"Un joven cualquiera"( Primera parte cap. 15 al 22)

Cuentos, historias, relatos, novelas, reportajes y artículos de opinión que no tengan que ver con la poesía, todo dentro de una amplia libertad de expresión y, sobre todo, siempre observando un escrupuloso respeto hacia los intervinientes.
Moderadores: Hallie Hernández Alfaro y Ventura Morón.

Moderadores: Hallie Hernández Alfaro, Ventura Morón

"Un joven cualquiera"( Primera parte cap. 15 al 22)

por Ramón Carballal » Vie, 18 Ago 2017 11:35

CAPÍTULO QUINCE

Fuimos directamente al Juzgado de guardia. Era allí donde se hacían las ruedas de reconocimiento. Siguiendo el consejo de Fátima no cuidé especialmente mi indumentaria, iba vestido como lo hacia a diario: pantalón y cazadora vaqueras. Me había afeitado, y como siempre, la cuchilla me dejó un corte. Esta vez sobre el labio. Aunque no llegábamos tarde, parecían estar esperándonos.
-Venga conmigo. Soy el secretario.
Me llevó a una sala pequeña, con una tarima estrecha, delante de la cual había un gran espejo.
-Usted se pondrá aquí, sosteniendo este número. Estará de pie mirando hacia el espejo. No se mueva hasta que le avisemos. Ahora entrarán otras personas que participarán en la rueda. No se preocupe, será solo un momento.
El secretario se marchó y entraron cuatro jóvenes de apariencia similar a la mía: morenos, altos y delgados. Su vestimenta también era muy parecida a la mía. Ninguno de ellos me miró a la cara. Se pusieron dos a la derecha y dos a la izquierda, dejándome a mí la posición central. Se apagaron las luces generales y dos focos que había encima de la tarima nos iluminaron con fuerza. Estuvimos así unos tres minutos. El intenso calor que desprendían las luces, comenzaba a resultar incómodo. Por fin se abrió la puerta y nos mandaron salir. Fátima me esperaba fuera. Por su cara me pareció que el resultado no había sido el que deseábamos.
-Te han identificado-me dijo con fastidio.
-No es posible-le contesté sorprendido.
-¿Quiénes son los testigos?
-No me han dejado verlos.
-No me lo puedo creer- le dije. Esto es un montaje.
-Pero ¿por qué? ¿Quién puede querer perjudicarte?
-No lo sé. No entiendo nada.
Noté cierta desconfianza en su mirada.
-Mira será mejor que empecemos a preparar la defensa en serio, porque esto va a ir a juicio. Tienes que hacer memoria y recordar lo que hiciste aquella noche. Nosotros también necesitamos testimonios que apoyen tu inocencia.
-Entiendo. Haré lo que pueda.



CAPÍTULO DIECISÉIS

-Pasa ya el Ducados, hombre, no te hagas de rogar.
-Para ti enterito, con el último cigarrillo que queda.
Compartíamos mesa, Elena y yo, en uno de los pubs de las galerías Viacambre. Estaba medio borracho, después de haber ingerido alcohol desde las tres de la tarde, mezclando bebidas sin ton ni son.
-¿Conoces el mito de don Juan?- le dije.
-Si, claro- respondió ella.
-¿No te parece un mito estúpido?. Un tipo presuntuoso se dedica a seducir incautas, en mal verso o en peor prosa. Es tan irresistible que el meollo de la cuestión no está en saber si seduce o no a tal damisela, sino en la satisfacción que esto le produce. Por cierto, nunca está completamente satisfecho. ¿Te suena?
-¿Por qué habría de sonarme?
-Ese tipo es un incordio-continué-, para él y para sus desafortunadas conquistas. Para más INRI le gusta batirse en duelo, y siempre gana, lo curioso es que siempre gana.
-No sé por qué me hablas de eso, Sebas, de lo único que me suena don Juan es de esa obra de Zorrilla.
-A mí no me engañas, Elena. Como tú sabes perfectamente, hay otras versiones. Vamos a ver: tenemos al burlador de Sevilla, tenemos a Byron, a Moliere y a Mozart. Existe una referencia en un ensayo de Camus-creo-, y no se si alguna más.
-Te olvidas de Juan de Mañara-dijo Elena con ironía.
-Ya.
-Sebas, has bebido mucho.
-Si , Elena, pero a que te suena el mito de don Juan, o debo decir de doña Juana –dije, insistiendo, con la lengua trabada por el güisqui.
-¿Dices eso por mí?,¿Qué tengo que ver yo con don Juan? ¿Te crees que voy por ahí seduciendo jovencitos? Es algo mucho más simple, entiendo las relaciones de forma natural, sabes, no voy buscando guerra, pero a veces las cosas surgen y si me gusta alguien se lo digo. Esa es la situación.
-¿La situación?-dije admirado. ¿Llamas así a ponerle los cuernos a tu marido?
-Mira, tú me gustabas y nada más.
-Si, por supuesto, empezaste por mí ¿a qué debía semejante honor? Dime ¿qué se siente cuando tienes entre tus tenazas de mantis religiosa la voluntad de otro? ¿es que solo ves el vacío? ¿es que es verdad ese mito y sigues buscando un imposible?-ya no sabía lo que decía.
-No es tan poético. Simplemente me cansé de ti.
-Claro, es más bien patético, cómo no te ibas a cansar de alguien como yo.
-Deja de compadecerte.
-No me compadezco.
-Olvídalo, Sebas, estas nervioso por ese juicio.
-No sé que impresión te causo, pero lo que te he dicho no tiene nada que ver con eso. Simplemente, es algo que necesitaba decirte desde hace tiempo.
Pedí otro JB.
-Es el último, te lo prometo, tampoco podría aguantar más. ¿Por cierto, Elena, tu forma de batirte en duelo es montar una escena como la del Galo?

