Un joven cualquiera: Segunda parte. Cap. 24 y 25.

Cuentos, historias, relatos, novelas, reportajes y artículos de opinión que no tengan que ver con la poesía, todo dentro de una amplia libertad de expresión y, sobre todo, siempre observando un escrupuloso respeto hacia los intervinientes.
Moderadores: Hallie Hernández Alfaro y Ventura Morón.

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Un joven cualquiera: Segunda parte. Cap. 24 y 25.

por Ramón Carballal » Sab, 02 Sep 2017 11:25

CAPÍTULO VEINTICUATRO

De repente, mi padre se convirtió en pretérito. Recordaba con exactitud cómo nos comunicaron su fallecimiento, pero aunque no hubiera estado allí lo habría adivinado nada más ver la cara de mi hermano Juan. Aquella mueca expresaba resignación y dolor, y rabia contenida. Por mi parte, tenia la sensación física de pesadez en la boca del estómago: nervios, dijeron. En cuanto a mi estado de ánimo, se podría decir que era el producto de la confusión. Supongo que entraba dentro de las reacciones normales ante las desgracias el aturdimiento inicial, la incredulidad. Seria necesario el distanciamiento temporal para asumir en plenitud las consecuencias de la perdida; de momento, en medio del naufragio luchaba por sobrevivir, quizá sea demasiado gráfico expresarlo así, seguramente no era una situación tan dramática, más bien una perturbación que hacia que la brújula de la rutina perdiera su norte, un acontecimiento que se sumaba a otros de profundidad semejante, aunque éste ,por utilizar un símil, era la piedra más grande de la mochila, la que apostaba por hacerme caer de espaldas dejándome, como al insecto vencido por la falta de equilibrio, agitando las extremidades en desesperada llamada de auxilio. Pase los días posteriores como un autómata, Matías Atienza estuvo allí, solícito a cuanto pudiéramos necesitar. Don Antonio-el padre de Matías- y mi padre, eran compañeros de trabajo en la misma empresa. Don Antonio trabajaba de contable y mi padre era su superior inmediato. Debido a un reajuste de plantilla, Don Antonio se quedó en el paro. Tenía cincuenta años y escasas expectativas de volver a encontrar otro empleo. Fue mi padre quién tuvo que decirle que se quedaba en la calle, le resultó doloroso porque su relación con él iba más allá de la meramente laboral. Don Antonio y su familia fueron vecinos nuestros durante algún tiempo, e hicieron amistad con nosotros. Matías y yo crecimos juntos, y juntos fuimos al mismo colegio. Las dificultades económicas se presentaron pronto para los Atienza, el dinero de la indemnización se consumía, y mi padre que estaba en buenas relaciones con el dueño de la casa, medió ante él para que no les echaran cuando estuvieron algunos meses sin pagar el alquiler. Finalmente tuvieron que admitir la realidad y bajo la amenaza de un desahucio se trasladaron a un apartamento en las afueras de apenas sesenta metros cuadrados, en el que convivían los ocho miembros de la familia. Matías también tuvo que cambiar de colegio, ya que no se podían permitir pagar el nuestro. Después de aquello no supimos nada de ellos, hasta que Matías y yo coincidimos en la universidad y reanudamos nuestra amistad, aunque aprecié en su carácter como un rescoldo de resentimiento hacia mí, al que no di mayor importancia. No volvimos a hablar de un pasado que tanto a él como a mi nos resultaba incómodo. Solo que el pasado volvió con la muerte de mi padre. Su comportamiento en aquellos días de duelo fue modélico. A mí me sorprendió su actitud, que estimaba sobrepasaba