"Un joven cualquiera"( Segunda parte. Cap. 23)

Cuentos, historias, relatos, novelas, reportajes y artículos de opinión que no tengan que ver con la poesía, todo dentro de una amplia libertad de expresión y, sobre todo, siempre observando un escrupuloso respeto hacia los intervinientes.
Moderadores: Hallie Hernández Alfaro y Ventura Morón.

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"Un joven cualquiera"( Segunda parte. Cap. 23)

por Ramón Carballal » Mié, 23 Ago 2017 10:41

CAP´ÍTULO 23

Mourir pour mourir, pour partir pour partir. Así comienza una canción de Bárbara. Morir por morir, sí. Partir por partir, también. Pero sin sufrimientos obscenos que te muerdan las entrañas. Vienen a mi mente los últimos días de la enfermedad de mi padre. Fue algo inesperado, la misma mañana en que se presentó el aneurisma cerebral había hablado con él. Yo estaba en Santiago preparando un examen, él había sufrido un ligero mareo en la calle y estaba en casa descansando. La conversación por teléfono tenía que ser necesariamente corta, nunca habíamos hablado mucho, así que a través de la línea telefónica, sin la motivación del acercamiento físico, nuestra conversación terminaría por sintetizarse en monosílabos. Unas horas después recibí una nueva llamada, esa vez era mi hermana la que me comunicaba la situación: “Papá está mal, ven a casa”-me dijo como si fuera un telegrama. Inmediatamente me desplacé a Coruña donde mi padre ya había sido internado en la unidad de cuidados intensivos del Hospital. Las primeras impresiones de los médicos fueron esperanzadoras: “el derrame no es grande. Si supera los primeros días sin sufrir un nuevo sangrado podemos ser moderadamente optimistas”. Más tarde empezaron a ser cautos: “Tiene en contra la edad, por lo que una operación podría entrañar riesgos, quizá cuente con un cincuenta por ciento de posibilidades si se le opera”. Mi madre recibió la noticia como si le hubiera pasado un ciclón por encima. Al estupor inicial reaccionó con entrega y coraje, al menos mientras mi padre se debatía entre este mundo y el otro. Al principio su dedicación era absoluta, comía y dormía en el hospital, hasta que el agotamiento hizo que la obligáramos a descansar algunas noches a cambio de quedarnos uno de nosotros en su lugar. De ordinario visitábamos a mi padre dos veces al día, cuando nos dejaban. Velaban por el descanso de los enfermos y esto era razonable. Durante la visita solía estar dormido, su respiración alternaba: durante unos minutos se volvía acompasada, después se entrecortaba un poco, lo que nos hizo preocuparnos las primeras veces, pero pronto nos dijeron que era normal y que eso no significaba ninguna anomalía. Yo le miraba con pesadumbre. No me parecía posible que toda la vitalidad que había mostrado estos años atrás se hubiera desvanecido y solo quedara este cuerpo vencido por la enfermedad. ¿Dónde estaba el carácter de este hombre cuyas fuertes creencias había admirado aún sin compartirlas? Ante mi se hallaba un ser desvalido, reducido a una lucha desigual, donde cada segundo que pasaba venia a confirmar la perdida de la materia ante un mal insaciable que derribaba milímetro a milímetro los diques de su resistencia. Él, a través de su menguante naturaleza, pugnaba por persistir, esperando al menos una victoria pírrica, aceptando la merma de sus facultades, a cambio de que la vida no dejara de prestarle el suficiente aliento con el que acompañar el madurar de sus hijos. No vencería en esta batalla, esta era la guerra que había que perder porque el destino lo dicta, la puerta del no retorno. La escenografía dictaba sus rígidas leyes, el tratamiento estaba reglado, por eso tenia permanentemente enchufadas las máquinas que le controlaban los ritmos vitales, de las que partían unos tubos pegados con un esparadrapo a la altura de la muñeca, a través de los cuales le inyectaban calmantes. Su cuerpo se había empequeñecido, desnudo, bajo una sábana tiesa. La cabeza parecía haber crecido ante la merma del tronco y el adelgazamiento de las extremidades, su cabello grisáceo estaba siempre revuelto, su piel se había vuelto más blanca, y en uno de sus brazos había asomado un enorme cardenal violáceo. La mañana del tercer día recobró la consciencia y la lucidez, estuvimos hablando un buen rato, le animamos como pudimos, y él a su vez intentó animarnos a nosotros, aunque creo que era perfectamente consciente de la gravedad de su estado. Ese mismo día le hicieron varias radiografías. Los médicos nos confirmaron la peligrosidad del aneurisma, por lo que debían valorar la necesidad de operarle. Según el neurocirujano se trataba de una intervención quirúrgica muy delicada debido a la edad de mi padre. Nos dijo que a sus años-setenta - las arterias se habían endurecido, lo que, unido a su condición de hipertenso, hacia que el riesgo de una nueva rotura fuera alto. Después de aquella vez no logramos mantener con mi padre un nuevo diálogo, tan solo una noche, en un momento de lucidez, ante mi madre, logró articular con voz apagada-según ella nos contó- algo así como un “ha sido muy fuerte”, mientras trataba de sonreír. Un amigo de Carmen que trabajaba en el mismo hospital, aunque en otra especialidad, nos iba informando de su evolución. Pienso que tanto los médicos especialistas como este amigo trataron de suavizar sus informes, quizá mi hermana conocía la opinión veraz, aunque nunca nos dio otra versión que la oficial. Un jueves, mientras le visitábamos, tuvo un nuevo ataque, el aneurisma volvió a romper y sufrió un fuerte sangrado. Poco después entraba en coma. Era el principio del fin. Nos dio tiempo a despedirnos y fuimos entrando uno por uno. Recuerdo que le cogí una mano y se la apreté con fuerza. No sabía qué decirle y solo se me ocurrió rezar, acompañando al cura que en ese momento le daba la extremaunción. Todavía ahora me arrepiento de no haberle dicho nada. Unas horas más tarde moría en el hospital. Mi madre acató con resignación el final y rompió a llorar, estaba al límite de sus fuerzas y la progresiva debilitación física y mental la habían dejado exánime. Enseguida llegaron las condolencias: “no sufrió, por lo menos habéis podido despediros, vivió su vida, fue un buen hombre”; luego la sucesión de formalidades: velatorio, apretones de manos, palmadas en el hombro, algún abrazo, expresiones compungidas, telegramas, llamadas telefónicas, esquela, besos en las mejillas, reencuentros, y un no saber qué hacer ni qué decir, cansancio, deseos de que todo termine de una vez, entierro, funeral. Descanse en paz.
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Re: "Un joven cualquiera"( Segunda parte. Cap. 23)

por Hallie Hernández Alfaro » Mié, 13 Sep 2017 13:30

Este capítulo me ha costado más comentarlo; duele, se parece a toda la muerte que ya ha pasado cerca.
Una suerte de anestesia hace que estos momentos se vuelvan prismas oscuros, lentes inservibles; sólo brota lo que ha sido, la lejana infancia deshecha, los cortometrajes de la mente queriendo revivir.

Hago una pausa en mis respuetsas para los aplausos sonoros. Logras muchísimas estampas que se mueven y se enriquecen unas a las otras.
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