Creo que había dado en el blanco, apagó el cigarrillo con mucha calma y me dijo:
-Tú lo complicas todo, verdad. Te inventas tus propias historias y te las acabas creyendo. Lo que ocurre es que nadie más que tú se las cree. Vuelve a la realidad, antes de que sea demasiado tarde.
-Dime, Elena ¿qué pensarán tus hijos de ti cuando sean mayores? ¿Crees que entenderán tu forma de proceder? Nunca te preguntan quién es ese individuo que llevas a casa.¿No tienes miedo de que, inocentemente, un día descubran tu juego?
-El inocente eres tú. No te das cuenta de que Antonio lo sabe todo, que es algo consentido. Hay un pacto entre nosotros, él también es libre. En cuanto a mis hijos, no les hago ningún mal.
-Bonito concepto de libertad, permíteme decirte algo: Antonio y tú no os queréis.
-Es otra forma de querer, no somos posesivos.
-Ni tenéis celos, claro.
-Desde luego que no.
-Espero que te diviertas mucho, Elena.
-Eso intento.
El hielo que nadaba en medio del güisqui era indestructible, la luz cenital de la lámpara se reflejaba en su superficie y producía un brillo de falso diamante.
-La verdad que no se qué hago aquí contigo.
-Estamos tomando una copa, no-dijo Elena. Anda relájate un poco, si quieres nos vamos y caminamos un rato, el aire de la noche te hará bien.
-De acuerdo.
Nos hicimos hueco hacia la salida. Ninguno de los dos se había acordado de pagar.



CAPÍTULO DIECISIETE

Como era previsible, después de las pruebas que me inculpaban(periciales, testificales, documentales) se señaló fecha para el juicio. La vista oral se celebraría el quince de mayo. Ni Fátima, aunque no lo decía, ni yo, confiábamos en que el resultado fuera favorable. Ella, al principio, intentó plantear una sólida defensa argumental, para lo cual empezamos por buscar testigos que apoyaran mi testimonio de inocencia. Lo malo es que no existían testigos reales, fuera de unos pocos espectadores desconocidos que habían asistido conmigo a una sesión de cine, en la medianoche del sábado en cuestión. Ni ellos se acordarían de mí, ni yo de ellos. Pregunté a la taquillera, al que sellaba las entradas, y al acomodador, pero, como era previsible, no recordaban mi cara. Al terminar la película me había ido directamente a dormir y no me encontré con nadie conocido. Por lo tanto, y hablando en términos policiales, no tenia coartada. Podía haber conseguido, fácilmente, que Luis, Julia e incluso Elena, manifestaran que aquella noche estaba con ellos en el momento en que se produjo el atropello, pero estaría faltando a la verdad. Un absurdo escrúpulo me impedía utilizar sus testimonios. Fátima insistió en que daba lo mismo, que lo que tenía que hacer era presentar al menos un testigo que me favoreciera. Si, como decíamos, la acusación se sostenía sobre falsedades, no atentaría contra la ética pagar con la misma moneda. Tenía razón, desde luego. Mi postura no era coherente, aunque ella desconocía los verdaderos motivos de actuar así. Ignoraba un hecho capital que descubrí recientemente: el segundo juego de llaves del coche no estaba en mi poder. Fue algo casual, cuando declaré ante el Juez y me pidió el carné de conducir y las llaves para inmovilizarlo, incluido el segundo juego, le manifesté que éste no lo llevaba encima y que tendría que buscar en casa para traérselo. Nada más llegar revisé todos los lugares donde podía haberlo guardado, al principio, simplemente me sorprendió no encontrarlo en el cajón de la cómoda donde suelo depositar los objetos personales en desuso. Se suponía que debía estar allí, y nadie, excepto yo, le podría haber dado otro destino. Hice memoria y lo recordé: se las había prestado a Matías en una ocasión en que me pidió el coche, y no me las devolvió. Lo demás fue ir desenmarañando la red. Matías, sin duda, había conseguido una cuidada puesta en escena: tenía el medio, el daño personal y material causado y los testigos. Pero ¿y el móvil? Aunque no lograba entenderlo, solo se me ocurría uno: el odio y el rencor. Un odio y un rencor soterrados, disimulados, alimentados en las catacumbas de una amistad podrida, zaheridos por la espera y ocultos bajo un manto de hipocresía.