las consideraciones propias del momento, sus llamadas a mis hermanas y a mi madre, su presencia constante, incluso en las reuniones supuestamente más intimas, incorporaban un elemento distorsionador en la sucesión lógica de los hechos. Lo curioso fue comprobar como mi madre encontraba alivio en lo que para mi comenzaba a ser intromisión. Ante mi pasividad, Matías mostraba la tierna y serena compostura del hijo mayor, capaz de sostener con manos fuertes el timón en medio de la tormenta. Bajo su sombra protectora el sol abrasador del abandono dejaba de quemar. Yo le observaba, entre sorprendido y molesto, por la usurpación manifiesta de las funciones que me correspondían. No puede negarse que para los demás fue una ayuda poder apoyarse en ese muro de aparente solidez, pero no para mí, conocía a Matías mejor que nadie y estaba convencido de que fingía. ¿Por qué lo hacía? No creía en su afecto, no tenía porque existir en su interior el impulso de convertirse en lenitivo de nuestro dolor, eso no entraba en su escala de valores. Matías era egoísta por naturaleza, y como cualquier egocéntrico usaría las armas del desprendimiento y la solidaridad para conseguir un fin propio, que, al cumplirse, destruiría por completo las ilusiones de quienes le hubieran creído, de aquellos incautos cuyo momento de debilidad sirvió para cimentar su triunfo, y que una vez conseguido, pasarían a engrosar las filas de los humillados. Desde luego, no quería eso para los más cercanos a mí, sería como asistir a su ejecución desde el palco de un espectador privilegiado; me veía, por tanto, obligado a hacer algo para detener la estrategia de araña de este usurpador, cuya ventaja estribaba, primero, en su cercanía a nosotros, la cual le abría de par en par las puertas de nuestra intimidad, después, en su innata habilidad para hacerse querer, porque nada había en él que no fuera premeditado y por un simple cálculo de posibilidades, amparado en su entrenada inteligencia, iba poniendo las marcas que le harían conquistar el territorio deseado. Presentía que debía, cuando menos, desenmascararle, decirle que el engaño no podía seguir adelante, que si no era suficiente con hacerme pagar por un delito que no había cometido; pero no me atrevía a decírselo abiertamente, temía que las cartas que guardaba significaran el descrédito ante los que más me importaban, por eso, cuando por fin me encontré con él a solas, tuve que emplear un tono conciliador:
-Supongo que tengo que darte las gracias-le dije.
El me miró, aparentando ser compasivo:
-Solo intento ayudaros. En estos casos una persona que no está tan implicada emocionalmente ve las cosas con más serenidad. De todas maneras, si crees que me meto donde no me llaman, me retiro y ya está.
-No, Matías, lo estás haciendo muy bien. Tanto mi madre como mis hermanos están muy agradecidos.
-Tu opinión es otra, verdad.
-Mi opinión me la guardo, aunque valoro que no hayas echado leña al fuego contando el asunto del coche. Es un detalle.
-Sabes que por mi boca no se enteraran de eso-afirmó Matías.
-Está bien, ¿Cuándo vuelves a la Facultad?
-Mañana.
-Vale, ya nos veremos.
