Prisionero en Cataluña - Saint-Exupéry (Traducción)

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F. Enrique
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Prisionero en Cataluña - Saint-Exupéry (Traducción)

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IV
Fue en el transcurso de un reportaje sobre la Guerra Civil Española . Había cometido la imprudencia de asistir furtivamente, hacia las tres de la madrugada, a un embarque de material secreto en una estación de mercancías. La agitación de las cuadrillas y una cierta oscuridad parecían propiciar mi indiscreción. Pero a unos milicianos anarquistas les resulté sospechoso .
Fue muy sencillo. Yo no había advertido nada aún de su acercamiento ágil y silencioso cuando ya se estrechaban contra mí, suavemente, como los dedos de una mano. El cañón de una carabina se apretó ligeramente contra mi vientre y el silencio me pareció solemne. Al final levanté los brazos.

Observé que se fijaban, no en mi cara, sino en mi corbata (la moda de un suburbio anarquista desaconsejaba este objeto de arte). Mi cuerpo se contrajo. Esperaba la descarga, era el tiempo de los juicios expeditivos. Pero no hubo ninguna descarga. Tras algunos segundos de un vacío absoluto en el transcurso de los cuales las cuadrillas de trabajo parecían bailar una especie de ballet de ensueño en otro universo, mis anarquistas, con un ligero movimiento de cabeza, me hicieron una señal para que les siguiera y nos pusimos en marcha a través de las vías del tren. La captura se había realizado bajo un silencio idóneo y con una economía de movimientos extraordinaria. Así actúa la fauna submarina.

Pronto me vi hundido en un sótano convertido en cuerpo de guardia. Otros milicianos dormitaban con sus carabinas entre las piernas apenas alumbrados por una pobre lámpara de petróleo. Intercambiaron algunas palabras con los hombres de mi patrulla con unas voces neutras. Uno de ellos me registró.

Hablo español , pero no sé catalán. Sin embargo, comprendí, que me pedían los papeles. Los había olvidado en el hotel. Respondí: « Hotel… Periodista… «sin saber si mi lenguaje comunicaba algo. Los milicianos se pasaron de mano en mano mi cámara fotográfica como si fuera una prueba de culpabilidad. Algunos de ellos, hundidos en sus sillas cojas, bostezaron y se levantaron con una suerte de tedio para apoyarse en la pared.

Pues la impresión dominante era la del hastío. Del aburrimiento y del sueño. Me parecía que la capacidad de sorpresa de estos hombres estaba gastada como una mecha. Casi hubiera deseado una muestra de hostilidad como forma de contacto humano. Pero no, no me honraban con alguna señal de ira, ni siquiera de desaprobación. Intenté protestar en español varias veces. Mis protestas cayeron en saco roto. Me miraron sin reaccionar, como hubieran mirado un pez chino en un acuario.

Esperaban. ¿Qué esperaban? ¿La vuelta de uno de ellos? ¿El alba? Me decía yo «Quizás esperen a tener hambre…»

Yo me decía también: « ¡Van a cometer una estupidez! ¡Esto es terriblemente ridículo!... El sentimiento que yo experimentaba, más que un sentimiento de angustia era de reprobación hacia el absurdo. Yo me decía: « ¡Si se reaniman, si quieren actuar, dispararán!»
¿Estaba o no estaba verdaderamente en peligro? ¿Ignoraban ellos que yo no era un saboteador ni un espía sino un periodista? ¿Que mis documentos de identidad se encontraban en el hotel? ¿Habían tomado una decisión? ¿Cuál?

Yo no sabía nada de ellos salvo que fusilaban sin un gran cargo de conciencia. Las vanguardias revolucionarias, del partido que sean, practican la caza, pero no a los hombres (ellas no miden al hombre por su sustancia) sino a los síntomas. La verdad opuesta se les representa como una enfermedad epidémica . Cuando un síntoma es dudoso se traslada al contagiado al lazareto del aislamiento; el cementerio. Es por esto que me resultaba siniestro este interrogatorio que caía sobre mí con monosílabos vagos, de vez en cuando, y del que no entendía nada. Una ruleta ciega giraba sobre mi piel. Es también por esto que yo tenía la extraña necesidad, con el fin de sopesar una presencia real, de gritarles, sobre mí, algo que impusiera mi verdadero destino. ¡Mi edad, por ejemplo! Ella resume toda una vida. Ella forja lentamente la madurez que le pertenece. Se forma contra tantos obstáculos superados, contra tantas enfermedades graves sanadas, contra tantas penas calmadas, contra tanta desesperación sometida, contra tantos peligros cuya mayor parte ha escapado a la consciencia. Ella se ha formado a través de tantos deseos, tantas esperanzas, tantos remordimientos, tanto olvido, tanto amor.

Representa una hermosa carga de experiencias y de recuerdos, ¡la edad de un hombre! A pesar de las trampas, los baches, los agujeros, se sigue avanzando, a pesar de todo, trabajosamente, como una buena carreta. Y ahora, por una convergencia obstinada de suertes afortunadas, se está ahí. Uno tiene treinta y siete años. Y la buena carreta, si Dios lo quiere, llevará más lejos aún su cargamento de recuerdos. Yo me decía entonces: «He aquí donde estoy. Tengo treinta y siete años…». Hubiera querido agobiar a mis jueces con esta confidencia… pero ya no me preguntaban.