CAPÍTULO DIECIOCHO

Ayer tomé una decisión: aun sabiendo lo que sé, no haré nada. Como víctima de esta trampa cruel tengo el legítimo derecho de venganza; podría presentarme ante Matías y decirle: déjalo ya. Podría bajo el peso del agravio golpearle hasta hacer que escupiera las entrañas y secara ese pozo de bilis que lleva dentro. Nadie podría reprocharme que obrara así, después de saber lo que sé. Pero la autentica generosidad es una virtud a la que no le gusta ser mostrada, prefiere el ejercicio discreto de sus gracias antes que el estruendo que acompaña los fastos, goza más con el agradecimiento que se susurra al oído, que con las voces que proclaman a los cuatro vientos su gloria. Así pues, tenia la oportunidad de ayudar a Herminia, aún a costa de ser el villano de esta historia. No era, sin embargo, un precio muy alto el que debería pagar: el limite de la condena para ese delito se fijaba en dos años, lo que suponía, que al no tener antecedentes penales, no pasaría por la cárcel; en cuanto a las responsabilidades civiles- léase indemnizaciones de las cuales la única beneficiaria seria Herminia, tal y cómo se pactó- serían cubiertas por el seguro del coche, dado que yo actualmente era insolvente y en ningún momento se había probado que el supuesto autor, es decir el que suscribe, estuviera ebrio. La ley de seguro en vigor exigía, en estos casos, que se identificara al responsable del accidente. No bastaba con la identificación del auto para que la compañía de seguros se hiciera cargo de las indemnizaciones; según dicha ley, si no se hacía de esta forma, ni siquiera el consorcio de seguros cubriría las justas reivindicaciones de las víctimas. Dicho de otra manera, se necesitaba un culpable para que Herminia, cuando menos, recibiera una compensación económica por la muerte de Eulogio. La otra posibilidad que había sopesado: denunciar a Matías, anularía los derechos de Herminia, ya que no existían pruebas contra él. No tenía miedo al juicio. No me impresionaba esa representación litúrgica. Era consciente del poder que ejerce un juez. La justicia es una diosa que lleva una venda en los ojos para simbolizar que no puede ser influenciada por los poderosos. Obviamente, es una idealización ajena a las debilidades de los hombres. ¿Qué es lo que evita que uno no acabe por ser juez de sí mismo? Si además de juez eres creyente, los argumentos se complican: tienes que lidiar con tu conciencia y con los rescoldos de amor al prójimo que te queden. ¿Cuántos jueces hay así? Hoy en día se administra justicia, nunca mejor dicho, administrar es hacer un uso adecuado de los recursos. Es más fácil encarcelar a un desgraciado que a un rico conocido, la reclusión del primero no causa perjuicio alguno a la sociedad-al contrario-, la del segundo podría hacer tambalear las instituciones. Me encuentro dentro de los de la primera clase por lo que ni puedo esperar ni espero benevolencia. La condena máxima estará servida en fuente de plata: es inadmisible que un joven probablemente borracho atropelle en un paso de cebra a un respetable anciano y que encima huya como un cobarde sin prestarle auxilio. Esta será la versión oficial.