La vuelta a la normalidad hizo que los rompientes se volvieran remansos y que se empezara a pensar en términos de un futuro distinto, bajo la responsabilidad subjetiva de un proyecto con el que comprometerse. Era necesario dibujar el porvenir con pulso firme y voluntad decidida, así me lo decía todo el mundo y así lo entendía yo, por una vez de acuerdo en valorar el sentido común como el mejor de los sentidos. ¿Qué hacer? Primero terminar la carrera, aquella trabada conquista de ¿méritos?, que era el destino previsto, aquel que nos daría la seguridad material de un porvenir conquistado, un territorio donde asentar las raíces que me harían madurar. Por eso llovían los consejos como cabos lanzados al viento: “eres el hijo mayor, tu deber es ayudar económicamente a tu madre” “solo te queda una asignatura difícil, apruébala en esta convocatoria y luego buscaremos el mejor camino posible”, “ponte las pilas que hay que echar una mano”, etc. Eran las buenas intenciones que duran lo que dura el recuerdo del amigo, el tiempo va soltando las amarras de la amistad perdida y tú te quedas en el muelle como un marinero sin barco. La verdad es que nunca me había sentido más solo, y esta sensación no la atribuía al hecho dramático de la pérdida del padre, es que, por primera vez, me daba cuenta de que única y exclusivamente dependía de mi mismo, y eso me pesaba y me hacía sentir inseguro; de repente una avalancha de calamidades intentaba sepultarme ,las voces que oía a mi alrededor me sonaban huecas, y una suerte de fatalidad asomaba sus fauces con la intención de engullirme; pero yo me sentía como un moai , una estatua altiva e incorruptible a la erosión, por más que todos los fenómenos de la naturaleza se conjuraran para acabar conmigo; me reconocía fuerte cuando la debilidad antes de hoy había sido una de mis señas de identidad, y esa fortaleza provenía de la conciencia del sinsentido de lo que me rodeaba, de las cenizas de las que , en acrobática vuelta atrás, el fuego crearía el calor que me permitiría sobrevivir. Fue una toma de conciencia lenta y renqueante, como el desperezarse tras una noche de borrachera. Tuve que palpar concienzudamente los rastros previos para hacerme una idea seria y serena de en qué situación estaba; era un convaleciente que se repone de sus heridas y a la vez descorre una cortina que le expone al mundo, para anunciar su caída, tanto como este le penetra para darle aliento vital ¿es esto lo que siente el que recibe el transplante de un órgano sin el cual no podría vivir, o es mi posición la del donante que se libera de una víscera atacada por el cáncer? No podía elegir el mal, pero si el tratamiento, médico de mi infortunio, crearía la homeopatía de la transformación, la mutación de las células, el alumbramiento del ser equilibrado que se inyecta serenidad en dosis de caballo para poder cabalgar sobre las crestas del conformismo social, y poder ser aceptado y querido y ser primus inter pares, y hasta salir en el periódico local por motivos laborales de interés público, opinando con profesionalidad , buen sentido y erudición, con frases meditadas al pairo de preguntas conocidas con anterioridad, usando traje oscuro y corbatas a tono, aspirando a un mercedes gris metalizado de cinco plazas; ya que entonces deberé tener una familia, dos hijos al menos, niño y niña, y mujer con sólida formación que da clases en una universidad privada, chalé adosado y qué se yo de acopios materiales que dicen dan la felicidad. A eso me encamino y la primera piedra del edificio es acabar mis estudios, solo una asignatura, esa maldita asignatura, me separa de la meta. Romperé la cinta como si verdaderamente fuera el ganador de una carrera en la que soy el único participante. Primero y último. Último y primero. A veces me parece que voy corriendo en el vacío dando vueltas alrededor de un agujero negro, atrapado en su gravedad, inmensa como una canica en el firmamento.