Fue entonces cuando ocurrió el milagro. ¡Oh, un milagro muy discreto! Yo no tenía cigarrillos. Ya que uno de mis carceleros fumaba le pedí con un gesto que me diera uno y esbocé una vaga sonrisa. Primero se estiró, después se pasó una mano sobre la frente, levantó la mirada en la dirección ya no de mi corbata sino de mi rostro y, para mi asombro, esbozó también una sonrisa . Fue como un amanecer.
Este milagro no desenredó el drama, simplemente lo borró como la luz, como la sombra. Este milagro no cambió nada que fuera visible. La pésima lámpara de petróleo, una mesa con papeles esparcidos, los hombres apoyados en la pared, el color de los objetos, el olor, todo persistía. Pero todo fue transformado en su propia sustancia. Esa sonrisa me liberaba. Era una señal casi definitiva, tan evidente en sus consecuencias venideras, tan irreversible como la aparición del sol. Creaba una nueva era. Nada había cambiado y todo estaba cambiado. La mesa con los papeles dispersos había cobrado vida. La lámpara de petróleo vivía. Las paredes estaban vivas. El hastío salpicado por los objetos muertos de esta cueva se aliviaba por encantamiento. Era como si una sangre invisible hubiera vuelto a circular uniendo de nuevo todas las cosas en un mismo cuerpo y les restituyera un significado.

Los hombres tampoco se habían movido, pero mientras que, un segundo antes, me parecían más alejados de mí que una especie antediluviana, ahora nacían a una vida cercana. Experimenté una extraordinaria sensación de presencia. ¡Bien dicho: de presencia! Y sentía a mis parientes.

El muchacho que un segundo antes me había sonreído no era más que una función, una herramienta, una especie de insecto monstruoso, y ahora se me revelaba un poco torpe, casi tímido, con una timidez maravillosa. ¡No es que este terrorista fuera menos brutal que cualquier otro! ¡Pero la llegada del hombre a él iluminaba muy bien su parte vulnerable! Los hombres nos damos muchos aires, pero en lo oculto de nuestro corazón sabemos de la vacilación, de la duda, de la pena…

Nada se había dicho aún. Sin embargo, todo estaba resuelto . Le puse al miliciano la mano sobre el hombro en señal de agradecimiento cuando me dio el cigarrillo. Una vez que el hielo se hubo roto los otros milicianos también volvían a ser hombres, penetré en sus sonrisas como en un país nuevo y libre.

Penetré en sus sonrisas como alguna vez lo hice en las de nuestros rescatadores del Sahara. Los camaradas, habiéndonos localizado después de unos días de búsqueda, habían aterrizado lo más cerca posible y caminaban a marchas forzada balanceando visiblemente los odres de agua con los brazos extendidos. Me acuerdo de la sonrisa de los rescatadores cuando era náufrago, de la sonrisa de los náufragos cuando era rescatador, también me acuerdo de una patria en la que me sentía completamente feliz . El verdadero placer es el de convidado. El salvamento no era más que una oportunidad para ese placer. El agua apenas tiene el poder de encantar si no es primero un regalo de la buena voluntad de los hombres.

Los cuidados prestados a un enfermo, la acogida ofrecida a un proscrito, el perdón no valen sino por la sonrisa que ilumina la fiesta. Nos reunimos gracias a una sonrisa por encima de las lenguas, de las castas, de los partidos. Somos los fieles de la misma Iglesia; tal y sus costumbres, yo y las mías.
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No debemos descartar en absoluto que Saint-Exupéry dedicara su esfuerzo creativo simultáneamente a “El pequeño príncipe” y a “Carta a un rehén”. Las dos obras tienen objetivos muy diferentes pero se sustentan en la persecución de éstos en las mismas ideas de su autor.

Es posible que aquí tenga en mente a Sylvia Hamilton, el último gran amor de su vida, que apenas podía ser alimentado por las palabras. Fue la sonrisa el vínculo elegido para comunicarse, sin que existiera un acuerdo previo entre los dos amantes. Aunque empezada a escribir en 1940, “Carta a un rehén”, tuvo modificaciones hasta poco antes de su publicación y esa joven divorciada, acomodada y liberal ya había aparecido en su vida.

Se refiere a su visita como corresponsal al Frente de Cataluña en agosto de 1936. Llegó en un avión, pilotado por él mismo, facilitado por el periódico “L’Intransigeant” del que iba como corresponsal de guerra. Esta experiencia fue desoladora y reforzó su rechazo a las ideologías. Su incumplimiento del contrato, firmó por diez artículos y escribió solo tres, le crearía problemas con el redactor jefe de este periódico, Hervé Mille, lo que no sería un obstáculo para volver a trabajar para él.

Un procedimiento que, por desgracia, se convirtió en habitual para llevar a las personas hacia la muerte sin otro cargo que una mínima sospecha basada en presentimientos reales o intuitivos; un signo, una cruz, un carnet de un sindicato, una prenda considerada inapropiada podía ser suficiente para acabar delante de un pelotón de fusilamiento.

He traducido literalmente. Saint-Exupéry aprendió nuestro idioma, lo que no pudo hacer nunca con el inglés, en Argentina y no podía llamarlo de otra forma. El término “castellano” tiene un uso, casi exclusivo, en España, para mostrar un respeto por las otras lenguas de nuestra geografía.

Ya había dicho anteriormente que una guerra civil era una enfermedad o que en España se fusila como se tala un bosque.

El poder redentor de una sonrisa no podía tener una definición más poética inserto en el dramatismo que no auguraba otra cosa sino la tragedia de la muerte.
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Como un pájaro en el alambre,
como un borracho en una ronda nocturna,
he intentado ser libre a mi manera.
(Leonard Cohen)[/align]
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