CAPÍTULO DIECINUEVE


Creo que hay lecturas que son buenas para el espíritu pero malas para la vida. Algunas tardes, cuando estoy aburrido, curioseo en la Librería que tengo enfrente de casa. En mi modesta opinión es una de las mejores de la ciudad, dispone de gran cantidad de libros, perfectamente ordenados por áreas o especialidades, aparte de ser un lugar agradable de visitar. Paso allí minutos de distracción y de enseñanza, primero merodeo un poco al azar, me acerco a las primeras mesas donde están las ultimas novedades, los libros más exitosos y los best-seller del momento, cojo alguno de ellos, y en las solapas busco la fotografía del autor y la sinopsis de su biografía. Casi todos son periodistas o profesores de universidad, eméritos o en proceso de serlo, unos pocos son escritores autodidactas y están los que se apuntan a escribir sobre políticos o temas de moda como la autoayuda o el yoga; también, eso lo hago con cualquier libro que hojee, leo en la contraportada el resumen del argumento y las citas elogiosas del crítico de turno, que nunca llevan nombre propio sino el nombre del periódico en letras mayúsculas o minúsculas, según la importancia o prestigio del autor. Después me dirijo a las diversas secciones rotuladas en letra rústica, donde los libros se desparraman como ramas de un árbol: historia, filosofía, ciencias sociales, poesía. Por último, voy directamente a los libros de literatura, primero los clásicos, que hojeo con devoción, palpando las tapas de cuero o tafilete, husmeando el olor reciente a tinta de imprenta; después, los modernos, y entre estos a los de precios económicos, porque estoy condicionado por mi presupuesto, es decir, que me veo confinado al catalogo de editoriales como Destino o Alianza, pobres pero dignas. Y es aquí dónde esta el problema, porque se empieza a recorrer con la mirada el índice de autores, y se descubre a escritores como Cioran, Bataille, Unamuno, Sartre o Nietzsche, auténticos depredadores del alma, que se muestran en los libros desnudos, sin adornos, texto en estado puro, adrenalina que se inyecta en las venas, sin solapas biográficas, con meras reseñas que te ubican sin más, y es tu apuesta adentrarte en su universo y perderte en él, porque no hay otra forma de decirlo, estás perdido si entras en esos mundos poblados de complejos, traumas y sinsabores, de amargos pasajes y lucidez cegadora que te hunde en el lado oscuro de los corazones humanos. Y es que puede que a ellos si les haya servido para liberar sus miedos, o asumir sus derrotas, pero ¿y a ti? , ¿Qué es lo que enseñan que te pueda hacer mejor? ¿Para qué leerlos si uno no va a ser escritor, si lo que tendría que aprender es, simplemente, a enfrentarse a la vida, a la sórdida vida de todos los días?


