Pero es en la orilla donde se hunde la campana de las catedrales.
Ahí repiquetean los talismanes, sin descuidar la cautividad del instrumento musical que cosifica y codifica al ser humano, como la transcripción de una atmósfera por correspondencia entre dos astronautas, dos naves de humo con protección y fosilizados en la caverna sin inscripciones, honda y elevada como una biblioteca de satélites, una órbita de astros y asuntos incognoscibles viaja con su prehistoria, hasta llegar a la evolución del descubrimiento.
Retrocederán en sus suposiciones, ayudados por planetas, desde el laboratorio etimológico de la carne y el patio oxigenado de los restos arqueológicos de la gravedad.
Caeremos acérrimos al escrutinio, al escenario para sordos y sorpresas, como siempre se abrirá el baúl de la evolución de la raza desde cualquier candado.
El pasado crecerá en la memoria hasta aceptar la monumentalidad del escultor del regresivo régimen de promoción del deseo, la censura de las aristas de nuestra simetría, y el recato de la intención de superar al invicto en cuerpo y alma, que no es otro que el laberinto de las incursiones poéticas, el cual nos engloba a todos, incluido a los que caminan mirando al suelo, como si fueran en manada de dioses.
R.L.C.
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