CAPÍTULO VEINTICINCO


Debido a la situación familiar, pasaba los fines de semana en casa. Metía la ropa sucia en una bolsa de plástico y ésta a su vez, junto con algunos libros, en una bolsa de deportes. Al no disponer, ya de coche propio, solía coger el ferrobús a Coruña que partía a las ocho y media de la tarde. Aunque me quedaba algo lejos, me gustaba ir caminando hasta la Estación del tren. Si tenía tiempo, deambulaba un poco entre las calles que partían de la plaza roja, llenas de comercios y de bares, mientras me dirigía zigzagueando hacia mi punto de destino. Luego, cuando llegaba a la estación, casi siempre con el tiempo justo, me ponía a la cola para sacar el billete y esperaba en el andén la llegada de las dos unidades que solían componer el ferrobús. Nuestro tren parecía de juguete, cuando desde el interior, antes de partir, veíamos la llegada del tren expreso precedente de Coruña con destino a Madrid. Llegaba resoplando como una bestia furibunda, arrastrando interminables vagones de pasajeros, que iba contando uno por uno, haciendo una apuesta conmigo mismo-esta vez me la jugué por el nueve- ,sobre la posición que ocupaba el coche-restaurante-era la décima- . Estábamos condicionados, tanto por su llegada como por su partida-injustamente volvía a salir antes de que nosotros lo hiciéramos-, de tal manera, que de su puntualidad dependía la nuestra, y no era raro que el retraso acumulado alcanzara la media hora, aún antes de habernos puesto en movimiento. El ferrobús era como una enorme sala de espera, débilmente iluminada, con sillones alargados, enfrentados unos a otros, donde los viajeros se sentaban codo con codo. Los pasajeros más habituales eran paisanos de los alrededores y estudiantes, que se mezclaban en los asientos, sin otro criterio que el de encontrar un sitio libre. Este viernes éramos pocos los que viajábamos. Busqué un lugar y me sitúe en una zona vacía pegado a la ventana. El día comenzaba a acostarse en los brazos de la noche, el paisaje se oscurecía y solo quedaban trozos de verde bajo la luz de algunas farolas. El tren avanzaba cansino, traqueteando sobre las vías, los viajeros nos mecíamos al ritmo de la marcha, a mi izquierda una chica rubia que conocía de viajes anteriores, leía con detenimiento un libro de tapas azules. Por curiosidad intenté averiguar de qué libro se trataba, con dificultad creí entrever que se trataba del don Juan de Torrente, ¡qué curioso que fuera ese libro precisamente!. Miré a la joven con simpatía pero ella no levanto la vista. El ferrobús se detenía regularmente, en estaciones con nombres de lugares, pequeños núcleos de población poco conocidos, lo cual para el viajero novato suponía una sorpresa, no para los veteranos como yo, que nos conocíamos los nombres de memoria, y los recitábamos mentalmente durante el trayecto; en una de estas estaciones de parada obligada, quizá la más solitaria de ellas, aquella de la que por estadística podríamos decir que menos clientes tenía, se subieron dos personas, dos paisanos que iban a Ordenes, es decir, a poco más de diez quilómetros del lugar donde estábamos. Pese a que el vagón estaba semivacío se sentaron en mi zona, frente a mí. Los estuve observando disimuladamente, el hombre vestía chaqueta y chaleco negros sobre una camisa lila, apoyaba sus dos mandos en un bastón completamente liso, sin adorno alguno, la boina le caía ligeramente hacia el lado derecho, tendría unos sesenta años, aunque no lo sabría decir con seguridad, profundas arrugas navegaban por su cara de ojos hundidos, fumaba tabaco de liar, que le dejaba huellas amarillentas en los dedos, el pitillo lo mantenía casi siempre pegado a los labios, lo que le obligaba a entrecerrar el ojo derecho, parecía que se quejara permanentemente de un dolor sordo; la mujer era menuda, también vestía de negro, un negro azabache gastado por los años, de estatura pequeña, las piernas no le llegaban al suelo y sus zuecos se elevaban como espolones de un barco, tenia la cabeza cubierta con un pañuelo pegado a su pelo, se diría que solo una intervención quirúrgica podría separar aquel pañuelo de su cabeza, por edad, era más joven que el hombre, no sé cuanto, ninguno de los dos habló durante un buen rato, de repente el paisano se puso a toser.
-ti non lle fagas caso o médico, dixote que deixaras de fumar e ti como que oe chover-dijo ella.
-cala muller, deixa vivir.
-si, si como non te cuides xa verás.
Él hizo un gesto de impaciencia y disgusto. Ya no hablaron más hasta Ordenes, allí se apearon y me volví a quedar solo. La noche era ya completa, la oruga amputada avanzaba con brío hacia su destino. Por fin apareció el revisor, la joven del libro notó su presencia, pero siguió sin cambiar de postura, completamente absorta en la lectura. El revisor la requirió: “su billete señorita”, ella rebuscó en su bolso y le entregó el billete, sin mirarle. Después se dirigió a mí, yo ya lo tenía preparado, lo taladró y me lo devolvió maquinalmente. El viaje tocaba a su fin, se adivinaban ya las luces del extrarradio, el ferrobús pasó por delante del polígono industrial que conectaba con uno de los barrios de las afueras. Entre trenes de mercancías, el nuestro acabo por detenerse con una especie de resoplido. A mi altura se podía ver un letrero que ponía: Coruña.
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Re: Un joven cualquiera: Segunda parte. Cap. 24 y 25.

por Hallie Hernández Alfaro » Sab, 16 Sep 2017 13:38

En el capítulo 24 se siente la pesadez en la boca del estómago, como si el pecho reclamara aire que no le pertenece. Sebas es un personaje que relativiza, que coloca cada acontecimiento en su santo lugar. Capaz de obviar la mentira por omisión del coche frente a la situación solidaria exhibida en los días de post-trauma, la muerte de un padre es un hecho siempre traumático. La frase final del párrafo me ha encantado. Sigues delatándote como poeta en tu vida narrativa.

El capítulo 25 me ha parecido impecable. Por razones personales la alusión a los trenes (justo en esa zona) me ha emcionado mucho.
Qué bien captas ese reflejo de los dos personajes protagonizando la tos desavenida.
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