CAPÍTULO VEINTE

Cuando intento contar algo solo me salen fragmentos. Por eso no sé como empezar el relato de mi juicio. Creo que no era consciente hasta que me vi allí, rodeado de acusadores y testigos, de que iba a ser juzgado. Era mi quinto año de universidad y el derecho era para mí una entelequia, algo ajeno a la realidad, por lo menos a mi mundo, en el que no entraban más que las vidas acomodadas de jóvenes diletantes. Desconocía, en mi profunda ignorancia, que existiera un submundo, donde el robo, la prostitución o la violencia fueran lo cotidiano, gente marginada que sufría y hacía sufrir, que se ganaba la vida por medios ilegales, donde de la ética ni se conocía su nombre, y el daño causado era irrelevante ante el provecho propio. Lo chocante era verse de repente como un personaje de esa otra historia a la que habías llegado sin buscarlo, el desconcierto primaba sobre el intento de adaptación, que, como un mecanismo de defensa, ponías en marcha. Era el protagonista del delito cuando hasta ese momento solo lo conocía como espectador a través de dos de sus manifestaciones: la escala de penas del Código penal y la página de sucesos de los periódicos. Había jugado de forma romántica con la posibilidad de perjudicarme para beneficiar a Herminia. No me arrepentía de haber tomado esa determinación, se haría justicia aunque no se condenara al autentico culpable. Por otro lado los riesgos estaban controlados- en esto tenia que fiarme de Fátima-en el sentido en que ni mi libertad ni mi bolsillo se verían comprometidos. Solamente me vería expuesto al qué dirán, para algunos me convertiría en un apestado social: el juicio público podría ser más duro que el juicio oficial. ¿Por qué tengo que pasar por todo esto cuando lo más sencillo sería negarlo todo y por lo menos sembrar la duda sobre mis responsabilidades?. Reconozco que la trama esta bien urdida. Matías se ha esmerado. Me basta echar una ojeada entre los que esperan delante de la sala donde se celebrará la vista oral. He localizado, sin la menor duda, a los testigos que me inculparán. Están medio apartados, fumando nerviosamente, moviéndose sin parar, tienen la mirada baja y cierto aire de incomodidad. No se atreven a mirarme y durante su declaración tampoco lo harán. Son dos individuos desaliñados, sudorosos, con chupa de cuero uno de ellos, y el otro con chándal adidas pasado de moda. Deben ser conocidos de Santi, probablemente camellos a los que Matías habrá comprado. Seguro que ni siquiera han salido caros: “un par de talegos tronco y ese pringa como me llamo chapi”.¡qué miseria!. Al otro lado, sentada en un banco, he visto a Herminia. Ella no me ha reconocido, está encogida, está sola. Me acerco:
- Herminia ¿se acuerda de mí?
Se fija en unos momentos sin identificarme, de repente una sonrisa ilumina su cara.
-Sí, tú eres el chico aquel de la cruz roja. Pero ¿qué haces aquí?
-Bueno, no sabría como explicárselo. Me acusan de la muerte de Eulogio .
Ella pone cara de asombro.
-No pretendo que me crea y lo que va a oír en el juicio le hará pensar lo contrario, pero le aseguro que no he sido yo. Dicen que fue mi coche y en eso se basan, además hay dos supuestos testigos. Aunque todo lo tengo en contra le pido que no se deje engañar por las apariencias, solo eso me importa.
-No sé, estoy confundida, estos sitios me aturden. Me gustaría irme a mi casa.
-Entiendo, Herminia- le digo. ¿Cómo está su hija?
-Regular-contesta .Va a necesitar muchos cuidados, y solo me tiene a mí.
Herminia se ha puesto a llorar.
-Tranquilícese, ya verá como todo se arregla, por lo menos, económicamente, no le ha de faltar nada.
Aparece Fátima.
-Sebas, ven un momento por favor.
Me acerco a ella.
-No podemos hacer mucho, tal y como están las cosas. He pensado que igual nos interesa una conformidad.
-¿En qué términos?
-El fiscal hará una oferta, negociaré con él para llegar a un punto que nos convenga los dos. La sentencia va a ser condenatoria, si conseguimos que quede en su grado mínimo pienso que deberíamos aceptar.
- ¿A qué llamas grado mínimo?
-Un año.
-Haz lo que te parezca mejor, Fátima, yo lo acataré.
Sale el agente judicial con un papel en la mano. El primer nombre que vocea es el mío. Fátima se acerca y habla con él, luego entra en la sala y yo quedo fuera. No tarda mucho en volver a salir.
-Ya está, Sebas, aceptan nuestras condiciones. Un año y punto.
-¿Qué tengo que hacer?
Fátima me acompaña al interior de la sala. El agente me sitúa entre el estrado y una silla y me dice que no es necesario que me siente. El juez lleva una toga negra, brillante y pulcra, con inmaculadas puñetas. Se dirige a mí de forma solemne, tratándome de usted, luego me pregunta si me conformo con la condena propuesta. Digo:
-Si.
-Acérquese y firme-dice el secretario.
Miro a Fátima, que asiente con la cabeza. Firmo. Pienso que hoy los juicios terminarán pronto. Al salir nadie mira directamente, los quinquis ya no están. Herminia también se ha ido. Un hombre dialoga con su abogado, gesticula delante de él, levantando el brazo y dejándolo caer, el abogado trata de tranquilizarle, se ajusta la toga, de la que solo hay tres tamaños y él no encaja en ninguno, un maletín negro le cuelga de la mano derecha, son los próximos en entrar. Aquí se conoce enseguida quienes son acusados y quienes testigos, estos últimos suelen estar más alejados de la sala, se inquietan por el retraso, hablan de la perdida de tiempo. A los acusados se les ve serios , abatidos y nerviosos, como esperando en vez del juicio de los hombres el mismo juicio final, donde se pesará la bondad o maldad de su alma, donde les espera el fuego eterno o la liberación, todo o nada, absurdo planteamiento cuando la mayoría son reincidentes. Leo la lista de juicios: lesiones, robo, malos tratos, estafa, hurto; puedo identificar uno por uno a los supuestos autores, y repito, no es la primera vez para ninguno ¿y para mí? Quizá me equivoque, a lo mejor para esa joven el hurto ha sido un mero desliz, tal vez una apuesta pueril con sus amigas; es posible que aquel hombretón con barba de tres días no sea realmente violento, solo es que había bebido un poco y se le fue la mano, jura además que no volverá a suceder ¿y ese? es su tercera citación, porque está continuamente embarcado, lo que hace que sea complicado de localizar. Se le acusa de lesiones: tuvo una reyerta con otro marinero al que acabó por clavarle un punzón. Lo curioso es que el que no se ha presentado hoy es la víctima. También está una mujer elegantemente vestida, creo que su debilidad son los cheques sin fondos, es la esposa de un notario- eso dice-. Su abogado empieza a desesperarse, preguntándose porque demonios sigue cogiendo casos de oficio, encima lo han señalado como el último de la mañana, “esta tía tenia que estar en un psiquiátrico, siempre me tocan pirados o drogados”-piensa- Por fin, sale Fátima “Listo. Era la mejor solución. El abogado del seguro ha aceptado”.


CAPÍTULO VEINTIUNO

Quedé con Luis en el Galo, a las diez. Como era su costumbre se retrasó. A las diez y media, cuando iba por la segunda caña, se presentó. Venía con Julia.
-Perdona Sebas- me dijo-es que tenía que recoger antes a Julia.
Los dos parecían contentos.
-Bueno ¿Qué tal te fue?- me preguntó Luis.
- Más o menos como esperaba. Me ha caído un año.
-¿Un año de cárcel?– dijo Julia sorprendida.
-Si, pero no significa exactamente que tenga que ir a al cárcel, al ser el primer delito y la condena inferior a dos años, queda en suspenso. Eso sí en ese tiempo no puedo cometer otro delito, sino tendría que cumplir las dos condenas.
-¡Que pena! si hubiera salido bien lo tuyo, el día seria completo-dijo Luis-. Ves esto- me enseño un carné- significa que me han admitido en el partido
-Enhorabuena-le dije.
-Yo también tengo algo que decirte. He dejado a Matías. Estaba harta.
-No quiero meterme en asuntos personales Julia, pero creo que has hecho bien. Vamos a celebrarlo-les dije.
Raúl por favor, nos pones tres copas de champán.
-Eso está hecho- contestó Raúl.
Deposita los recipientes en la barra y los llena hasta el borde. Levanto mi copa.
-Por nosotros-dije.
-Por nosotros- repitieron ellos.
Los tres, acompasadamente, hacemos chocar las copas, el líquido pica en la garganta y deja seca la boca.
-¿Cómo es un juicio?- me preguntó Julia.
-En realidad, no lo sé. Me ofrecieron una conformidad y la acepté.
-¿Por qué hiciste eso?-se sorprendió Luis. No hubiera sido mejor presentar pruebas, que sé yo, por lo menos luchar.
-Lo tenía todo en contra, el coche, dos testigos supuestamente presenciales...
Luis y Julia se miraron.
-Os voy a decir algo, el coche es mío, pero yo no lo conducía, en cuanto a los testigos, son falsos.
-¿estás seguro?-preguntó tímidamente Julia.
-Completamente, no quiero comentar nada más, solo os pido que me creáis.
-Esta bien ,Sebas, yo te creo- dijo Luis.
-Yo también- dice con firmeza Julia.
Decido cambiar de tema.
-Oye, me alegro de que hayas entrado en ese grupo, te hacia mucha ilusión.
-Sí, sus ideas me han convencido, además hay que moverse, no te puedes quedar en casa en la situación actual, somos jóvenes, no; quien decía aquello de si cuando eres joven no quieres cambiar el mundo es que no tienes corazón, y si sigues pensando lo mismo de mayor es que no tienes cabeza o algo así, tenia razón, quizá no cambiemos nada, pero hay que intentarlo.
Luis era un entusiasta, si no tenia una pasión se la inventaba, no podría vivir sin fe y no se conformaba con ser acólito quería ser apóstol, la política se había convertido en su nueva religión y comenzaba su tarea evangelizadora haciendo proselitismo, ardía por dentro y expelía llamaradas de convicción espontánea. Conmigo no le había servido, pero ese entusiasmo, sin duda, era contagioso, seguro que reclutaría a alguien para la causa. Julia sugirió-¿Qué tal si vamos al Tuco? Los tres nos pusimos en marcha. Noté frío y me abroché la gabardina. Luis y Julia iban más abrigados que yo. La gabardina carecía de forro, era un modelo anticuado, que me hacia parecer desangelado. Me subí las solapas, más por un gesto instintivo que por otra cosa.
-Tengo planes-dijo Julia.
- A ver, cuenta-le sugerí.
-Voy a ser oftalmóloga.
-Piénsatelo bien, eso es hacerle una faena a la gente, para ver la realidad como es ,mejor verla deformada.
-No seas gracioso, Sebas.


CAPÍTULO VEINTIDÓS

Matías daba una fiesta en su piso. Esto quería decir, ni más ni menos, que previo cónclave-formado por Matías y otros dos- se había decidido que estaba lo suficientemente sucio como para recurrir a la excusa de la fiesta, e invitar a algunas conocidas- por ejemplo, esas vecinas tan simpáticas que se habían instalado hacia poco-,junto a los amigos de siempre. El objetivo, naturalmente, era conseguir que las vecinas se ofrecieran a limpiar lo que ellos tenían que haber limpiado. El quid pro quo consistía en la invitación a la comida del día siguiente. A veces funcionaba y otras no, cuando esto ocurría yo me alegraba y ellos se enfadaban. Estaba por ver lo que depararía esta noche. Llegué sobre la doce. Decidí subir las escaleras en vez de coger el ascensor, la música sonaba alta. Llamé al timbre y me abrió el propio Matías:
-¡Hombre! Creí que ya no venias. Pasa, anda, y tómate un gin-tonic.
Dentro el ambiente estaba cargado, una película de humo envolvía la estancia. Habría unas quince personas en el salón, la mayor parte charlaba y se reía, dos parejas bailaban. Reconocí a Luis curioseando entre los discos, Elena que se servía ginebra en un vaso de tubo me hizo un gesto con la mano. Matías y sus compañeros de piso dispensaban trato preferente a las vecinas. Me acerqué a la mesa de las bebidas.
-Te pongo uno- me dijo Elena mientras me enseñaba su gin-tonic.
-Sí, gracias.
-Una fiesta por todo lo alto, no.
-A mí me parece la típica fiesta cutre para engañar a las vecinas novatas.
-¿Y qué si es así? Para la siguiente ya lo sabrán y los mandaran a paseo.
-Son unos cerdos, merecerían que alguien les abriera los ojos a estas incautas.
-¿Por qué no lo haces tú?
-No he venido aquí a eso.
-¿A qué has venido, entonces?
-No sé, a beber, supongo.
-Matías me contó que había roto con Julia.
-Si ya lo sé, pero es al revés, fue Julia la que rompió con él. Lo extraño es que hubiera aguantado tanto.
-Esa niña es tonta.
-No lo creo yo así, tuvo las suficientes luces para decir basta. Vale mucho más de lo que piensas.
Se acerca Matías.
-¿Qué tal lo estáis pasando?
-Estupendamente-dije yo. ¿Cómo va la caza?
-Están en el bote. Elena quiero presentarte a unos amigos. ¿Vienes?
-Claro-dijo ella
Me quedo solo. El gin-tonic se ha calentado. Pido un cigarrillo. Me ofrecen un Camel y lo acepto.
-¿Quieres fuego?
-Ya tengo, gracias-le dije enseñándole mi encendedor.

Luis ha desaparecido. Yo también he desaparecido. Quizá no estuve, ni estoy, ni estaré. Ese es mi deseo. Borrar el tiempo y el rastro de mi difusa presencia, anular las citas en que me he visto inmerso, destrozar los jalones que solo para mi he ido situando en un campo invisible: para no olvidarme de quien soy, para darme consistencia y no pensar que lo pasado no existió. He luchado por hacerme notar, no ante los demás, sino ante mí mismo. De ahí procede esa manía adquirida de atesorar documentos: cartas, certificados o poesías nunca mostradas, de revisarlos periódicamente para afirmarme en la constancia de su certeza. Quiero acabar con todo eso, no dejar huella, quiero disolverme en la bruma inconsciente de la que no se guarda memoria, pasar como viento suave sobre un estercolero, sin remover la porquería que me pueda salpicar. Han sido unos días muy duros en los que la soledad me ha embriagado de desolación y después me ha entregado escudo y espada pero sin enseñarme a usarlos; segura la amenaza que sentía en mis carnes, he batallado lo mejor que he podido, que no ha sido gran cosa, porque enseguida me he dado cuenta de que mi derrota no suponía la victoria de Matías sino la de Herminia, y por ella merecía la pena dejarse caer. He entendido que el verdadero orgullo no es el que combate sin freno la afrenta, aquel que nace del egoísmo y muere en él, el orgullo es más puro cuanto más tiene de entrega bien encauzada, la que da sus frutos en el bien ajeno. He querido dar el empujón que pone la barca en el centro del río, en el medio de la corriente, para que el timonel esté en condiciones de guiarse; esa posibilidad era lo que le ofrecía a Herminia: tendría el dinero para cuidar a su hija y operarla en el extranjero con los mejores especialistas que solamente el dinero puede conseguir, a partir de ahí ya no era asunto mío.
Última edición por Ramón Carballal el Sab, 16 Sep 2017 13:12, editado 1 vez en total
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Re: "Un joven cualquiera"( Primera parte cap. 15 al 22)

por Hallie Hernández Alfaro » Mié, 13 Sep 2017 13:17

El tema de los testigos en el capítulo 15 me ha producido cierta angustia: imaginé un Sebas con doble personalidad o con alguna disfuncionalidad de memoria. Debo seguir leyendo con paciencia.

Magnífico el escenario creado en la barra con Elena; un mito reproche, una situación límite, un ajuste de verdades y posiciones.

Se vislumbra alguna causa en el capítulo 17; bien ordenados los sucesos; es difícil incluir toda la emocionalidad en la narración, sin embargo, nos presentas los pensamientos de Sebas con naturalidad; es fácil asomarse a sus procesos cognitivos.

En el 18 vuelve a impresionar tu manejo de los submundos legales. Te mueves con mucho equilibrio entre sus conceptos y lo usas para imprimir poesía en la narración.

Capítulo 19, aquí volví a sentir mi propio yo ; me había pasado con aquella escena de la reuníón de política donde se mencionaban diferentes ecos de izquierda, entre ellos los troskistas; jo, me devolvió a Madrid en el lejano 1980. Estas cosas emocionan, Ramón. Con esto de los libros me ha ocurrido igual; cuando leí a Hesse y a Goethe me invadíió una sensación de extrema sensibilidad que casi parecía incompatible con la tarde soleada y mi uniforme de principios del secundario.

En el capítulo 20, Ramón, creo que hay un error con el nombre en la parte final cuando se produce la negociación. Aparece Matías y debería aparecer Sebas; o me habré liado yo?
Esta muy bien lograda la escena donde el quijotesco lado del hombre prima. Me ha convencido.

En el ventiuno se relajan las emociones contenidas, todo es más suave. Creo que la decisión de Julia será una clave importante en las próximas líneas.

Me gustan mucho las conclusiones del capítulo 22; el narrador vuelve a sí mismo, a sus delicadas corrientes interiores. El altruismo es una condición personal del Sebas. Me cae muy bien ese chico.

Sigo releyendo, querido amigo.

Abrazos.
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Re: "Un joven cualquiera"( Primera parte cap. 15 al 22)

por Ramón Carballal » Sab, 16 Sep 2017 13:11

Hola, Hallie. Te contesto a alguna cosa que planteas. En el cap. 15 no es que el personaje principal del relato tenga ninguna disfuncionalidad(más allá de su inseguridad y su sentimiento de culpa del que no se desvela cuál es el origen)es simplemente como dice él mismo que se trata de un montaje, los testigos son presentados falsamente por alguien que busca su "perdición", el que suponemos es Matías. Efectivamente en el cap. 20 hay un error donde dice:"Ya está, Matías" debería decir "Ya está, Sebas", lo corregiré . Muchas gracias, querida amiga, es un lujo para mí que me leas y que me des tus opiniones. Disculpa por tardar unos días en contestar, estoy un poco liado con el trabajo. Un fuerte abrazo.
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Re: "Un joven cualquiera"( Primera parte cap. 15 al 22)

por Hallie Hernández Alfaro » Sab, 16 Sep 2017 13:17

Sí, sí, querido amigo, se entiende muy bien que no hay disfuncionalidad alguna en el personaje aludido en el cap 15. Pero con la emoción de la lectura, el hipotetizador que tenemos dentro salta y propone caminos.

Nada que disculpar, hombre; sigo leyendo y anotando para escribir mi comentario después.
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